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La parte maldita (II)

Georges Bataille

 

I. EL SENTIDO DE LA ECONOMIA GENERAL

1.La dependencia de la economía del recorrido de la energía en el globo terrestre.

Cuando hay que cambiar la rueda de un coche, abrir un absceso o cultivar una viña es fácil llegar al fin de una operación bien definida. Los elementos sobre los cuales recae la acción no están totalmente aislados del resto del mundo, pero es posible actuar sobre ellos como si lo estuvieran. La operación puede ser acabada sin que en ningún momento se tenga la necesidad de considerar un conjunto del que la rueda, el absceso o la viña sean, por ello, partes solidarias. Los cambios realizados no modifican sensiblemente el resto de las cosas y la acción incesante desde el exterior no tiene efectos apreciables sobre el comportamiento de la operación. Pero acontece de un modo diferente si consideramos una actividad económica importante, tal como la producción de coches en los Estados Unidos. Lo mismo ocurre, pero con mayor razón, si se trata de la cuestión de la actividad económica en general.

Entre la producción de coches y el movimiento general de la economía, la interdependencia es bastante clara, pero la economía tomada en su conjunto se estudia habitualmente como si se tratara de un sistema de operación aislable. La producción y el consumo están ligados, pero, considerados conjuntamente, no parece difícil estudiarlos como se podría hacer con una operación elemental, relativamente independiente del resto.

Este método es legítimo, y la ciencia no procede nunca de otra forma. Sin embargo, la ciencia económica no da resultados del mismo orden que la física estudiando un fenómeno preciso y, después, en su coordinación, el conjunto de los fenómenos estudiables. Los fenómenos económicos no son fáciles de aislar, y su coordinación general no es fácil de establecer. Es, pues, posible plantear la cuestión como sigue: ¿No debe ser considerado el conjunto de la actividad productiva con las modificaciones que recibe de lo que la rodea o con las que aporta a su entorno? En otros términos: ¿No debería estudiarse el sistema de la producción y el consumo humanos en el interior de un conjunto más vasto?

En las ciencias, tales problemas tienen de ordinario un carácter académico, pero el movimiento de la economía es tan desbordante que nadie se extrañará si una primera cuestión es seguida de otras, menos abstractas. ¿No hay en el conjunto del desarrollo industrial, de los conflictos sociales y de las guerras planetarias, en las obras de los hombres, en una palabra, causas y efectos que no se pondrán de manifiesto más que con la condición de estudiar los datos generales de la economía?; ¿podremos convertirnos en los amos de una obra tan peligrosa (y que no podremos abandonar en ningún caso) sin haber captado sus consecuencias generales?; ¿no debemos, si desarrollamos incesantemente las fuerzas económicas, plantear los problemas generales unidos al movimiento de la energía en el globo?
Estas cuestiones permiten entrever, además del sentido teórico, el lado práctico de los principios que ellas introducen.

 

2. De la necesidad de perder sin beneficio el excedente de energía que no puede servir para el crecimiento del sistema.

A primera vista, es fácil reconocer en la economía ‑en la producción y el uso de las riquezas‑, un aspecto particular de la actividad terrestre considerada como un fenómeno cósmico. En la superficie del globo se produce un movimiento que resulta del recorrido de la energía en este punto del universo. La actividad económica de los hombres se apropia de este movimiento, es la realización de las posibilidades que de él resultan para ciertos fines. Pero este movimiento tiene una forma y unas leyes en principio ignoradas por quienes las utilizan y de ellas dependen. La cuestión se plantea así: ¿Altera la actividad del hombre la determinación general de la energía que recorre el dominio de la vida?; o, por el contrario, ¿no está dicha actividad falseada, en las intenciones que se da, por una determinación que ignora, olvida y no puede cambiar?
Formularé sin demora una respuesta ineluctable.
El desconocimiento por el hombre de los datos materiales de su vida lo hace todavía errar gravemente. La humanidad explota recursos materiales dados, pero si reduce su empleo, como en efecto hace, a la eliminación (que, de un modo perentorio, ha llegado a definir como un ideal) de las dificultades inmediatas que encuentra, asigna a las fuerzas que pone en acción un fin que no pueden tener. Más allá de nuestros fines inmediatos, su acción tiene, de hecho, el cumplimiento inútil e infinito del universo (1).
Como es lógico, el error que resulta de un desconocimiento tan completo no afecta exclusivamente a la pretensión del hombre a la lucidez. Al hombre no le es fácil realizar sus propios fines, si debe, para intentar conseguirlos, adaptarse a un movimiento que lo desborda. Sin duda, tales fines y dicho movimiento pueden no ser decididamente inconciliables. Pero para hacerlos conciliables no debemos ignorar las condiciones de una adaptación, en ausencia de la cual nuestras obras caerán rápidamente en la catástrofe.
Partiré de un hecho elemental. El organismo vivo, en la situación que determinan los juegos de la energía en la superficie del globo, recibe en principio más energía de la necesaria para el mantenimiento de la vida. La energía (la riqueza) excedente puede ser utilizada para el crecimiento de un sistema (por ejemplo, de un organismo). Si el sistema no puede crecer más, o si el excedente no puede ser absorbido por entero por su crecimiento, hay que perderlo necesariamente, gastarlo, voluntariamente o no, gloriosamente o, por el contrario, de forma catastrófica.

