Lenguaje y satisfacción o la interpretación (1)
Moustapha Safouan
¿Cuál es el arte, cuál es el método, cuál el ejercicio que nos conduce a ese lugar hacia el cual es preciso caminar? - Plotino
En el curso del trabajo precedente, consagrado a la teoría de la técnica psicoanalítica, hemos examinado sucesivamente: la resistencia, el narcisismo y el fantasma. Con un programa semejante terminó nuestro trabajo sin que lo esencial haya sido abordado. Por lo esencial, entiendo el abordaje del sujeto como tal. Porque si es cierto que al sujeto lo aprehendemos siempre en nuestra experiencia en la medida en que él se relaciona con un fantasma que lo sostiene y al que sostiene; no deja de ser menos cierto que el sujeto es una cosa y que el objeto en torno al cual se reúne en el fantasma es otra. Una simple mirada al símbolo del fantasma en el álgebra lacaniana ( $<>a) nos lo enseña: el sello <> puede leerse de múltiples formas, pero no es ni una igualdad ni una identidad. A este sujeto, entonces ¿cómo definirlo, cómo tocarlo, alcanzarlo, mejor aun, cómo hablarle? Esas son las preguntas que queremos tratar ahora.
En el fondo, a esas mismas preguntas intenta responder, en un reciente trabajo, un analista americano, a propósito de un problema que le plantea la observación que aquí vemos (2).
Se trata de una histérica cuyas asociaciones dejan trasparentar el miedo fantasmático de que le salga algo por la boca al analista, que la sorprenda desmedidamente. ¿Qué cosa? El pene. Seguro de lo que dice, el analista le comunica la interpretación. Pero ella la rechaza sin recurso, incluso se indigna. El analista insiste, pero como ella no es de una naturaleza simple (se sospecha que hasta es un poco feminista, por naturaleza y por cultura), su réplica no se hace esperar. No se le ahorra nada al analista, los sarcasmos, los arrebatos de mal humor, y hasta el amor. Porque se enamora de él, mientras se pregunta por otra parte qué es lo que la hace amar a un hombre tan freudiano, tan imposible ‑oportunidad para nosotros de mencionar entre paréntesis que el amor es siempre parcial: lo habría amado totalmente sin ese defecto (3). Ante tal tormenta, nuestro analista está obligado a pactar. Las sesiones se suceden, más o menos valerosamente soportadas. Luego un día, en el curso de un intercambio aparentemente fortuito, se ve llevado a citar este proverbio japonés: "El ciego no teme a las serpientes". Entonces, se produce un fenómeno bastante curioso: salen cosas de boca de la paciente que sorprenden mucho al analista: ya que todo lo que la paciente rechazó tan enérgicamente, será verbalizado, después de esta cita, como verdades que ella misma encuentra, que vienen a su encuentro por propio impulso; y al mismo tiempo reconoce en eso el motivo de todo un lado de sus síntomas, de su historia y de sus relaciones tanto con sus semejantes como con las cosas.
Por otra parte no deja de ser importante señalar en cuanto a este último sector de la relación de objeto ‑la relación con las cosas‑, que antes de su análisis, la paciente había colocado el grueso de sus inversiones en una casa. Su marido había progresado lo suficiente en su ascenso social como para que se pensase en construir una casa donde se estuviera, por fin, en casa; y la construcción de esta casa se había convertido en la gran preocupación de la señora. Lo que quiere decir que la vida de todos los que tenían que estar en contacto con ella: arquitecto, decorador, carpintero, electricista, etc., sin mencionar a los hijos, al marido, a ella sobre todo, la principal interesada, esta vida, entonces, se había convertido en un infierno: todo lo que había sido ordenado recibía contraorden un instante después, todo lo que estaba hecho era deshecho, todo lo que gustaba disgustaba, etcétera.
En esas condiciones se había dirigido por primera vez a nuestro analista; quien recordando, así lo expresa, las muy conocidas ideas acerca del simbolismo de la casa, le había dicho que todas las tensiones cuya descripción le hacía eran, en realidad, tensiones desplazadas; situándose su lugar de origen entre ella y su propio cuerpo. Ella nunca había oído algo semejante. El efecto fue instantáneo: tuvo tal mejoría que no continuó por lo tanto con su análisis. Sólo cuando empeoraron de nuevo las cosas repitió la empresa.
Aun sin conocer el proverbio árabe que dice que la serpiente no muerde dos veces al creyente, se comprende que la paciente no quisiera una segunda sorpresa del mismo tipo. El analista, sin embargo, no parece haberse dado cuenta en absoluto de esa conexión ni, por consiguiente, del sentido del fantasma que no obstante había descubierto correctamente.
Se pregunta: ¿qué pasa? He dicho y repetido a esta paciente que ella no quería ver la verdad, todo fue inútil, las resistencias se exacerbaban; luego, cuando le cito un proverbio cuya significación no agrega estrictamente nada a lo que yo había dicho y repetido, obtengo resultados que sobrepasan todo lo que podía esperar. ¿Qué es lo que produce la metáfora entre bastidores, ya que aparentemente no agrega nada?
Señalemos que tiene tanta más razón para sorprenderse por cuanto la metáfora que ha utilizado en este caso no es nada tranquilizadora: pues la verdad se trasforma allí en serpientes.
Sólo que el asombro, en este analista, no es el comienzo de la sabiduría. Para dar una idea de las hipótesis que formula para explicar su éxito, dice por ejemplo: la paciente después de todo era aficionada a las cosas japonesas (yoga, zen, arreglos florales, teatro de máscaras, etc.); quizás al escuchar un proverbio que pertenece a la misma área cultural sintió cierta afinidad o comunidad de gustos, que la hizo sensible a la influencia. Dice todo esto sin creerlo demasiado. Está en un aprieto. Ahora bien, es esa misma dificultad la que nos proponemos recoger.
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¿Qué relación hay entre esa pregunta de la metáfora y lapregunta acerca de un dirigirse al sujeto que evoqué al comienzo? Esa relación es la que deberá aparecer justamente al final de esta exposición.
