El laberinto de la pregunta
(Conversaciones con Marcel Cohen)
Edmond Jabès
[Nota introductoria S. Rocchietti] : Lanzar la piedra de la pregunta es la propuesta. Casi siempre creemos lo que nos han hecho creer. Hasta que podemos hacer nuestras propias pruebas. Pruebas que son piruetas en cualquier escenario (circa, circus, alrededor de algo -casi circo-). Retomar la entonación de un poeta ¡qué manera improvisada de la nominación!, 'un poeta', ¡qué manera insuficiente! contemos con ella por mas que sea insuficiente y agreguemos lo que no es netamente perceptible sino sólo sutilmente, casi inauditamente, sensible, en ese maravilloso acto que es el del deslizarse por las palabras y las orografías, casi caligrafías, de ciertas intensidades, que nos dan, nos otorgan y nos proveen, de algo que sólo puede sentirse en estados especiales creados por ese mismo transcurrir caligráfico, orográfico, el nuestro, en y a través, de ello. Nos decimos que 'hemos encontrado' porque nos han alcanzado. ¡Cuántas ambigüedades, cuantas imprecisiones! Y bien, tomemos nota de éso. Se trata de éso. Hemos encontrado, hemos alcanzado, nos han encontrado, nos han alcanzado. Ante la mano y a la piel. Se ha plegado la abertura provocada por los signos y ahora la abertura de los signos que nos han alcanzado nos lanza. Y hacemos el gesto, ése, el de lanzar las piedras hacia. Y cuando las piedras-preguntas retornan desde donde han llegado, no son más piedras, ni son más preguntas, son aberturas que permiten pasar.
***
‑ Es al Talmud que remiten directamente los rabinos imaginarios de sus libros que son, de alguna manera, supuesta en ficción. Ahora bien, el Talmud ha nacido del exilio. Fue porque no tenían más lugar y porque la idea de desaparecer como pueblo los atormentaba, que los judíos se inclinaron a la Torá con la voluntad de despejar allí los incidentes más ínfimos. Por otro lado, usted mismo dice que El libro de las preguntas jamás habría visto la luz sin su desarraigo de Egipto. ¿Hace falta un desarraigo tan radical para que nazca el cuestionamiento ? ¿Hace falta, previamente, encontrarse en estado de ruptura?
‑Preguntar es romper, es establecer un adentro y un afuera. Es mantenerse tanto en uno como en otro. En un afuera que sería, por relación con el adentro, el alejamiento ‑la retirada‑, el preludio, el primer paso necesario para la interrogación; un espacio neutro donde la neutralidad no tiene curso.
Usted habló del Talmud. ¿No es el Talmud antes que nada el libro del exilio, no siendo más que interrogaciones? Sin duda habría que agregar otra cosa a este respecto. Después de Moisés, el judío reclama para sí el privilegio de un cara a cara con Dios ‑sin intermediarios, incluido Moisés, entre él y su Señor‑.
La familiaridad con Dios es entonces tan grande que no duda en solicitar Su palabra sobre los problemas más cotidianos. Es por ello que el comentario es primero personal. Dios ha hablado. La relación con Dios sólo puede establecerse a través de esta palabra que no será interrogada, ni explicitada, sino con el fin de llevar más lejos la interrogación; con el fin de convencerse de que ella ha sido bien escuchada incluso antes de avizorar la manera de responderle.
Comentar no es forzar a Dios a hablar aun en su silencio o,más bien, ¿a hacer resonar esa palabra de tal suerte que el diálogo no sea nunca interrumpido? De esta manera, se ve claramente que el judío está profundamente clavado al texto y que su comentario es creación.
Es éste el género de relación que los falsos ‑verdaderos‑ rabinos de mis libros mantienen con el texto. De este modo, sólo serían ficticios en apariencia...
*
‑Hemos visto que usted se presenta como ateo. En sus libros, sin embargo, sigue escribiendo Dios con mayúscula.
