Traducción Ana María Gómez

 

Octave Mannoni

Cuando leemos nos olvidamos de quien es el autor y hasta -como lo hizo Foucault- uno se puede preguntar: ¿Qué es un autor?. Ahora, cuando leemos y algo en nosotros disfruta de eso que se produce en nuestro cuerpo, de “eso” no tan especificable ni discernible, es que gozamos con el sentido oído en nuestra evocación de los sonidos que se transforman en un maravilloso instrumento musical y perceptivo. Hay una cadencia especial, un ritmo propio, una respiración particular, una melodía que surge de la escritura de O.M.; modos propuestos ¿podemos oírlos? No he tenido el privilegio de escuchar la voz de O.M. y ya no podré hacerlo. Sus modos de decir, de darle aliento a las palabras y a los conceptos. Igualmente no lo creo necesario, en sus letras está la posibilidad de solazarse e interrogarse, de pensar junto con alguien y también de recuperar la vivacidad de una clínica, la psicoanalítica, como pocos han podido realizarlo, y darlo. Es simplemente una opinión, la mía, y el testimonio de lo que me ocurre cada vez que me acompaña su presencia al leerlo.

Sergio Rocchietti

 

Las primeras manifestaciones del amor de transferencia sólo podían plantear problemas urgentes; eran, en primer lugar, problemas de técnicaLa solución de estos problemas debía permitir, por una parte, la continuación del análisis -en tanto posible-, y por otra, prevenir las acusaciones que se hacían contra el joven psicoanálisis en nombre de la moral y las buenas costumbres. Las precisiones sobre las reglas técnicas debían bastar, en su época, para alcanzar esos dos fines. Esto es lo que explicaba Freud en 1912.

Las reglas técnicas propuestas, volvían a decir que el analista no debe dejarse desalojar de su situación profesional, ni tener en cuenta que es su persona la que está en juego. Esta frase traducida al inglés -lengua en la cual “profesional” tiene un sentido ético y alude al juramento Hipocrático- no tendría el mismo alcance. No se trata sólo de respetar la moral, sino también de resolver la dificultad por los medios de la técnica psicoanalítica. La situación es “embarazosa”, técnica y moralmente, pero es “difícil” desde otro punto de vista: el de la teoría, cuando se trata de dar cuenta de ella.

Existe una relación entre estas dos cuestiones. Quizás son -de modo probablemente inesperado para el lector- las cuestiones “técnicas” las que nos introducen en una búsqueda “teórica”El pretender deducir las reglas técnicas de postulados teóricos, sería una actitud “pedagógica” (para no decir pedante) que debería inspirarnos desconfianza. Podría demostrarse, aunque ello no ocurra siempre de modo conciente y sistemático, ni siquiera confesado, que es así como Freud enunciaba y perfeccionaba sus postulados teóricos. Ya se vio cómo se trastornó su teoría cuando el pequeño Hans le demostró que había olvidado su análisis (1). La razón por la cual él no lo dijo tiene sumo interés: no quería que sus alumnos se pusieran a “teorizar” a su modo.

Esta cuestión plantea problemas complicados en lo que es, exactamente, la teorización en análisis… Quizá esto no es tan simple, y las relaciones recíprocas de la teoría y la técnica (digamos: después de los “plomeros de Florencia”), merecerían un examen más cuidadoso. Siempre me ha parecido que, al reflexionar sobre “el amor de transferencia”, el pensar sobre las reglas técnicas me aportaba algunas ideas que el estudio de la metapsicología no me había provisto. Igualmente admiro el modo en el que Freud vio allí con precisión ateniéndose al aspecto técnico -pero eso exige algunas explicaciones.

De tal modo, la primera y principal cuestión, que el embarazoso amor de transferencia plantea al analista es quizás: ¿cómo excluirse de él con honor y, si es posible, con ventaja para la paciente?

La situación sólo puede parecerle desconcertante: ¿qué puede haber -se dirá él- de más “positivo” que un amor de transferencia? ¿No es que por amor a él, su paciente debería hacer un buen análisis, mostrándose dócil y cooperando? Evidentemente, las cosas no pasan así y Freud ha concluido a partir de ello, que el amor de transferencia es entonces una resistenciaEsto no constituye, enteramente, el comienzo de una explicación teórica, pues ese juicio se funda sobre una regla “técnica”, por otra parte algo dictatorial, y que más parece advertencia que esclarecimiento. Esta regla, bien conocida, expresa que todo lo que traba el “tratamiento” debe ser considerado como una resistencia. La palabra resistencia conserva allí, aproximadamente, el sentido que tenía desde las primeras experiencias de hipnosis, y no es exactamente el mismo que tiene en la metapsicología… Sin resistencia no habría psicoanálisis, ni sueño, ni transferencia, ni neurosis, etc. Siendo así, no será la metapsicología clásica la que nos explicará porqué el amor, de transferencia es un obstáculo al análisis…

Planteado eso, era inevitable que el amor de transferencia cuestionara la teoría, y de ese plano no podemos evadirnos con la sola idea de resistencia.