Para dar desde ya una indicación digamos que: en nuestro estudio anterior abordamos al sujeto en la medida en que se encuentra incluido en el campo imaginario, con relación al espejo o a la imagen que en él se refleja. Y puesto que el sujeto es para nosotros el sujeto deseante ‑de un deseo que es el deseo del Otro‑, es con esta imagen que se va a constituir en deseable- es decir que es con esta imagen que va a satisfacer su deseo como deseo del Otro, lo que por otro lado deja en suspenso para él la pregunta de saber si el Otro se satisface con las mismas jugadas. Pero ahora se trata de examinar al deseante como tal, es decir fuera de estas objetivaciones imaginarias. Este "fuera" no significa que vayamos a encontrarlo al aire libre, sino que sólo lo examinamos en tanto se encuentra envuelto en otro campo, el del lenguaje. Si admitirnos eso, no habrá nada sorprendente a priori, y sinperjuicio de saber cómo y por qué, de lo que este lenguaje que el sujeto habita se acciona en él según dos vertientes: la sustitución y la combinación.
Sí ¿pero qué relación hay entonces entre todo esto y la satisfacción del deseante? No veo cómo dar, desde el comienzo, una indicación. Para hacer sentir al menos que el lenguaje no podría ser completamente ajeno a nuestras dichas y desdichas, recordaría gustosamente el chiste de la puta a quien se le había preguntado su opinión sobre el matrimonio: "¿El matrimonio? No tengo nada en contra". Hay que señalarlo, como puta, ésta es impagable. Tratemos sin embargo de ver lo que significa esta respuesta. Esto: "El matrimonio, me parece bien, con tal que no me lo pidan". Y vemos entonces la distinción que se impone. Tenemos lo que podemos llamar la supuesta demanda, o el Otro que se supone demanda o aun la idea de la demanda; aquélla sin la cual no habría la respuesta "me parece bien", un consentir a ... Pero esta demanda hace bien en quedarse donde está; basta con que se articule para matar el escaso deseo que puede haber aun en ese "me parece bien".
Dejemos aquí provisoriamente la distinción entre la idea de la demanda y la demanda realmente articulada, y entremos en lo vivo de la cuestión.
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Si hay un analista que haya consagrado a la cuestión de la metáfora una reflexión, aunque se sostenga poco, es precisamente Ella Sharpe; y eso en un artículo de una docena de páginas que figura en sus Collected Papers recientemente editados, a pesar de que el artículo, "An examination of Metaphor", se remonta a 1940.
Es un artículo en el que adelanta varias tesis más o menos sostenibles, aunque impregnadas todas de gran audacia, y más aun, adelantadas con la mayor simplicidad como si tal cosa, apariencia en la que el lector corre efectivamente el riesgo de dejarse atrapar.
Comienza señalando que nunca será excesivo señalar la importancia de la reflexión sobre el lenguaje para un analista: éste es el artesano de una experiencia en la que todo es cuestión de palabras, y si son las palabras las que ocultan pensamiento, son también ellas las que lo revelan ... gracias a la metáfora. ¡He ahí la novedad! Por mi parte no conozco ningún autor, antiguo o moderno, que haya expuesto esta idea: que la "metáfora revela el pensamiento".
Pero novedad ‑hagamos enseguida la restricción‑ tan pronto nacida como abortada. 0 mejor, se corre el riesgo de no darle tiempo para nacer. Porque al hablar de palabras que "ocultan el pensamiento", se piensa seguramente en el pensamiento que uno oculta al prójimo. Y, por cierto, eso existe: hay cosas que se instalan en el registro de lo oculto, es incluso por eso que se las llama "pensamientos". Sólo que esta imaginería de la intersubjetividad no debe hacernos olvidar que la división consciente‑inconsciente es una división intra y no inter‑subjetiva. Si es inter ... algo, es inter‑sistémica. Lo que quiere decir que sin la metáfora todo lo que se atraparía en el sistema de las palabras sería "camelo", y, que allí no se atraparía nada del pensamiento inconsciente, el que es, por su parte, no oculto, sino no‑pensado.
Lo mismo para "revelar": este verbo, uno se apresura en aprehender, o más bien en creer aprehender, su sentido a través de la imaginería del telón: ahora bien, lo que nos dice tesis de Ella Sharpe ‑tomada al pie de la letra‑ es justamente que hay un "revelar" que no se hace a través de un movimiento de telón sino gracias a un mecanismo verbal enparticular, la metáfora.
¿Cómo? El resto de su artículo está destinado a responder esta pregunta.
En primer lugar recuerda la definición aristotélica de la metáfora como traslado o desviación de una palabra hacia otrosentido que el propio. Retoma por su cuenta esa definición, se adhiere a ella. Sólo que le impone una restricción la desviación o traslado en cuestión: es ‑según ella‑ una desviación en sentido único, que va de lo físico a lo psíquico yjamás a la inversa.
Presenta esta restricción como un golpe de timón con relación a aquellos que pretenden que nuestro lenguaje es demasiado humilde, demasiado mezquino para expresar lo que hay de divino en el hombre; que es un lenguaje hecho a la medida de las necesidades que nos dicta este mundo, para el cual justamente no estamos hechos; una servidumbre más, que no nos deja opción para expresar nuestras más elevadas aspiraciones. Así, cuando me veo llevado por impulsos superiores, llegan frases como: "Mi espíritu toma alas". No es por cierto sin intención irónica que Ella Sharpe elige este ejemplo; porque en cuanto al manejo de la agudeza, es incomparable ‑no por nada se llama Sharpe. Traté, por mi parte, de encontrar un ejemplo que suscite más entusiasmo, pero tuve que renunciar: es extremadamente difícil encontrar uno de buena ley en ese orden.
Eso no significa que yo subestime a la teoría así combatida. Por el contrario: la resistencia del lenguaje a que se exprese en él algo que va más allá de nuestras necesidades, merece la más grande consideración. Sólo que lo menos que se puede decir al llamar a este más allá "el Espíritu", es que no es muy espiritual. En el fondo, esa teoría sólo alcanza su exacta dimensión si se recuerda que es la del presidente Schreber: quien comienza sus memorias, como se sabe, subrayando la fundamental inadecuación entre nuestro lenguaje común, nuestro lenguaje natural, y las cosas sobrenaturales de las cuales debe sin embargo hablar.
Tratemos no obstante de hacer justicia a la misma teoría examinándola bajo una forma más sofisticada, más filosóficamente elaborada, como la que le da Bergson, por ejemplo.
