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Amanece arañado
Capítulo uno:
El día de la Mamona

(fragmento)

                            

El día de la Mamona @

Primera Parte
Para aquellos que aún no me reconocen, yo soy el psiquiatra involucrado en el caso ADE, el mismo que ocupó los primeros planos en la prensa amarilla de este país. Soy, según se dijo, quien posó desencajado en el portal de los Tribunales con  anteojos oscuros y traje  negro.
He accedido al pedido de mi mujer. Prefiero plantearlo en esos términos.
Contaré  en detalle cómo ocurrieron los hechos.
Mis palabras valen tanto como las de ella.
Hace unos meses, en una madrugada de abril, la conversación perdió pié y el vértigo arrastró a dar vueltas morbosas y costumbristas, entonces Ade Reggio se aprovechó de nosotros y relató en mi casa, tras los restos de una fiesta concluida, los siguientes sucesos:
-En el Norte pasan cosas raras. Escuché la historia en el velorio de Nardo; que en paz descanse. Nardo era aquel tipo que lo buscaba la policía por tráfico de drogas, el dueño de la mega-disco...
Al tipo, deseo aclarar, nadie lo conocía de modo personal, pero la prensa había seguido calurosamente el infortunio durante unas escasas semanas, cuestión que reivindicó a Nardo Scopelio como el  personaje del momento: playboy de cuarenta y tantos, amante de la noche y sus mujeres. Al poco tiempo de aquel impacto periodístico, Nardo Scopelio halló la muerte en una calleja oscura del Barrio de San Telmo: presunto arreglo de cuentas. Miles de enigmas se entramaron con su nombre y luego el asunto desapareció de los canales de Tevé.
Era probable que Ade no hubiera trabado una fuerte amistad con él, sin embargo, por su chillona afinidad al jet set y su constante búsqueda de flashes y autógrafos, había participado del social encuentro fúnebre, desbocada en su glamour y dispuesta a todo:
-En la Recoleta se concentraron los familiares de Nardo, y nosotros... Nardo era un buen chico, él no estaba enredado en oscuras artimañas. ¡Es el ambiente el que desvirtúa los hechos, los medios, las revistas, el cotorreo pagano! Allí mismo intentaron hacerme un reportaje... los pseudo paparazzi se abalanzaron sobre mi cuerpo y me acicatearon con preguntas... ¡imaginen la indignación! no hay derecho. Por suerte, Franco Rupetto, el modelo de Magazine Fashion, pudo detenerlos a tiempo. Un divino... un gentleman: -La señorita no tiene nada que responder-  dijo, y una catarata de flashes nos dejó ciegos. Lo que pasa es que el periodismo no tiene noción de lo que una sufre, Nardo era un amigo y ahora un muerto... y yo estaba en su funeral con Margot y Teté recordando momentos gratos...
Inmediatamente Ade comenzó a dar vueltas. Yo sabía que había perdido o abandonado con gordo placer el hilo convocante de la palabra pedida, pero también sabía que en la maraña de sus recuerdos, intentaba la forma de dar curso coherente a un incipiente invento. Transitar libremente historias cercanas a la vida nocturna de Buenos Aires era un pasatiempo del goce y al borde de su entrada a un trance fabuloso e interminable, alguien la interrumpió en seco.
Ade levantó una ceja, ofreció pitada vampiresca y buscó el golpe:
-La mamona; esa es la historia. Los que viven por el Norte creen que es el mismísimo demonio que ha tomado forma de culebra. Cada vez que un niño nace, la bicha repta a su encuentro y comienza a merodear la casa; familiarizada con la zona, anda por ahí, bien escondida, agazapada observa cada gesto y desde algún rincón oscuro, huele al hijo y a la madre envueltos en amor y leche, y espera... Y en la espera, capta cada movimiento, y aprende... y una primera noche arremete y cuando la madre se duerme amamantando al niño, la mamona se acerca y sin romper la suave armonía del sueño, se entremezcla entre los cuerpos amodorrados para entregar su cola al niño y succionar del pezón la leche tibia.
En el norte los niños mueren, las madres derrochan leche y las mamonas andan sueltas.
Terminado el relato, Ade se hamacaba tranquila en la mecedora. La reunión se prolongó unas horas compartiendo los últimos cigarrillos y el final de una botella de wisky que había sido generosa. La mamona, según la interpretación de quienes allí estabamos, se transformó lenta, metonímica y metafóricamente en una cuestión cultural, política, estratégica y claramente femenina.

