Marc Goldschmit

 

La atención puesta en el pensamiento y los textos de Freud, el interés por los avances de la revolución psicoanalítica y por su fuerza deconstructiva, atraviesan todos los trabajos de Derrida. Desde sus primeros escritos, comienza un análisis del pensamiento de Freud: señala que este pensamiento es uno de los más subversivos, y que está en condiciones de inquietar los presupuestos más persistentes de la tradición metafísica, aunque, al mismo tiempo, Freud no llega a liberarse de los principios que subvierte. Las audacias más grandes de Freud encuentran su límite más acá de lo que ellas descubren. Según HeideggerKant habría retrocedido en la segunda edición de la Crítica de la razón pura frente a la audacia de lo que descubría en ella: la finitud ontológica del hombre. Para Derrida, por el contrario, los avances de Freud también son retrasos, porque no es posible liberar un pensamiento y una escritura ‑un texto‑ de las restricciones metafísicas que lo constituyen.

 

El psicoanálisis, una deconstrucción limitada

Es pertinente pensar, entonces, que”la” deconstrucción sería una suerte de psicoanálisis de la filosofía, una puesta al día de aquello que la filosofía o la metafísica reprimiría o ocultaría en ella. Derrida somete más bien las diferentes estrategias psicoanalíticas, sus historias y sus apuestas al análisis más riguroso. No toma prestado ningún concepto del psicoanálisis, ni ninguna de sus lógicas, sin reelaborarlos, transformarlos y someterlos a los desplazamientos más grandes. El pensamiento derrideano de la huella es, indudablemente, impensable sin la elaboración freudiana de la hipótesis del inconsciente, pero también es muy diferente de esta elaboracíón. La relación de Derrida con los textos y con la textualidad ha sido posible sin duda por descubrimientos como los de Freud, pero también es muy diferente de ellos.

En De quoi demain…, serie de entrevistas publicadas en 2001 con la historiadora del psicoanálisis Elisabeth Roudinesco, en el capítulo titulado “Éloge de la psychanalyse”, Derrida explica claramente cómo percibe la dependencia del psicoanálisis en relación con la filosofía y la tradición metafísica, y cómo el pensamiento de la huella constituye un desplazamiento respecto de los “métodos” de Freud: “De 1963 a 1965, elaboré el pensamiento de la huella con el que llevaba a cabo una deconstrucción del logocentrismo y del falocentrismo [la diferencia sexual pensada a partir de la primacía simbólica del falo]. Entonces comencé a percibir y a analizar la deuda de Freud en relación con la metafísica”(1).

Los descubrimientos freudianos que conciernen a la hipótesis del inconsciente, la represión, el trabajo del duelo y la melancolía nunca llegan a conquistar el pensamiento de la huella al que ellos remiten sin embargo por completo. El pensamiento freudiano pertenece entonces aún a la metafísica allí donde no consigue pensar aquello que descubre y que es el exceso de la huella escrita sobre el logocentrismo y la primacía del habla viviente. “Si el psicoanálisis es impensable fuera de esta tradición filosófica, ésta hace posible el psicoanálisis pero al mismo tiempo lo limita”(2).Encontramos así una preocupación común por invalidar los presupuestos de la metafísica de la presencia consciente, tanto en el pensamiento derrideano de la huella como en el pensamiento freudiano del inconsciente, pero también hay una separación ínfima e infinita entre ambos pensamientos, puesto que el pensamiento de la huella trabaja por deconstruir lo que hace posible y al mismo tiempo limita el psicoanálisis. El trabajo de Derrida constituye una generalización rigurosa de los descubrimientos freudianos, destinada a liberar el psicoanálisis de lo que lo limita más acá de lo que descubre.
La proximidad de la deconstrucción respecto del psicoanálisis freudiano comienza, en efecto, a tejerse a partir de los trabajos de Derrida sobre la fenomenología husserliana de la conciencia: “Sentí la necesidad propiamente deconstructora de volver a poner en cuestión el primado del presente, de la presencia plena, desde entonces también de la presencia de sí y de la conciencia” (3). Por esto, la situación del pensamiento de la huella en relación con la del inconsciente no es simple: “Era indispensable situar la problemática de la huella, gran principio de réplica, palanca estratégica de la deconstrucción, más allá y en el borde del psicoanálisis” (4); es decir, en el borde y al mismo tiempo más allá de los principios del psicoanálisis.