La transferencia es siempre ambivalente. El amor, por otra parte, también. Pero sería muy difícil, casi imposible, oponer el amor de transferencia a lo que se tiene por un “verdadero amor” y el análisis debería esforzarse para brindarnos un “diagnóstico” diferencial. EI amor es hasta a veces juzgado tanto más “verdadero” cuando es más loco y la venda de la locura que cubre los ojos, forma parte de su panoplia. Freud distinguía una elección de objeto anaclítica de una elección narcisista. Pero, ¿juzgaría él una elección anaclítica más “razonable” que la otra? Eso sería salir del análisis y tener en cuenta consideraciones sociales, morales, familiares, etc. Y, por otra parte, el amor no se lleva muy bien con la razón.

No hay dudas acerca de que el amor de transferencia aporta al análisis un gran obstáculo y tiene todas las posibilidades de arruinarlo si el analista no lo trata con una técnica justa y difícil; pero esta dificultad no se refiere, quizás, a una naturaleza particular del Ubertragünsliebe.

Freud recuerda una historia divertida: la de un Pastor que acude a ver a un asegurador, a fin de convertirlo, y sale asegurado. En efecto; esta es una imagen de lo que está en cuestión para el analista: ¿se dejará seducir? Pero esta imagen puede hacernos reflexionar. Si el analista hubiera tomado en análisis a un asegurador que se dedicara exclusivamente a querer asegurarlo, ¿no tendría allí, al menos, alguna relación con la cuestión aquí tratada? Me parece que eso debe ayudarnos a ver más claro. En todos los casos, sin duda, el amor está sostenido por la transferencia, pero evidentemente, el amor de transferencia no es, simplemente, una forma “patológica” de la transferencia. Es otra cosa. En este parágrafo yo no sólo trato de técnica. Se ve bien claro que el mismo lleva a cuestiones teóricas. Porque lo que la técnica termina por mostrarnos es que no existe ningún rasgo particular que caracterice el amor de transferencia (Freud deja vislumbrar que está de acuerdo); éste es un amor que sólo tiene de particular y fastidioso el manifestarse en un análisis¿Por qué fastidioso? Por razones morales, profesionales (y “professional”): porque no es el analizante quien hace un “mal uso” de la transferencia, sino el “analista” si está tentado. No es sorprendente que no se encuentren muchos esclarecimientos en ese punto refiriéndose a la metapsicología. Y es muy cómodo el poner la responsabilidad de todas las dificultades sobre la espalda del paciente. El analista debe aquí llevar una parte de ellas. Pero, ¿cuál?

Es delicado precisarlo, y eso debe variar dentro de límites de suficiente amplitud.

Volvamos a apoyarnos en la técnica, que es, decididamente, nuestra mejor guía para introducirnos en las cuestiones teóricas. El analista no es un aprendiz de brujo que pasa su tiempo levantando represiones, triunfando sobre las resistencias y que cuando logra dar cuenta del obstáculo, es engullido en el torrente de su logro.

La regla técnica es más o menos lo mismo que esa palabra de un presidente de la Cámara de diputados que conocía su oficio: “La sesión continúa”. Esto no es heroico: “Estoy allí, permanezco allí”. Pues la autoridad no haría más que agravar las cosas. La clave está en que la situación analítica es de naturaleza tal que nada puede allí pasar de real -lo mismo que el trabajo de los diputados es de tal suerte que nada puede decidirse por la violencia. En análisis nada es real -lo mismo que en teatro. Hamlet puede matar a Polonio a través del cortinado; los espectadores están cautivados y conmovidos por ello; pero no creen en que “eso ha ocurrido” si no son retardados. Una especie de convicción acerca de que “eso ha ocurrido” es lo que se produce en la desdichada paciente y puede cambiar de dirección el análisis. Es allí, en una cierta relación entre real e imaginario donde se plantea la verdadera cuestión. Pero, aunque desagrade al analista, es él quien está del lado de lo imaginario y la dama del lado de lo realEn lo que se refiere a “tener razón”, ambos tienen razón, lo que no facilita las cosas. Pero el analista tiende a pensar que él está en una posición sólida y que su paciente flota en lo irreal, en tanto el amor de transferencia le prueba lo contrario. Es que existe alguna contaminación de la situación analítica a partir de la situación médica o psiquiátrica, y nunca nos hemos preocupado bastante de exorcisarla bien de la formación. En tanto nuestra dama es la pacienteeso que ella presenta, ¿no deben ser, en bloque, síntomas?… Esto es muy cómodo. La responsabilidad del analista es haberse creído el amo real de algo, en tanto su único dominio se sitúa en lo imaginario. El lo pierde cuando ve a su analizante introducir allí la realidad.

