Por Sergio Rocchietti

“No hagas preguntas así no te dirán mentiras” (proverbio inglés)

Acercarnos a la muerte no es cosa fácil, allí nos cosificamos, si previamente no nos angustiamos. Ahora, cosificarse lo que se dice cosificarse, no lo logramos jamás, en vida. Hacerse cosa, cuestión interesante, no es más que acercarse al mundo inorgánico del cual provenimos. Y del cual nos sentimos lejos, como del mundo animal. Aquí debemos hacernos una advertencia, ¿cuántas veces nuestros olvidos nos constituyen? Respuesta: tantas. ¿Y qué se constituye desde esos olvidos? Simplemente nosotros -es obvio que no sólo de nuestros olvidos, pero ahora ese es nuestro punto de consideración-, démosle un nombre, de este modo se forma y mantiene el yo. Lo digo al pasar, aunque sé que es esencial para lo propuesto anteriormente, “acercarnos a la muerte”, nuestra “ignorancia”, es consustancial al yo. Esto es, estamos hechos con nuestro olvidos y con nuestros “no quiero saber nada de eso”, no quiero enterarme, admitirlo, mucho menos considerarlo, aceptarlo, sopesarlo, pensar en ello y meditar -en mí- sobre sus consecuencias.

No quiero… y sin embargo…

Exigencia no desmedida: cualquier persona que “trabaje” con personas debe tener, o haber tenido, una reflexión sobre los temas de la existencia. Uno de estos temas es el de la muerte. ¿Los otros? Elijan ustedes. Siempre será una buena elección, porque son los que necesitamos para ubicarnos en la posición -quizás la buena posición- de poder acercarnos a otro; aunque sea acercarse para no hacer nada, acercarse para estar allí. Cuestión de suma importancia, estar, poder ofrecer la presencia, la nuestra, y además, saber esperar. Saber esperar el momento de una intervención. Dejémoslo allí.

Nos repetimos; es exigible un recorrido por los temas que hacen a la vida a cualquiera que se dedique a “trabajar ” con los temas de la vida, en relación a un otro. Los obstáculos que vamos a encontrar para realizar ese recorrido son los que, justamente, harán de nosotros alguien en buenas condiciones para recibir a otro, una vez que hayamos atravesado esas dificultades. Dificultades que no serán dejadas atrás de una vez y para siempre, sino que irán teniendo cada vez menor intensidad. O no.

Acercarnos a la muerte nos concierne, nos concierne tanto que nos cierne. Nos cierne el cuello y nos aprieta hasta casi no dejarnos respirar; a esto lo podemos llamar angustia. Pueden elegir cualquier parte del cuerpo, no interesa, lo que sí es que tratándose de la angustia, estaremos concernidos el cuerpo y nosotros. ¡Qué casualidad!, igual que con la muerte. Con la muerte se trata de algo entre nosotros y nuestro cuerpo.

Nuestro cuerpo está vivo y nosotros sabemos eso. Nosotros estamos vivos y no es una cuestión fácil saberlo. Se trata de la vida.
Los animales están vivos y no lo saben; incluso podemos decir: los animales viven y nada más, vivir no les hace cuestión. Vivir no los interroga. Cuando se trata de la vida es la biología la que se hace cargo, ahora cuando se trata de la vida humana ¿quién se hace cargo? Respuesta difícil, porque hay muchas respuestas y ninguna alcanza. Ninguna nos alcanza. La religión, la antropología, la sociología, la filosofía, la psicología, incluso la tanatología, nos proveen de intentos de explicación, de reflexión, o incluso de doctrinas férreas a las cuales sostenerse. Podemos detenernos aquí, sería sencillo, pero elegimos continuar.

¿Y cómo es que llegamos a saber que estamos vivos? Llegamos al problema de la conciencia, pero como no es nuestro tema proseguimos y simplificamos. Gracias al lenguaje. Es porque hablamos que sabemos que estamos vivos. Es desde el lenguaje, con el lenguaje, y hacia el lenguaje que sabemos que estamos vivos.

Yo sé que vivo.
Y es porque hablo y vivo que sé también que voy a morir.
El ser humano es mortal.

Recurramos a un viejo silogismo, que dice así:

Todos los seres humanos son mortales
Sócrates es humano
Sócrates es mortal

Y agreguemos lo siguiente: yo no.

¡Pero, cómo! Y bien, es así. A pesar de que lo conocemos, el silogismo, digo, y lo otro también, no queremos saber nada de eso. Toda nuestra vida rechazamos la muerte y pensamos la idea de la muerte. Podemos llegar a atormentarnos o a aliviarnos con esa idea, pero sigue siendo nada más que una idea.

La muerte no es una idea.

Dijimos ‘aliviarnos’, puede sonar extraño, pero para muchas personas pensar -y destaquémoslo, pensar- en el suicidio puede provocar alivio. El filósofo rumano E. Cioran solía decir que sin la posibilidad del suicidio la vida se le hacía insoportable. Murió a los ochenta y un años sin haber recurrido a él.