 

El dominio de sí desarmado. Más allá de más allá…

La discusión con el psicoanálisis comienza con la lectura de uno de los textos más decisivos y sorprendentes de Freud: Más allá del principio de placer, publicado en 1920. En “Spéculer ‑ sur Freud”, Derrida pone al día, en efecto, las paradojas engendradas por la soberanía del “principio de placer” que gobierna la psiquis inconsciente: “Esta es la objeción [que hace Freud a la soberanía del principio de placer], si el principio de placer fuese absolutamente dominante, si, sin réplica posible, fuese el amo absoluto de todo, ¿de dónde vendría el displacer que testimonia la experiencia de modo tan poco discutible? Sufrimos, dice esta experiencia” (5). El sufrimiento ¿no es, en efecto, una objeción a, y una limitación de, la soberanía del principio de placer? El sufrimiento y el displacer psíquicos ¿tienen una fuente extraña y exterior a la psiquis, dando cuenta así de que la psiquis no es dueña de sí y de que su principio puede ser vencido, o dan cuenta más bien de que el principio de placer y la psiquis no son simples sino que se dividen sin cesar?
El mecanismo constitutivo de la psiquis, la represión (el inconsciente, desde un punto de vista dinámico es la represión), es el que complica lo que el Yo siente. “La represión altera la lógica implícita en toda filosofía: hace que un placer pueda ser ‑para el Yo‑ sentido como displacer”(6) invierte la significación del displacer y del placer, puesto que el Yo (la instancia “organizadora” de la psiquis según Freud) puede tomar el displacer y deleitarse inconscientemente con un displacer consciente, e inversamente sufrir con un placer consciente. Con el trabajo inconsciente de la represión, las palabras pierden su significación convencional. La locura que el pensamiento de Freud de la psiquis representa para la lógica filosófica o científica aparece aquí en toda su amplitud: la hipótesis del inconsciente y el mecanismo de represión desestabilizan la ciencia y la filosofía en su principio mismo, puesto que la experiencia vivida deja de ser el criterio de la significación del placer y del displacer. Si los afectos no tienen la significación que les da la experiencia consciente, la conciencia ya no está presente a sí misma y los procesos psíquicos no poseen sujeto. El sufrimiento aparente, sintomático, podrá entonces significar para el análisis la “realización” de un deseo inconsciente, puesto que aquello que es displacer para un sistema, del aparato psíquico (la conciencia) puede ser placer para otro (el inconsciente).

Esta subversión de los principios de la filosofía y de la ciencia, por parte del psicoanálisis freudiano, es la subversión de su dimensión fenomenológica, en el sentido en que “toda filosofía que habla del sujeto o del afecto sería fenomenológica por esencia”(7). El psicoanálisis y la represión inconsciente producen, pues, una de‑significación generalizada de todos los fenómenos de la vida afectiva y subjetiva. Así, todas las palabras son de‑semantizadas y pierden su sentido: sucede lo mismo con la significación de los fenómenos que ya no se constituyen desde entonces en la conciencia. Para el psicoanálisis, los síntomas y el sufrimiento que los acompañan repiten conflictos pasados: el Sujeto está entonces animado por una “compulsión de repetición” de la que no es dueño y que gobierna su vida. En Más allá del principio de placer, Freud se pregunta si la “compulsión de repetición” no es una objeción a la soberanía del principio de placer.
La soberanía del “principio de placer” significa que la psiquis inconsciente está en el origen de todo lo que podría sucederle, puesto que ella es la que determina el sentido de lo que siente (tanto del placer como del displacer). Ella se apropia en el origen de lo que le es extraño y que viene del otro. Como muestra Derrida, “la autoridad del P. P. [principio de placer] siempre es irrefutable. El P. P. es el autor de todo lo que parece escaparle u oponérsele”(8). Lo que se juega aquí es el pensamiento freudiano de lo propio, con el problema de la soberanía del principio de placer, y así aparece, entonces, la pertinencia del concepto derrideano de diferanciaEn efecto, Freud llama “principio de realidad” a la obligación en que se halla el aparato psíquico de representarse lo que es real y desagradable. La satisfacción del placer debe entonces realizar desvíos y díferir su cumplimiento, puesto que ese principio exige negociar con la realidad y satisfacer el placer en formaciones de compromiso. Freud piensa esta educación de la psiquis en relación con la realidad como una modificación del principio de placer por el principio de realidad. Derrida señala que, en el texto de Freudel principio de realidad es el instrumento del principio de placer, no una modificación sino la única manifestación posible del principio de placer.

