Por Juan Pablo Capdevielle

M. fue paciente en el Servicio de Alergia por un par de años. En ese entonces, fue derivada por uno de los médicos y en realidad el motivo de consulta, la demanda de un tratamiento, solo se reducía a complacer al profesional que la había derivado.

“Licenciado, en realidad yo no creo en estas cosas, pero el doctor me recomendó venir a verlo, y ya no sé que hacer con lo que me pasa, no encuentro solución, estoy de médico en médico y ya estoy cansada…” Esta fue la introducción de una mujer delgada, encorvada, sin ningún tipo de maquillaje, tomada por el discurso médico, y tranquilamente confundible con la imagen de un varón.

M. se presenta hablando de su colon irritable, de su operación de hemorroides, de la histerectomía que le hubieran practicado años atrás, de su hernia hiatal, y lo nuevo era que había hecho una reacción a medicamentos, “me broté”, esa reacción era  al medicamento que tenía indicado para su problema intestinal. Luego de escuchar una vasta descripción de sus malestares físicos, hice lugar a preguntarle por su nombre. Después de realizarse cuanto test existe, se comprobó que no era alérgica. De todas formas, continuaba brotándose.

Comenzado el tratamiento, un nuevo malestar se presentaría, relata que tenía un zumbido en el oído desde hacía tiempo, el único oído que funcionaba, pues del otro ya  padecía de una disfunción auditiva. El zumbido cada vez era más fuerte,  se encorvaba cada vez más, acercándose a mí, con una mano haciendo de parabólica para poder oír  lo que “el licenciado” le decía: “Licenciado, por favor hábleme más fuerte porque no lo escucho”.

M. vivía sola desde hacía siete años, vivía sola desde que su madre falleció. Sus cumpleaños los festejaba yendo al cementerio a llevar flores a la tumba de su mamá. Los despliegues del analista variados e infructuosos en la mayoría de las veces, en algún momento lograban plegar de sentido a alguno de sus malestares… “Qué le dice el zumbido?” “Le habla?…”, y así, después de enterarme cual era el hospital que se especializaba en gastroenterología, o cual era el servicio de la facultad de odontología que se ocupaba de realizar kinesiología sobre la ATM, cortando las sesiones cada vez más rápido como manera de acotar algo de eso que inundaba a su vida, que llenaba su existencia, un día algo pasó, M. relata que cuando está sola, habla con su mamá, “Ay mamita…” y ‘confiesa’ que siempre “escucha lo que su mamá le decía frente a cualquier ocasión”.
M. es coja, no coge, a sus ocho años se cayó de un banquito y se fracturó la cadera, en función de lo cual, perdió el año escolar, y fue operada en varias oportunidades, hasta sus 14 años, momento en el cual, le dijo a su mamá: “no me quiero operar más”. Este será un dato importante para el transcurso del tratamiento, allí se ubicaría una marca, el sujeto se apropió alguna vez de su cuerpo… hubo sujeto que dijo no a la medicina, que dijo no a su madre “operadora”. Resultado de tantas operaciones  es que hoy calza 35 de un pie y 38 del otro, una pierna le quedó más corta que la otra.

Cuanta vez hablaba de su madre, no lo hacía sin emocionarse, “mi mamá me decía: hija no me quieras tanto, porque cuando yo no esté, vas a sufrir demasiado…. hija no vayas al cementerio cuando no esté más, para qué me vas a llevar flores, si yo allí no voy a estar”.

Un dato importante, es que M. tenía un hermano que estaba casado, quien estaba en tratamiento ambulatorio quimioterapéutico, por padecer de cáncer de colon.
M. fue una de las pacientes que con su autorización, alumnos de la Universidad en algún momento presenciaron alguna de sus entrevistas. En una ocasión, y al estilo de presentación, esta paciente dirige la mirada a un alumno y le dice: “El licenciado interpreta que mis acúfenos son la voz de mi madre”. 

M. comienza a traer sus sueños, y empieza a desplegar su trabajo asociativo. Sus asociaciones quedaban en boca del “licenciado”, eran breves, y hasta en algunos casos, venían ya acompañadas al relato mismo de sus sueños. Poco de esto, de todas formas, conmovería su posición subjetiva.

Un tiempo más tarde, parecía que en M. un corrimiento se había sucedido, habría dejado de visitar el cementerio el día de su cumpleaños, más sus acúfenos se hacían más agudos,  como único aquejamiento en el cuerpo, las preguntas sobre su existencia comienzan a formularse, y M. decide abandonar el tratamiento.