 

3. La pobreza de los organismos o conjuntos limitados y el exceso de riqueza de la naturaleza viviente.

Que, en definitiva, se deba gastar sin miramientos (sin contrapartida) la energía que constituye la riqueza, que una serie de operaciones lucrativas no tengan decididamente otro efecto que el vano despilfarro de sus beneficios, esto es lo que rehusan los espíritus habituados a ver en el desarrollo de las fuerzas productivas el fin ideal de la actividad. Afirmar que es necesario disipar en humo una parte importante de la energía producida es ir contra los criterios en los que se funda una economía razonable. Conocemos casos en los que la riqueza debe ser destruida (el café arrojado al mar), pero estos escándalos no pueden ser presentados sin demencia como ejemplos a seguir. Son la confesión de una impotencia, y nadie debería encontrar en ellos la imagen de la esencia de la riqueza. A decir verdad, la destrucción involuntaria (como el café arrojado al mar) tiene, de cualquier forma, el sentido del fracaso. Esta destrucción es sufrimiento y desgracia, no se puede, de ninguna forma, darla como deseable. Sin embargo, es el tipo de operación sin la cual no existe solución. Si, se considera la totalidad de la riqueza productiva que hay en la superficie del globo, no se pueden emplear, coherentemente, los productos con fines productivos más que en la medida en que el organismo vivo que es la humanidad económica puede aumentar sus equipamientos. Esto no es enteramente, ni siempre ni indefinidamente, posible. Cualquier excedente debe ser disipado por medio de operaciones deficitarias. La disipación final no podrá dejar de realizar el movimiento que anima la energía terrestre.

Acontece, habitualmente, lo contrario debido a que la economía nunca es considerada en general. El espíritu humano reduce las operaciones de la economía, tanto en la ciencia como en la vida, a una entidad fundada en el tipo de sistemas particulares (de organismos o de empresas). La actividad económica, contemplada como un conjunto, es concebida como un modo de operación particular cuyo fin es limitado. El espíritu generaliza componiendo el conjunto de las operaciones. La ciencia económica se contenta con generalizar la situación aislada, limita su objeto a las operaciones hechas con la pretensión de un fin limitado, el del hombre económico. No toma en consideración aquel juego de la energía que ningún fin particular limita, el juego de la materia viviente en general, basado en el movimiento de la luz del cual es el efecto. Si en la superficie del globo la energía está siempre en exceso para la materia viviente en general, la cuestión se plantea siempre en términos de lujo y la elección se limita al modo de dilapidación de las riquezas. El problema de la necesidad se plantea al ser vivo en particular oa los conjuntos limitados de seres vivos. Pero el hombre no es solamente el ser separado que disputa su parte de recursos al mundo viviente o a los otros hombres. El movimiento general de exudación (de dilapidación) de la materia viviente lo anima y él no lo puede parar. Incluso hallándose en la cima, su soberanía del mundo vivo lo identifica con este movimiento, el cual lo lleva, de un modo privilegiado, a la operación gloriosa, al consumo inútil. Si él lo niega, como incesantemente le obliga la conciencia de necesidad, de indigencia inherente al ser separado (al que incesantemente le faltan recursos, que no es más que un eterno necesitado), sunegación no cambia en absoluto el movimiento de la energía, la cual no puede acumularse sin limitaciones en las fuerzas productivas. Finalmente, la energía se nos tiene que escapar y perderse para nosotros como un río en el mar.

 

4. La guerra considerada como un gasto catastrófico de la energía excedente.

El desconocimiento no modifica en absoluto la salida final. Podemos ignorarla, olvidarla, pero el suelo en el que vivimos no es más que, cualquiera que sea, un campo de destrucciones multiplicadas. Nuestra ignorancia solamente tiene este efecto incontestable, obligarnos a sufrir loque hubiéramos podido, de haber sabido, operar a nuestro antojo. Nos priva de la elección de una exudación que nos podría agradar. Sobre todo, lleva a los hombres y a sus obras a destrucciones catastróficas. Pues, si no tenernos la fuerza de destruir nosotros mismos la energía que, sobra, tampoco podrá ser utilizada. Y, como un animal salvaje, que no se puede controlar, es ella la que nos destruye, es decir, nosotros mismos hacemos inevitables los peligros de la explosión.
Estos excesos de fuerza viva, que congestionan localmente a las economías más miserables, son, de hecho, los factores de ruina más peligrosos. De aquí que la descongestión haya sido siempre, pero en lo más oscuro de la conciencia, el objeto de una búsqueda febril. Las sociedades antiguas la encontraron en las fiestas; alguna de ellas edificaron admirables monumentos que no tenían utilidad; nosotros empleamos el excedente en multitud de "servicios" que facilitan la vida (2) y somos inducidos a reabsorber una parte por medio del aumento de las horas de ocio. No obstante, estas derivaciones han sido siempre insuficientes; a pesar de ello, la existencia del excedente (en ciertos puntos) ha llevado siempre a numerosos seres humanos y grandes cantidades de bienes útiles a la destrucción de las guerras. Incluso, actualmente, ha aumentado la importancia relativa de los conflictos armados tomando las proporciones desastrosas que ya se conocen.