Según él nuestro lenguaje es demasiado grosero, demasiado esquemático, sus términos son demasiado generales para aprehender lo que es vida, fugacidad y matiz: a saber lo particular, que pasa constantemente entre las mallas de ese lenguaje, cuya red no atrapa más que escamas. Es muy cierto que el lenguaje no se apodera de este particular completamente particular. Y por una razón que Hegel, por su parte, dice claramente: lo particular completamente particular no existe; o más exactamente, su ser es su devenir o su pasaje al no‑ser. Sin embargo, para que una verdad se convierta en una fuente de proceso, como el que aquí se hace al lenguaje, es necesario que haya error en alguna parte o al menos un desfallecimiento de la razón para encontrar la razón adecuada.
Imagino que el filósofo se coloca en la posición del que recibe el lenguaje de algún otro que, por su parte, no lo recibe de nadie, sino que sólo lo da ‑y no puede ser más que Dios: Dios que pasa revista a las criaturas, para nombrarlas una a una ante Adán, para identificarlas en su honor. ¡Y bien! hay aquí un doble error: el que consiste en imaginar un estado de cosas anterior al lenguaje, y en creer, al mismo tiempo, que la identificación es una identificación de estas mismas cosas y no de los significantes (4).
Pregunto: ¿cuál es ese objeto? El objeto en cuestión, que una línea recta lleva a mi índice, es un objeto aparente, transparente, cae bajo los sentidos que toman conocimiento separadamente de él o de a varios, en resumen, él es el objeto sabido, tan sabido que se quiso localizar en él la significación de la palabra que me falta y que les pregunto a ustedes. Es así como se presentan las cosas a primera vista; lo que equivale a decir que es así como uno se las imagina. Porque sabemos nosotros, los analistas, que el objeto visible no tiene esta falsa transparencia (en el sentido de: que cae bajo los sentidos) sino en virtud de su participación en la de la imagen del propio cuerpo. Esta es el modelo de toda transparencia. Y lo que se transparenta en ella, soy yo(moi). Pero basta con que esta imagen se desligue de su inserción en el "yo" (je) universal y, se vaya, si así puede decirse, para que de ello resulte una extrañeza que confina con lo inefable.
Lo mismo para el objeto visible, por más cubierto que esté con la ficción del objeto sabido: basta con que yopierda la palabra para que él se presente como desconocido. Desconocido pero no inquietante, porque la palabra que no está a mi disposición, puedo siempre preguntarla … a ustedes en este caso; es precisamente ese significante que ustedes identifican para mí y no la cosa, la que quizás desapareció entre la pregunta y la respuesta, o sufrió alguna destrucción.
La anterioridad del Otro, como lugar del lenguaje, con relación a todo sujeto que habla, corre entonces pareja con el hecho de que las cosas no son sino en la medida en que ellas se insertan en ese lenguaje, fuera del cual sólo hay destrucción: la que las cosas se infligen unas a otras, o aquélla de la que nos hacemos cargo nosotros mismos (5).
Pero entonces, lejos de incriminar no sé qué incapacidad al lenguaje, podemos afirmar por el contrario que no hay nada que escape a la capacidad identificatoria o nominadora del lenguaje (y la metáfora, como lo menciona Ella Sharpe, es precisamente uno de los mayores recursos que permiten la extensión indefinida de ese poder). No se le escapa nada, salvo el que nombra como tal. Quiero decir con eso que uno puede nombrar a un gato un gato, a una rata una rata, este hecho los deja después como antes; por otra parte nadie pensó ver en ello la razón de su dificultad legendaria en cuanto a la coexistencia. Pero si se pusiera el nombre de Adán a un infans, ese nombre tendrá cierto efecto sobre él, ya que lo enfrentará con esta pregunta: ¿pero qué soy, en tanto representado por ese nombre? Y ahí, lo "dejan plantado" (Schreber dixit), ya que él no tiene nombre para eso. "¿Por qué no me nombraste?", es justamente ése el fondo último de la reivindicación de todo hijo de vecino, y quizás es por esa razón que cada uno es filósofo a ratos.
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Aunque los desarrollos que preceden nos alejen aparentemente de Ella Sharpe eran necesarios para no dejar ninguna ambigüedad acerca del sentido de la oposición existente entre ella y los autores del campo contrario: una oposición que no tiene nada de lingüística, puesto que también para estos autores el traslado se hace de lo físico a lo metafísico; en el ejemplo citado por Ella Sharpe, de lo volátil al Espíritu. Se trata más bien de una oposición ontológica propiamente hablando: Ella Sharpe, por su parte, recusa la existencia del alma y del Espíritu. De hecho, apoya la dirección impuesta a la metáfora en las mejores autoridades del empirismo inglés, principalmente Locke, según el cual no tenemos ninguna idea que no reproduzca la experiencia interna o externa.
Ahora bien, tomando como punto de partida esta experiencia y sólo ella, es decir lo aparente o lo transparente ¿Ella Sharpe no desconoce el carácter primordial de la división consciente‑inconsciente? No debe sorprender si ella misma no plantea la cuestión, pues es propio del desconocimiento que uno no tiene tiempo de darse cuenta si hay desconocimiento.
La cuestión que ella plantea es en todo caso la siguiente: ¿cómo y por qué la metáfora, o el uso metafórico de las palabras, pudo desarrollarse a partir de un lenguaje cortado en su origen por nuestra experiencia (sense experience)?
Como de ningún modo puede asistir a ese momento de la génesis o de la procesión de la metáfora en la escala de la especie, tratará de recuperar el tiempo perdido, si así puede decirse, examinando lo que pasa en el niño: siendo la ontogénesis a sus ojos una repetición de la filogénesis. El camino que sigue en esto es muy sutil y tendremos que contentarnos con resumir su conclusión, a riesgo de no hacerse totalmente justicia. Hay un momento, dice la autora, en el que el niño aprende a controlarse; impone una disciplina a sus orificios. Ahora bien, ese momento es también aquel en el cual aprende el lenguaje, lenguaje que constituye una vía de descarga al exterior (out‑rance). Así, las descargas del lenguaje reemplazan a las que la civilización le impone diferir; y en ese sentido puede decirse que el lenguaje entero es sustitución, es metáfora.
