El estado de cosas
Por unos minutos en las escaleras de los tribunales latió una calma chicha, hasta que un nuevo colapso de micrófonos y cámaras televisivas arreciaron sobre Engatti y Ade Regio ni bien traspasaron la puerta. El la tomó del brazo de inmediato, la tironeó apenas y los flashes rozaron los rostros mientras el psiquiatra mostró blancos los dientes en una escueta y desencajada sonrisa.
Ade hacía su aparición en los medios; una diva en épocas clásicas.
-No es necesario que contestes las preguntas... (susurró el doctor)
Pero Ade no pudo con el planeado e irresistible sabor del posible estrellato:
-Miren chicos: agradezco que deseen cubrir esta importante nota, pero en todo caso yo estoy muy agotada y prefiero dar una conferencia de prensa en Cuidad de Buenos Aires.
La prensa se retiró con elegancia, Ade pasó teléfonos y levantando mano en ademán de chaucito, estiró el cogote y se subió a un remís.
Y así fue que en remís se destinaron a un hotel.
Un buen hotel.
Ade pretendió un decanso y Engatti, deshilachado por la neurosis, accedió sin pronunciar palabra.
Mientras Ade tomaba su yacuzzi, Engatti se amargaba con un whisky; impávido, perdida su alma gris frente a una ventana. El doctor no lograba hilar los sucesos. Pero así eran las cosas y él estaba con Ade, la misma de los almanaques, la misma que compartió su departamento, la misma que dejaba bombachitas por doquier y raras fantasías en el contestador automático.
Engatti bebía su whisky como si fuera agua, con nostálgica sed, barril sin fondo, esponja infinita, buscando la forma y la palabra que diera un poco de luz a la agonía.
¿Y cuál era la agonía?
Engatti se había enamorado.
Por eso le regalaría más tarde un departamento en cuotas; por eso adornarían la escena con mimos en el viaje de vuelta a la capital, arrumacos precisos y promesas varias.
En escasos segundos supo que la infelicidad se desvanecía a sus espaldas: Ade aceptaría su amor.
Y lo aceptó con lágrimas en los ojos y Engatti concluyó que Clelia Alameda no estaba en lo cierto, pues su amada no lloraba piedras de canto rodado y había aceptado y recibido su propia agalma con la felicidad de quien acepta un... un... ¿un departamento? Pues sí, en realidad no lo supo con exactitud y todas las alegorías, paradigmas, simples metáforas que advenían en su ayuda le cerraban mal, como mal negocio, como imprudente pacto, etcétera, pero a los fines de poner coto al inminente malestar que no cejaba desde su llegada a Mar del Plata, su estadía en Mar del Plata, su whisky bebido frente al ventanal en el hotel de Mar del Plata y su actual retornar de Mar del Plata a Buenos Aires, frenó su auto en el kilómetro 297 de la ruta dos y le relamió el coño con frenesí.
Ade, encantada, habrá murmurado:
-a tu lado siento que mi vida tiene lugar en este mundo.
La vida entera transitaría vertiginosa en pálpitos súbitos del aceptado y reconocido Engatti. Para este amante no eran campanas, era un corredizo de imágenes sueltas que mostraban la niñez en Castelar, la adolescencia en la escuela técnica, la carrera de medicina en la universidad, los estudios como psiquiatra, las prácticas hospitalarias y aquella paciente... ¿cómo se llamaba? Leila, ah sí, Leila... la del Síndrome Délfico, la estrecha... que buena falta le hubiera hecho un kilómetro 297 en la ruta dos. Con otro, aclaró meses más tarde en su segundo libro.
(Debo aceptar que sin tamaña fuente sería imposible reconstruir esta parte de la historia, pero debo agregar que la línea del 0 –600 de Ade Reggio y sus repetidas apariciones en talk shows y revistas no han sido una fuente menor.)