La evolución reciente es la consecuencia de un crecimiento brusco de la actividad industrial. En principio, este movimiento prolífico frena la actividad guerrera al absorber lo esencial del excedente; el desarrollo de la industria moderna explica el período de paz relativa de 1815 a 1914 (3). Las fuerzas productivas se desarrollan, aumentan los recursos y permiten, al mismo tiempo, la rápida expansión demográfica de los países avanzados (es el aspecto carnal de la huesuda proliferación de las fábricas). Pero el crecimiento que los cambios técnicos hicieron posible se hizo pernicioso a largo plazo. Se convirtió en generador de un excedente mayor. La primera guerra mundial estalló antes de que sus límites fuesen realmente alcanzados, incluso localmente. La segunda, en sí misma, no significa que el sistema, en lo sucesivo, no pueda desarrollarse (extensivamente, o, incluso, de todas formas, intensivamente). Pero tuvo en cuenta las posibilidades de que el desarrollo se detuviera y dejó de disfrutar de las facilidades de un crecimiento al que nada se oponía. A veces se niega que el exceso de producción industrial sea el origen de las guerras recientes, en particular de la primera. Pero es precisamente este exceso lo que tanto una como otra destruyeron. Fue la importancia de dicho exceso lo que les dio su extraordinaria intensidad. En consecuencia, el principio general del excedente de energía que hay que gastar, considerado (más allá de la intención excesivamente estrecha de la economía) como efecto de un movimiento que la supera, al mismo tiempo que explica trágicamente un conjunto de hechos, reviste una importancia que nadie puede negar. Podemos concebir la esperanza de escapar a una guerra ya amenazante. Pero para ello necesitamos encauzar la producción excedente hacia la extensión racional de un crecimiento industrial costoso, o hacia las obras improductivas, disipadoras de una energía que no puede ser acumulada de ninguna forma. Esto plantea numerosos problemas, de una complejidad extraordinaria (4). No obstante, aunque puede dudarse que sea fácil alcanzar las soluciones prácticas que ellos exigen, su interés no puede ser puesto en duda.

Solamente precisaría, sin más demora, que la extensión del crecimiento exige un cambio absoluto de los principios económicos ‑el cambio total de la moral en la que se fundan. Pasar de las perspectivas de la economía restringida a las de la economía general comporta, en verdad, un cambio copernicano; la puesta al revés del pensamiento y de la moral. En principio, si una parte de las riquezas, evaluadas en conjunto, se dedica a la pérdida o, sin posible beneficio, al uso improductivo, tiene lugar, ineluctablemente, una cesión de mercancías sin contrapartida. En adelante, sin hablar de la disipación pura y simple, análoga a la construcción de las Pirámides, la posibilidad de que prosiga el crecimiento está subordinada al don. El desarrollo industrial del conjunto del mundo exige a los americanos captar lúcidamente la necesidad, para una economía como la suya, de tener un cierto volumen de operaciones sin beneficio. Una inmensa red industrial no puede ser administrada como se cambia una rueda... Reproduce un recorrido de energía cósmica del cual depende, que no puede limitar y del que no se puede seguir ignorando las leyes sin consecuencias. Desgraciado de quien, con esta finalidad, quisiera ordenar el movimiento que le excede con el limitado espíritu del mecánico que cambia una rueda.

 

II. LEYES DE LA ECONOMIA GENERAL

1. La superabundancia de la energía bioquímica y el crecimiento.

Que, en principio, un organismo disponga de recursos de energía superiores a los necesarios para las operaciones que aseguran la vida (actividades funcionales y, en el caso del animal, para los ejercicios musculares indispensables para la búsqueda del alimento), es lo que permite funciones como el crecimiento y la reproducción. Ni el crecimiento ni la reproducción serían posibles si la planta o el animal no dispusieran normalmente de un excedente. El principio mismo de la materia viviente requiere que las operaciones químicas de la vida que han exigido un gasto de energía, tengan un beneficio, es decir, sean creadoras de excedentes.

Consideraré, sin desarrollar demasiado minuciosamente el análisis, un animal doméstico, un ternero, y dejaré, en principio, de lado los diferentes focos de energía animal o humana que permiten producir su alimento (todo organismo, por otra parte, es tributario de la aportación de otros; si esta aportación es favorable obtiene la energía necesaria, pero sin ella estaría rápidamente condenado a morir). La actividad funcional utiliza una parte de la energía disponible, pero el animal dispone de un excedente que asegura su crecimiento. En condiciones normales, una parte de este excedente se pierde en ¡das y venidas, pero si el ganadero consigue mantenerlo acostado, el volumen del ternero se beneficia de ello; la economía se acumula en forma de grasa. Si el ternero no se sacrifica, llega el momento en el que un crecimiento cada vez menor ya no logra consumir la totalidad de un excedente aumentado; alcanza entonces la madurez sexual. Sus fuerzas vivas se dedican principalmente a la turbulencia del toro, en el caso de un macho, o a la preñez y a la producción de leche, en el de una hembra. La reproducción significa, en cierto sentido, un paso del crecimiento individual al crecimiento del grupo. Si se castra al macho, su volumen individual aumenta de nuevo durante un tiempo y se obtienen de él cantidades considerables de trabajo.
No hay en la naturaleza engorde artificial del recién nacido ni castración. Me ha resultado cómodo elegir como ejemplo un animal doméstico; pero, básicamente, los movimientos de la especie animal son generalizables. En el conjunto de los casos, la energía en exceso alimenta el crecimiento o la turbulencia de los individuos. El ternero y la vaca, el toro y el buey no añaden a este gran movimiento más que una ilustración más rica y más familiar.
Las plantas muestran el mismo exceso, sólo que mucho más intensamente, por no tener más que crecimiento y reproducción (la energía necesaria para su actividad funcional es ínfima). Pero esta exuberancia indefinida debe ser contemplada en relación con las condiciones que la hacen posible y que la limitan.