En efecto, si el principio de placer es soberano, el displacer no es sino el placer que difiere de sí mismo, no es sino la demora y el relevo del placer. El placer no es, entonces, ni simple ni idéntico a sí mismo, no es lo mismo de sí mismo; es así la”causa” psíquica del sufrimiento y del displacer. De este modo, Derrida señala hasta qué punto el pensamiento de Freud es paradójico y deconstruye la metafísica de la presencia de sí de la conciencia: “y si el placer no se produjera sino difiriendo de sí mismo, si no sucediera con esta condición”(9), el displacer sería entonces la táctica del placer para volver a sí. El principio de realidad expone la psiquis a la insatisfacción y a la demora; el principio de realidad sería el suplemento del principio de placer y no un principio rival o contradictorio, ni una simple modificación de ese principio. Dicho de otro modo, el principio de placer sería el que diferiría la presencia del placer, al no existir el placer sino diferido de sí mismo. El placer psíquico no sería, entonces, otra cosa que la diferancia de la presencia del placer en el displacer y el sufrimiento.

El análisis de Más allá… de Freud, por parte de Derrida, permite entonces volver a pensar lo que los primeros trabajos sobre la fenomenología de Husserl habían descubierto: la idea de que “lo propio es la tendencia a apropiarse”(10). Lo propio no es otra cosa que la tendencia y el movimiento de apropiación de sí que no preexiste a sí, y es siempre también un movimiento de desapropiación (proceso doble y ambivalente que Derrida nombra “exapropiación”). “Lo propio no es lo propio y se apropia de lo que se desapropia ‑propiamente impropiamente‑. La vida la muerte no se opone más en él”(11). Freud opone las pulsiones de vida ‑pulsiones creadoras cuya energía es de origen sexual‑ a las pulsiones de muerte pulsiones destructoras, originariamente vueltas contra los objetos y luego vueltas contra sí, como en la melancolía‑. Es esta pulsión de destrucción, vuelta contra sí, la que se traduce paradójicamente en la tendencia de la psiquis a conservarse en su estado y a orientarse hacia el estado anorgánico que es la muerte, y esto por el hecho de que el placer psíquico se obtiene por la reducción de la cantidad de excitación y de las tensiones: la pulsión de muerte obedece en este sentido al principio de placer. Es la tendencia conservadora del aparato psíquico la que orienta al ser vivo hacia el estado anorgánico (incluso si reconoce también una tendencia a la conservación en las pulsiones sexuales). La pulsión de muerte es la modalidad pulsional por la que el Yo se afirma y se conserva. De allí que la pulsión hacia la muerte sea comprendida como el movimiento del dominio y de la constitución indefinida de lo propio. Esto significa que el dominio se deconstruye en el movimiento mismo en que se asegura ‑Freud tiene, además, la hipótesis de que la muerte sobrevendría al organismo por sí mismo más que por causas exteriores‑.
La deconstrucción derrideana se realiza sobre la lógica de lo propio; es un pensamiento de la vida sin presencia, una “filosofia” de la vida como economía de la muerte, y el pensamiento del texto es sin duda un pensamiento de la vida. “El organismo (o toda organización viva, todo ‘corpus’, todo ‘movimiento’) se conserva, se economiza, se funde a través de toda una suerte de postergaciones diferenciadas, de destinos intermedios, de correspondencias a corto o a largo plazo, de corto o medio alcance. No para protegerse de la muerte o contra la muerte, sólo para evitar una muerte que no le volvería, para cortar una muerte que no sería la suya o la de sí”.(12)

El movimiento de apropiación de sí no “consiste”, en efecto, en otra cosa que en darse la muerte a fin de que esa muerte o esa destrucción de sí no venga sino de sí. La prueba de la realidad, que es la prueba de la diferencia y del retraso en la satisfacción del deseo (la prueba de un displacer), no está entonces en contradicción con la soberanía del principio de placer; por el contrario, es el principio de placer en acción. El principio de realidad es, pues, el suplemento y el instrumento del principio de placer; asegura su soberanía.