“El único problema filosófico serio es el suicidio” (nos advirtió Albert Camus).

Atormentarnos con esa idea (la de la muerte), puede transformarse en una obsesión; cada acto de nuestra vida puede estar siempre comprometido con la idea de nuestra propia finitud y de ese modo transformarnos en los testigos vigentes de nuestra provisoreidad.

Una cosa es la muerte y otra la idea que nosotros nos hacemos de ella.

Hacer un catálogo de las ideas que nos hacemos de la muerte es una tarea de recopilación y nada más que éso. Extraigamos lo esencial de esa consideración: alivio o sufrimiento. Claro está que cualquier idea siempre está siendo considerada desde la vida, por lo tanto, esto está siendo pensado desde un cuerpo viviente, con sus posibles percepciones y sensaciones. ¿Cómo piensa y siente un cadáver? Obvio es que no piensa ni siente. Debemos insistir, para nosotros que pensamos y sentimos, el más alto grado de presentación de la muerte será el cadáver. La presencia (o representación) de un cuerpo muerto.

Una cosa es la muerte y otra la idea… Pregunta: ¿qué cosa es la muerte?

Acentuémos, ¿qué cosa?, no podemos ir más allá. El más alto grado de presentación de la cosa-muerte es el cadáver.

¡Qué será de mi-cuerpo cuando la vida no lo habite más!. Esta es una consideración de los extremos, lo más visible de ella: el cadáver.

¡En qué te has transformado tú mi bien más preciado, mi cuerpo! El cuerpo es el lugar donde se aloja la vida. Nuestra vida. Pensarnos cadáver, es hacernos cadáver, por ello es una idea que rechazamos con tanta intensidad y es también por lo cual, la más usual representación del cadáver pensado o la más usual presentación del cadáver será la del otro (el cuerpo de otro, aún un no-humano, aún una carroña, o una sombra-mancha con forma humana). Siempre el otro y no nosotros. Aunque a veces puede ser una ensoñación en la que el cadáver sea el nuestro, éste nunca será lo suficientemente cosa como para ocupar el verdadero lugar de un cadáver. Trataremos de sentir de qué se trata ser un cadáver por lo cual se anula la proposición “ser un cadáver” (y allí habrá seguramente un surgimiento de angustia).

Dijimos que la muerte era algo que sucedía entre nosotros y nuestro cuerpo, justamente, ese algo es que nuestro cuerpo se transforma en cosa en el momento de morir y esa cosa en la que se cambia nuestra vida es en cadáver. El cadáver será, entonces, el nombre de nuestro futuro, la imagen que no vemos cuando el espejo nos retorna esa imagen que creemos nuestra, que es tan nuestra que creemos que somos ella. Soy mi imagen en el espejo. Ese que está allí soy yo.

Mi yo visible no quiere ni puede aceptar el más allá de la imagen del yo. La idea de la muerte se transforma en la cercanía de la presencia del cadáver, o de cualquiera de las formas del deterioro del cuerpo. Deja de ser una idea pensable para ser una idea sensible y de allí proviene nuestro rechazo.

La muerte no es pensable.

Y sin embargo podemos hablar de ella. Podemos hablar de la muerte porque cuando hablamos sabemos que estamos vivos, en el ejercicio del acto de locución está presente la vida y por cierto, uno de los modos de presencia de la muerte en la vida es el silencio. De allí la angustia que sentimos si el otro, destinatario de nuestras palabras, se muestra reacio a contestar y permanece en un mutismo impenetrable.

La muerte no es pensable. Sólo es pensable la idea de la muerte.

Luego, debemos preguntarnos cómo es pensable la idea de la muerte. Y nuestra respuesta será que la idea de la muerte es pensable de acuerdo a los modos culturales en los cuales estamos insertos, desde allí vendrá una influencia importante que determinará los materiales de nuestro pensar. También agreguemos a quién piensa, la singularidad del proceso del pensar gravitará en este pensar la idea de la muerte.

Por ende: Pensar la idea de la muerte es pensarnos.

Pensar la idea de la muerte no es sólo pensar una idea sino otorgar a nuestro pensamiento la pluralidad de emociones que nos provee la palabra muerte y encontrar significados que históricamente advenidos condicionan previamente nuestro vivenciar y determinan nuestro suelo cotidiano, aquél en el cual nos sostenemos para intentar efectuar un recorrido que cierna algo en torno a esta idea. Una vez efectuado este recorrido algo, necesariamente, tiene que haberse modificado. Ello nos dará la prueba de que nuestra llegada, alrededor de ese “en torno” ha sido un movimiento y no una mera detención. Múltiples son los modos de percibir el movimiento.

Como vemos acercarnos a la muerte no es cosa sencilla. Si dijimos que la cosa-cadáver nos presenta la muerte, esa “cosa” no es la muerte. Vayamos a la gramática, la muerte es un sustantivo, la sustancia de la muerte ¿cuál es?, fuimos a preguntar a la etimología para dejar planteada la interrogación, sustantivo, sustancia, subtender. No podemos responder en general. La sustancia de la muerte es que no hay sustancia y  luego en ese no presentarse ante nosotros de la sustancia-muerte aparece la angustia.

