Por Sergio Rocchietti

 

¿Cómo tratar al mito? Definirlo, degradarlo, mutilarlo, fabularlo, referirlo, ejemplificarlo, reducirlo. Todas son tentativas que muestran como, por más que se quiera, algo no concuerda; se escapa, elude una persecución que se transforma en vana si no se elige un camino de aproximación lento y cauto.

Desde ya, un primer paso es decir que nuestro lugar no es el mito como se lo encontró ya, en el pasado. Hoy no es el mito.

Precisemos un segundo punto, el mito es lenguaje (1). Mito, lenguaje, cosa, giran en incesante acuerdo o desacuerdo.

Ensayemos ahora un desarrollo de cada uno de estos dos ejes, relacionándolos con los puntos secundarios que estarían implicados en una temática del mito.

¿Por qué el mito? 

Lo primitivo nos ofusca en tanto se presenta ajeno. Pero además, lo hace porque no estamos tan lejos de allí, como quisiéramos. Estamos allí, partícipes y observadores.
El hombre, que preferiría llamar primero, antes que primitivo, para poder evitar confusiones, nos lleva a considerar las manifestaciones de su humanidad, a las que podemos llamar sustantivas, para no pensarlas como una mera agregación de cualidades.
Es entonces que, en el principio, encontramos el mito y el mito nos encuentra.
Encontramos el mito, como la tumba, como la pintura rupestre, como el instrumento de piedra, el fuego e innumerables hitos que nos dan la sustancia humana como allí, ya, siendo con sus símbolos, con sus acciones ya humanas, no debajo, sub-humanas; o antes que, pre-humanas; sino profundamente similares a lo que hoy  podríamos calificar de propias del homo sapiens. Y sin embargo…

La identidad y lo disímil provocan un efecto extraño, somos allí en el mito idénticos pero no totalmente; el mito nos es presentado como alteridad irreductible, abismo, grieta del tiempo. No queremos ser en el mito y somos fuera de él víctimas de nuestras ilusiones, en el sentido del porvenir o dando por sentado a tal porvenir. Dejando nuestra actualidad que se une con modos demasiado complejos para analizar aquí, y ya que no es nuestra intención desarrollar la vigencia presente del mito, debemos recordar que, no por ser no ampliado, es un tema que regresa constantemente, en tanto que de lo que se trata, es de la misma estructura ordenada de una manera diferente. ¿Y cuál es esta estructura?. La misma que da la materia base al mito: el lenguaje (2).

Demostrando esta estructura en su funcionamiento por el hecho de hacer intervenir en ella una pequeña operación, diremos que a la pregunta:

¿Porque el mito?

Sólo debemos dividirla y agregarle los signos de puntuación correspondientes a la operación que intentamos realizar, con el fin de mostrar que el lenguaje es una estructura que funciona con nosotros o sin nosotros. Un guión nos separa de la respuesta. Dividimos la pregunta y agregamos un guión:

¿Por qué?

– El mito.

La interrogación que hacemos conlleva, con un pequeño desplazamiento operatorio, la posibilidad de generar la respuesta. Y si ésto no puede ser planteado simplemente es porque la pregunta: ¿por qué?, está encarnada en la existencia. Lo cual hace a la necesidad lógica de su no formulación. Dicho simplemente, no podemos llegar a todos los lugares que nos proponemos o ni siquiera habrá propuesta de llegar a algún lugar en el lenguaje, en determinadas ocasiones, que son mayoría.

La pregunta está encarnada en la existencia. Está encarnada por el hombre con el lenguaje, en el lenguaje, desde el lenguaje (3), y el mito coloca la respuesta. El mito es la respuesta.

El mito coloca la respuesta y al hombre en ese espacio, que será  -lo que hoy llamamos- realidad mítica. En definitiva, realidad a secas. Otra, sí, pero tan eficaz como la nuestra, a la que podemos llamar científica o informática o postmoderna, pero no todos participan de ella. Nos sorprenderíamos de percibir cuan vigentes están las estructuras míticas en nuestro presente.