 

El psicoanálisis como descontrucción de la soberanía. Psíquis y política.

El dominio se deconstruye por el movimiento mismo en que se constituye, ya que la psiquis se conserva en su estado por su tendencia a la muerte: encuentra placer al disminuir en ella la cantidad de excitación que no consigue vincular. Dicho con otras palabras, tiende a conservarse destruyéndose. Por esto Derrida escribe: “No será, bajo el nombre de compulsión de muerte o compulsión de repetición, otro dominio o contradominio sino otra cosa que el dominio, otra cosa completamente”(13). Esta ruina del dominio por él mismo está, pues, en el principio mismo del dominio.
Dieciséis años más tarde, Derrida vuelve a hablar de la deconstrucción del dominio psíquico. Generaliza así lo que está en el centro del pensamiento freudiano: “La ruinosa consecuencia, es que aquello que ha sido dominado ya no puede serlo, y que el exceso de dominio (bajo la forma de la exclusión, pero también de la objetivación) priva del dominio (bajo la forma del acceso, del conocimiento, de la competencia). El concepto de dominio es de un manejo imposible, como lo sabíamos: cuanto más habrá, menos habrá, y recíprocamente”(14)

El “principio” de ruina del principio, que es de algún modo el movimiento de inacción de la acción psíquica, muestra la afinidad del pensamiento freudiano con la deconstrucción. La ruina del principio de dominio significa el alcance político del psicoanálisis, y constituye una revolución en el pensamiento de la historia y de la política: “Desde que domina toda subjetividad viva, el sentido de un dominio tal no conoce ningún límite regional: otro modo de decir que no se habla aquí de dominio por simple metáfora. Es a partir del dominio ejercido por aquello que se denomina el P.P. sobre todo sujeto psíquico (sobre todo vivo, consciente o inconsciente) que enseguida puede determinarse el dominio que sea, por figura o por derivación”(15).

El dominio ejercido por el principio de placer en el seno de la psiquis no es un “dominio” en el sentido metafórico del término, es el dominio literal. Todo dominio y toda soberanía políticason, en efecto, derivados del dominio que se ejerce en la psiquis: éstos son traducciones histórico‑políticas de la pulsión de poder que obra en la psiquis. La psiquis se constituye por un movimiento de autoinmunización infinito que la protege del otro, de la destrucción y de la alteración que pueden venir del otro: ese movimiento de apropiación es la pulsión de poder que anima la psiquis haciéndola tender hacia su propia destrucción ‑la psiquis tiende hacía su destrucción para conservarse‑. Esta paradoja es la posibilidad pre‑política de la política: “Esta pulsión de poder anuncia sin duda, antes y más allá de todo principio, antes y más allá incluso de todo poder (siendo el principio el poder, la soberanía del poder), uno de los lugares de articulación del discurso psicoanalítico freudiano con las cuestiones jurídicas y políticas en general, con todo lo que concierne, hoy, a los detalles inéditos de esta doble problemática de la soberanía y de la crueldad” (16).