 

2. El límite del crecimiento.

Hablaré rápidamente de las condiciones más generales de la vida. Sólo insistiré sobre un hecho de importancia decisiva: la energía solar es el origen de su exuberante desarrollo. La fuente y la esencia de nuestra riqueza se encuentra en la radiación del sol, la cual dispensa energía ‑riqueza‑ sin contrapartida. El sol da sin recibir; los hombres se dieron cuenta de esto mucho antes de que la astrofísica midiera esta prodigalidad incesante, ya que veían cómo elsol madura las cosechas y unían el esplendor que lo caracteriza al gesto de quien da sin recibir. En este momento es necesario considerar un doble origen de los juicios morales. Antiguamente el valor residía en la gloria improductiva, mientras que en nuestros días se hace depender de la producción; se  pone el énfasis en la adquisición de energía más que en su gasto. La gloria misma se justifica por las consecuencias de un hecho glorioso en la esfera de la utilidad. Aunque obnubilado por el juicio práctico ‑y por la moral cristiana‑, el sentimiento arcaico está vivo todavía, puede encontrárselo, en particular, en la protesta romántica contra el mundo burgués; no desaparece de un modo absoluto más que en las concepciones clásicas de la economía. La radiación solar tiene como efecto la superabundancia de la energía en la superficie del globo. Pero, en principio, la materia viva recibe esta energía y la acumula en los límites establecidos por el espacio al que puede acceder. A continuación, la irradia o dilapida, pero antes de dedicar una parte apreciable de la energía acumulada a la radiación, la utiliza al máximo en el crecimiento. Sólo la imposibilidad de continuar el crecimiento da paso a la dilapidación. El verdadero excedente no comienza más que después de que haya quedado limitado el crecimiento del individuo o del grupo.

La limitación inmediata para cada individuo y para cada grupo viene dada por otros individuos y por otros grupos. Pero la esfera terrestre (exactamente la biosfera) (5), que constituye el espacio accesible a la vida) es la única limitación real. El individuo o el grupo puede ser constreñido por otro individuo o por otro grupo. Sin embargo, el volumen global de la naturaleza viva no cambia por ello; en definitiva, es la magnitud del espacio terrestre lo que limita el crecimiento global.

 

3. La presión.

En principio, la superficie del globo está provista de vida en la medida de lo posible. La multiplicidad de formas de vida se adapta en conjunto a los recursos disponibles, hasta el punto de que el espacio es su límite fundamental. Determinadas regiones desfavorecidas, en las que las reacciones químicas que son la base de la vida no tienen lugar, son como si no existieran. Sin embargo, si se tiene en cuenta la relación constante del volumen de la masa viva con los datos locales, climáticos y geográficos, la vida ocupa todo el espacio disponible. Estos datos locales determinan la intensidad de la presión ejercida en todos los sentidos por la vida. Por tanto, se puede hablar de presión en el sentido de que, si por cualquier medio, creciera el espacio disponible, este espacio quedaría inmediatamente ocupado de la misma forma que el espacio vecino. Ocurre, además, así cada vez que la vida se destruye en cualquier lugar del globo por un incendio forestal, por un fenómeno volcánico o por la acción del hombre. El caso más claro es el de una alameda que un jardinero cultiva y mantiene limpia. Si queda abandonada, la presión de la vida circundante la vuelve a cubrir de hierbas y matojos entre los cuales pulula la vida animal.

Si la alameda se asfalta, se logra mantener durante cierto tiempo al abrigo de la presión. Con ello se quiere decir que el volumen de vida posible, suponiendo que en lugar de asfaltarla se abandonara, no sería realizado, que la energía de aporte correspondiente a este volumen se pierde, se dilapida de alguna forma. Esta presión no puede ser comparada con la de una caldera cerrada. Aunque el espacio esté totalmente ocupado, aunque no tenga salida por ninguna parte, no estallará. No obstante, la presión existe, la vida se ahoga, de alguna forma, en límites demasiado estrechos, tiende a un crecimiento imposible de formas diferentes y libera grandes dilapidaciones con un derramamiento constante de recursos excedentes. Una vez que se alcanza el límite del crecimiento, la vida, aunque no está dentro de una caldera, entra, como poco, en ebullición; sin llegar a explotar, su extrema exuberancia se expande en un movimiento siempre al borde de la explosión.

Las consecuencias de esta situación entran difícilmente dentro de nuestros cálculos. Calculamos nuestros intereses, pero esta situación nos desarma debido a que el nombre mismo de interés es contradictorio con el deseo que está en juego en estas condiciones. Siempre que queremos actuar racionalmente tenemos que considerar la utilidad de nuestros actos; la utilidad implica una ganancia, un mantenimiento o un crecimiento. Ahora bien, cuando hay que responder a la exuberancia, es posible sin duda utilizarla para el crecimiento. Pero el problema planteado lo excluye, Al suponer que no hay más crecimiento posible, ¿qué hacer con la efervescencia de energía que subsiste? Perderla, evidentemente, no es utilizarla. Es, no obstante, de una sangría, de una pura y simple pérdida de lo que se trata; mas esta pérdida tiene lugar de cualquier forma. En principio, el excedente de energía, si no puede servir para el crecimiento, se pierde. Pero bajo ningún concepto puede pasar por útil esta pérdida inevitable. No se trata más que de una pérdida agradable, preferible a otra desagradable. Se trata de sentimiento, nunca de utilidad. Por tanto, las consecuencias son decisivas.