La angustia surge en el lugar de la no presentación de la sustancia de la muerte.

Pero como la angustia no es nuestro tema, no continuaremos por aquí. Dejamos sentada la posición del lugar de las sustancias (una óntica de los entes, diría M.Heidegger); el lugar de las sustancias es en frente de nosotros, aunque nuestro estar en el mundo es topológicamente una inclusión, nuestro cuerpo condiciona, no es lo mismo lo que está en nuestro frente que lo que está a nuestras espaldas. De ahí que cualquier consideración de los espacios (topología), estará simplificada en lo cotidiano, como “un estar al frente”.

Expliquémoslo. La división viviente entre el yo y el mundo hace que podamos plantear al menos dos lugares y una relación variable entre esos dos lugares. Dijimos, un lugar para el yo, otro para el mundo y relaciones variables entre ellos. Casi siempre, postulamos, la relación va a estar orientada por una acción representada por verbos. Ahora bien, cuando en frente de nosotros aparecen las cosas, las “cosas del mundo”, las cosas en el mundo, voy a poder seguir sintiendo mi pertenencia, mi estabilidad, estoy tranquilo. Dos, serán las ocasiones fundamentales de alteración, uno un cuerpo semejante, idéntico al mío, pero que yo no soy, fenómeno llamado del doble; la otra ocasión es el cadáver, podríamos decir que el cadáver trae la evidencia de mi mortalidad, es cierto, pero aún así, hay otra consideración que hacer aquí, como si fuera este un punto de bifurcación; lo es, el cadáver también me trae la evidencia de que aún sigo vivo, no he muerto yo, ha muerto otro. Y puedo quedarme allí, “estoy vivo”. Continuamos en el mismo esquema de lugares y relaciones, pero si sigo, y no porque lo vaya a elegir, sino que sigo porque no me puedo detener, me encuentro enfrentado a la falta de la sustancia de la muerte, dicho de otro modo, la muerte no es algo “en el mundo”, el cadáver puede ser considerado una “cosa en el mundo” aunque vaya a recibir especiales consideraciones de los demás, en tanto allí (ritos, maniobras, actos, palabras, etc.) que intentan conjurar su presencia.

La muerte no es algo de este mundo (ente intramundano).

La muerte es una sustracción de la escena del mundo (sin sustancia y sin soporte ¿qué queda como vivencia?).

Adquiero la idea de la muerte desde la vida por la muerte de otros, sean humanos o animales; es en la infancia donde asisto a las primeras desapariciones de aquellos que están “en frente” de mi. Allí debo enfrentarme a la vivencia de la finitud. Pregunta inmediata: ¿adónde están? Pregunta no tan inmediata ¿y yo? Pregunta que no es formulable sino que es sensiblemente perceptible en las reacciones de cualquier niño frente al tema de la muerte, mejor dicho, para ellos: desaparición. Es alrededor de los tres o cuatro años que cualquier niño estará ya atento a cualquier manifestación de la muerte, pero no será sino mucho tiempo después, y en ocasiones específicas, que cada quien estará dispuesto a considerarse desde una perspectiva de la finitud.

Llegamos a saber, los seres humanos, que estamos vivos, porque podemos decir: “estoy vivo” y llegamos a saber de nuestra finitud, por asistir a los acontecimientos de la desaparición y en tanto hay la palabra ‘muerte’ (sello críptico que define y cierra). A esto lo podemos llamar “nuestra mortalidad”, “nuestra finitud”; ahora bien, nuestro sesgo, hasta aquí, fue el de considerar la muerte como aquello que limita a la vida, no consideramos más que al pasar la vida, y menos aún lo que de la muerte podemos transportar bajo distintos modos al tema de la vida. Claro está, que la consideración de la vida bajo el aspecto de lo humano debe ser traducida al término existencia y que la muerte en la vida admite, asimismo la traducción de ‘no ser’. Lo que no es dentro de la vida misma, esto sucede bajo distintas formas, pero principalmente bajo las del símbolo (la repetición y las energías de la disolución). Y cada uno de estos temas, la existencia y el no ser, necesitan de extensas explicitaciones para advenir ante nosotros como cuestiones para ser sentidas y meditadas.

Resumiendo. La muerte no es pensable como muerte. Es pensable la idea de la muerte. La idea de la muerte se origina en la presencia de la palabra muerte. La muerte no es pensable como muerte porque no es vivible como muerte. No hay experiencia de la muerte. De mi muerte. Hay experiencia de la muerte de otro. La experiencia de la muerte de otro es mi dolor.

Mi dolor de la experiencia de la muerte de otro me recuerda la idea de mi muerte. Mi dolor se forma experiencia (huella, trazo e incisión). La idea de mi muerte se forma angustia y dolor y olvido. Yo vuelvo a ser yo. Olvido de la muerte.