El psicoanálisis no es, pues, teórico, sino práctico, en tanto que es el movimiento de deconstrucción de la historia‑política: permite, en efecto, volver a pensar de otro modo el derecho, la historia y la política que así están acechados (constituidos al mismo tiempo que deconstruidos) por la pulsión de muerte. El psicoanálisis es indecidiblemente conservador y revolucionario en tanto que demuestra que la pulsión de muerte es el sentido de la pulsión de poder. Esta ambivalencia del psicoanálisis viene del corazón de la política: no se sabrá, en efecto, nunca “si el rey mismo, al convocar a sus últimos estados generales, volviendo la crueldad contra sí mismo, no ha firmado con su propia mano su fallo de muerte” (17)  o aun “si los estados generales en el momento de su convocatoria estaban destinados a perder o a salvar la cabeza, y poco importa sin duda, puesto que de todos modos ambos gestos, perder y salvar son indisociables”(18). Esta ambigüedad irreductible de la psiquis (el sufrimiento psíquico es una táctica del principio de placer para asegurar su soberanía) produce la ambigüedad indecidible de los gestos de decisión políticos. La psiquis del rey le hace perder la cabeza por haber querido salvarla: precipita la serie de acontecimientos que culminarán en la muerte de Luis XVI en la guillotina. Derrida compara los estados generales del psicoanálisis a aquellos convocados por el rey en 1789, y analiza la relación que el psicoanálisis mantiene con su fundador y con la función patriarco‑arcóntica. Traza entonces una analogía entre la ambigüedad de las decisiones de Freud y las de Luis XVI; muestra cómo las decisiones aseguran y arruinan al mismo tiempo el poder del monarca y el del patriarca.
Las hipótesis de Freud hacen, en efecto, de la crueldad psíquica el funcionamiento “normal” de la psiquis. Esta crueldad psíquica, la crueldad en sentido amplio, hace que el rey firme su fallo de muerte en el momento en que convoca a los estados generales. Es la crueldad psíquica del rey la que le hace entonces perder la cabeza, “tal vez como Freud al decidir que él no asumiría la dirección de la IPA [la Asociación Psicoanalítica Internacional], porque con eso se erigía en amo absoluto, omnipotente e impotente, impotente en su omnipotencia de soberano, avanza decapitado y resucitado”(19). Con esta analogía entre el rey y Freud, se comprende que lo que interesa a Derrida en el psicoanálisis y en sus efectos es aquello que no vuelve al padre, es decir, lo que se inscribe en el archivo freudiano pero es borrado por el pensamiento de Freud y lo excede. Dicho de otro modo, “no son, una vez más, las tesis de Freud lo más importante […], sino más bien la manera en que Freud nos ha ayudado a poner en cuestión un gran número de cosas que conciernen a la ley, el derecho, la religión, la autoridad patriarcal”(20) por ejemplo, la manera en que Freud pone en cuestión su propia función patriarcal.

Si el crimen del padre está en el fundamento o en el origen de la constitución de las sociedades, no son los hermanos rivales (como narraba Freud en Tótem y tabú) los que matan al padre y los que erigen luego, por remordimiento y culpabilidad, el tótem (sustituto que simboliza la prohibición del incesto y la prohibición de matar al padre‑tótem): es el padre el que se retira al origen y se destruye para mejor conservarse; no ejerce, entonces, nunca una autoridad tan poderosa sino con ese movimiento de obliteración de sí.
Derrida demuestra en toda su amplitud la inscripción de la psiquis en lo histórico político; dicho de otro modo, la manera en que las ambigüedades de la psiquis se traducen en ambigüedades de la historia y de la política. Los descubrimientos del psicoanálisis tienen una significación política tanto más decisiva cuanto que la psiquis está extendida fuera de sí, lo que permite a Derrida reinscribir la cuestión del mal radical en el centro de la política y, al mismo tiempo, abrir el programa de un trabajo futuro para el psicoanálisis: el programa no de un psicoanálisis de la historia y de la política, sino de una reelaboración psicoanalítica, a partir de los postulados de Más allá del principio de placer, de la cuestión del poder tal como se ejerce sobre la vida y la muerte.

En este sentido, puede leerse el texto de Derrida États d’áme de la psychanalyse: “Dada la característica originaria e inerradicable de la pulsión de muerte o de agresividad, tanto como la de la pulsión de poder y, entonces, de soberanía, ninguna ilusión puede mantenerse respecto de erradicar el mal”(21). El análisis de la soberanía del principio de placer y de la puesta en obra de la pulsión de muerte no tiene, entonces, un valor limitado a la región psíquica; más bien es un análisis general de la “realidad” histórica y política. Por esto Derrida abre un campo de trabajo aún no transitado y un programa de investigación interminable: “En tanto que un discurso psicoanalítico consecuente no haya tratado (y por lo que conozco no lo ha hecho aún) el problema de la pena de muerte y de la soberanía en general, del poder soberano del estado sobre la vida y sobre la muerte del ciudadano, esto manifestará una doble resistencia: la del mundo al psicoanálisis y la del psicoanálisis a sí mismo como al mundo, del psicoanálisis al psicoanálisis como ser‑en‑el‑mundo” (22).