Sin duda, el amor de transferencia es de transferencia… Pero un joven que elige una novia porque ella lleva el nombre de su tía predilecta hace una transferencia y, sin embargo, si tal amor no fuera un verdadero amor, habría pocos verdaderos. La transferencia no es, quizá, tan imaginaria; ella debe tener algunas relaciones con la repetición -y la pulsión de muerte, aunque eso esté muy oscuro. Quizás sea la oscuridad de lo real, precisamente. Y es quizás por ello que la repetición es tan poco analizable -quizás ella no puede ser más que puntuada. Lacan -quien quizás no pensaba, en estas cuestiones- decía que lo real es lo que “vuelve a su lugar”…

No disponemos más que de una batería de significantes totalmente inadecuada para este género de cuestiones: lo verdadero, lo real, la ilusión, lo ficticio, lo efectivo, etc. Yo empleo aquí el término “real- en contraposición al de imaginario”. Por oposición a aquél que “imagina” un león, el de que lo alucina está en lo real -precisamente en el error-. Tantas antiguas discusiones y controversias para hacerse una idea de la realidad de Dios, han debido legarnos algunos atolladeros lingüísticos y filosóficos de los cuales no hemos salido bien, o en todo caso, de los cuales el lenguaje guarda su traza.

De tal modo, el analista que invocara la situación analítica como algo real y hablara del amor de su paciente como algo ilusorio, no tendría mucha autoridad, precisamente en el momento en que él creería ejercerla. Estamos siempre en la técnica, seguramente, pero salpimentada ahora con un poco de teoría. 0 bien, exprimiendo bien la técnica, extraemos algunas gotas de teoría. Esto no es nuevo y no pretendo ningún descubrimiento. Lo que hay de nuevo es que confronto ideas que se habían clasificado demasiado bien. Esto no es nuevo, en tanto Freud -sin hacer la confrontación- ya lo dijo. Y desde hace mucho tiempo: el 23 de enero de 1907. Por otra parte se apoyó en Kraft-Ebbing. Aquél día se hablaba, en la Sociedad vienesa, de los perversos que nunca pasan al acto (hasta aquí pura categoría nosográfica pero, después de todo, quisiera saber si su caso no es, un poco, el de todo el mundo). “Es necesarioexplica Freud, que haya suspensión de la realidad, como en el teatro”. Es de allí de donde Freud ha extraído, con su estilo peculiar, el “terreno donde se juega la transferencia” (en el Hombre de las Ratas) y más tarde, al retomarlo en dos oportunidades, las concesiones o las reservas que el principio de realidad está constreñido a dejar al principio del placer: y esto es lo que se llama la fantasía. El terreno donde se juega la transferencia, o en un sentido la realidad, ya no cuenta y no tiene ya su lugar; ¿qué es esto? Y bien, evidentemente, el espacio analítico, simplemente. No el consultorio de la Berggasse que es bien real, sino el estatuto que recibe, como espacio de palabra. (Es Winnicott quien mejor ha seguido a Freud en ese terreno).

Hay más cosas que encontrar en Freud que el tomar sólo su metapsicología, cuando se la separa del conjunto. Pero eso ya lo sabemos.

En su artículo sobre el Übertragünsliebe, Freud está un poco molesto en tanto emprende la tarea de defender una moral profesional contra la moral corriente: teme que se sospeche que los analistas faltarían a las buenas costumbres y quisiera que el análisis se procurara así, eso que entonces aún no se llamaba una buena imagen de marca. El no puede decir -eso se dirá después de él, pues todo se degrada y corrompe- que el amor de transferencia es una ilusión o un sueño creado o no por el análisis. Se cuida de ello, no porque la situación analítica no lo sea en la ocasión -hasta por el hecho de que el tratar acerca de ello esté excluido, lo cual, para el paciente puede ser un desafío a recoger y una suerte de provocación- sino que, a sus ojos, la cuestión es, precisamente la de lo real, y lo deja vislumbrar en tanto llegará hasta a tener en cuenta condiciones en la realidad y a decir que, si el analista y su paciente son los dos libres, y de condición y edad que correspondan, no existe mayor inconveniente en que celebren justas nupcias. En ese punto es necesario que uno se saque el sombrero, no por su indulgencia, que no apruebo -diré por qué- sino porque no comete ningún error teórico: el amor de transferencia, es el amor. Simplemente, a destiempoComo para una comulgante el enamorarse de un cura misógino. Pero si es un catequista que no ha pronunciado los votos y es bastante joven, ¿por qué no?