¿Y qué del lenguaje? Sólo afirmaremos que con éste surge la conciencia (4) (¿hipótesis audaz?) y como consecuencia el tiempo (en uno de sus modos). El tiempo subjetivado en el mito, subjetivizable del mito, instala la dimensión temporal. El lenguaje engendra la conciencia del tiempo y trae la inevitable muerte ante nosotros. Porque el mito es la respuesta al ¿por qué? aún si no está formulado, y el ¿por qué? apunta al origen, a lo que ha originado lo que es, a lo que ha sido creado, y a su interrogación propia, la que busca responder porqué ha sido creado.

Cambiemos la forma de la pregunta, no es imperativo que sea ¿por qué?, reduzcámosla a ¿cómo?, e igualmente lo que queda vigente es la pregunta.

La vigencia de la pregunta es ineludible. Aunque apenas perceptible, o brutalmente rechazada, la pregunta se hace oír adentro nuestro.

 

Afuera el mito narra el origen.

El mito narra lo que es.

Lo que el mito no dice no es.

 

El mito narra el origen, reparemos en la transmisión oral, de presencia a presencia; la actualidad es el tiempo de ese relato. El mito da cuenta de todo lo que es, ha sido y será. El mito recubre y explica las preguntas fundantes del hombre que son, asimismo, las que lo fundan como hombre.

La palabra en el mito es la acción del mito que lanza a la creación el mar o  una tormenta; o una técnica, por ejemplo, la caza; o el origen del mismo mundo, en tanto hábitat visible, o al mismo cielo.

El mito da cuenta del origen del hombre, del porqué del día, o de la causa de la noche, etc.

El mito, la magia, el ensalmo, el canto, van a unir diversas manifestaciones de lo que la palabra provoca en el hombre; desde la organización del pueblo, tribu, clan, tótem, hasta la familia, todo va a estar regido por el mito. Un pueblo será tal por la vigencia de ciertos mitos, permanecerá como tal, en tanto los reconozca y se reconozca en ellos.

El espacio mítico será la respuesta a la interrogación trémula y acechada por los “poderes sobrenaturales”, tempestad, rayo, trueno, mar, animales, que el mismo hombre se hace; pero será también refugio y acción eficaz, identidad y memoria. Acervo de explicación.

 

El mito como tiempo y lugar

El árbol ofrece sus frutos, deja sus hojas, desnudo, muere a la vista del hombre que contempla asombrado como se suceden las transformaciones en “su” realidad. De muerto, de pronto, y sin saber porqué, observa al árbol renacer, hojas, frutos, verdor.

Un día es el dominio del sol. La luz todo lo invade, los rayos ofrecen la tierna experiencia de su tibieza.

La noche otorga el manto negro que lo cubre todo, arrojando la pesada sombra al sol.

 

Un día…

Una noche…

Un árbol

Un día…

Una noche…

Un árbol

 

Los hechos se suceden, afuera, en una reiteración que marca un ciclo. Algo es, algo no es, eso mismo vuelve a ser, otra cosa es.  Así repetidos los diversos elementos de esa realidad se presentan ante el hombre que hace el mito.

Hacer el mito es decir el mito; enlazar esas palabras, enhebrarlas en narraciones es formar el mito.

Cadencia del mito, música de la palabra, ritmo de su repetición.

La repetición “afuera” va a dar el tiempo del mito. La reiteración del mito es la memoria del  mito, como el mito es memoria del hombre, de ese hombre que en el  mito hace al tiempo de la creación.

Hace mucho tiempo, o aún hoy en un lugar lejano y casi inaccesible, en determinado pueblo se seleccionan diversas actividades entre sus integrantes, así habrá ocupaciones vitales ejercidas en común y otras que sólo serán encargadas a los más hábiles en tal o cual dominio. Con respecto al mito, habrá un encargado de decir los mitos, esta persona tendrá únicamente una misión, la de recibir un legado, y que palabra a palabra, deberá, en los momentos adecuados, narrar los mitos. Adiestrado por su antecesor y, a su vez, dador de ser a su continuador, establecerá un enlace que escapa a su destrucción, en tanto la memoria inscriba, por medio del continuo relato el ejercicio de esta función, creando con esta acción toda realidad posible.