El concepto de “resistencia” va a permitir a Derrida explicar aquello que mantiene al psicoanálisis al borde de la política y aquello que le impide aún pensar lo que sus descubrimientos sin embargo le habrían debido obligar a pensar: “Esta resistencia es también una resistencia de sí. Hay un mal, en todo caso, una función auto‑inmunitaria [descubierta en Más allá…] en el psicoanálisis como en todas partes, un rechazo de sí, una resistencia de sí, a su propio principado, a su propio principio de producción”(23). El pensamiento freudiano es así rigurosamente vuelto contra sí mismo: la fidelidad a este pensamiento y a sus adelantos exige serle infiel puesto que la resistencia al psicoanálisis es en principio una resistencia del psicoanálisis. Es pues la pulsión de soberanía del psicoanálisis la que lo retiene en sí mismo y le impide pensar la soberanía y el poder.

 

Freud revoluciona la historia: el archivo inconciente

En 1995, Mal d’archive se interesa por la lectura de Moisés y el monoteísmo, la “novela histórica” de Freud que el historiador del judaísmo Yerushalmi trabaja en su libro Le Moise de Freud, Judaisme terminable et interminable(24). Sin poder reconstituir aquí toda la riqueza y la complejidad de ese coloquio a varias voces entre Derrida, Freud y Yerushalmi, es posible sin embargo entrever cómo el pensamiento freudiano comienza una deconstrucción general del método de la historia y del pensamiento del acontecimiento, a través de un pensamiento otro del archivo. La discusión con el libro de Yerushalmi, por parte de Derrida, se vincula con la cuestión de saber si, como afirma Freud, hay huellas del crimen de Moisés llevado a cabo por su pueblo en el archivo de la Biblia. Una tentativa de lapidación es, en efecto, testimoniada por el texto: piedras lanzadas contra Moisés habrían sido desviadas por una intervención divina. Lo que Freud descubre entonces en el texto de la Biblia es la posibilidad de archivos inconscientes y, pues, de acontecimientos reprimidos y “ausentes” del texto; la posibilidad de acontecimientos históricos que escaparían, en el texto y por el texto, a la mirada del historiador.
Derrida interroga la concepción freudiana del archivo que escapa a Yerushalmi: “¿Cómo puede estar seguro Yerushalmi de que el crimen en cuestión no ha sido suficientemente recordado y archivado (remembered and recorded) en la memoria de Israel? ¿Cómo puede pretender probar una ausencia de archivo? ¿Cómo se prueba en general la ausencia de un archivo sino fiándose de normas clásicas (presencia/ ausencia de referencia literal y explícita en esto o aquello, y simplemente ausentes, actualmente ausentes); ¿cómo y por qué no tener en cuenta archivos inconscientes y más generalmente virtuales?”(25). La dimensión revolucionaria del pensamiento freudiano de la historia aparece cuando se plantean tales preguntas y cuando se hacen tales hipótesis: el pensamiento de Freud inquieta y perturba la distinción entre lo real y lo virtual, entre lo presente y lo ausente, y entre lo efectivo y lo intencional.
Para Derrida, y esto en la línea de Freud, lo que está borrado en un pensamiento deja huellas en el texto de ese pensamiento. El sentido de un texto y de un acontecimiento no está, entonces, nunca simplemente dado a la lectura, puesto que lo que está inscripto en un texto siempre lo está por un movimiento de retiro y de borrado. Lo que está inscripto no es, pues, nunca lo que está presente ni presentemente legible: “Pensar en la huella debería ser, desde hace mucho tiempo, reconsiderar las evidencias tranquilas del ‘hay’ y ‘no hay’ en un ‘corpus’ que excede, en la huella, la oposición de lo presente y lo ausente, la simplicidad indivisible…(26).