Freud tenía razón en el hecho de que el problema es esencialmente técnico. El amor de transferencia es, a lo sumo, un síntoma como cualquier otro, y entonces será necesario admitir que los síntomas son más o menos “normales”. A un síntoma no se lo rechaza (2), no se lo combate, uno no se indigna con él; se lo considera desde un punto de vista analítico. Cualquier otra actitud tiene posibilidades de agravarlo.

Sin embargo, no apruebo totalmente la línea de conducta preconizada por Freud; no se lo puede dejar de excusar. El analista, quien no debe aprobar, ni dar órdenes o prohibiciones -lo que implicaría aceptar la intrusión de la realidad- no puede tampoco aceptar la solución propuesta por Freud cuanto ésta “conviene”, a saber: “justas nupcias”. Esto es sacrificar el análisis. (Sin contar que existen riesgos también en la realidad, desde el momento en que el analista casado -para hablar esta vez como Barbey d’Aurevilly- habrá perdido el prestigio que le valía su función). La solución ideal, es decir aquélla con la cual vale más no contar, es hacer servir al amor de transferencia para el análisis… Y existe algo que se llama el despecho… que puede tornar imposible el análisis.

La principal dificultad: si el amor es real, ¿cómo analizarlo, es decir, cómo permanecer en lo imaginario? Es sobre eso que el análisis, si es posible, debe triunfar. Para poder apreciar las posibilidades y las dificultades, nos harían falta, evidentemente tener historias de casos y, evidentementeno las tenemos y comprendemos por qué … Ni Jung ni Freud habrían soñado en publicar el caso Sabina…

Generalmente, las revistas anglo-sajonas exigen que los artículos que publican estén seguidos de un resumen. A menudo son resúmenes enumerativos, que recapitulan, que sirven para alimentar los ficheros por materias en las bibliotecas. Si aquí quisiera agregar algo no sería un sumariosino precisiones que no han tenido suficiente espacio. He defendido, desde los años sesenta, una definición de lo imaginario que hacía de él una suerte de alucinación negadaPartí de una declaración de Schreber: “Yo soy -dice aproximadamente un incomprendido y renuncio a hacerme comprender, porque sé que las personas en buen estado de salud tienen en su espíritu una barrera que les impide, totalmente, tener acceso a las verdades que yo alcanzo”. Freud no tuvo que hacer demasiados esfuerzos para franquear esta barrera, pues ella consiste, simplemente, en mantener a lo imaginario fuera de la realidad. Las “Memorias” de Schreber son “imaginarias” para Freud; para Schreber, describen la realidad; para el lector ordinario, son fantásticas. He aplicado aquí estos criterios al problema del amor de transferencia -que no es de ningún modo delirante, sino en la medida en que todo amor lo es un poco.

Sostengo la hipótesis que, si el analista estuviera convencido del carácter imaginario de lo que ocurre en una sesión -como en el teatro- si no pusiera jamás por delante su realidad de analista, nunca se vería confrontado a un amor de transferencia. Fui perturbado por las dificultades que presenta el vocabulario habitual (verdadero, real, imaginario, etc.).

Notas:

(1) Aquí, el llamado a la técnica es la insuficiencia de la teoría del levantamiento de las represiones. Volver al texto

(2) Esto plantea una cuestión delicada, banal, pero que no está tratada en ninguna parte. Es “natural” que todo síntoma se remita a lo imaginario -aunque se constate que tanto la alucinación o la repetición, y muchos otros síntomas, no se dejan reducir a él. No es sorprendente que, un psiquiatra, ante un paciente alucinado, imagine sus alucinaciones. Pero quien alucina no imagina. Tengo la impresión que la imaginación nos hace escapar de los síntomas, y los hace difíciles de comprender.Volver al texto

Traducción: Ana María Gómez.
Selección: S.R.

 

Los destacados en el texto son del autor. El artículo: “El amor de transferencia y lo real” forma parte del libro “Ça n’ empeche pas d’ exister”, Ed. Du Seuil, París, Francia, 1982. Aparecido en castellano en “Carpeta de Psicoanálisis 2”, ed. Letra Viva, Bs. As., Argentina, 1985.