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Intervenciones en el Seminario XII: "Problemas cruciales para el psicoanálisis"

¿TIENE SU LUGAR EL ANALISTA? (*)

Serge Leclaire

 

Trataré de explicar, apoyándome en la exposición de J. A. Miller del 24 de febrero, por qué la posición del psicoanalista es irreductible y, en sentido crítico, hasta inconcebible.
Miller, al cuestionarse los fundamentos de la lógica, de la lógica que él denomina lógica lógica, y al rescatar de la obra de Lacan los elementos de una ideología del significante, nos presenta un discurso lógico, e inclusive arqueológico –como él dice- capaz de comprender el discurso originado en la experiencia analítica.

Ahora bien, para llegar a ese discurso es necesario –si cabe la expresión- mantener firmemente el punto que hace posible la articulación de un discurso lógico, es decir, el punto que Miller nos ha presentado como punto débil en tanto crucial de todo discurso; hablamos del punto de sutura.
Hay que comprender –nos recuerda Miller- que “la función de suturación no es exclusiva del filósofo”. “Es importante que estén ustedes convencidos –insiste- de que el lógico, así como el lingüista, cada uno en su nivel, también suturan.”
Yo estoy plenamente convencido de ello. Es evidente que Miller, lógico, o arqueólogo, también sutura. Y en eso reside, justamente, la diferencia con el analista, pues éste, dondequiera que esté, aun cuando intente discurrir sobre análisis, no sutura, o, al menos debería esforzarse por mantenerse libre de esta pasión.

*

Podría detenerme aquí. Esta sería la forma más breve. Sin embargo, trataré de desarrollar un poco más esta idea. ¿En qué consiste este tan mentado punto de sutura?
Una de las proposiciones centrales de la exposición de Miller es ésta: “en el enunciado decisivo que afirma que cero es el número asignado al concepto de la no identidad consigo mismo, es donde el discurso lógico se sutura”.

No es mi intención discutir la importancia de esta observación. Pero podría ir más lejos. La introducción del concepto de la no identidad consigo mismo se deriva del concepto leibiziano de la identidad consigo mismo adelantado por Frege: “Son idénticas las cosas que se pueden sustituir mutuamente sin que se pierda la verdad”. A partir de allí se llega a esta otra proposición: “La verdad es: toda cosa es idéntica a sí misma”. ¿Qué es esta cosa idéntica a sí misma? Es la cosa en tanto una, es decir, el objeto. Toda cosa es idéntica a sí misma, lo que permite al objeto (la cosa en tanto una) caer bajo un concepto. Es necesario que la cosa sea idéntica si la verdad ha de quedar a salvo. Es aquí donde recae el énfasis mayor no sólo del libro de Frege sino también de la exposición de Miller, esto es, la salvación de la verdad. El analista, por su parte, no tiene necesariamente interés en salvar la verdad.

El analista, por lo menos yo, diría de buen grado, “la verdad es también”. Pero la realidad también es. Y la realidad, para el analista, impone encarar la cosa en cuanto ella no es una, encarar la posibilidad de lo no idéntico consigo mismo.
Es cierto que Frege lo hace, pero inmediatamente bloquea lo no idéntico consigo mismo, como lo muestra Miller, con el número cero.
Si se renuncia momentáneamente a la salvación de la Verdad, ¿qué aparece? Yo, por mi parte, diría que la diferencia radical, o de otro modo, la diferencia sexual.

En la obra de Freud es posible encontrar una referencia extraordinariamente precisa a ello. En el momento en que discutiendo la realidad de la escena primitiva, a propósito del Hombre de los lobos, se interesa por la problemática de la castración y sus relaciones con el erotismo anal, se le ocurre la curiosa expresión de concepto inconsciente.

Ciertamente se trata de una unidad, el concepto, pero de una unidad que recubre cosas no idénticas a sí mismas. En el ejemplo de Freud, las heces, el infante o el pene, y, por qué no, el dedo, el dedo cortado o el pequeño grano en la nariz, e inclusive la nariz misma. La noción de concepto inconsciente surge bajo la pluma de Freud para connotar la unidad de pequeñas cosas indiferente, pero que pueden estar separadas del cuerpo. Tal vez tengamos allí el concepto, la realidad de una cosa no idéntica a sí misma (1).

Digo que el analista no sutura porque él, en su experiencia, necesita que el cero no sirva para ocultar la verdad de una diferencia radical, de una diferencia de sí mismo que se impone en último análisis ante la irreductibilidad de la realidad sexual.
Quien no sutura puede ver la realidad del sexo subtendida por la castración fundamental. Puede enfrentar el enigma de la generación. No sólo el de la generación de la serie de los números, sino también el de la generación de los hombres.

El dominio del análisis es un dominio necesariamente a-verídico, por lo menos en su ejercicio. He dicho que el analista se niega a suturar. En realidad, no construye un discurso, ni siquiera cuando habla. Fundamentalmente, y en eso consiste el carácter irreductible de la cuestión del analista, éste escucha. ¿Qué escucha? El discurso de su paciente, y en el discurso de su paciente le interesa saber, precisamente, qué se ha fijado para él en el punto de sutura. Que Miller se sitúe, para hablarnos, en un punto de una topología que no es abierta ni cerrada, aceptado; pero el analista es más bien como el sujeto del inconsciente, es decir, que no tiene lugar ni puede tenerlo.

Comprendo que esta posición o más bien esta no posición del analista, pueda producir vértigo al lógico, al apasionado de la verdad. Pues el analista es, en su acción, el testimonio de la diferencia radical entre un deseoso suturado y uno que se niega a suturar, un no suturante, un deseoso de no suturar. Sé que, de algún modo, esta posición es insoportable. Pero creo que, hágase lo que se hiciere, no hemos terminado –y usted tampoco, Miller- el intento de poner, o como suele decirse, reponer el analista en su lugar. Afortunadamente, por otra parte.

Puede ocurrir que lo haga por su cuenta, por cansancio, o que se intente forzarlo a que lo haga. Sólo hay una cosa segura: que el día en que el analista esté en su lugar, ya no habrá análisis.


 

NOTAS:

(*) Reseña de una intervención pronunciada el 24 de marzo de 1965 en el Seminario del doctor Jacques Lacan.

1. El Dr. Leclaire da aquí otro ejemplo, que no reproducimos; el mismo será tema de una sesión de seminario del E.N.S.

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Texto extraído de "Significante y sutura en psicoanálisis", varios autores, ed. Siglo XXI.
Selección y destacados: S.R.

Con-versiones, Junio 2008

 

 

        

 

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