Por Vanesa Guerra

 

El hombre, los dioses, la cultura y los mitos

Parte Primera

El mundo está callado y llueve…
hombres y dioses han sido derrotados.
Muertos los dioses, ha muerto el tiempo.
Muertos los hombres la ciudad ha muerto…
(Galeano E.)

Pensar que el hombre pertenece al reino animal es algo que solo se le puede ocurrir al hombre, en principio, porque el hombre es un ser ocurrente por naturaleza. Es curiosa aquella frase, la recuerdo desde épocas escolares, donde el mundo viviente se dividía en reinos animales y vegetales y, por cierto, siempre existía alguna complicación en las fronteras, reino de investigadores sensatos o infames. Es el hombre el único que construye reinos, y el único que puede destruirlos para interrogarse, vanagloriarse o penar. No es indistinto aunque a veces ocurre todo eso al mismo tiempo. De modo que, la frase “el hombre pertenece al reino animal” es tan errada  que haría reír a cualquier animal. Y el gesto de suponer que un animal es capaz de reírse, nos ubica una vez más en el particular reino humano.

Diferenciemos.

El hombre habla

El hombre fabrica dioses

El hombre crea la estupidez

El hombre ríe

El hombre se queja

El hombre se culpa

El hombre se enamora

El hombre se confunde

El hombre se angustia

El hombre, se pregunta siempre por la condición del hombre.

Si hacemos una mirada retrospectiva por la historia de la cultura, incluso allí entre sus míticos orígenes, comprenderemos sin mas que en todo grupo humano siempre ha existido una idea de Dios o  Ser supremo.
Todo pueblo admitió la existencia de Algo que otorgara principio y creación al universo, y  justamente, instaló este magnífico lugar, en el preciso instante en que descubre que ese tipo de creaciones no se encontraban a su alcance. 
-Y todo esto… ¿ quién lo ha hecho?

Lo ha hecho Otro.
Interrogarse por el origen es un modo de cuestionar el ser. En efecto, pensar el origen es inscribir una frase: Tú que tienes origen, eres finito y perecedero.
A su pesar, el hombre lleva esta marca, como una letra grabada en piedra.Sin embargo, a nuestra cultura le resulta insoportable, sostener preguntas sin sus merecidas respuestas; la cultura, entonces, crea a un Otro responsable de los acontecimientos que carecen de explicación

La condición humana

Esto que decimos casi al pasar, no es más que situar nuestra condición humana: El hombre se angustia cuando no sabe, cuando no entiende, cuando no tiene posibilidad de dar alguna respuesta que satisfaga sus necesidades y sus deseos. Es entonces, cuando el Otro imprime su presencia. Y lo escribo con mayúscula  porque no es cualquier otro,  es un Otro  importante,  puesto que se transforma en causa y al mismo tiempo, en abrigo ante el malestar.

De modo que, la aparición del  Otro alivia.

Así, las creencias religiosas que añoran por Otro Ser -extraño a lo humano-, manifiestan la gratitud y el temor de los seres finitos a sus divinidades. El ser humano, por condición, es un ser  religioso, un verdadero creyente.

El hombre creó sus dioses a imagen y semejanza de sus apremios,  pues el imponente universo, tan ajeno a la posibilidad laboriosa de sus manos, lo excluyó de la magnífica creación que lo precede y lo interrogó hasta el cansancio. Pues bien, en esos términos,  hubo un principio, y en el principio estuvo Dios. Un Dios, o varios.

De tal forma, para algunos pueblos primitivos, la creación fue consecuencia de la cópula del Cielo y de la Tierra, acto que dio origen  a los hombres y a todo ser que puebla la faz del planeta.

«El dios Cielo y la Tierra, unidos en maridaje común, cumplen la misión carnal y procreadora, siendo la lluvia que el Cielo vierte sobre ella, el elemento que la fecundiza y la hace Madre de todos los seres que la habitan (G. Fernández de León)

Con la finalidad de ilustrar este pensamiento, presentaré un fragmento de la cosmovisión Tehuelche. El relato, interpretado por Helena Aizen y Tam Muro, lleva en su esencia la impronta de este pueblo Patagónico.