Tesis curiosa por lo menos, porque no se ve cómo una descarga verbal, cualquiera sea su intensidad, puede aliviar la menor necesidad natural. A menos que supongamos (aquello a lo cual Ella Sharpe no parece prestar atención) que se trata de una energía inespecífica, que encuentra su satisfacción en cualquier descarga, tanto en un mar de palabras como en un mar de orina. Pero entonces, ¿cuál es el misterio por el cual nuestro cuerpo llega a estar habitado por una energía tan indiferente a nuestras necesidades? Pregunta que tampoco plantea Ella Sharpe, quien se encuentra por el contrario frente a este problema: queriendo explicar la metáfora, sólo la disolvió, puesto que es todo el lenguaje el que es ahora metáfora; ¿qué es lo que hace entonces a los caracteres específicos de la figura?
A fin de preparar la respuesta a esa pregunta, la autora emite una hipótesis según la cual el lenguaje estaba en un principio constituido por dos grupos de palabras, que corresponden respectivamente a un uso afectivo o expresivo del lenguaje y a un uso comunicativo o conceptual: las onomatopeyas y las raíces (roots). Las últimas debían expresar las relaciones del hombre tanto con sus semejantes como con su medio y no debían superar las 500 (6). En cuanto a las onomatopeyas, además de su función expresiva, debían servir para denotar objetos de percepción, tales como el gallo y la cabra. No podríamos proceder aquí a un examen detallado de esta tesis; lo que nos interesa antes que nada, a nosotros los analistas, son los ejemplos que nos da Ella Sharpe sobre las onomatopeyas: pues todos los ejemplos clínicos que cita, sea en este escrito o en otros, son literalmente iluminadores (7).
El primero es el de una paciente que se pasa media hora describiendo, uno por uno, todos los desengaños de una amiga. Luego se detiene para señalar: "Tengo la impresión de que no hice más que balar sobre mi propia condición lamentable, sin embargo no son mis penas, ¡sino las suyas!" Dicho de otra forma, comenta Ella Sharpe, todo este discurso era una onomatopeya, un balido. Aun es necesario agregar, pues la paciente no baló que, más que un balido, era un suspiro o una queja lo que quería dejar oír y que lo logró maravillosamente. Vale decir que ese lenguaje "expresivo" revela que es poderosamente comunicativo: el Otro está en el centro de este discurso, y lo está de una manera tanto más conmovedora cuanto se presenta como el buen entendedor y nada más, liberado de algún modo de todo objetivo de demanda.
Esa misma presencia del Otro se va a manifestar de manera muy diferente en los siguientes ejemplos.
Un paciente tiene un discurso locuaz durante diez minutos, luego exclama: "Esta vez sí que hablé durante todo el tiempo sin dudar una sola vez". Dicho de otro modo, se trataba de un chorro urinario.
Otro se entrega a un discurso tortuoso, sofisticado, "intelectual", luego se detiene y, embargado por no sé qué dificultad, agrega: "Pero todo eso no es más que palabras al viento". Dicho de otro modo, un flatus.
Señalemos, aunque sea una observación cuya importancia se verá luego, que es el analista quien introduce aquí la equivalencia o la metáfora. Lo esencial, por el momento, es la conclusión que ella saca de esos ejemplos: cada vez, afirma, que el paciente se detiene para comentar su discurso, asimilándolo a un balido, un chorro, un flatus, etc., podemos estar seguros de que hay angustia.
Ahora bien, angustia, fenomenológicamente, no había justamente en esos ejemplos: había queja, dificultad, incluso júbilo. Sin embargo Ella Sharpe tiene razón: la angustia está en el intento y ningún analista sensible pondrá en duda la exactitud de su afirmación. ¿Quiere decir entonces que la angustia es el único afecto que se mantiene en psicoanálisis, que es bajo el peso de la angustia que el sujeto se desprende, como el lagarto de su cola que se agita, de un objeto cualquiera ‑suspiro, mar de palabras o de orina, o como se quiera‑, de un objeto que sale al encuentro de esa angustia, la que, por esta razón justamente, permanece ignorada por él? Los efectos de la angustia son tan rápidos como los del "pensamiento": son los mismos.
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Esa estructura del objeto como objeto transferible (del que uno "se zafa" y en el que uno "se zafa"), producto de nuestra angustia, encuentra ilustración sorprendente en una escena de una película, por otro lado bastante pesada, El último tango en París. Recordemos a ese yankee que deambula en una mañana brumosa y que a la primera ocasión quiere presentarse como siendo una cola y nada más; su ser está plantado ahí, si así puede decirse; la pequeña sólo tiene que darse por enterada. Sobre todo, ella no le dirá su nombre; él no quiere saber nada de eso. Sólo que esta pequeña es curiosa. Pero no de la verdad. Pensarlo sería compartir el error del hombre; y evidentemente por algo él pensaba así. Digamos entonces que es curiosa como la verdad; y eso, ni él ni nadie, incluida ella, puede impedirle que lo sea. Entonces ella le cuenta una historia. No es un cuento de Andersen, pero como si lo fuera. La historia de un encuentro: aquel ‑no hay otro que sólo vivió porque lo esperaba. ¿Y quién era el "príncipe encantador"? En ese momento, en ese momento en el que está a mil leguas de reconocerse en esa linda serenata, he aquí que, nuestro dragón cascarrabias se entera que era él. Enseguida lo atrapa (no hay refugio aquí) un ansia o poco menos: es absolutamente necesario, del modo más imperativo que exista, que no soporte ninguna remisión, en el acto ... que ceda su culo a la pequeña. Uno no pone su ser en el territorio de su elección. Corresponde por otro lado a la lógica de una tal posición subjetiva que el sujeto no acceda a la paternidad más que en un último fantasma, en el momento en que estira la pata. Pienso en la secuencia cuando el personaje se acerca al borde del balcón, repitiéndose, cara al cielo: "Nuestros hijos nos perdonarán" luego retrocede y se desploma encogido, convertido de algún modo en el padre de un feto hecho con su propio cadáver. El resultado no es mucho más brillante para la chica: al término de esta "aventura" se encuentra a sí misma con el quepis de papá sobre la cabeza y la comprobación de que no sabía que él era, el objeto muerto de su deseo.
