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Anexo I: La apuesta de Pascal

Pensamientos - Pascal

De cómo es más ventajoso creer lo que enseña la religión cristiana (1)

I. Infinito, nada.

 

Nuestra alma es echada en el cuerpo, en que ella encuentra número, tiempo, dimensión. Ella razona sobre esto, y llama a esto naturaleza, necesidad, y no puede creer en otra cosa.

La unidad, añadida a lo infinito, no le aumenta en nada, no más que un pie añadido a uno, medida infinita, y se convierte en pura nada. Así nuestro espíritu ante Dios. Así nuestra justicia ante la Justicia Divina.

No hay tanta desproporción entre nuestra justicia y la de Dios como entre la unidad y lo infinito (2).
Es preciso que la justicia de Dios sea enorme, como su misericordia; y la justicia respecto de los réprobos es menos enorme y debe chocar menos que la misericordia respecto de los elegidos.

Nosotros conocemos que hay un infinito e ignoramos su naturaleza, como sabemos que es falso que los números sean finitos; hay, pues, en verdad, un infinito en número, pero nosotros ignoramos lo que sea. Es falso que sea par y es falso que sea impar; porque, añadiéndole una unidad, no cambia de naturaleza; sin embargo, es un número, y todo número es par o impar; verdad es que esto se entiende de todos los números infinitos.

Asimismo puede conocerse, pues, la existencia y la naturaleza de lo finito, porque somos finitos y extensos como él.
Nosotros conocemos la existencia de lo infinito, pero ignoramos su naturaleza, porque tiene extensión como nosotros, pero no límites como nosotros; más no conocemos ni la existencia ni la naturaleza de Dios, porque Dios no tiene extensión ni límites.

Mas por la fe conocemos su existencia; por la gloria conocemos su naturaleza. Y yo he demostrado ya que no se puede conocer bien la existencia de una cosa sin conocer su naturaleza.
Hablemos ahora según las luces naturales.
Si hay Dios es infinitamente incomprensible, puesto ni parte ni límites, no tiene ninguna relación con nosotros; somos, pues, incapaces de conocer cómo es, ni si es siendo así, ¿quién osará proponerse resolver esta cuestión? No nosotros, que carecemos de relación con él.

¿Quién censura, pues, a los cristianos si no pueden darnos la razón de su creencia, cuando lo que ellos profesan es precisamente una religión que no puede dar razón; ellos declaran al exponerlas al mundo que es una necedad, «stultitiam». ¡Y después os quejáis de que no la justifiquen! Si la justificasen, no cumplirían su palabra; es justamente con esta falta de pruebas con lo que evitan parecer faltos de sentido. Sí: pero téngase en cuenta que si esto excusa a los que le ofrecen tal como es, y les salva de ser censurados, esto no excusa a aquellos que la reciben.

Examinemos, pues, este punto, y digamos: Dios existe o no existe. ¿A qué respuesta nos inclinaremos? La razón nada puede decidir en esto. Hay un caos infinito quo nos separa. Un juego se está jugando a tal infinita distancia; saldrá cara o cruz. ¿Por cual apostaréis. La razón nada os dice; por la razón ninguna de las dos soluciones puede ser defendida.

No censuraréis, pues, por equivocados a aquellos que han realizado su elección; porque vosotros no sabéis nada. No; pero yo les censuro no por lo que han escogido, sino por haber hecho una elección; porque aunque tanto el que dice cara como el que dice cruz falta equivalente, los dos están en falta: lo razonable es no apostar.

Sí, pero es fuerza apostar esto no es voluntario; y estáis embarcados; no apostar que hay Dios es apostar
que no hay Dios. ¿Qué partido tomaréis, pues? Veamos; puesto que es fuerza escoger, veamos que es lo que nos interesa menos: tenéis dos cosas que perder, la verdad y el bien, y dos cosas que dar en prenda, vuestra razón y vuestra beatitud; y vuestra naturaleza tiene que temer dos cosas: el error y la miseria.
Vuestra razon no es ni más ni menos lastimada, puesto que es necesario no escoger, escogiendo una cosa mas bien que la otra. He aquí un punto dilucidado; pero ¿y vuestra beatitud?

Pesemos la ganancia y la pérdida tornando cruz, es decir apostando que Dios decir existe. Estimemos los dos ca­sos posibles: si ganáis, lo ganáis todo; si perdéis, no perdéis nada. Apostad, pues, que existe, sin vacilar...

Esto es admirable; sí, fuerza es apostar; pero se apuesta tal vez demasiado. Veámoslo. Puesto que existe un tal azar de ganancia y perdida y aunque no pudieseis ganar sino dos vidas por una sola, ya deberíais apostar.

