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Palabras en la pizarra: Alejandra Pizarnik

 

Alberto Manguel

La poesía es una religión sin esperanza.
JEAN COCTEAU, Journal d'un inconnu.

 

Conocí a Alejandra Pizarnik en Buenos Aires, en 1967, cinco años antes de su muerte. Le había pedido que colaborara en una antología de textos que pretendía continuar la historia interrumpida del Cuento de invierno de Shakespeare: «Había un hombre que vivía junto a un cementerio». Ella accedió y compuso un texto espléndido llamado Los muertos y la lluvia. El libro jamás se publicó, pero gracias a ese encuentro nos hicimos amigos. Ella tenía diez años más que yo y, sin embargo, parecía la más joven de los dos. De hecho, Alejandra parecía siempre más joven que todos los demás, en parte porque era pequeña, menuda y de mirada traviesa, con el pelo muy corto y sus dedos siempre en movimiento, y en parte porque hablaba con la seguridad de un niño, señalando simples verdades que todos los demás eran demasiado adultos para destacar.

 

Alejandra vivía en un departamento minúsculo en el centro de Buenos Aires. Había viajado a París (un viaje que siguió alimentando su imaginación mucho tiempo después de su regreso y durante el cual conoció a Julio Cortázar y a André Pieyre de Mandiargues, dos figuras fundamentales en su vida) pero, después de aquel peregrinaje, casi nunca salió de entre las cuatro paredes donde escribía, dormía (mal) y se reunía con sus amigos. Junto a su escritorio había colocado una frase de Artaud: «Il fallait d'abord avoir envie de vivre» («Había que tener antes que nada ganas de vivir»).

 

Había muy pocos muebles en ese cuarto: el escritorio, una cama, algunos libros y una pequeña pizarra donde trabajaba sus poemas, como una escultora cincelando un bloque de piedra que sabe contiene unas pocas palabras esenciales y preciosas. Todo su oficio se resumía en alcanzar aquel núcleo oculto dentro de una compleja masa de pensamientos, imágenes, intuiciones, desmontando un argumento poético para llegar a su denominador esencial. Escribía frases en la pizarra y luego, día tras día (o noche tras noche, cuando no podía dormir), las borraba palabra por palabra, reemplazaba algunas, descartaba otras hasta que, finalmente y al costo de un gran esfuerzo físico, permitía que uno o dos versos subsistieran, duros y resplandecientes como diamantes, que entonces copiaba en sus cuadernos con la letra minúscula y regular de una colegiala. «Escribir es darle sentido al sufrimiento», anotó Alejandra en su diario en noviembre de 1971.

 

Los judíos tienen una expresión ‑«sufrimos el mundo»‑ que a mi abuela le gustaba usar, acompañándola, por lo general, con un largo suspiro. Alejandra sufría el mundo de una manera visceral: físicamente, cuando el asma le impedía respirar normalmente y se quedaba acostada en la cama, sofocándose durante largas noches de insomnio; y mentalmente, porque estaba convencida de que sus vecinos la perseguían golpeando a propósito en las paredes y haciendo ruido para mantenerla despierta. La agobiaba lo que sentía como la ausencia de su madre. «Renunciar a encontrar una madre », escribió otro día, tal vez como un intento de consuelo.

 

Todo lo que hacía parecía seguir un método de reducción, ya fuera cuando trataba de entender el sufrimiento de su cuerpo y de su mente, o cuando ponía en palabras las iluminaciones de su arte. Aplicaba las reglas de su poesía al psicoanálisis, intentando encontrar lo que llamaba «un núcleo estético» en su enfermedad, y permitía que las verdades surgidas de su inconsciente se destilaran en la página. También en sus lecturas procuraba hallar el centro: con su voz ronca y jadeante, discutía un cuento de Kafka o un poema de Olga Orozco, un chiste de Silvina Ocampo o un recurso estilístico de Borges, el erotismo de La cartuja de Parma o una frase de Alphonse Allais, como si siguiera una espiral ascendente hasta llegar al punto de foco. Un día, como si fuera lo más evidente del mundo, me recitó un verso de Michaux que resumía esa búsqueda del núcleo: «L'homme, son être essentiel, n'est qu'un seul point. C'est ce point que la mort avale» («El hombre, su ser esencial, sólo es un punto. Es este punto que la muerte se traga»).

Pero percibía claramente que ni siquiera esas tácticas de sublimación podían hacer más que acercarse a

la verdad central de lo que trataba de decir. «He pensado un género literario apto para mis poemas y creo que puede ser el de aproximaciones (en el sentido de que los poemas son aproximaciones a la Poesía) », escribió en una carta de 1969. Ella aceptaba esas limitaciones como parte del destino de un poeta.

 

A pesar de los sufrimientos, el recuerdo más nítido que tengo de Alejandra es su humor. Si bien veía el mundo como un lugar monstruoso e inhóspito, esa visión le provocaba, al mismo tiempo que angustia, una risa casi extática, un júbilo semejante al que provocan la literatura del absurdo y el humor noir de los surrealistas. Ya fuera reviviendo la atroz historia de la condesa Bathory o comentando las pesadillas eróticas de Georges Bataille, Alejandra veía la broma tras el horror, la colosal estupidez de la condición humana. Incluso se burlaba del dolor que ella misma sufría. «Terror de estar bien», confesó en su diario, «de ser castigada por cada minuto en que no me acongojo».

 

Durante su corta vida, Alejandra publicó ocho pequeños libros que le han ganado un lugar fundamental en la poesía en castellano. Sus precursores fueron los poetas arábigo‑andaluces de la Edad Media, así como Quevedo, San Juan de la Cruz y Sor Juana; más tarde añadió sus lecturas de Rimbaud, Yves Bonnefoy y los surrealistas franceses. Hasta que, por fin, creó un vocabulario poético único. Si bien pueden percibirse ecos de los españoles del Siglo de Oro y de los complejos juegos de la poesía francesa del siglo XX en el fondo de su escritura, esos elementos jamás adquieren una presencia fundamental. El estilo de Alejandra es demasiado ascético, demasiado exigente para esa clase de intromisiones y las palabras que decide que lleguen a la página deben superar severos rituales de expurgación. Como en los cuentos de hadas, sólo a un puñado de aquellas que sobreviven a esas terribles pruebas se les permite, finalmente, que vivan felices para siempre.

 

En su diario, el 30 de octubre de 1962, después de una cita del Quijote («...pero de lo que más se contentó Don Quijote fue del maravilloso silencio que en toda la casa había...»), Alejandra escribió: «No olvidarse de suicidarse». El 25 de septiembre de 1972, se acordó.

 

***

 

Texto extraído de "Nuevo elogio de la locura", Alberto Manguel, págs. 217/221, editorial Emecé, Buenos Aires, Argentina, 2006.

Selección: S.R.

Con-versiones noviembre 2010

 

 

 

 

        

 

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