‑Había, al principio, un problema técnico menor a resolver. Cuando hago hablar a mis rabinos, la mayúscula, evidentemente, se impone entre las comillas. ¿Hacía falta mantenerla fuera de las comillas? Creo que sí, pues es a la ausencia de Dios mayúsculo que yo me enfrentaba, y no al concepto de dios. Poco a poco, esta ausencia devino la AUSENCIA, nuestra ausencia de nosotros mismos, la ausencia original gracias a la cual se basa toda creación. El abismo, en suma.
‑¿Cómo descubrió el Talmud?
‑Mi padre tenía en su escritorio los once volúmenes del Talmud de Jerusalén en la traducción de Schwab. Los conservaba de su padre y, como él, se sumergía en ellos a menudo. Creo que su espíritu cartesiano consideraba el tema con verdadero júbilo. Todo me lleva a pensar que era la lógica implacable de la argumentación rabínica lo que le fascinaba, más que su contenido real.
Mi padre me ofreció esta obra ‑una de las más raras de las que he podido saber‑ algunos años antes de mi partida de Egipto, pero no me introduje en ella sino hasta después de haber comenzado la redacción de El libro de las preguntas, como si se tratara de verificar la intuición que yo tenía de un cierto judaísmo. En efecto, si me parecía poder responder, en tanto escritor, por todo lo que progresaba en la escritura, también me hacía falta saber si podía ligar seriamente esa reflexión con aquélla de un judaísmo tradicional cuyo cuestionamiento pasa también por el libro.
De allí, sin duda, el estudio particular del Talmud que fui llevado a hacer, y más tarde el de la Cábala. En suma, todo se llevaba a cabo como si el escritor interrogara al rabino y el rabino al escritor; los dos habitados por la misma obsesión del libro. Hay que reconocer que frente a la lectura de esas páginas yo sentía, a mi vez, no sólo un interés intelectual sino, a riesgo de sorprender a los talmudistas, un placer inesperado frente a un texto incomparable, en el que lo cotidiano y lo sagrado están tan íntimamente unidos que el menor objeto ‑una espiga de trigo olvidada en el campo, por ejemplo‑ desencadena las reflexiones metafísicas y éticas fundamentales. Los talmudistas comparan gustosos el Talmud a un océano. Las dimensiones mismas de la obra daban la idea que yo me hacía del libro.
‑Habló del cara a cara del judío con Dios. ¿Es éste, para usted, el aspecto fundamental del judaísmo?
‑Sí. Es interesante remarcar que los judíos continúan reivindicando la paternidad de Abraham, Isaac y Jacob y no la de Moisés, quien sin embargo es el único que ha tenido un diálogo real con Dios. ¿Qué anuncia Moisés al descender del Sinaí? Que Dios es invisible y que Su palabra es el único vínculo posible con Él. La alianza con Dios, desde entonces, pasa obligatoriamente por esta Palabra. Responder a ‑y de‑ esta Palabra es, en lo sucesivo, la marca de la identidad judía. Moisés es, sí, el intermediario, pero no es más que eso. El judío queda solo con el texto divino. Él está confrontado sin cesar a ese texto.
Me parece que hay allí una distancia prodigiosa con lo que será el cristianismo. De allí el libre arbitrio, la audacia, que confieren al judío el derecho de interpelar a Dios directamente en cada vocablo, el llamado a su capacidad de entendimiento, tam bién la tolerancia que de allí se desprende y que acepta el error, puesto que procede de una aproximación sincera, auténtica, al libro. Todo pasa como si, dando la tradición confianza al hombre, la falta momentánea nunca fuera más que una etapa tolerada hacia la verdadera comprensión. Tal vez incluso una etapa prevista. La irreverencia aparente del judío frente al texto divino es el signo mismo de su apego a la Palabra de Dios.