Pasaron dos años, y veo que en la lista de espera de pacientes, M. estaba anotada. Como siempre sucedía, era la primera. Con la misma ropa de siempre, su pelo más corto, M. entra al consultorio, “Que tal licenciado? El doctor me dijo que tengo que volver a verlo”. Y como siempre también, comienza a hablar de su cuerpo. En esta oportunidad, además de sus acúfenos, relata que ha tenido problemas de alergia, que se había brotado por el almidón de maíz, que consecuentemente sus problemas intestinales habían hecho lo suyo, y que cada vez son menos los alimentos que puede ingerir. El médico que la atiende le dijo que comiese todo lo que quisiera, que de últimas, ello no le ocasionaría inconvenientes graves… M. insiste: “El almidón de maíz está omnipresente, y lo que como no me engorda, como más y adelgazo cada vez más. Tendría que ir al gastroenterólogo, pero tengo miedo… Mi padre, mi prima, mi tía abuela y etc, la mayoría de mi familia paterna se murió de cáncer licenciado”. “Ya no sé qué hacer, dígame usted que es lo que tengo que hacer”. Mi única respuesta fue: “Crea en el inconsciente M!”

Durante estas entrevistas, M relata que finalmente su hermano había muerto: “yo no quería verlo demasiado licenciado, sé que me hacía mal, yo me acordaba de sus palabras cuando me decía si yo me daba cuenta que tarde o temprano mi hermano se iba a morir… me fui a Mar del Plata, cuando volví, fui a visitarlo al hospital, su mujer que no se despegaba de su lado, cuando me vio llegar, salió un rato comer algo. Me di cuenta en un momento que mi hermano no respiraba, llamé a la enfermera, mi hermano, licenciado, había muerto delante de mí. ¿A usted le parece? Hice todo lo posible para mantenerme alejada, si bien lo visité varias veces, y justo se viene a morir cuando yo estaba presente a solas con él…”

M ubica en su decir, algo de lo que le sucede en el cuerpo: “Se me debe haber abierto la herida por la muerte de mi madre, y se agrega la de él… es una sensación de soledad, me he quedado sola, a la deriva, me da un saldo muy negativo… cosas que están terminando conmigo. Soy el centro de todo para mí, no tengo nada, no tengo proyectos, me vuelco a la parte física y me va minando…”

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Respecto a las dificultades del duelo para esta presentación:

Hay pacientes que encontraron (sin buscarlo, pues el que busca no encuentra) como manera de representarse ante el otro una enfermedad, o la suposición de la misma.
Es así que en el año 1966, Lacan en una mesa redonda en el Colegio de Medicina en la Salpetriere, dice que en algunos casos los pacientes cuando se presentan a la consulta con el médico, van a que se los autentifique como enfermos, demandan que se los preserven en su enfermedad.
Me sirvo de esta breve cita, para referenciar de algún modo lo que ubicaré en el caso que se presenta al comienzo, como cierta falla en la función de nominación. Es de destacar que no se trata del análisis de un síntoma, de una formación del inconsciente.

Se trata para este tipo de presentación, de un fenómeno que citando nuevamente a Lacan, denomina él como falla epistemo–somática. Aparece manifestado así un recorte del cuerpo que ha quedado sin morder por lo simbólico. Sin mortificación significante aparece  un  agujero diferente de aquellos que son recorridos y bordeados por la pulsión, organizando así nuestro erotismo. Un fenómeno que mordiendo al cuerpo en su carne y concentrando allí una cantidad de libido como hendida en un órgano, convoca la mirada de otro, erotiza el sector y otorga un lugar de pertenencia. Es así, que alguien que padece de asma, por ejemplo, pasa a pertenecer al grupo de asmáticos, y se presenta a consultar por esa marca en su cuerpo que lo representa y escuda. Casos en los que se puede observar una particular relación a la barra, que no está al servicio de representar al sujeto dividiéndolo, sino escudándolo.

Volviendo a lo que nos interesa, justamente son casos en los que el cuerpo aparece, se muestra, manifiesta lesión, se fenomeniza, en lugar de surgir el sujeto del inconsciente. Una hipótesis puede ser suponer que allí donde no hay surgimiento del sujeto, aparecería un cuerpo fenomenizado.

Para que se produzca el efecto sujeto, necesariamente debe producirse una pérdida, la caída del objeto para que se produzca un intervalo propiciatorio de la evanescencia, afanisis, fading, y por consiguiente, el efecto sujeto.

En el fenómeno psicosomático no hay sujeto del inconsciente, porque no hubo pérdida de objeto. Es así que para estos pacientes, tomados podría decir por una representación que implica conllevar una marca en el cuerpo, se les hace difícil dar a perder, se dificulta la posibilidad de duelar. 

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Trabajo presentado en Reuniones de Psicoanálisis del Sur. Año 2006.