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Ahora bien, después de haber hablado de la onomatopeya, Ella Sharpe responde a la cuestión de la metáfora estableciendo que ésta surge cada vez que la emoción y el pensamiento se fusionan en una sola y misma expresión: y, cosa curiosa, todos los ejemplos que da conciernen justamente a la relación del sujeto con el objeto tal como nosotros acabamos de verla intervenir. A decir verdad, da varios grupos o varios paquetes de ejemplos, cada uno de los cuales corresponde a uno de los objetos pregenitales que conocemos. Veamos el primer grupo, constituido por ocho frases:
1. Me aparté mucho del asunto y ya no lo puedo encontrar.
2. Perdí de vista por qué había venido.
3. Es mi manera de hacer las cosas la que no anda.
4. Si me aparto del asunto, llámeme la atención.
5. No me rete si me aparto.
6. Veo su punto de vista, pero no lo hago mío.
7. Con sólo poder arrancar, gustosamente retomaría la carrera.
8. Esta técnica psicoanalítica es demasiado vaga, debería consistir en una aplicación precisa sobre un asunto bien definido.
Cada vez que emoción y pensamiento se fusionan en una única y misma expresión, es decir cada vez que estamos en contacto con una metáfora, ésta, afirma Ella Sharpe, no es nunca una simple façon de parler, (8) arbitrariamente elegida entre otras equivalentes. Por el contrario, cada metáfora se revela tan rigurosamente determinada como un sueño o un síntoma. Comparación que da que pensar; porque si llegamos aquí a un límite en el cual fracasa la libertad, qué deducir de ello, sino que se trata de una única y misma causa que oscuramente opera en las tres funciones: síntomas, sueños y metáforas.
Pero en este momento es aun más importante, que se sepa lo que autoriza a nuestra autora a considerar esas frases como metáforas: el hecho, responde, de que cada una se presente como la expresión de una dificultad psíquica (mencionemos por otra parte que se trata más exactamente, en todos los ejemplos, de una dificultad con la palabra), mientras que ‑es siempre Ella Sharpe la que habla‑ todo el contexto indica que se trata, en realidad o en verdad, de una dificultad física o arcaica, de una dificultad experimentada durante la primera experiencia del ser humano, la de la succión. El traslado metafórico se opera entonces precisamente de lo físico a lo psíquico, del pasado o de lo original al presente; y la interpretación, por su parte, consistiría desde esa perspectiva, en devolver al sujeto la palabra propia de la significación que no se presenta en su discurso más que en sentido figurado.
Pero el hecho es que los pacientes, salvo alguna complacencia bastante dudosa, no dejan de rechazar tal interpretación. Entonces ¿quién nos dice que Ella Sharpe tiene razón o, lo que es lo mismo, que la verdad está en la experiencia, en este caso la de la succión?
Es importante precisar que al plantear esta cuestión, no pretendo negar que ese término "asunto" que se repite tan frecuentemente en las ocho frases citadas, con un sentido "propio" bastante evanescente por otra parte ‑ese asunto que el sujeto vuelve a encontrar constantemente como lo que él pierde constantemente de vista, cuya falta no tolera o, por el contrario, del que se separa para volver a él o pedir que se lo vuelva a llevar a él- sobreviene a veces en contextos que indican más bien su naturaleza metonímica, en la medida en que el mismo remite a otro significante o a otro objeto, llegado el caso el pecho (9).
No pienso sin embargo que sea ese el sentido de la metáfora en cuestión, ni del deseo; y la negativa de los pacientes a admitirlo no podría asimilarse sin más a una resistencia. Porque no faltan datos clínicos, que nos muestren que a ese pecho el sujeto se ve a veces obligado a boicotearlo, hasta a maldecirlo, a ese pecho que lo alimentó, a fin de conservar algún palpitar de su deseo.
Pero nuestra mejor razón para no dar enseguida la razón a Ella Sharpe, la encontramos de nuevo en ella misma. En efecto, si no duda de que tiene razón es, así dice, porque sus interpretaciones no dejan de suscitar en respuesta un material que las confirma plenamente. Pero, señalamos nosotros por nuestra parte, todos los ejemplos que nos da de esas interpretaciones exitosas, son justamente ejemplos en los que retoma, pone en juego, ya sea una metáfora empleada por el sujeto, ya sea otro significante que pertenece al mismo campo metafórico que, por así decirlo, trabaja el sujeto en ese momento del análisis. Dicho de otra forma, no encuentra la confirmación de su punto de vista sino salteando un tiempo esencial: justamente ése, sobre el cual el autor de la observación de la paciente histérica que hemos citado al comienzo, manifestaba su perplejidad.
De manera que nos encontramos, nosotros, al término de estos desarrollos, frente a un doble, si no triple, problema: ¿cómo es que un objeto particular, por ejemplo el pene o el pecho, se revela como incapaz, es oportuno decirlo, de agotar el sentido del deseo? ¿Y cómo es que, a través del rodeo de la metáfora, logramos dar a luz fantasmas en los que el deseo se revela, sin embargo, como organizado en torno de ese objeto?
Vemos el punto exacto en el que nos encontramos en este momento: aquel en el cual la teoría y la práctica psicoanalíticas requieren el desmontaje de la distinción entre sentido propio y sentido figurado, distinción que, como veremos, crece en el mismo suelo que la neurosis (10).
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Para acercarnos a la solución de este problema, recordemos la observación de Freud según la cual el acontecimiento importante del día, ese que incita al sueño y que permanece en el centro de las preocupaciones de los soñadores, no figura en el sueño manifiesto: el que se construye, por el contrario, en torno a una impresión bastante indiferente. Sería acertado modificar un poco esta regla; porque ocurre muchas veces que el acontecimiento del día que incita al sueño encuentra alusiones evidentes en el texto manifiesto, evidentes pero no para aquel que hace el sueño: en todos los casos, no hay por así decirlo un dormir, aquel en el que soñamos o aquel en el que nos consideramos despiertos, más que con la condición de satisfacer cierta censura. Esta modificación que, a decir verdad transforma la comprobación de Freud en una verdadera regla, nos ayudará a resolver el problema que plantea para Freud el sueño de Irma. La figura central de ese sueño es Irma, y el acontecimiento que suscitó el sueño es una conversación con Otto en la cual Freud creyó deber entender un reproche referido al tratamiento de la paciente y amiga de la familia: hay ahí entonces una aparente excepción a la regla ... que se disipa sin embargo si se tiene en cuenta nuestra modificación; se descubre que ese 23 de julio de 1896, Otto no era el único que había hablado a Freud de Irma, que su mujer también lo había hecho, anunciándole la pronta visita de Irma en ocasión de su cumpleaños: el cumpleaños de Marta Freud.