 

4. El primer efecto de la presión: la extensión.

Resulta difícil definir y representar exactamente la presión así ejercida. Es a la vez compleja e inasible, pero es posible describir sus efectos. Una imagen se impone entonces al espíritu, pero hay que decir, en la proposición, que ella introduce la representación de las consecuencias, aunque no da una idea concreta de las causas.
Cuando se imagina una inmensa muchedumbre reunida con la intención de asistir a una corrida (6) que tendrá lugar en una plaza muy pequeña, aunque tenga el mayor deseo de entrar, una parte de ella tendrá que quedarse fuera. De la misma forma, las posibilidades de la vida no pueden ser efectuadas hasta el infinito. Están limitadas por el espacio, como la entrada de la muchedumbre por el número de asientos de la plaza.

Un primer efecto de la presión será aumentar la capacidad de la plaza. Si el servicio de orden en el interior es bueno, la capacidad de la plaza está limitada precisamente. Pero fuera puede haber árboles y farolas, desde lo alto de los cuales sea visible el ruedo. Si no existe ninguna ordenanza que lo impida, habrá gente que trepe a los árboles y a las farolas. De la misma forma, la tierra abre, de entrada, a la vida el espacio fundamental de las aguas y de la superficie del suelo. Pero rápidamente la vida se apodera del dominio aéreo. Interesaba, en primer lugar, multiplicar la superficie de la sustancia verde de las plantas, que absorbe la energía radiante de la luz. La superposición del follaje en el aire amplía sensiblemente el volumen de esta sustancia. En particular, la estructura de los árboles desarrolla esa posibilidad muy por encima del nivel de las hierbas. Por otra parte, los insectos alados y los pájaros, junto con el polvo, invaden los aires.

 

5. El segundo efecto de la presión: La dilapidación o el lujo.

Pero la insuficiencia de la plaza puede tener otro efecto: a la entrada puede producirse una refriega. Si alguien muere, el exceso del número de individuos sobre el número de asientos disminuirá. Este efecto se ejerce en el sentido contrario del primero. En la medida en que la presión fuerza la apertura de un espacio nuevo se destruyen las posibilidades de excesos sobre la plaza disponible. El último efecto se ejerce en la naturaleza bajo las formas más variadas.

La forma más importante es la muerte. Como se sabe, la muerte no es indispensable. Las formas elementales de la vida son inmortales. El nacimiento de un organismo reproducido por escisciparidad se pierde en la noche de los tiempos. No se puede decir, en efecto, que tenga progenitores. Aunque a' y a" sean dos, resultando del desdoblamiento de a, a no ha dejado de existir por la aparición de a'; a' es todavía a (y, por lo tanto, lo mismo se puede decir de a"). Pero supongamos, en el origen de la vida (a los efectos de una demostración puramente teórica), uno sólo de estos seres infinitamente pequeños. Este individuo no habría poblado la tierra con su especie menos rápidamente. Después de poco tiempo, la reproducción sería imposible por falta de espacio y la energía que utiliza se disiparía en calor. Esto es precisamente lo que ocurre con uno de estos microorganismos ‑la lenteja de agua, que cubre el agua estancada de una capa verde y después permanece en equilibrio. Para la lenteja de agua, el espacio viene dado por los límites muy estrechamente determinados de un estanque. Pero el estancamiento de la lenteja de agua no es concebible a escala del mundo entero, en el que falta, de todas formas, el equilibrio necesario. Se puede admitir (teóricamente) que una presión homogénea y generalizada acabaría en el reposo, es decir, con la conversión general de la pérdida de calor en crecimiento. La presión real tiene otros resultados. Pone en concurrencia organismos desiguales y, aunque no podemos saber cómo entraron las especies en la acción, podemos decir lo que es la acción.

Fuera de la acción exterior a la vida (fenómenos climáticos o volcánicos), la desigualdad de la presión en la materia viviente abre constantemente al crecimiento el espacio dejado por la muerte. Este no es un espacio nuevo, y si se considera la vida en su conjunto, no hay realmente crecimiento, sino mantenimiento del volumen en general. Dicho de otra forma, el crecimiento posible se reduce a una compensación de las destrucciones operadas.
Insisto en el hecho de que no hay crecimiento, generalmente, sino sólo, bajo todas las formas, ¡una lujosa dilapidación de energía! La historia de la vida sobre la tierra es principalmente el efecto de una loca exuberancia. El acontecimiento dominante es el desarrollo del lujo, la producción de formas de vida cada vez más onerosas.

 

6. Las tres leyes de la naturaleza: La depredación, la muerte y la reproducción sexuada.

La depredación de unas especies por otras es la forma más simple de lujo. Las poblaciones bloqueadas por el ejército alemán adquirieron, gracias a la penuria, un conocimiento vulgarizado de este carácter oneroso del desarrollo indirecto de la materia viviente. Cuando se cultivan patatas o trigo, el rendimiento de una parcela en calorías consumibles es mucho mayor que el de un rebaño para leche y carne en una parcela equivalente dedicada a pradera. La forma de vida menos onerosa es la de un microorganismo verde (que absorbe por la acción de la clorofila la energía del sol), pues, generalmente, la vegetación es menos onerosa que la vida animal. La vegetación ocupa rápidamente el espacio disponible. Los animales destruyen la vegetación y aumentan sus posibilidades de esta forma. A pesar de ello, se desarrollan más lentamente. En este sentido, el animal salvaje está en la cima, pues sus continuas depredaciones de depredadores representan una inmensa dilapidación de energía. William Blake preguntaba al tigre: "¿En qué abismos, en qué lejanos cielos el fuego de tus ojos se ha abrasado?". Lo que a él le impresionaba de tal forma era la presión cruel, hasta el extremo de lo posible, el poder de consumo intenso de la vida. En la efervescencia general de la vida, el tigre es un foco de extrema incandescencia. Y esta incandescencia, en efecto, se abrasa fuertemente en la remota profundidad del cielo, en la consumición de sol.