El pensamiento de la huella está, entonces, obligado a considerar de otro modo los textos y su significación. Este pensamiento muestra que el sentido y la significación no están ni simplemente presentes ni simplemente ausentes, ni inmediatamente legibles ni tampoco ilegibles u ocultos. Es pues otro concepto de texto y de acontecimiento el que descubre el pensamiento derrideano de la huella, un concepto que obliga a «reelaborar por completo todos los valores, ellos mismos distintos (hasta cierto punto) y a menudo confundidos de lo impensado, de lo no‑tematizado, de lo implícito, de lo excluido sobre el modo de la forclusión o de la denegación, de la introyección o de la incorporación, etc.”(27). Es necesario, entonces, distinguir y diferenciar en la lectura todas las modalidades posibles de borrado que dejan huellas en un texto.
Dicho de otro modo, Freud obliga al historiador y a la disciplina histórica a volver a pensar lo que es y lo que se denomina un acontecimiento, y cómo se percibe lo que tiene lugar y lo que sucede. ¿Lo que sucede se reduce a lo que se ve y a aquello que produce un fenómeno? ¿Los acontecimientos históricos son espectaculares o incluso simplemente visibles? ¿Cómo en efecto revelar la existencia o la actualidad de un acontecimiento histórico? En el caso del acontecimiento revelado por Freud ‑el crimen de Moisés por parte de su pueblo- puede decirse que “no ha habido, entonces, sólo intención sino tentativa de crimen, tentativa efectiva, actual, que sólo una causa exterior [una intervención divina] (un jurista diría un accidente) ha desviado” (28). La tarea de descubrimiento del acontecimiento por parte del historiador es así una lucha por descubrir el archivo del acontecimiento, una lucha contra la represión del archivo. La tarea del historiador consiste entonces en liberar el archivo reprimido, pero no sin el análisis histórico del archivo de la represión del archivo. Si hay acontecimiento e historiaes porque quedan huellas del borrado de las huellas y porque hay un archivo de la represión del archivo. La historia no es, entonces, posible sino en tanto no hay borrado puro o represión absoluta y sin retorno de las huellas del acontecimiento, sino en tanto el borrado del acontecimiento deja huellas.

El trabajo infinito del historiador se abre así en ese espacio ínfimo entre la represión del archivo y el archivo de la represión. La revolución freudiana asigna, entonces, a la historia la tarea que consiste en espaciar ese espacio ínfimo y descubrir el archivo del acontecimiento en el centro del archivo de la represión. Esta tarea infinita vuelve a leer de otro modo los “mismos” archivos, los “mismos” textos: así, “es necesario leer los textos que cita él mismo Yerushalmil para concluir lo contrario”(29) de lo que él concluye. Dicho con otras palabras, la deconstrucción de los textos se abre sobre su acontecimiento y los vuelve a dar a leer de otro modo, los vuelve a dar a leer como textos aún no transitados. Derrida repite a menudo que la deconstrucción es el pensamiento del acontecimiento o de lo que sucede  [arrivant] absoluto, pero como lo sucedido [arrivé] del acontecimiento no es ni natural ni está dado, se consigue con un trabajo de liberación del archivo donde está inscripto el acontecimiento histórico: para la deconstrucción, el archivo es el acontecimiento.
El pensamiento freudiano puede ser comprendido, de este modo, como una aspiración a volverse la ciencia general del archivo. En efecto, ha descubierto que el trabajo de archivo es el trabajo del poder y de la soberanía en acto en el aparato psíquico: la conservación protege el aparato de toda excitación exterior. El principio de placer y la pulsión de muerte conservan y archivan las huellas (puesto que ese principio y esa pulsión dan la tendencia de la psiquis a la conservación). El texto de Freud permite, por otro lado, comprender cómo el trabajo de archivo conserva y participa también de la pulsión de muerte: el trabajo de archivo es al mismo tiempo aquello que destruye el archivo, y en principio el suyo “propio”. Destruye así su trabajo de destrucción del archivo, borra su movimiento de borrado, se borra. Porque es pensamiento de lo que sucede y del acontecimiento, la deconstrucción está pues obligada a liberar el archivo y su acontecimiento, porque entrevé en el pensamiento freudiano lo que hace signo hacia un más allá de los principios y de las pulsiones, hacia un más allá de la soberanía y de la represión del archivo.
Derrida escribe: “Mi pregunta, tarde o temprano, será: ¿hay, para el pensamiento, para el pensamiento psicoanalítico futuro, otro más allá [de la pulsión de muerte, más allá del principio del placer], un más allá que se trame más allá de estos posibles que son aún los principios de placer y de realidad y las pulsiones de muerte o de dominio soberano que parecen ejercerse por todas partes donde la crueldad se anuncia?” (30). No se trata en consecuencia ni de refutar a Freud ni de hacerle objeciones, ni tampoco de cumplir lo que habría quedado inacabado, incumplido o impensado en su pensamiento, sino, por el contrario, llevar al exceso aquello que permite entrever: la pulsión de dominio destruye lo que conserva y archiva, destruye hasta el archivo de esta destrucción; hace signos hacia un más acá o más allá de ella misma, es decir, hacia un más acá o un más allá de las pulsiones y de los principios: “El principio es el poder, la soberanía del poder”(31). La deconstrucción señala hacia el más allá y el más acá de lo que Derrida llama la “mitología” de los principios y de las pulsiones, en este sentido no es en nada “freudiana”.