Ahora bien un recuerdo del cumpleaños de su mujer, que vehiculiza otro recuerdo de su paciente ¿concebimos una ocasión mejor calculada para someter a discusión el límite de lo que el don puede aportar como satisfacción? Advirtamos precisamente que la impugnación afecta aquí no a la realidad de la satisfacción, sino al poder del don. La temática del don, bueno o malo, recorre este sueño de punta a punta, y muy especialmente bajo la forma de esta pregunta: ¿qué otra cosa puedo dar? Y en efecto ¿qué otra cosa puede dar, si no su angustia, que él proyecta en la garganta de Irma? Al poder del don, no se lo hace tambalear en absoluto por ello; está solamente delegado en esa figura a la que acude Freud pidiéndole auxilio, el Dr. M ... Se trata de una figura mixta, compuesta por Breuer y por su hermano mayor Manuel.
Breuer no era el poseedor del saber médico, pues Freud estaba mucho mejor informado que él sobre la histeria y lo sabía, sino el representante de ese saber, lo que es otra cosa. La ignorancia de un maestro lo califica mejor para la función del representante, cuya conservación es entonces más que compatible con las bromas, hechas como quien no quiere la cosa sobre la mencionada ignorancia, por no decir que las exige. Porque en cuanto al representante, todo el esfuerzo psíquico (en la medida en que tiende a negar que el Otro esté tachado) apunta a mantenerlo como tal: es por él, con él y en él, que creemos existir un poco, mediante lo cual demandamos existir aun más; entonces, si nos lo sacan de debajo de los pies ...
En cuanto al hermano Manuel, de su mano Freud debía recibir en nupcias, con toda una existencia de fiesta, a la pequeña sobrina Pauline: la figura electiva de la primera ‑iy cuán traumática!‑ erección del deseo en él. Ahora bien, que un padre pueda dar la mano de su hija, eso se concibe y a veces toma incluso la forma de institución. Pero de ahí a que él haga que la novia dé su deseo además de eso, hay un mundo de diferencia.
En resumen, ya sea que se la considere bajo un aspecto o bajo otro, Breuer o Manuel, esa figura creada para presentar una coartada a la incapacidad del don para aportar la satisfacción, es un globo, y no insisto aquí en la significación de la palidez que, en el sueño, distingue a la figura. Ahora bien, he aquí el globo desinflado.
¿Quiere decir que no nos queda más que la decepción? Es aquí donde el psicoanálisis puede quizás servirnos como gaya ciencia.
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Meditemos ahora acerca de este "Bello Sueño" (11):
Acompañado por un nutrido grupo de gente entra en la calle de X., en la cual hay una modesta posada (dato inexacto en la realidad). En las habitaciones de esta posada se está verificando una representación teatral y él es tan pronto espectador como actor. Al final, todos tienen que cambiarse de traje para volver a la ciudad. A este fin se designa a una parte del personal las habitaciones del piso bajo, y a la otra, las del primero. Los de arriba se incomodan porque los de abajo no han acabado todavía y no pueden ellos bajar. Su hermano está arriba, él abajo y se incomoda con aquél porque le da tanta prisa (esta parte es oscura en el sueño). Además, ya al llegar, estaban distribuidas las habitaciones y determinado quién había de estar arriba y quién abajo. Luego, camina solitario cuesta arriba por la calle de X, en dirección a la ciudad y anda tan difícil y trabajosamente que apenas avanza. Un anciano se une a él e insulta al rey de Italia. Ya en lo alto de la pendiente comienza a andar con mayor facilidad.
Digamos enseguida que no sabemos prácticamente nada de la parte intermedia de este sueño, en el que se trata de un espectáculo que se presenta en una posada, salvo que las expresiones de "los de arriba" y "los de abajo", deben también entenderse en el sentido de jerarquía social. Así lo entendió Freud al observar cómo el analizando evitaba sistemáticamente la locución vienesa "estar en tierra", por significar bancarrota. Ahora bien, efectivamente el hermano del paciente se había arruinado financieramente, y por lo tanto, socialmente; el sueño implica entonces aquí cierta inversión: es él, el analizando, el que está más bien arriba y el hermano abajo (12).
En cuanto al final del sueño, esta subida primero difícil y trabajosa, luego ágil y fácil, parece ser para Freud una representación invertida de la célebre escena que abre la Safo de Alfonso Daudet, cuando el joven sube una escalera de cuatro en cuatro, llevando en brazos a su amada al comienzo liviana como una pluma, pero haciendo sentir su peso a medida que va llegando a la planta alta. Guess, o adivinación, tanto más plausible por cuanto esta escena, por otra parte, tiene manifiestamente la significación simbólica de una advertencia llamando a los jóvenes a conservar la sangre fría antes de lanzarse a relaciones inadecuadas, y que por otra parte el analizando acababa efectivamente de romper una relación de ese tipo con una "joven actriz". Freud lo sabía. Sin embargo, él no esperaba una confirmación tan manifiesta como la que su analizando no tarda en darle como respuesta; éste en efecto (y vemos aquí confirmada una vez más nuestra regla de hace un momento) había visto el día anterior una pieza titulada "De escalón en escalón", que relataba el ascenso rápido y luego la caída aún más rápida de una mujer galante.
Queda la posada. ¿Dónde halló el sueño este elemento o este significante? El analizando recuerda que el verano pasado, los compromisos de su joven amiga lo hicieron quedarse en Viena durante las vacaciones, y que prefiriendo su cercanía, reservó una habitación en un hotel situado no lejos de la casa de ella. En el momento en el que se aprestaba a abandonar este hotel, al final de su estadía, hizo esta reflexión al cochero que había venido a buscarlo a él y su equipaje: "Después de todo, no está mal este hotel. Por lo menos, no hay pulgas ni chinches". Y el cochero respondió: "No sé cómo se le ha ocurrido a usted venir a parar aquí. Más que un hotel, es una posada". He ahí entonces a nuestra posada, la que no deja de suscitar el recuerdo de estos dos versos de una canción infantil de Uhland, que es la alegría de los tiernos años de la infancia para aquellos cuya lengua materna es el alemán:
Hace poco fui invitado
por un amable posadero.