La realidad no lleva al hombre más allá de los límites de su posibilidad, no cae sobre él con todo su peso de horror, gracias al mito.

El mito instaura en la realidad un refugio, un lugar de sostén, desde donde se puede practicar esa división  de lo que está permitido, de lo que no lo está.

El mito será la duración, de repetición en repetición, donde crecerá el hombre sometiendo sus actos, permitiendo sus actos, amparado en el mito.

 

Luego el logos

Podríamos avanzar en nuestros términos la siguiente formulación, que luego habrá que demostrar: son las diferentes articulaciones de la estructura del lenguaje las que crean la variedad de funciones, mito-logos.

Una precisión más, no hay continuidad mito-logos. El logos no es la consecuencia del mito.

Hay el mito, luego hay el logos.

 Luego, es la consideración de lo temporal ante los ojos de aquél que observa; luego es el nexo, no causal sino cronológico, de aquél que contempla fuera del mito.

 Luego, es la consecuencia de nuestro modo de narrar, desde el logos, al mito. No es que no haya mitos en nuestra época; lo que sucede es que la vigencia de esos mitos es funcional, lo cual quiere decir, que están incluidos en un tipo de racionalidad diferente, la del logos, y que desde allí ejerce distintas operaciones (5); y que además están circunscriptos, limitados, encapsulados, y que conviven dentro del logos, y aún así deberíamos considerar que el logos adquiere hoy, predominantemente, la forma del saber científico. Lo cual no nos impide vivir sin saber nada de él, lo que sí, es que no podemos sustraernos de las influencias recibidas a través del paradigma hegemónico, o sea el de las ciencias fisico-matemáticas.

El mito es forma de pensar y decir.

Fuera del lenguaje nada podría ser pensado. Es claro que llevamos las cosas a un extremo, dirán algunos, pero ese extremo se sostiene y se demuestra. Pensar sin palabras es un prodigio que no se muestra. Para nosotros es esencial lo que la palabra posibilita. Como índice ejemplificador señalamos la preeminencia del “logos”, bajo la forma de la ciencia en nuestra cultura.

La presunta oposición mito-logos sólo es cuestión de diferencia. Son sus caracteres diferenciales, primero  -tomando la etimología y dejando de lado la polivalencia semántica­-  queremos hacer notar la doble vertiente de significación que desde mito y logos converge en palabra. Pero mientras el mito se refiere preferentemente a la palabra pronunciada proferida, hablada; la otra, logos, alude más a la palabra escrita, (no en la etimología sino en lo que ha sucedido con ellos, aunque se los recopile, los mitos están hechos para decirse, no para leerse; para decirse en esos “tiempos míticos” instalados precisamente por ese decir).

El mito nos lleva a la realidad, creándola, luego trata de dar cuenta de ella, desde ella; y en la palabra del mito se provoca, se convoca esa realidad que no deja de estar allí, en presencia.

El logos privilegia el despliegue de las palabras que se van encadenando, frase a frase. Se prescinde de la inmediatez de la realidad, ya que es la verdad que se afirma aquí. Verdad no importa referida a qué, ya que es en tanto signo de la verdad que el logos se pronuncia (6).

Las estructuras narrativas en el mito dan lugar a un mundo, el mundo mítico en el cual el hombre se cobija encontrando su lugar, un lugar donde se guarece. Un lugar que lo cobija y lo contempla.

Lo explicativo del logos dará lugar a un intento de demostración de lo que será la razón. El lugar indiviso del mito estalla en múltiples fragmentos; claro está que ésta dispersión se reunirá en distintas unidades de reunión, otro de los significados de la palabra “logos”, reunión. Reunión en la religión, en la filosofía, en la ciencia o en la literatura.

Las estructuras narrativas en el logos son el privilegio exclusivo de la individuación, desde el linaje a la familia o hacia el sujeto. Las comunidades se reconocen por haber participado en una historia. Podríamos decir desde el tiempo mítico al tiempo histórico.