La  Sin Techo

-Soy una chica con calle,  pero nací en un pueblo tan estúpido como aburrido. Por eso opté por la city.
Era esa toda una explicación, un remate contundente que justificaba el exilio. De niña vivió en la orilla del mar. Nació de una caracola arrastrada en la noche, por las olas, hasta una rambla precaria y deshabitada.
De algún modo llegó a Buenos Aires. Anonimato o éxito fueron el Sur y el Norte de su pequeña brújula a la hora de la partida. El tren y del tren un furgón y del furgón un guarda, aportaron las facilidades de un traslado humilde con bolso al hombro no muy pesado: ropa ligera, zapatos altos, medias negras y un complejo de cosméticos que le obsequió su caracola madre.
La calurosa noche que el cadaver del señor Nardo Scopelio fue hallado, un excéntrico nocturno se acercó a nuestra mesa. Estábamos en un pub ubicado en los márgenes de la ciudad: Geisha, que abría sus puertas de madrugada y las entornaba bajo el sol del mediodía. El excéntrico, de mirada extraviada y aires violentos, se apoyó en el respaldo de una silla y preguntó por Ade Reggio. ¿Quién sabría sus posibles escondrijos? Probable era que estuviera haciendo gatitos, como refería a su eventual pero entre nosotros constante profesión. Con el tiempo supimos que Ade soportó aprietos. Muchos  la abandonaban sin pagar. El tema nos impregnaba de tristeza. Fuimos testigos de sus esfuerzos, una vocación por superarse. Vivía rodeada de fantasmáticas figuras. Importantes. Registradas cuidadosamente en fotos tomadas a la ligera, o en visitas espontáneas donde el teléfono se daba más rápido que un billete bien merecido. Su agenda fue una prueba concreta.
Aquella noche, Geisha propició que bebiéramos lo suficiente. Matu, derrotada, apenas acertaba apoyar su codo flaco sobre el mantel en incómoda pose de hastío absoluto. Sin embargo, más allá o más acá de su repliegue infinitesimal, volvió al mundo y con refinado acento paranoico acosó al excéntrico de aires violentos con policíacas preguntas. Luego el tipo se fue y ella quedó molesta y preocupada, no lograba entender cómo el cafishio nos implicaba con la cocot. ¡Dios mío- dijo como si encontrara una reflexión- esa mujer es una Mamona! Bajo estas inquietudes, Matu vaticinó futuros catastróficos en pocos segundos y luego consideró que debíamos deshacernos de Ade por el bien del grupo y de la integridad.
La paranoia de Matu a esta altura no se discute; responde a consecuencias neuróticas ocasionadas por una rígida educación; es producto de docena de años de encierro en un colegio de monjas reforzados con asiduos viajes en carácter de misionera a Santiago del Estero y Valle de las Penurias. El recuerdo perenne e inmaculado de Sor Emilia al mando de aquellas expediciones la desarman en emociones repentinas y culposas.
A días del episodio en Geisha, Ade fue desalojada y con perfil bajo empezó a estirar su larga y elegante mano:
-¿No podría pasar unos días en tu casa? Es por un tiempo... mi familia vive tan lejos ...
No tenía plata para alquilar y nadie ofreció una pizca de amparo. Ante el estado de cosas me sentí extrañamente responsable.
Mamona vino a mi casa, se acomodó en uno de los cuartos que utilizo de consultorio. La cuenta del teléfono aumentó en modo notable, al tiempo descubrí que realizaba ficciones telefónicas semejantes al cero seiscientos. En varias oportunidades registré conversas que intentaban formalizar una empresa de servicios bajo la figura de una sociedad anónima.
Vivir con Ade no tuvo matices. Entonces siempre estaba a la defensiva  y Matu aprovechaba y me lo recordaba a cada instante con pueriles e inexactas ironías que versaban sobre camas, gatos y hórridos amaneceres.

                   @ -Gentileza de la Editorial Testimôn

 

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