La creación era atribuida a un ser que existió siempre. Pensando en la terrible soledad que le rodeaba, aquel ser rompió a llorar, y lloró durante muchísimo tiempo, tanto que es imposible calcularlo. De las lágrimas que brotaban de sus ojos se formó el mar primitivo, Arrok, primer elemento de la naturaleza. Esa divinidad eterna y todopoderosa es llamada Kooch. Cuando advirtió que el agua brotada de sus ojosseguía en constante aumento, dejó de llorar y dio un profundo suspiro. Ese suspiro originó el viento, que disipando las oscuras neblinas, dio lugar al nacimiento de la claridad igual que ahora aparece el día después de la noche en el lejano horizonte… (Helena Aizen y Tam Muro)

…Kooch significa Cielo. Toda su creación la realizó en una isla del Atlántico, allí dio vida a Elal o Elel, quien luego de una serie de episodios míticos llega a la Patagonia y su primera tarea es crear a los hombres, luego el arco y la flecha, y más tarde enseñar oficios de caza y supervivencia…» (Mercedes Gonzál En las creencias de otros pueblos, los dioses enfrentaron algunas dificultades hasta dar con el objetivo final.

Relato basado en el Popol Vuh

«Los dioses hicieron de barro a los primeros mayas-quichés. Poco duraron. Eran blandos, sin fuerza; se des-moronaron antes de caminar. Luego probaron con la madera. Los muñecos de palo hablaron y anduvieron, pero eran secos: no tenían sangre ni sustancia, memoria ni rumbo. No sabían hablar con los dioses, o no encontraban nada que decirles.

Entonces los dioses hicieron de maíz a las madres y a los padres. Con maíz amarillo y maíz blanco amasaron su carne.

Las mujeres y los hombres de maíz veían tanto como los dioses.

Su mirada se extendía sobre el mundo entero. Los dioses echaron un vaho y les dejaron los ojos nublados para siempre, porque no querían que las personas vieran más allá del horizonte» (E. Galeano)
Para la cultura judeo cristiana hubo un único Dios. En seis días creó el universo y al séptimo descansó. [1]

Entonces, Yavé formó al hombre con polvo de la tierra, y sopló en sus narices aliento de vida, y lo hizo un ser viviente. Luego, plantó un jardín en un lugar del Oriente llamado Edén; allí colocó al hombre que había formado (Génesis, 2,7)

Mas luego, interpretando la soledad del ser, lo hizo caer en sueño profundo y de una costilla creó a la mujer, su compañera.
Los griegos aportaron otra mirada:
Los inmortales habitantes del Olimpo crearon en primer término la raza de oro de los hombres dotados de palabra. Esta raza existió cuando Cronos reinaba en el cielo. Esos hombres vivían como dioses, ajenos a la inquietud, lejos de fatigas y dolores… Por voluntad del gran Zeus / se transformó en una raza de demonios bienhechores que habitan la tierra y son guardianes de los hombres mortales… La segunda raza, mucho menos buena, fue la de plata./ Pero se negaban a rendir culto a los inmortales… Entonces Zeus, hijo de Cronos, les quitó la vida… y los transformó en los poderosos mortales subterráneos. La tercer raza de hombres dotados de palabra fue la de bronce… ellos mismos se quitaron la vida con sus propias manos y fueron a parar a la morada pútrida del frío Hades. Por temibles que fueran, la negra muerte se apoderó de ellos y abandonaron la brillante luz del sol. Zeus, creó una cuarta raza sobre tierra fecunda. Ésta, mejor y más justa, ha dado hombres heroicos y divinos de la generación precedente, a los que en la tierra inmensa se denominan semidiose[2] (Hesíodo)

El hombre nunca ha estado solo, siempre fue de aquí para allá acompañado por sus dioses. Dioses capaces de velar, aunque fuera en parte,la soledad de estar arrojado a un vasto universo infatigable.

Por soledad y miedo, el hombre, creó seres fantásticos que personificaron, en el principio de los tiempos, aquellos fenómenos naturales cuyas causas no comprendía ypor consiguiente necesitó divinizar.

Esto significa que los convirtió en sagrados, en representantes de la diferencia entre Eso y ellos. Pues, lo incomprensible sólo puede aceptarse como algo diferente al ser, algo ajeno, algo que no forma parte de uno.

Los hombres primitivos, entonces, debieron sentir temor ante aquellas fuerzas nada domeñables, y observando con mirada grave la presencia de eso que emergía sin razón alguna, creyeron que la furia de los dioses podría arremeter sin piedad, como si fuera un poder invencible que determinara el destino de cualquier mortal.Tal vez, por estas causas ofrecieron súplicas y ruegos, vidas y sacrificios, como una forma de calmar esa voracidad inexorable. Lo supieron: la naturaleza conlleva una fuerza superior a la humana, entonces le infundieron alma, alma sagrada.