Si queremos reducir las diferencias nos queda una oposición: lo narrativo del mito versus lo explicativo (demostrativo) del logos.

La narración oral impone la presencia de los participantes, eterniza un presente que es asimismo, lo fuera del tiempo o tiempo circular, que se transformará en el mito del “eterno retorno”. Lo que sucede en el mito sucede en la presencia.

El logos, con el predominio de lo escrito atraviesa esa dimensión de ciclos que se repiten y abre las distintas dimensiones del “tiempo lineal”, pasado, presente, futuro. No necesita de la presencia del otro, posibilita la ausencia del narrador, y además lo individual que llegará a su expresión más alta con el autor; mientras que el mito es anónimo, es de todos, su naturaleza no soportaría una mención de creación. El logos provocará un aporte creciente y continuo de diferentes individuos; la historia de la filosofía nos ofrece un buen ejemplo a este respecto.

Una otra diferencia podemos encontrarla en los efectos que son llevados a cabo en los alocutores del mito. El mutismo es una manera de participación silenciosa donde son desplegadas las posibles realidades que el mito cuenta; flujo de realidades que se muestran y relacionan unas con otras, en una tendencia de totalidad, de recubrimiento, de plena ocupación. Poderes contra poderes, divinidades en lucha, en amor, en creación; se ofrece así como y por qué es lo que es.

En el logos se acepta la posibilidad de refutación. Aquí dominan la demostración y la causalidad que puede ser interpelada en cualquier momento. Si quisiéramos proponer una imagen diríamos que a pesar de los intentos de llevar a cabo la unidad del logos, y hablar en nombre de ella, la presunta unidad siempre está más allá, perdida, irrecuperable.

Si el mito contornea una esfera opaca de existencia enmarcada en esos límites precisos donde no hay más allá, el logos no cesa de presentar sus fragmentos, pequeñas unidades que proclaman su verdad y los intentos de restituir esa unidad sólo quedarán manifestando la imposibilidad de ésta, más los límites de aquélla.

La traza de carácter jeroglífico, por ejemplo, inscribirá un nuevo orden, desde la magia de la pintura prehistórica se recorrerá un largo aprendizaje que llevará a la escritura ideográfica. El signo escrito acomete la empresa de la persistencia. De memoria viviente, el mito, se transformará por medio del grafismo en recuerdo a disposición, en posibilidad, en reaseguro; en lo escrito se disolverá un mundo, el mítico. No hay transición, el mito muere como lugar de existencia, y ahora encontramos al logos.

El imperio de la escritura provoca la apertura de la historia como sentido (la conservación de la memoria de algunos hechos será su primera función, como si se obedeciera a una voz que dice: “Esto debe ser recordado”),  es compartiendo la historia que se va a ser desde ahora extensa para mayor número de seres, que en los dominios del mito; es compartiendo ese tiempo histórico, como se impulsarán nuevos ámbitos: agrimensura, comercio, matemáticas, contabilidad, astronomía; siendo éstos ámbitos los encargados de producirnos y determinarnos.

El deslizarse de un objeto sobre una superficie delineando simples caracteres provoca nuestro destino.

Notas: 

(1) Hoy no es el mito (en lo epocal, en lo que nos toca vivir) y el mito es lenguaje son los dos ejes de nuestra exposición; ahora bien, a veces los ejes se hacen borde e implican transformaciones que pueden parecer extrañas, no podemos evitarlas, estamos sometidos al imperio de la sucesión y el lento despliegue de la letra. Nuestro “el mito es lenguaje” es casi evidente pero no tanto así, ya que al estar dentro del lenguaje dejamos y perdemos las perspectivas de un afuera que no será tal sino por la práctica de una torsión.

Seamos claros: el mito es lenguaje porque sin lenguaje no habría mito, más no todo finaliza aquí, si el mito es lenguaje se abren, ahora al proponerlo (pro-ponerlo), las dimensiones del lenguaje (según J.Lacan: ditmensiones).  