Ahora bien, el posadero del que se trata en este poema es un manzano. Y las asociaciones luego de saltar a este pasaje de "Fausto":
Fausto (bailando con la joven):
Tuve una vez un bello sueño;
veía un manzano,
en el que relucían dos bellas manzanas;
me atrajeron y subí a cogerlas.
La bella:
Mucho os gustan las manzanas
desde los tiempos del Paraíso;
y siento una gran alegría
de que también las haya en mi jardín.
Llegado a este punto de las asociaciones, a este árbol por trepar, y a estas dos manzanas, y a este paraíso, la significación de la posada no parece dejar lugar a dudas para Freud. Sabe que un bello busto era parte del atractivo de la joven actriz; y tiene razones, sobre las que no me extenderé aquí, para sospechar que se efectuó otra inversión en este sueño, relativa a la escena de "Safo": inversión según la cual no es el hombre el que llevaba a la mujer, sino la mujer al pequeño hombre. Es imposible dudar. Pero Freud parece sorprenderse a pesar de todo, pues agrega con un tono a la vez perentorio y humorístico: "Para el niño es, efectivamente, el seno de su nodriza la posada donde se alimenta".
Sí, sólo que tampoco deja lugar a dudas que con esa reducción utilitaria, que hace de él un lugar en el que uno se acuesta y come, sin más, el pecho pierde mucho: pierde su encanto. Pero entonces ¿en qué consiste ese encanto? ¿Cuál es ese más que transfigura al pecho en señuelo, agalma oadorno, ese más cuya sustracción detiene el funcionamiento del pecho como atrapa‑deseo, como objeto erótico; o más exactamente, cuya retirada equivale a la retirada de la investidura específicamente libidinal? Resumiendo: ¿cuál es ese más que está más allá de todos los bienes?
Y bien, ahí está, el deseante que, en este punto, se manifiesta bajo nuestra mirada como un "El no sabe". Y es porque hay este borde más allá de cual se ahonda este "El no sabe", que nosotros arrojamos por la borda significantes sin significación alguna, como sexappeal, oumph, no se qué, o mana. Son monedas arrojadas como en la fuente de Trevi. Tratemos de hacer algo mejor que arrojar una moneda más. Tratemos de hacer mejor incluso que el sueño, cuando responde con la metáfora a la movilización en el análisis de ese "El no sabe". Porque la metáfora no tiene otra raíz ni razón. ¿Pero de qué metáfora se trata exactamente en este ejemplo?
Es aquí donde apreciamos toda la importancia que se desprende del consejo de Freud de prestar atención a todos los detalles, incluso los ínfimos, del material que cae en nuestras manos, ya se trate del relato del sueño o de otros fenómenos.
*
Observémoslo bien. La eficacia de las interpretaciones de Freud provenía, no de lo que decía al paciente de cuál era el objeto de su deseo, en este caso el pecho. Sino de que en sus labios, los de Freud, ese pecho era ya una metáfora. Y después de todo ¿qué posada no se sublimaría, al ser llamada "pecho"? De igual modo el pecho puede, llegado el caso, en ciertos contextos, sublimarse al ser llamado "posada". Es por otra parte esta identidad del efecto de sublimación a pesar de la inversión de los términos, la que nos indica que el factor preponderante de la metáfora radica en la sustitución como tal, más que en los términos mismos. Elsentido de la metáfora no reside en la significación codificada y censable que pensamos reconstituir al encontrar el significante elidido; la utilización de una palabra por otra, en que consiste la metáfora, deja escuchar, ‑y es ahí donde se alberga la función esencial de esta figura‑ un sentido inédito: el sentido del deseo, el que, en tanto deseo erótico, no podría reconocerse en ninguna significación articulable cualquiera sea, del mismo modo que su objeto no podría confundirse con el objeto localizable en el espacio y el tiempo. La distinción entre un sentido propio y un sentido figurado ‑distinción que preserva la homogeneidad fundamental de los mismos, en la medida en que ambos pertenecen al discurso común‑, es signo en verdad, de lo que puede llamarse la connivencia universal en la que se mantiene el desconocimiento del deseo como tal.
*
En efecto, imaginemos un analizando que, enamorado de las ideas comunes acerca del simbolismo, se precipita a declarar que sabe lo que hay en la significación de su posada, ¿qué significaría eso sino su apuro por volver al mensaje del sueño nulo y sin valor? E imaginemos el efecto que produciría, el hacerle observar que se trata de una posada, sí, pero como no existe una, en realidad, conforme al texto de su sueño que nos dice que no había ni un hotel en la calle X. De esa forma abrimos de nuevo la abertura que estaba impaciente por tapar, lo conectamos de nuevo con la puerta de marfil, de donde provienen los sueños. El móvil del efecto que imaginamos en una observación semejante reside en que: el deseo se encuentra ahí reconocido como tal, es decir, reconocido sin ser ser conocido.
"La posada que se encuentra en la calle donde no hay ninguna posada" ‑¿se puede imaginar una forma más amable de prevenirnos: señor analista, si hay pecho, no pretenda tener la dirección del mismo en su bolsillo? Y bien sabe Dios cuán molesto puede resultar este pecho cuando el analista se empeña en ubicarlo en algún lado: él no sabe donde ponerlo, en la nodriza del analizando o en su mujer, o por qué no sobre el analista; Tiresias nos precedió.
Y sin embargo no se omite nada para guiarnos. Se nos dice correctamente que se trata de un pecho de ficción, de una posada cuya particularidad es que el posadero es un manzano. Aquí comienza a ser comprensible el sentido último; ahí la metáfora comienza a revelar el pensamiento: que estamos en relación con un pecho cuya misma presencia sobre las ramas de ese encantador manzano es una indirecta a nuestro deseo, porque esta presencia, por sí sola, es completamente oferta, oferta sin demanda, si así puedo decir; demanda que no podría meterse en el asunto sin matar el poco deseo que podía haber aún en el "lo quiero' (13).