Pensamiento animist

El pensamiento animista o animismo, es un sistema de ideas basado en dotar al mundo natural de alma (ánima- espíritu). De tal modo, los actos naturales (tormentas, vientos, lluvias…)responderían a una lógica del afecto. Como producto de la desmentida ante la diferencia real, existe un propósito de humanizar aquello que no es humano y al mismo tiempo de comprender sus causas y efectos.Por ejemplo, «la furia del río ha provocado una inundación« Sin embargo, no se trata sólo del río, sino de la furia de un ser superior que ha manifestado, en el río, su estado de ánimo.

En este sistema de pensamiento, se ofrece la explicación para un fenómeno particular, sea cual fuere. Es, en realidad, el modo de comprender los diversos sucesos que se plasman en el mundo, sobre la base de  imponer a las cosas reales las leyes de la vida anímica. (Freud)

Claro que, las creencias de los pueblos no eran iguales; lo universal   en relación a la condición humana, sólo supone la existencia de un Otro. Un Otro todopoderoso capaz de crear por amor y destruir por enojo. Un Otro cuyo deseo y capricho será, siempre, un enigma a descifrar.

¿Quién es el Otro? ¿Qué quiere?

Sacerdotes, chamanes e intérpretes, erguidos como escuchas privilegiados, hicieron hablar a los dioses en lenguas mortales y obviamente, no fue sin equívoco.

«Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma  del tiempo” (La escritura del Dios./ J.L. Borges)

Por cierto, una empresa imposible.

Los pueblos modelaron sus creencias acordes a las exigencias y avatares a que cada una de esas culturas estaba expuesta. Es por ese motivo, que en las creencias y religiones, se encuentran los gérmenes de un estilo de vida, más aún , me arriesgaría a decir, que las creencias y las religiones son algo así como la memoria de los pueblos. Un modo sagrado de inmortalizar o eternizar aquello que sucedía y preocupaba. La memoria de los pueblos, pervive en la escritura, el canto, la pintura, la arquitectura de los templos, los rituales, las costumbres…, o sea que la historia se hace presente día a día, a través de todas las manifestaciones de su gente. De la misma forma, las divinidades de los diferentes pueblos, expresan las pasiones de sus fieles. Pues cada dios es la representación del sentir de cada pueblo. Los dioses, entonces, son una historia viviente y subjetiva, en realidad, son el reflejo de un espejo oscuro: una pasión representada y puesta en escena.

Lo divino siempre habla de lo humano.

En el nombre del Padre:

Que el ser humano se agrupe, responde a la naturaleza de lo humano, pero lo que sucede dentro de cada grupo supone  un orden más complejo que implica lo que ese grupo vive, las problemáticas que sustenta y  la dialéctica que se gesta entre ellos  y el contexto.

Por cierto, en los distintos grupos familiares se observan costumbres, tradiciones  y creencias  particulares que los representa. Esto significa, que el efecto grupo, produce una marca en cada uno de los integrantes, no obstante esta impronta se subjetivizará, y no será la misma para todos. Tal vez, resulte más claro pensar esta cuestión en aquellas familias donde todos los hombres  han seguido o continuado una misma carrera profesional como si se tratara de un tributo, o por decirlo de manera más precisa, como si fuese una forma de sostener la religión familiar. De modo que cada nuevo título renueva la sangre de la familia y  eterniza el  deseo ancestral.

Generalmente es en este tipo de familias, donde suelen escucharse cuestiones agudas cuando alguno de los hijos ha puesto en juego otro deseo y de pronto -en extraña confusión- quiere ser el actor de la tradicional familia de médicos, por ejemplo.

Esa cadena de abuelos, padres, hijos y  nietos, obra bajo un riguroso  y  tácito imperativo:

Tú debes ser esto:
Serás como tu padre
.

Y el sólo hecho de contradecir la frase, genera en el sujeto una  angustia insoportable.

En psicoanálisis, esto tiene que ver con lo que se conoce como Mito del neurótico. Veamos de cerca la cuestión:

Antes de nacer, hay una historia en movimiento  en la cual, el niño recién nacido tiene, de antemano,  un lugar: “ Mi pequeño, será Ingeniero.”

