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Amanece arañado
 Capítulo tres:
El grano del pasado
(fragmento)

 

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El señor Testimôn reniega de la historia.
Para el Señor Testimôn la historia no tiene gollete. Le resulta ofensiva la presencia de cualquier historiador o biógrafo en la sala de su restaurante editorial. Sostiene que los libros que edita son necesariamente actuales, por lo tanto si las ventas no fueron realizadas en el transcurso de un mes, dos con caridad, los libros se queman en el horno del sótano. Así lo ha dicho.
Pero es Falso. El Señor Testimôn nunca quema papel. A espaldas de Nadie lo vende por kilo a productores de papel higiénico y a productores de boletos de colectivos urbanos del interior del país consiguiendo para sus arcas una ganancia menor para lo que son sus ingresos pero en negro, cuestión lo hace sentir puerilmente poderoso y feliz.
Nadie se enterará de esto algún día.
Para el Señor Testimôn, productor de realidades inmediatas, la historia es inútil e inservible pues Nadie es hijo del instante y todos debemos seguir el ejemplo.
¡Haga lo que le plazca, Señor Testimôn! Usted tiene muy claro que la imagen no tiene infancia, que es biografía de Nadie, lo más cercano al ilusionismo y por lo tanto no le debe cuentas a ninguno. ¡Vaya y mastique zapping, degluta zapping, eructe vertiginosamente zapping y zapping!
Usted se limpió la boca con una servilleta sucia el mismo día que el señor Bradbury le gritó que el mundo se había llenado de ojos, codos y bocas, y luego, luego se desabrochó el cinturón de lagarto para expandir su boba panza mientras el señor B. se alejaba diciendo clic, pic, ya, si, no, más, qué, quién, eh, uh, ah, pim, pam, pum, resúmenes, resúmenes, resúmenes y dejó su restaurante dando un precario portazo.

 

 

 

 

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