Lo que me seduce ‑como usted comprende‑ en esto que para otros podría bien no ser más que simple exégesis religiosa, es la doble enseñanza que de allí sería justo extraer:
El hombre, se trate de la Biblia o de obras profanas, está solo frente al texto.
No tenemos otra realidad que la que nos confieren los libros.
Es también uno de los caminos del judaísmo.
... Es igualmente el mío, en mis relaciones cotidianas con las obras que aprecio y que sólo me atraen porque son perturbadoras. No puedo manifestar mi apego a sus autores más que a través de los textos que con evidencia los han perturbado a ellos mismos. Allí se sitúa, a mi criterio, la proximidad ideal: la que encuentra crédito en el otro extremo de la misma puesta en cuestión.
*
‑Es necesario intentar aquí precisar lo que es para usted la pregunta. Una cita nos puede ayudar "Ser ‑dice usted en Elya es interrogar; es interrogarse dentro del laberinto de la pregunta planteada al prójimo y a Dios, y que no conlleva ninguna respuesta. " Así, interrogar sería un estado más que una actitud. ¿Pero no es necesario comprender también que es un estado hacia el que hay que elevarse?
‑Toda pregunta está ligada al porvenir. El ayer interroga al mañana, como el mañana interroga al ayer en nombre del futuro siempre abierto.
La célebre "¿quién soy yo?" sólo encuentra su justificación dentro de un cuestionamiento universal del que no seríamos más que el eco persistente.
‑Creo que hay que insistir, a fin de despejar bien la idea de que el cuestionamiento no está ligado a la respuesta y eliminar, si subsistiera, toda noción subyacente de cuestionario. Es de una angustia vital, irreductible, de lo que se trata aquí, de una brecha abierta subsistiendo siempre entre pregunta y respuesta.
‑¿La pregunta, no espera la respuesta sólo para renacer de ella misma? Ella es el único vehículo del pensamiento, el examen, diría, del pensamiento frente a lo impensado que lo obsesiona.
Bien entendido el cuestionamiento no es un juego del pensamiento. Ha tenido siempre, para mí, a la angustia como punto de partida. Esta angustia desemboca siempre en una angustia más vasta.
Sin duda es necesario que me explique de entrada. He dicho demasiado que no creía en la respuesta para no ser sospechado de complacerme en una actitud que de antemano sé negativa. Yo deseo una respuesta con todas mis fuerzas. En un primer momento, yo mismo estoy tentado de aceptar todas las respuestas. Es con desgarro que las veo derrumbarse. Pero, una vez más, ¿no es ser fiel a la vida permanecer atento al futuro, a lo que vendrá a sacudir la certidumbre de hoy? Quizá también hay en mí una parte de incertidumbre al no poder vivir en el instante, en la respuesta, sin inmediatamente tomar conciencia de lo que les pondrá fin.
‑Vemos claramente, por otra parte, la relación inevitable de violencia que opone a la pregunta y a la respuesta. Por un lado la búsqueda y su fuerza corrosiva, la irreverencia, la vida. Por el otro, lo que se presenta como una certidumbre y, entonces, fija, simplifica inevitablemente los hechos, amortigua y, a fin de cuentas, debe recurrir casi siempre a la violencia para imponerse. ¿Pero no se trata sobre todo de una imagen? ¿Se puede escapar a la respuesta? ¿El cuestionamiento no conlleva también su parte de violencia por su mismo rechazo?
‑El cuestionamiento es, en sí, violencia, porque provoca la violencia de la respuesta, y a ésta le devuelve violencia.
Yo escribí en algún lado: "La verdad sólo puede ser violenta" ‑puesto que se rebela, cada vez, contra una verdad también creíble y capaz de destronarla,
La verdad no se opone a la mentira, sino a otra verdad. El drama es que el ardor del cuestionamiento ha estado siempre fracturado por una respuesta que se quería inapelable.
Los regímenes totalitarios no son más que los garantes de esta respuesta autoritaria. Considere el Tercer Reich, que pensaba poder institucionalizar su verdad por mil años.