Detenerse, luego de una paneo o zapping televisivo, frente a una película empezada, de la que se ignora, en principio, título y trama, es algo muy parecido a nacer. Digo: a la vida, el ser humano llega con una película empezada, con su propia y no tan propia película empezada por otros.  La diferencia, que no es poca, es que -en el mejor de los casos- lo estaban esperando. Mas esa espera no es gratuita,  por el contrario, se paga con eso de “serás como tu padre.

En realidad, la frase es harto tramposa, pues este padre a quien debe seguirse, es un Gran Padre; tal vez, podríamos decir que se trata del padre de cualquier padre, o del padre de todos los padres, es decir se trata del padre de la memoria de los pueblos, del padre que ha escrito la historia de ese pequeño pueblo, o de esa familia.

Ese padre, por cierto, no existe en la realidad, sin embargo, ha tallado  el modo de vida de unos cuantos. Ese Padre es el conjunto de  creencias, ideales y  mitos que sustenta una familia o una cultura para seguir adelante; sin los cuales la cosa se desorganiza. Se trata de un padre que da forma a una estructura social, instaurando un orden y una organización. Si ustedes quieren, podríamos aceptar que nos referimos a un padre fundador. Entonces, la frase «serás como tu padre» se sitúa más allá del «papá» de cada uno. Deseo aclarar, que este padre es, definitivamente, una función.

Este Padre no deja de ser un padre mítico.

Nuestra cultura está poblada de creencias; mejor dicho: toda cultura está habitada y regada por mitos, por voces maravillosas que narran pasiones humanas representadas en sus extremos.

Un mito es la imagen de un hombre que, representando a la humanidad, camina solo por una angosta cornisa. Es por ello, que podemos afirmar que la mitología nos devela la condición humana en su extremo, en sus bordes. Pero, ¿cuál es el extremo de la condición humana?

Pues bien, el extremo de la condición humana es la angustia.

Lo humano es una suerte de laberinto, nada está demasiado claro para nadie, y sin embargo, vivimos, trabajamos, amamos. El por qué de la vida, el origen, el devenir y la muerte, resultan ser puntos oscuros en la vida de todos, puntos claves, y el hombre no cesa de interrogarse por ellos. No obstante, cuando se interroga se angustia, pues de eso poco y  nada sabe. Así de frágil es la condición humana. Frágil en el sentido de que se encuentra muy lejos de la consistencia añorada. De hecho, allí donde no existe una respuesta verdadera y absoluta, el sentido de la vida se halla resquebrajado.

De esta forma, los mitos  no sólo tienen que ver con la historia de un pueblo; sino que cada uno de ellos habla de la condición humana y pone en juego las preguntas que el ser humano se hace a sí mismo -o tal vez a otros-, a lo largo de su  existencia. Es por este motivo que los mitos siempre son actuales.

Esta idea nos permite pensar cómo es el tiempo del mito, y más allá del acto de situarlos, por ejemplo, en la antigua Grecia y en la pluma trágica de Sófocles o Eurípides, lo que trataremos de ubicar es la función del mito en el tiempo, en el transcurrir de los tiempos.

Cuando el mito se pone en acto, comienza a ejercer su fuerza sobre un grupo determinado, presentificando por sí mismo una problemática que no ha encontrado elaboración posible. De tal manera, el mito es  o  será  un  presente constante,  pues actúa como un fragmento  de otro tiempo que se ha  superpuesto en el  tiempo actual.

Decir: «para el mito siempre es presente» parece una contradicción, por eso optamos por señalar que el mito es atemporal.

También lo podemos decir así: en tanto un mito continúe con su eficacia, y ocupe un lugar en la cultura, narrará la misma pregunta que otros realizaron -por ejemplo- dos mil años atrás.  Se trata, entonces, de un tiempo circular, el tiempo existente en una conflictiva determinada. Como  recorte de la humanidad, a pesar  de sus distintas versiones, la temática de un mito es siempre universal.[3] Recordemos que es el producto de  lo que llamamos Otro, causa por la cual  no depende de la categoría-tiempo, sino de la condición humana que instaura y funda a una cultura.

Así como han surgido dioses, han surgido mitos; responden al mismo origen.

El mito muestra la condición humana en su extremo pues surge cuando la angustia del hombre, por falta de respuestas a tantas preguntas, se torna insoportable. Pero, vale aclarar, que el mito no es una respuesta, en realidad es un intento fallido por dar una respuesta, es una  coartada ante la angustia para poder sostener la pregunta.