(2) El lenguaje da la materia del mito. Y a la vez es en el lenguaje que habrá mito. Sabemos que estamos refiriéndonos a un elemento primordial, el lenguaje. No en un aspecto de surgimiento y antecedente, no nos referimos al lenguaje hablado sino que es ya su presencia, la del lenguaje, la que efectuó la operación de hacer que las “cosas” se presenten con “sonidos” lo que estamos considerando. Hay el lenguaje y es el espacio del lenguaje [no haremos distinciones ni precisiones aquí, esto abriría un pasaje hacia otros temas y planteos que nos desviarían, dejémoslo por lo menos dicho: el espacio del lenguaje -designaciones, nombres, significados, sentidos, etc- hace al espacio de lo cotidiano] el que se despliega ante nosotros como un plegado japonés de papel  (origami) para que podamos recorrer “un mundo”.  Hay el lenguaje y por qué no decir, su existencia, ya dada, ya aquí, en nosotros, y “afuera”, la que posibilita que estemos hechos de estructuras narrativas que toman distintas formas y desarrollos. Esas estructuras son una parte de las consideraciones que tenemos que tener en cuenta ya que al hablar cambiamos de lugar, no constantemente, pero sí, en estrictos momentos que son imperceptibles para nosotros. El “japonés” realizó otro pliegue u otro despliegue (modo coloquial de referirnos a la sobredeterminación en su encuentro o no con los azares).  Dicho de otro modo, planteamos que nuestras condiciones de aparición y determinación, están estrictamente correlacionadas a estas estructuras de narración o relato. Desde el mito del nacimiento del héroe hasta la más modesta configuración simbólica individual toman asiento aquí (mito individual del neurótico o no -neurótico.)

Hablamos y nos hablan, hemos hablado y nos han hablado, algunas cosas han sucedido, de otras nos hemos enterado, algunas cosas les han sucedido a otros que nos han contado, nos hemos olvidado y recordamos, nos han recordado y nos han olvidado. ¿Qué queda en nosotros del juego de las huellas? ¿Qué tiempos instalan estos recorridos? ¿Qué espacios? ¿Qué dimensiones? ¿Qué formas en los pliegues? ¿Qué vacíos? ¿Qué agujeros? ¿Qué posibilidades de pasaje? ¿Qué detenciones?

(3) Con el lenguaje, en el lenguaje, desde el lenguaje. Cada una de estas alternativas merecería ser ampliada y explicada de modo particular. Recomendamos gastar las páginas de “De camino al habla” de M. Heidegger, Ediciones del Serbal, Barcelona, es un buen ejercicio de introducción, de búsqueda, de respuestas y emociones. Quizás mencionar los nombres de sus capítulos sean incentivo de lectura: El habla, El habla en el poema, De un diálogo del habla, La esencia del habla, La palabra, El camino al habla.

(4) Con el lenguaje surge la conciencia (humana, sea lo que sea esto). No sabemos si con esta afirmación provocamos una sorpresa mayúscula o si estamos proponiendo una obviedad. En definitiva, creemos que ni lo uno ni lo otro; advertimos también que ni la conciencia o el lenguaje despiertan consideraciones especiales si no es en los estrictos ámbitos específicos, aunque jamás en relación ( la conciencia y el lenguaje).

En este aspecto siempre nos ha servido de guía un fragmento de una carta de Freud, la del 1 de enero de 1896 escrita a W. Fliess en la que le cuenta que: “… los procesos perceptivos implicarían eo ipso (por su propia naturaleza) la conciencia y sólo ejercerían otros efectos psíquicos después de su conscientización. Los procesos psi, en cambio, serían de por sí inconcientes, y sólo ulteriormente adquirirían una consciencia secundaria, artificial, al ligarse con procesos de descarga y percepción (asociación verbal). Una descarga de omega, que he debido postular en la anterior exposición de este tema, ya no es necesaria aquí”.

Esta cita que es de lectura dificultosa pues está escrita en términos del “Proyecto de psicología para neurólogos” no lo es en sus consecuencias al destacar con suma nitidez lo siguiente (es nuestra lectura): si la percepción implica la conciencia lo psíquico no, para que lo psíquico sea (se haga) conciente se hace necesario su asociación con el lenguaje y a esta relación de lo psíquico con el lenguaje la podemos llamar conciencia secundaria, artificial.