La depredación comporta la muerte, pero bajo una forma accidental. De todos los lujos concebibles, la muerte, bajo su forma fatal e inexorable, es ciertamente, el más costoso. La fragilidad del cuerpo de los animales, su complicación, les confiere ya el carácter lujoso, pero esta gracilidad y este lujo culminan en la muerte. Del mismo modo que, en el espacio, los troncos y el ramaje de los árboles elevan a la luz capas superpuestas de follaje, así la muerte reparte en el tiempo el paso de las generaciones. La muerte deja, incesantemente, el espacio necesario para la llegada de recién nacidos y, sin embargo, maldecimos de un modo totalmente absurdo aquello sin lo cual no existiríamos.
En verdad, cuando maldecimos la muerte no tenemos miedo más que de nosotros mismos. Es nuestra voluntad, el rigor de la cual nos hace temblar. Nos mentimos a nosotros mismos imaginando escapar al movimiento de lujosa exuberancia del que no somos más que la forma aguda. 0 puede que, en principio, no nos mintamos más que para sentir después mejor el rigor de esta voluntad, llevándola a la extremidad rigurosa de la conciencia.
El lujo de la muerte, en este sentido, es considerado por nosotros de la misma forma que el de la sexualidad, es decir, en principio, como una negación de nosotros mismos, y después como la verdad profunda del movimiento del cual la vida es la exposición.

En las condiciones presentes, independientemente de nuestra conciencia, la reproducción sexuada es, con la depredación y la muerte, uno de los grandes procedimientos lujosos que aseguran el consumo intenso de energía. Desde su mismo principio acentúa lo que la escisciparidad anunciaba: la división, por medio de la cual el ser individual renuncia al crecimiento y, por la multiplicación de los individuos, lo transfiere a la impersonalidad de la vida. En esto es en lo que, en principio, la sexualidad difiere del crecimiento egoísta: si, considerada con respecto a la especie, aparece como un crecimiento, en realidad no es más que el lujo de los individuos. Este carácter está más acentuado en la reproducción sexuada, en la que los individuos engendrados están claramente separados de quienes los engendran ‑y les donan la vida como se dona a los demás. Pero sin renunciar a volver más tarde, con motivo de la alimentación, al principio del crecimiento, la reproducción de los animales superiores hace cada vez más honda la brecha que los separa, desde el origen, de la simple tendencia del individuo, que consiste en comer con el fin de aumentar su volumen y sus fuerzas. Para el animal, ésta es la ocasión para proceder a una súbita y frenética dilapidación de los recursos energéticos, llevada momentáneamente al límite de lo posible (que es en el tiempo lo que el tigre en el espacio). Esta dilapidación va mucho más allá de lo que sería necesario para el crecimiento de la especie. En un instante dado, parece que es la dilapidación más grande que el individuo tiene la posibilidad de efectuar. En el caso del hombre va acompañada de todas las formas imaginables de ruina, implica hecatombes de bienes ‑tanto espirituales como corporales‑ y acaba por llegar al lujo y al exceso demencial de la muerte.

 

7. La extensión por el trabajo y la técnica. El hombre como lujo.

Básicamente, la actividad del hombre está condicionada por el movimiento general de la vida. En cierto sentido, la actividad del hombre abre a la vida, en extensión, una posibilidad mayor, un espacio nuevo (como lo hicieron, en la naturaleza, el ramaje de los árboles o las alas de los pájaros). Exactamente, se trata de un espacio que la vida aún no había poblado, abierto por el trabajo y por la técnica, a la reproducción multiplicada de los hombres. Pero la actividad humana, al transformar el mundo, aumenta la tasa de materia viviente con artilugios añadidos, compuestos por una inmensa cantidad de materia inerte, que aumentan considerablemente los recursos de energía disponible. El hombre ha tenido desde el principio la facultad de utilizar una parte de la energía disponible para el crecimiento, no biológico sino técnico, de sus riquezas en energía. Las técnicas tienen, en suma, la posibilidad de ampliar ‑de retomar‑ el movimiento elemental de crecimiento que la vida efectúa en los límites de lo posible. Sin duda, se trata de un desarrollo que no es continuo ni infinito. En la medida en que el detenimiento del desarrollo responde al estancamiento de las técnicas, la invención de técnicas nuevas promueve una impulsión. El crecimiento de los recursos de energía puede servir de base a una reanudación del crecimiento biológico (demográfico). La historia de Europa en el siglo XIX es la ilustración más completa (y también la mejor conocida), de vastas proliferaciones vivientes cuyo soporte es la osamenta. Conocida es la importancia del desarrollo de las poblaciones como consecuencia, en principio, del despegue industrial.

A decir verdad, las relaciones cuantitativas entre población y soporte, así como, en general, las condiciones del desarrollo económico en la historia están sometidas a tantas interferencias que siempre resulta difícil determinar los tipos concretos. De todas formas, no puedo incluir un análisis detallado en una aproximación que sólo pretende mostrar, en sus líneas generales, el vasto movimiento que anima la tierra. No obstante, la reciente disminución del ritmo de crecimiento demográfico sólo revela la complejidad de los efectos. Y es que las reanudaciones del desarrollo, que proceden de la actividad humana y que hacen posible o mantienen las nuevas técnicas, tienen siempre un doble efecto: utilizan, en un primer momento, una parte importante de la energía excedente, pero después producen un excedente cada vez más grande. Este excedente contribuye, en segundo lugar, a hacer el crecimiento más penoso, porque no basta ya para utilizarlo. Hasta cierto punto, el interés de la extensión está neutralizado por el interés contrario, el del lujo. El primero juega todavía, pero de una forma declinante ‑incierta, frecuentemente impotente. La caída de las curvas demográficas puede que sea el primer índice del cambio de signo que se está manifestando. Lo que ahora importa en primer lugar no es ya desarrollar las fuerzas productivas, sino gastar lujosamente sus productos.