El pensamiento derrideano demuestra así el alcance revolucionario, e inseparablemente conservador, del pensamiento freudiano del archivo y de la historia. Analiza cómo el orden jurídico‑político se constituye justamente reprimiendo la deconstrucción del poder que tiene lugar en el centro mismo del poder. El poder jurídico‑político se erige al incorporar, para hacerla desaparecer, su propia ruina: la deconstrucción no procede, entonces, del otro o del extranjero sino que es producida por el movimiento mismo de la soberanía y del poder. Para decirlo muy rápidamente y demasiado masivamente, lo que está en juego en la relación de Derrida con el pensamiento de Freud es radicalmente democrático: cuanto más la “democracia” da lugar a la deconstrucción de ella misma y de sus principios, más democrática es; cuanto menos deconstrucción hay del poder, menos democrático es éste. El poder no es, pues, paradójicamente soberano sino por el movimiento en que se deconstruye, como de sí mismo. Dicho de otra forma, el poder jurídico y político se constituye en la represión y el borrado de los descubrimientos freudianos que lo amenazan en su fundamento.

Derrida no busca entonces, en ningún momento, determinar la intención de Freud o la significación secreta de su pensamiento. El texto de Freud no funciona como la metáfora de un sentido oculto, no disimula en él metáforas que el trabajo de la deconstrucción desedimentaría o pondría en evidencia. Es necesario, pues, deshacerse del prejuicio según el que el sentido sería para ella metáfora o metafórico. Lo que se juega en el concepto de texto es aún la cuestión de la institución y de lo jurídico‑político; el poder jurídico‑político en efecto se archiva, se traza, se escribe. Dicho de otra forma, se reprime, se borra, se retira; es inseparable así de una metaforicidad generalizada que la deconstrucción no pretende nunca reabsorber en la presencia plena del sentido.

 



Notas:

(1)“Y mañana que…” Conversaciones entre J. D. y E.R., p. 275; [edición castellana FCE].
(2) íd.
(3) íd.
(4) íd., p. 276.
(5) íd., p. 300.
(6) íd., p. 309.
(7) íd., p. 308.
(8) íd., p. 309.
(9) íd., p. 426.
(10)íd., p. 379.
(11)íd.
(12)íd., p. 378.
(13)íd., p. 333.
(14)“Étre juste avec Freud”, reeditado en Résistances ‑ de la psychanalyse, Galilée, París, 1996, p. 178.
[Edición castellana: editorial Paidós].
(15)íd. J.419.
(16)“Etats d’áme de la psychanalyse”, pronunciada en julio de 2000, durante los Estados Generales del Psicoanálisis, Galilée, París, 2000, [edición castellana editorial Paidós].
(17)íd., p. 52
(18)íd.
(19)íd.
(20)“Y mañana que…” Conversaciones entre J. D. y E.R., [edición castellana FCE].
(21)íd., P. 65.
(22)íd., p. 55.
(23)íd., p. 2 1.
(24) Y. H. Yerushalmi, Le Moise de Freud. Judaisme terminable et interminable, NRF Ensayos, Gallimard, París, 1993. [edición castellana: El Moisés de Freud. Judaísmo terminable e interminable, Buenos Aires, Nueva Visión, 1996].
(25)Mal d’archive, op. cit., p. 103, [edición castellana: editorial Trotta].
(26) La carte postale, op. cit., p. 380, [edición castellana: editorial Siglo XXI].
(27) íd.
(28) Mal d’archive,op. cit., p. 105.
(29) íd.
(30) États d’ ame de la psychanalyse, op. cit., p. 14.
(31) Mal d’archive, p. 48.