La descarga de omega (tercer sistema de funcionamiento del aparato psíquico propuesto por S.F. en su manuscrito del “Proyecto”, sistema de escrituras -fi, psi, omega- lo llama J. Lacan en el Seminario II) se hace innecesaria porque eso ocurre en y con el lenguaje. Llegamos así a que: la conciencia humana es la del lenguaje, la que se realiza allí con los símbolos (palabras) del lenguaje con nuestra posibilidad de recurrir a éllos y recorrerlos (hacer con ellos). La conciencia animal no tiene la posibilidad de esta conciencia secundaria y artificial que es la del lenguaje. La que nos provee el lenguaje.

(5) Desde la racionalidad hecha tal por el Logos (podrían haberse hecho otros caminos) se ejercen distintas funciones. ¿O quizás debiéramos decir que se ejercen distintos tipos de relaciones? ¿Debemos dejar la “función-mito” para presentarla en la cercanía del individuo? Si así lo hiciéramos tendríamos que decir que el mito dentro del hombre de la época de la ciencia está cerca de la función psíquica de la creencia. Epoca de la ciencia,técnica o número, hubieran dicho M.Heidegger o J. Lacan, época de la técnica o época del número haciendo consecuencias en lo Real.  El mito, en lo individual,  presentaría así una mitología reducida a sus mínimos componentes subjetivos y tendríamos entonces “una creencia”, que puede extenderse hasta crear una creencia compartida por multitudes , y llegamos de este modo -a la llamada por Freud- psicología de las masas. Una creencia compartida por una masa o una cultura se transforma en un ideal. Y un ideal es normativo, representacional, psíquico, afectivo, interior y al mismo tiempo exterior; se lo habla, se lo transmite, se lo vive, nos habla, nos es transmitido y lo aceptamos sin saberlo, nos regula, nos impone, forma parte de las estructuras del relato que somos. No sólo somos relatos, destacamos esto, no nos reducimos a ello. En nuestras creencias se actualizan las potencias de las mitologías, extremando en lo literario podríamos decir que cada crencia hace a nuestra mitología, y a las mitologías compartidas. 

¿Serán una serie de ideales, vistos a la distancia y transformados, los equivalentes de un ciclo mitológico? Invirtamos la pregunta, ¿serán los ciclos mitológicos los que pueden mostrar, después de determinadas operaciones de lectura con ellos, los ideales de una época? No reneguemos ni de los ideales, ni de las creencias, son necesarios para la subjetivación.

(6) Es en tanto signo de la verdad que el Logos se pronuncia. Cuando planteamos esto estamos pensando en lo fragmentos de Heráclito y además en el poema de Parménides. Sea en las sentencias gnómicas, en los presocráticos, en los sofistas, en Sócrates o en Platón, es la verdad la que trata de estar en juego. Bajo distintas especies, bajo distintas formas, en el espacio del logos: es cuestión de la verdad. Nos circunscribimos a Grecia, desde Aristóteles se trata de la ciencia (saber) y la verdad. Más adelante de la religión (judeocristiana) y la verdad; esto es, desde la aparición del cristianismo hasta Galileo, desde allí, cada vez más se trata de la ciencia actual y de lo que se instala a partir de ella como verdad. Suscintamente: la reiteración de resultados dados por un experimento repetido, ¿tiene algo que decir de la verdad, tiene algo que decirle a la verdad, a aquélla que nos hace decir, a nosotros, “esto es verdad”, o nos hace callar esa frase, pero no dejar de sentirla, a la verdad?. El “como verdad” aludido antes no “es verdad” es “como”, un símil. No retengamos lo que continúa con “la ciencia” hasta que deje de serlo. De paradigma en paradigma la ciencia (ref. T.Khun); ¿no es el paradigma otra forma de la creencia, sólo que más sofisticada?. Dejamos en suspenso “lo que hace creencia” en su diferencia con “lo que hace verdad”.

(1981, reescrito 1998, adiciones en el 2004)