Cuando se llega a este punto se preparan inmensas dilapidaciones. Después de un siglo de poblamiento y de paz industrial, alcanzado de nuevo el límite provisional del desarrollo, las dos guerras mundiales han ordenado las más grandes orgías de riqueza ‑y de seres humanos‑ que conoce la historia. Sin embargo, estas orgías coinciden con una sensible elevación del nivel de vida general. La masa de población se beneficia de servicios improductivos cada vez más numerosos, el trabajo se reduce, el salario crece en conjunto.
Y es que el hombre en el planeta no es más que, de una forma indirecta, subsidiaria, una respuesta al problema del crecimiento. Sin duda, con el trabajo y con la técnica ha hecho posible la extensión, más allá de los límites recibidos. Pero, lo mismo que el herbívoro con relación al planeta es un lujo ‑y el carnívoro con relación al herbívoro‑, el hombre es, de todos los seres vivientes, el más apto para consumir intensamente, lujosamente, el excedente de energía que la presión de la vida se propone en abrasamientos conformes al origen solar de su movimiento.

 

8. La parte maldita.

Esta verdad es paradójica, hasta el punto de ser exactamente contraria a la que aparece de ordinario.
Este carácter paradójico queda subrayado por el hecho de que, en el punto culminante de la exuberancia, su sentido queda de cualquier forma velado. En las condiciones actuales, todo contribuye a obnubilar el movimiento fundamental que tiende a dedicar la riqueza a su función, al don, al despilfarro sin contrapartida. De una parte, la guerra mecanizada, al provocar sus estragos, caracteriza este movimiento como extraño y hostil a la voluntad humana. De otra parte, la elevación del nivel de vida no se considera, en absoluto, como una exigencia de lujo. El movimiento que la reivindica es incluso una protesta contra el lujo de las grandes fortunas, hasta el punto de que esta reivindicación se hace en nombre de la justicia. Sin tener nada, evidentemente, contra la justicia, puede hacerse observar que aquí la palabra disimula la profunda verdad de su contrario, que es exactamente la libertad. Bajo la máscara de la justicia, es cierto que la libertad general reviste una apariencia deslucida y neutra de la existencia sometida a las necesidades. Es, sobre todo, una reducción de sus límites a lo más justo, loque no es un desencadenamiento peligroso, palabra que ha perdido su sentido. De esta forma, la libertad es una garantía contra el riesgo de servidumbre, no una voluntad de asumir riesgos sin los cuales no hay libertad.
El sentimiento de una maldición se une a esta doble alteración del movimiento que exige de nosotros el consumo de riquezas. Rechazo de la guerra bajo la forma monstruosa que presenta, rechazo de la dilapidación lujosa, cuya forma tradicional equivale de ahora en adelante a la injusticia. En el momento en que el crecimiento de las riquezas es el mayor que jamás existió, es cuando ésta empieza a adquirir para nosotros el sentido que tuvo siempre de parte maldita.

 

9. Oposición del punto de vista "general" al punto de vista "particular".

El hecho de que se tenga miedo a que se desencadene el movimiento de dilapidación que nos anima y que incluso somos nosotros mismos, no puede naturalmente sorprender. Sus consecuencias, desde el principio, son angustiosas. La figura del tigre simboliza la depredación. La muerte ha llegado a ser nuestro horror, y aunque, en cierto sentido, el hecho de ser carnívoro y de desafiar a la muerte responde a una exigencia de virilidad (¡aunque éste es un asunto diferente!), la sexualidad está ligada a los escándalos de la muerte y de la carne consumida.
Pero esta atmósfera de maldición supone la angustia y la angustia, por su parte, significa ausencia (o debilidad) de la presión ejercida por la exuberancia de la vida. La angustia tiene lugar cuando el propio angustiado no está orientado por el sentimiento de superabundancia. Esto es lo que manifiesta la significación aislada, individual de la angustia. El angustiado no puede tener angustia más que desde un punto de vista personal, particular, radicalmente contrario al punto de vista general, fundado sobre la exuberancia de la materia viviente en su conjunto. La angustia está vacía de sentido para quien desborda de vida, y para el conjunto de la vida, que es en esencia un desbordamiento.
Si nosotros consideramos ahora la situación histórica presente, veremos que ésta se caracteriza por el hecho de que los fallos afectan a la situación general y son imputables al punto de vista particular. En principio, la existencia particular corre siempre el riesgo de escasez de recursos y de sucumbir. A ésto se opone la existencia general, cuyos recursos se encuentran en exceso, y para la cual la muerte no tiene sentido. A partir del punto de vista particular, losproblemas están, en primer lugar, planteados por la insuficiencia de recursos. Los problemas están planteados, ante todo, en función del exceso de recursos cuando se tiene en cuenta el punto de vista general. Sin duda, el problema de la miseria subsiste de todas formas. Por otra parte, queda claro que la economía general debe tener en cuenta, también, cada vez que ello es posible, y de entrada, el crecimiento a impulsar. Pero, tanto si ella considera la miseria como si se enfrenta al crecimiento, debe tener en cuenta, por un lado, los límites que una u otro no pueden dejar de encontrar y, por otro, el carácter dominante (decisivo) de los problemas derivados de la existencia de excedentes. Si se considera brevemente un ejemplo, el problema de la miseria de la India no puede, en absoluto, ser disociado del crecimiento demográfico de este país ni de su desproporción con su desarrollo industrial. Las posibilidades de crecimiento industrial de la India no pueden ser disociadas de los excedentes de recursos americanos. Un problema típico de economía general se desprende de esta situación. De un lado se plantea hoy la necesidad de exudación y, de otro, de crecimiento. El mundo actual se define por la desigualdad de la presión (cuantitativa o cualitativa) ejercida por la vida humana.