De modo que, en tanto soporte de una verdad, inefable e incognoscible, el mito acepta lo que inevitablemente no pudo quedar excluido, lo que no pudo ser silenciado e insiste a pesar nuestro. Sostiene aquello de lo que hubiera sido mejor desconocer noticia alguna. Pensemos en las diversas temáticas que escenifican  algunos de ellos: el  asesinato al padre (La Horda Primitiva), el  matricidio (Electra), el amor incestuoso (Edipo), el insoportable amor a sí mismo (Narciso), el rescate de la amada muerta (Orfeo) (o la magnífica versión japonesa de Izanagi e Izanami)

La condición humana, supone una tensión entre el deseo y el yo. Así, cuando algún elemento emerge y entorpece la consistencia yoica del «Yo Soy»  abre una dimensión para el sinsentido y la angustia invade  al sujeto transformándolo en un caos de pensamiento y sensaciones. Entonces, el mito, irrumpe como modo de embellecer la angustia, es una modalidad para  organizar ese desorden,  nombra  metafóricamente  lo innombrable, ordena y legaliza el enredo. Convengamos, que en tanto ordena el caos, el mito queda emparentado con la ley.[4]

El mito funciona como ley:

·     en primer lugar, porque no se lo cuestiona, digamos que priva a la razón de eficacia; nada puede decir allí la razón.
·     en segundo lugar, porque nomina y ordena el caos.
·     en tercer lugar, porque ejerce poder en nosotros sin que nosotros lo sepamos. Esto significa que obra a través de sus efectos en cada uno más allá de la  voluntad y la razón.

Desarrollemos un poco más estos puntos. ¿Por qué el mito no admite  cuestionamiento?
Pues bien, cuando alguien dice: «el origen de las lenguas es mítico», es como si dijera:

– esto no se sabe realmente como fue y probablemente tampoco lo sepamos. Sin embargo, se puede decir por como lo ha demostrado el tiempo,  que debe haber tenido esta estructura…”

Una estructura de ficción. De ficción narrativa. Entonces para hablar del origen de las lenguas alguien comienza narrando el Mito de la Torre de Babel.

Mas la ficción nunca es una mentira como suele creerse; la ficción es el producto de la no existencia de La Verdad, que diluida en el pasaje de los  tiempos se ha perdido para siempre. Y se aclara: creer que se ha perdido  supone el mito de que alguna vez existió.
La verdad accesible a lo humano tiene estructura de ficción
La ficción, entonces, es una verdad dicha a medias, como toda verdad. Nadie va a cuestionar si existió o no existió la Torre de Babel; ese no es el punto.
La torre de Babel es un mito que se impone cada vez que hay que situar el origen de las lenguas; mito que en última instancia plantea que el lenguaje, aquello que debería vehiculizar y hacer posible la comunicación, es siempre deficiente. Como si planteáramos que La Comunicación  (con mayúsculas, aludiendo a la verdadera): no existe. (De hecho, lo estamos planteando).
Ustedes sabrán que siempre hay malos entendidos; los humanos habitualmente nos entendemos mal.

El lenguaje es equívoco.
Leamos el mito:

>No tenía entonces la tierra más que un sólo lenguaje y unos mismos vocablos. Mas partiendo de Oriente estos pueblos, hallaron una vega en tierra de Seennar, donde hicieron asiento. Y se dijeron unos a otros: venid, hagamos ladrillos y cozámoslos al fuego. Y se sirvieron de ladrillos en lugar de piedras, y de betum en vez de argamasa y dijeron: vamos a edificar una ciudad y una torre cuya cumbre llegue hasta el cielo; y hagamos célebre nuestro nombre antes de esparcirnos por toda la faz de la tierra. Y descendió el Señor a ver la ciudad y la Torre que edificaban los hijos de Adan, y dijo: He aquí que el pueblo es uno solo y todos tienen un mismo lenguaje y han empezado esta fábrica; ni desistirán de sus ideas hasta llevarlas a cabo. Ea, pues, descendamos, y confundamos allí mismo su lengua, de manera que el uno no entienda la palabra del otro. Y de esta suerte los esparció el Señor desde aquel lugar por todas las tierras, y cesaron de edificar la ciudad. De donde se le dio el nombre de Babel o Confusión, porque allí fue confundido el lenguaje de toda la tierra: Y desde allí los esparció el Señor por todas las tierras… (Génesis 11)

Es condición de lo humano entenderse mal, quedar atrapado en entredichos y malos entendidos. El lenguaje animal, más emparentado al código, carece de este tipo de fallas. Las abejas, por ejemplo, jamás se equivocan en sus danzas. El código no da lugar al equívoco; es exacto.