Por aquellas épocas de hospital, puntualmente cuando se confrontó a Leila, Engatti empezó a sentir un ardiente cosquilleo entre los ojos; cada horrible mañana dibujaba frente al espejo la silueta marrón de esas manchas incipientes que la paciente aseguró iguales a las propias. Espantado cada día más, Engatti el contagiado, se atormentaba con la idea de que el Síndrome Délfico podría ser una enfermedad viral y por consiguiente vivía aterrado en una áspera espera de posible eclosión.
Fue el amigo Beto, quien sin tener ninguna noción de la psiquis, ni de nada, le dijo:
-Tu paciente está necesitada, si se revuelca un poco zafa del síndrome.
En aquel momento el doctor no pudo considerar la sugerencia, Beto era un vulgar, un torpe, creído poseedor de la esencia de las mujeres, decidido a mostrar sus valiosos trofeos con empalagosas anécdotas y centenares de teléfonos femeninos a su alcance. Ávido por resistida sapiencia, admitió que era necesario estudiar el caso; de modo que un insoportable día de angustia se abalanzó sobre un libro de Freud como si fuera el antídoto: abrió el tratado en cualquier parte como esperando un oráculo y allí mismo en esas hojas el maestro sentenciaba:
...Charcot pronunció de pronto, con brío, estas palabras: "Mains dans des cas pareils cést toujours la chose génitale, toujours... toujuors... toujuors...! Y diciéndolo cruzó los brazos sobre el pecho y se cimbró varias veces de pies a cabeza con la vivacidad que le era peculiar. Sé que por un instante se apoderó de mí un asombro casi paralizante y me dije: Y si él lo sabe ¿por qué nunca lo dice?...
Engatti, tieso, dio vuelta la página:
Cuando el doctor Chrobak apareció, me llevó aparte y me reveló que la angustia de la paciente se debía que, no obstante estar casada desde hacía dieciocho años, era virgo intacta... La única receta para una enfermedad así, nos es bien conocida...
Rp. Penis normalis
dosim
Repetatur! ...
De acuerdo a la bibliografía que el Doctor Engatti ha traslucido en sus diversos y extraños artículos, se creería que de la obra Freudiana no leyó más que esa página o tal vez se pueda conjeturar que estudió siempre bajo idéntica estrategia; sólo voy a destacar que en secreto y bajo palabra creyó en Beto y llegó a pensar que si su sabio amigo altanero se hubiera dedicado a descubrir los intrincados misterios del alma, hubiera sido como el maestro de Sigmund Freud.
Demás está decir que a partir de ese hallazgo, Engatti consideró que Beto era un apropiado supervisor para sus tareas científicas; así que trabajaron sobre, desde, con y en la sexualidad femenina, y juntos escribieron un ensayo sobre las mujeres que ningún editor se atrevió a sellar.
Se sabe que Beto finalizó la empresa intelectual acotando: Doctor, amigo, nadie es profeta en su tierra. Futuras generaciones nos descubrirán algún día ¡escabullamos estas hojas en la Biblioteca de Flores! yo conozco a la empleada, Olga, y su futura descendencia sabrá algún día agradecer con emoción la complicidad y la contribución que Olguita ha hecho a la ciencia.
Y así fue.
Quiero decir: y así fue como Olguita cegada por la pasión irresistible que sentía por Beto perdió su trabajo por truchar los archivos de la biblioteca. Meses más tarde, la mujer declaró que el ensayo había sido fotocopiado y uno de los juegos descansaba dentro de un libro antiquísimo que nadie solicitaba jamás.
En el prólogo que él mismo escribe a segundo libro se lee:
¡Qué tipo Beto! qué agallas para ciertas cosas... Era una pena su encierro en el sótano de Matu, era una pena que Beto fuera capaz de mantenerse enganchado a una mujer como ésa que tenía mucho de sótano, aires de medialuna y una extravagante culpa por el odio hacia su padre y hombres en general.