La economía general propone, por tanto, como una operación correcta, una transferencia de riqueza americana a la India, sin contrapartida. A tal fin, la economía general aconseja tomar en consideración la amenaza que resultaría para América de la presión ‑y de los desequilibrios‑ ejercida en el mundo por los desarrollos de la vida en la India.
Estas consideraciones ponen necesariamente en candelero el problema de la guerra, que sólo teniendo en cuenta la ebullición fundamental es posible ver claramente. La única solución consiste en la elevación mundial del nivel de vida ‑en las condiciones morales actuales‑, la única susceptible de absorber el excedente americano, de reducir la presión por debajo del punto peligroso.
Esta concepción teórica difiere poco de las formulaciones empíricas que recientemente se han aportado en este sentido, pero es más radical, siendo interesante precisar que tales formulaciones responden a las concepciones expuestas anteriormente. Esta confirmación da más fuerza, al parecer, tanto a unas como a otras.

 

10. Las soluciones de la economía general y la "conciencia de sí mismo".

Pero es preciso añadir inmediatamente que, por muy bien definidas que estén las soluciones, su aplicación a la escala precisa es tan difícil que, de entrada, la empresa no parece alentadora. La solución teórica existe, e incluso su necesidad está lejos de ocultarse enteramente a aquellos de quienes parece depender la decisión. Sin embargo, y más claramente, lo que la economía general define, en principio, es un carácter explosivo de este mundo, llevado a la extremidad de la tensión explosiva en el tiempo presente. Una maldición pesa evidentemente sobre la vida humana, en la medida en que ella no tiene fuerza de encauzar un movimiento vertiginoso.
Hay que afirmar, sin embargo, que la superación de una maldición como ésta depende del hombre, única y exclusivamente de él. Más ello sería imposible si el movimiento que la genera no apareciera claramente en la conciencia. En este sentido, hay que reconocer que es bastante triste no tener otro procedimiento, para evitar la catástrofe que amenaza, que "la elevación del nivel de vida". Este procedimiento, ya lo he dicho, va unido a la voluntad de no ver en su verdad la exigencia a la que trata de responder.
Pero si se considera al mismo tiempo la debilidad y el acierto de esta solución, se pone bastante claramente de manifiesto que, debido a su ambigüedad, es la única que puede admitirse en líneas generales. Se trata de una solución que provoca y excita tanto un esfuerzo de lucidez de la conciencia como, aparentemente, aleja de ella. De esta forma, la huida de la verdad es, por un juego de contrapartida, la garantía de su reconocimiento. El espíritu del hombre actual rechazaría, de todas maneras, aquellas soluciones que, sin ser negativas, fueran enfáticas y arbitrarias. Por el contrario, se alía a este rigor ejemplar de la conciencia humana a la medida de su verdad. Ciertamente, la exposición de una economía general implica la intervención en los asuntos públicos. Pero, ante todo y del modo más profundo, a donde se dirige es a la conciencia; lo que trata de ordenar, en principio, es la conciencia de sí mismo que el hombre alcanzaría, finalmente, en la visión lúcida de un encadenamiento de sus formas históricas.

De esta forma, la economía general comienza por una relación de los datos históricos que dan todo su sentido a los datos presentes.  


 NOTAS:

(1). De la materialidad del universo, que, sin duda, en sus aspectos próximos o lejanos, es algo que trasciende al pensamiento. Cumplimiento designa lo que se está cumpliendo, no lo que se ha cumplido. Infinito se opone a la vez a la determinación limitadayal fin asignado.
(2). Se admite que, aunque la industria no puede tener un desarrollo indefinido, no ocurre lo mismo con los "servicios", que constituyen lo que se llama el sector terciario de la economía (el primario es la agricultura y el segundo la industria), los cuales comprenden tanto organizaciones completas de seguros o de venta como el trabajo de los artistas.
(3). En el marco de un primer ensayo ‑teórico e histórico‑ no se puede tratar el conjunto de los problemas planteados.
(4). Ver W. Vernadsky, La Biosphére, 1929, donde se exponen (desde un punto de vista diferente) algunas de las consideraciones que se hacen a continuación.
(5). En español en el original. (N.T.)
(6). La asociación está aparentemente implicada dentro de la expresión: el pecado de la carne.

 

Texto extraído de "La parte maldita", Georges Bataille, págs. 55/77, editorial Icaria, Barcelona, España, 1987.
Edición original: de Minuit, París, 1947.
Corrección del texto: Cecilia Falco.
Selección y destacados: S.R.

Relacionar con:
La parte maldita (primera parte)- G. Bataille >>>
La parte maldita (tercera parte) - G. Bataille >>>
La noción de gasto - G. Bataille >>>

 

Con-versiones, enero 2007

 

 

        

 

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