Pero si fuesen tres las vidas que pudieran ganarse, fuerza sería juzgar (puesto que estáis en la necesidad
de hacerlo) y seríais imprudente, estando ya en la necesidad de jugar, si no arriesgáseis vuestra vida para ganar tres en el juego en que se da semejante azar de ganacia y pérdida. Pero si se trata de una eternidad
de vida y ventura, y siendo así, aunque hubiera una infinidad de muertes posibles, una sola de las cuales pudiese ser la vuestra, aún tendríais razón de apostar uno para ganar dos, y obraríais con mal sentido si, obligados como estáis a jugar, rehusáseis jugar una vida contra tres en un juego en que hay una muerte
para vosotros y esta muerte ganada vale por una vida infinitamente dichosa. Pero hay aquí una infinidad de vida infinitamente dichosa que se puede ganar, una muerte de ganancia contra un numero finito de ­
azares de pérdida, y lo que jugáis es finito.         

Esto es cual­quier partida (3). En todo aquello en que exista el infinito y en que no es infinito el número de azares de pérdida contra el de ganancia, no hay que dudar, debe darse todo; y así, cuando es forzoso jugar, es fuerza renunciar a la razón para conservar la vida, rnejor arriesgar esta para la ganancia infinita, tan pronta a llegar como la pérdida y la ganancia.
 
Porque de nada sirve decir que la ganancia es cosa incierta y que lo que se arriesga es cierto; y que la infinita distancia que separa la «certidumbre» de lo que se expone de la «incertidumbre» de lo que ganaría iguala al bien finito que se expone ciertamente al infinito que es incierto. Esto no es así: todo jugador se arriesga con certidumbre para ganar con incertidumbre; y sin embargo arriesga lo finito, sin pecar contra la razón.­ No hay una infinita distancia entre esta certidumbre que se expone y la incertidumbre de la ganancia; esto es falso.

Hay en verdad un infiníto entre la certidumbre de ganar y la certidumbre de perder. Pero la incertidumbre de ganar es proporcionada a la certidumbre de lo que se arriesga, según la proporción de los riesgos de ganancia y pérdida; y de aquí viene que, si hay tantos riesgos de un lado como de otro, la partida debe jugarse igual contra igual; y entonces la certidumbre de lo que se expone es igual a la certidumbre de la ganancia. Y así nuestra proporción tiene una fuerza infi­nita cuando se trata de arriesgar lo infinito en un juego en que hay iguales posibilidades de ganar y de perder y en que lo que se gana es el infinito. Esto es demostrativo; y si los hombres son capaces de algunas verdades, ésta figura en el número de ellas.

Lo confieso, lo reconozco. Pero aún quisiera saber: ¿No hay manera de ver el juejo? Sí, la Escritura, y lo demás, etc.
Sí; mas yo tengo las manos ligadas y la boca muda; me fuerzan a apostar y no estoy en libertad; no me sueltan y estoy hecho de tal manera que no puedo creer. ¿Qué queréis que haga?

Es verdad. Pero comprobar al menos este hecho de vuestra impotencia de creer, ya que la razón os llevaría a creer, y, sin embargo, no lo lográis; trabajad, pues, no en convenceros por el aumento de las pruebas de la existencia de Dios, sino por la disminución de vuestras pasiones. Queréis ir a la fe y no conocéis el camino de ello; queréis curaros de infidelidad y pedís los remedios: aprended de los que han estado ligados como vosotros y que ahora lo apuestan todo; son gentes que conocen el camino que queréis seguir y que han curado del mal de que queréis curar. Seguid la manera cómo ellos han comenzado; el medio ha consistido en hacerlo todo como si creyeran; tomando agua bendita, haciendo decir misas, etc. Naturalmente esto mismo os hará creer y os embrutecerá. ¡Esto es lo que yo temo! ¿Y por qué? ¿Qué podéis perder?




Notas:

(1) En la edición de 1779, este artículo tiene por título: De cómo es difícil demostrar la existencia de Dios por las luces naturales; pero que lo más seguro es creerla. En el volumen de M. Cousin y en la edición de M. Faugére: Infinito, nada. Conservamos el título de 1670.
(2) Port‑Royal ha puesto: Nada hay tan grande desproporción entre la unidad y lo infinito, como entre nuestra justicia y la de Dios.
(3) Es decir, conforme a las reglas de todo partido, de todo juego, (Nota de M. Cousin.)

***

Texto extraído de "Pensamientos", Blas Pascal, págs. 10-14, editorial Iberia, Barcelona, España 1962.
Traducción: Eugenio D'Ors.
Selección y destacados: S.R.

Con-versiones Junio 2010

 

 

 

        

 

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