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Henos aquí preparados para responder en pocas palabras a nuestro problema. La diferencia entre decir a una paciente: "No quieres ver la verdad" y decirle: "El ciego no tiene miedo de las serpientes", es la diferencia entre el imperativo: "Debes saber", y la indirecta: "Puedes saber". En el primer caso el deseo del analista revela que está enredado en el asunto hasta la orden, y esta orden se dirige a la marioneta parlante que tiene delante suyo, mientras que el "Tú" del que se trata en "Puedes saber" tiene una significación completamente diferente, ese Tú es propiamente hablando un El. ¿Y quién ese El?... Quien quiere.
¿Y cómo es que obtenemos de esa forma fantasmas que nos conducen al mismo objeto? La respuesta es aun más simple: imaginemos un manzano que se pone a pensar que los otros lo quieren o quieren comer sus manzanas, y lo que eso ocasiona. Es el neurótico. Dicho de otra forma, la negativa de este último de que el pájaro de su deseo, si se nos permite esa metáfora de la pulsión erótica, sea enjaulado, no le impide empeñar el deseo del Otro. De ahí, una vez más, la necesidad de la experiencia complementaria: de que el ser le falta a él como al Otro, que existe un límite en el que se detiene el don, o más allá del cual el don no es más que metáfora.
Experiencia que llega a su término en algunos análisis. Y se ve a dónde conducen esos análisis. Al desprender el deseo de los señuelos del conocimiento, avanzamos hacia ese mismo punto que aparece al final del estudio sobre el Fantasma en la doctrina analítica, punto en el cual el analizando está frente a la Demanda como Demanda de nada, es decir como podemos escribir ahora, frente a la idea misma de la demanda, o más aun a la demanda como forma ineliminable del Otro en toda interrogación del deseo o acerca del deseo, en resumen, frente al Otro como Otro tachado o como pura pregunta: ¿Quieres ...?
Momento hacia el cual se encamina el analizando en la medida en que se efectúa la ruina de la categoría misma del mérito ‑categoría sobre la cual se fundaban el heroísmo y la santidad, y que el luteranismo refuerza al combatirla. Hasta tanto no se cumpla esta ruina, sería en vano a pesar de la difusión de las ideas analíticas, pretender que se condujo al analizando a explorar el complejo de Edipo, ni siquiera a sospechar su existencia.
Momento en el que el analizando está en condiciones de cumplir eso que hemos llamado "el abandono de la doxa"‑abandono que no significa acceso a la ciencia, sino rechazo del falso saber o de la falsa ignorancia, como se dice "la estrella del alba" o "la estrella vespertina".
Momento en el que aparece el analista; y sólo desde este lugar del analista puede enunciarse: que el lenguaje no da satisfacción más que a aquellos que respetan su condición: la división máxima entre lo conocido y lo desconocido. Es decir que toda satisfacción es imprevista (lo que por otra parte no necesita una exposición tan larga para ser demostrado: sólo hay que pensar en todo lo que se gastó en cálculo del pro y del contra o en anticipo, para comprobar que uno ha estado siempre perdiendo). Es decir pues un poco lo evidente; pero es decir también que la satisfacción es siempre satisfacción de uno y del Otro (con 0 mayúscula) no reencuentro del objeto, sino encuentro de sentido.
Notas:
(1) Según una exposición realizada en la EFP, el 27 de junio de 1973.
(2) Reider, Norman, "Metaphor as interpretation", en The International Journal of Psycho‑analysis, 1972, vol. 53, part. 4, No negamos que el autor se sorprenderá probablemente al enterarse de que aborda la misma cuestión que nosotros: el sujeto.
(3) De un modo general, el reproche, que uno dirige al otro o del que uno cree (con o sin razón) ser objeto, es de todos los métodos que sirven para establecer la relación de amor con el Otro, el que más resiste a la revisión: Se conocen por otra parte sus vínculos con la melancolía.
(4) Es en contra de este doble error que se dirigen nuestros desarrollos sobre la Cosa. Cfr. "Contribution à une théorie du manque", en Qu'est‑ce que le structuralisme?, Du Seuil, 1968. ["Contribuciones a una teoría de la falta" en ¿Qué es el estructuralismo?, Buenos Aires, Losada, 1971.]
(5) Cfr. Hegel, Phénomenologie de l'esprit. trad. fr. de J. Hyppolite, vol. I, p. 90
(6) Sin duda la elección de esta cifra se relaciona con las tentativas, numerosas en esa época, de despejar el basic English.
(7) Mencionemos sin embargo, en honor de nuestra autora, que logra al menos abordar la cuestión sin sufrir el percance que difícilmente evitan los más calificados lingüistas; quienes, sobre todo cuando invocan las onomatopeyas como argumento contra la arbitrariedad de los signos" de Saussure, dan frecuentemente la impresión de hacer de esta cuestión la de saber si el significante tiene alguna afinidad con la significación (como la letra i con la idea de pequeñez); si éste le es de algún modo fiel, en resumen ¡si el lenguaje nos miente o no!
(8) En francés en el texto.
(9) La indicación de ese significante se hace según un método invariable, el que constituye según la opinión de Stern (On realism, Londres, 1972) el carácter distintivo del realismo literario, y al que denomina the method of indirection, loque puede traducirse por rodeo o engaño, pero engaño que guía. Consiste en la convergencia de varias cadenas del discurso en un solo y mismo término el que, gracias a sus lazos metonímicos, llega a hacerse escuchar sin ser articulado.
(10) Es en vano pretender tratar la histeria, cuando no se sabe resolver este problema. Véase el apéndice "Elogio de la histeria".
(11) Sueño de un paciente de Freud, cfr. la Traumdeutung; trad. fr. de I. Meyerson. [Trad. esp., La interpretación de los sueños, en Obras completas, cit.]
(12) Por mi parte, me sentiría inclinado a considerar al juicio que aquí forma parte del relato del sueño "este pasaje es impreciso", como el índice de una imprecisión, de una vacilación que afecta al soñador hasta en su sentimiento de sí: dos hermanos ¿quién es él? Agregaría más confidencialmente aun que la idea de la posada como lugar de un espectáculo me parece que es un índice bastante elocuente, de que "el que come nunca está solo".
(13) Cfr. p. 178.
***
Texto extraído de "Estudios sobre el Edipo", Moustapha Safouan, págs. 187-208, Editorial Siglo XXI, México, 1977.
Edición original: Editions du Seuil, París, 1974.
Corrección: Cecilia Falco.
Selección y destacados: S.R.
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