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Los seis minutos más bellos de la historia del cine

 

Giorgio Agamben

 

 

Sancho Panza entra en un cine de una ciudad de provincia. Viene buscando a Don Quijote y lo encuentra: está sentado aparte y mira fijamente la pantalla. La sala está casi llena, la galería ‑que es una especie de gallinero‑ está completamente ocupada por niños ruidosos. Después de algunos intentos inútiles de alcanzar a Don Quijote, Sancho se sienta de mala gana en la platea, junto a una niña (¿Dulcinea?) que le ofrece un chupetin. La proyección está empezada, es una pelicula de época, sobre la pantalla corren caballeros armados, de pronto aparece una mujer en peligro.

 

Inmediatamente Don Quijote se pone de pie, desenvaina su espada, se precipita contra la pantalla y sus sablazos empiezan a lacerar la tela. Sobre la pantalla todavia aparecen la mujer y los caballeros, pero el rasgón negro abierto por la espada de Don Quijote se extiende cada vez más, devora implacablemente las imágenes. Al final, de la pantalla ya no queda casi nada, se ve sólo la estructura de madera que la sostenia. El público indignado abandona la sala, pero en el gallinero los niños no paran de animar fanáticamente a Don Quijote. Sólo la niña en platea lo mira con desaprobación.

 

¿Qué debemos hacer con nuestras imaginaciones? Amarlas, creerlas a tal punto de tener que destruir, falsificar (este es, quizás, el sentido del cine de Orson Welles). Pero cuando, al final, ellas se revelan vacías, incumplidas, cuando muestran la nada de la que están hechas, solamente entonces pagar el precio de su verdad, entender que Dulcinea ‑a quien hemos salvado‑ no puede amarnos.

 

***


Texto extraído de "Profanaciones", Giorgio Agamben, págs. 1234‑124, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, Argentina, 2005.

Traducción: F. Costa ‑ E. Castro.

Selección: Mabel Carné.

Con-versiones octubre 2009

 

        

 

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