Además, no es tanto la injusticia sobre la cual reposan esos regímenes lo que debería alertamos en primer lugar, sino la aceptación ciega por parte del pueblo de una verdad que le ha sido impuesta y a la que, a falta de haber podido confrontarla con una idea diferente, ha adoptado de buena fe. Idea que no tolera ser desechada y con la cual se está obligado a continuar viviendo: es el fracaso del cuestionamiento. La democracia favorece, por el contrario, el desplazamiento de la pregunta, nos lleva a aceptar vivir con una cierta inquietud ante el futuro. Es a la vez por su fuerza y su debilidad frente a los regímenes autoritarios que éstos se vuelven, ante todo, tranquilizadores.
‑"La verdad se opone a otra verdad", dijo usted. ¿Entonces para usted la mentira no existiría?
‑Podría responder también que la mentira sólo se opone a la mentira. La verdad está siempre en instancia de ser. Toda idea se vuelve mentira desde que se la fija, desde que se la muestra como ejemplar.
‑En El regreso al libro hay un rabino al que se le interroga, puesto que es imposible acallar la pregunta: "¿Por qué reconocería yo que tú eres el maestro y yo el discípulo?" Él responde: "Por el orden de las preguntas". ¿Admitir un orden de las preguntas no es, al imprimir una dirección a la construcción, presentir "la" respuesta?
‑Yo quería decir allí que hay una progresión dentro de la pregunta, un orden que funda la pregunta misma y que no significa que haya un comienzo y un fin posible para la pregunta, sino solamente un impulso natural de la pregunta hacia la pregunta que la demanda.
Es evidente que admitir un orden en el cuestionamiento es prepararse a afrontar tal respuesta presentida; ¿pero qué respuesta esperar sino aquélla que provocara la última pregunta? ¿Y cómo imaginar una pregunta final a tal punto que se diluyera en la respuesta? La respuesta nunca es más que una fatiga, un cansancio extremo, un abandono.
‑Si no es posible descansar en la respuesta, al menos se puede encontrar una suerte de equilibrio en el desequilibrio. Esto es lo que usted llama "la cura de la respuesta". ¿Qué entiende por esto?
‑La cura de la respuesta es, tal vez, no esperar más nada de ella, sino su renuncia en beneficio de la pregunta.
Preguntar es, en efecto, rechazar el término. ¿Se encuentra el equilibro en la pregunta, en la sucesión de preguntas?
La pregunta crea el vacío alrededor de ella. Es en ese vacío que intento mantenerme. ¿Se puede entonces hablar de equilibrio? El equilibrio sólo sería la aceptación de la caída.
‑Usted me dijo un día: "El judío no solamente plantea preguntas: él mismo se ha vuelto pregunta". ¿Cómo intentaría definir al judío como fuerza interrogante de la historia?
‑El judío siempre ha estado en el origen de un doble cuestionamíento: el suyo y el de "el otro". En verdad, no tiene ninguna posibilidad de evitarlo. Como casi no se le permite la facultad de dejar de ser judío, está forzado a plantearse la cuestión de la identidad. De esta manera se ve de antemano confrontado al discurso de el otro y su propia vida, frecuentemente, depende de aquél. Allí reside, quizá, la especificidad judía. De allí la apertura del cuestionamiento judío y lo que puede tener de universal.
Es en referencia a esto que he escrito que el judío "se ha vuelto pregunta él mismo".
Texto extraído de "Del desierto al Libro", Edmond Jabès, Págs. 87/94, Alción Editora, Córdoba, Argentina, 2001.
Edición original: Editions Pierre Belfond, Francia, 1980.
Selección, nota y destacados: S.R.
Relacionar con:
Recomendamos la lectura de "Edmond Jabès y la cuestión del libro", J. Derrida, en "La escritura y la diferencia" del mismo autor, editorial Anthropos, Barcelona, España, 1989.
Con-versiones, mayo 2009
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