Retomando:

> El mito no tiene autor; surge como una creación cultural, como un estallido.
> Es un acontecimiento, algo que sucede y se impone más allá de las voluntades. Cuando esto ocurre, la gente habla y los mitos se engendran.
> Este acontecimiento no puede cuestionarse con la razón, puesto que es ante la falla de la misma que emerge.

Digámoslo de otra manera: cuando la razón queda amordazada en el fallido intento de explicar un suceso, aparece el mito, y por una suerte de desplazamiento termina ocupando su lugar.
Por ello, el mito está enunciado desde el lugar del amo; amo de una verdad oculta que al mismo tiempo decide mostrar, y como si fuera una máscara: ocultando, muestra.
Los mitos, entonces, no apuntan a nuestra razón, no buscan la comprensión lógica. Por eso, antes decía que el punto a discutir no refiere a la existencia histórica de la Torre de Babel. Muy al contrario, todo mito está plasmado de contradicciones y absurdos, en modos semejantes a lo onírico, modalidad ésta que lo define como tal.
Por otro lado, -en relación a la tensión entre el deseo y el yo-  el deseo y lo prohibido arman el juego en los escenarios mitológicos, como si de tratara de las dos caras de una misma moneda.

Es en estos términos que, el mito habla a los sentimientos, aquello que la lógica no comprende: desear y prohibir al mismo tiempo. Todos estos elementos hacen que el lenguaje de los mitos sea ininteligible, que lleven en sus entrañas la misma sustancia de la que están hechos los sueños, y en última instancia, el hombre.
El lenguaje de los mitos, como el lenguaje de los sueños, soporta un tinte absurdo, una lógica diferente y opuesta al yo pensante. Es el lenguaje de los dioses, el lenguaje de los Otros -tan  ajenos a nosotros, pero al mismo tiempo Lo que sueña y habla en cada uno.
La esencia del ser es lo que el ser desconoce; lo más ajeno paradójicamente. La esencia del ser es un hueco, una pregunta y sobre  ella  se sostiene la esperanza.

Por cierto, parece que estamos hechos de dioses, pedacitos de divinidades que no comprendemos, recortes de seres a quienes en tiempos inmemoriales les dimos vida, o ficción.

Una frase para tener en cuenta:

Mito es todo aquello que suscita en el hombre una conducta capaz de hacerle desafiar la muerte en los momentos de urgencia, y se halla a tal punto ligado con la realidad que su casi desaparición en las sociedades modernas da lugar a que la realidad se transforme para desempeñar el papel de los mitos extinguidos ( R. Caillois)

Hasta aquí, nos resta decir entonces: la realidad es una ficción.

La verdad humana es inevitablemente mítica.

Seguiremos la próxima >> Mitología, Segunda Parte.

Gracias

 

(1] (En cuanto al verbo descansar, no entraremos en los detalles puntuales de las desavenencias que ocasionó Eva y su serpiente interlocutora. Cuestión interesantísima que también aparece en la mitología Japonesa,  en donde Izamani o la primera mujer, disgusta a los dioses por provocar un primer encuentro amoroso con  Izanagi, dando como fruto de ese encuentro un hijo “debil y viscoso como una sanguijuela)

[2] En Irlanda se aprecia una teoría muy semejante. Mientras Hesíodo  escribe sobre las tres razas: la de oro, la de plata y la de bronce; los irlandeses  hablan de tres familia pero en el siguiente orden: La de Partolon, o raza de plata;  la de Nemed  o raza de bronce y la de los Tuatha De Dañan o raza de oro.

[3] Quizá debamos aceptar que lo universal  no es más que la angustia frente a la falta..

[4] Clínicamente algo de esta ley se quiebra a la hora de instalarse esa patología que alimentó tantísimo a la prensa de fin de siglo, públicamente conocida como “ataque de pánico”. Esta cuestión no se le escapó a S. Freud, quien en 1893-1898 la dio a conocer a sus escasísimos lectores como: Crisis de Angustia, Angustia automática o Ataque de Angustia.