ENAMORARSE Y DESENAMORARSE
Zygmunt Bauman
"Mi querido amigo, le envío un
pequeño trabajo del que podría decirse, sin ser injusto, que no
tiene pies ni cabeza, ya que por el contrario todo en él es, alternativa
y recíprocamente, pies y cabeza. Le suplico considere la admirable
conveniencia que tal combinación nos ofrece a todos: a usted,
a mí y al lector. Podemos interrumpir, yo mis cavilaciones, usted
el texto, y el lector su lectura, ya que no pretendo mantener
interminablemente la fatigosa voluntad de ninguno de ellos unida
a una trama superflua. Retire uno de los anillos, y otras dos
piezas de esta tortuosa fantasía volverán a encajar sin dificultad.
Recorte varios fragmentos y advertirá que cada uno de ellos se
sostiene por sí mismo. Me atrevo a dedicarle a usted la serpiente
entera con la esperanza de que algunos de sus tramos le gusten
y lo diviertan."
De esta manera,
Charles Baudelaire presentaba Spleen de París a sus lectores.
Es una pena que lo haya hecho. De no ser así, yo mismo hubiese
querido componer un preámbulo igual o similar para lo que sigue
a continuación. Pero lo hizo, y yo sólo puedo citar. Walter
Benjamin, por supuesto, eliminaría la palabra "sólo"
de esta última frase. Y si lo pienso dos veces, yo también.
"Recorte
varios fragmentos y advertirá que cada uno de ellos subsiste por
sí solo." Mientras que los fragmentos salidos de la pluma
de Baudelaire sí lo hicieron, sólo el justo derecho del lector,
ya que no el mío, decidirá si los dispersos tramos de pensamiento
reunidos a continuación subsisten o no.
En la familia
de los pensamientos hay enanos en abundancia. Por eso fueron inventados
la lógica y el método, y una vez inventados fueron adoptados con
gratitud por los pensadores de pensamientos. Los enanos pueden
esconderse, y en medio del poderío esplendoroso de las legiones
en marcha y las formaciones para la batalla, terminan por olvidar
su enanismo. Una vez que se han cerrado las filas, ¿quién notará
la diminuta estatura de los soldados? Es posible reunir un ejército
de aspecto temible y poderoso alineando en formación de batalla
a filas y más filas de pigmeos...
Quizás, y tan
sólo para complacer a los adictos al método, debería haber hecho
lo mismo con estos fragmentos y recortes. Pero como no me queda
tiempo para terminar esa tarea, sería tonto de mi parte ocuparme
del orden de las filas y dejar el reclutamiento para más tarde...
En cuanto a pensar
las cosas dos veces, quizás el tiempo que tengo disponible resulte
poco, no a causa de mi edad, sino porque cuanto más viejos somos,
mejor comprendemos que por más grandes que parezcan las ideas,
jamás lo serán tanto como para abarcar, y menos aún contener,
la copiosa prodigalidad de la experiencia humana. Lo que sabemos,
lo que deseamos saber, lo que nos esforzamos por saber, lo que
intentamos saber acerca del amor y el rechazo, del estar solos
o acompañados y morir solos o acompañados... ¿Acaso es posible
racionalizar todo eso, ponerlo en orden, ajustarlo a los estándares
de coherencia, cohesión y totalidad establecidos para temas menores?
Quizás sea posible, es decir, sólo en la infinitud del tiempo.
¿0 acaso no sucede
que cuando se dice todo acerca de los temas fundamentales de la
vida humana las cosas más importantes siempre quedan sin ser dichas?
Amor y muerte, los dos protagonistas
de esta historia que no tiene argumento ni desenlace pero que
condensa la mayor parte del sonido y la furia de la vida, admiten
esta clase de reflexión/escritura/lectura más que ningún otro
tema.
Ivan Klima dice:
casi nada se parece tanto a la muerte como el amor realizado.
Cada aparición de cualquiera de los dos es única pero definitiva,
irrepetible, inapelable e impostergable. Cada aparición debe sostenerse
"por sí sola", y lo hace. Toda vez que aparecen nacen
por primera vez, o renacen, saliendo de la nada, de la oscuridad
del no- ser, sin pasado ni futuro. Cada una, cada vez, empieza
desde el principio, dejando al desnudo lo superfluo de las tramas
del pasado y la vanidad de cualquier trama del porvenir.
Sólo se puede
entrar en el amor y en la muerte una única vez: menos aún que
en el río de Heráclito. De hecho, son sus propios pies y cabeza,
desdeñosos y negligentes con respecto a todo lo demás.
Bronislaw Malinowski
solía burlarse de los difusionistas por confundir las colecciones
de los museos con genealogías: al ver utensilios rústicos de pedernal
ordenados en las vitrinas delante de otros más sofisticados, hablaban
de "historia de las herramientas". Esa actitud, se burlaba
Malinowski, era equivalente a considerar que un hacha de piedra
daba origen a otra, del mismo modo que, digamos, el hipparion
dio origen, en su momento, al equus caballus. El origen
de los caballos puede rastrearse en otros caballos, pero las herramientas
no son antecesoras ni descendientes de otras herramientas. Las
herramientas, a diferencia de los caballos, no tienen una historia
propia. Son, se podría decir, marcas que puntúan las biografías
individuales y las historias colectivas de la humanidad: son manifestaciones
o sedimentos de esas biografías e historias.
Y lo mismo puede
decirse del amor y de la muerte. El parentesco, la afinidad, los
vínculos casuales son características del ser y/o de la unión
de los humanos. El amor y la muerte no tienen historia propia.
Son acontecimientos del tiempo humano, cada uno de ellos independiente,
no conectado (y menos aún causalmente conectado)
a otros acontecimientos "similares", salvo en las composiciones
humanas retrospectivas, ansiosas por localizar - por inventar-
esas conexiones y comprender lo incomprensible.
Y por eso es
imposible aprender a amar, tal como no se puede aprender a morir.
Y nadie puede aprender el elusivo - el inexistente aunque
intensamente deseado- arte de no caer en sus garras, de
mantenerse fuera de su alcance. Cuando llegue el momento, el amor
y la muerte caerán sobre nosotros, a pesar de que no tenemos ni
un indicio de cuándo llegará ese momento. Sea cuando fuere, nos
tomarán desprevenidos. En medio de nuestras preocupaciones cotidianas,
el amor y la muerte surgirán ad nihilo, de la nada.
Por supuesto, tendemos a recapitular para ser más sabios después
del hecho: tratamos de rastrear los antecedentes, de aplicar el
infalible principio de que un post hoc es seguramente el
propter hoc, de concebir un linaje "que dé sentido"
al acontecimiento, y con frecuencia nuestros esfuerzos se ven
coronados por el éxito. Necesitamos ese éxito por el consuelo
espiritual que proporciona: resucita, aun de manera indirecta,
nuestra fe en la regularidad del mundo y la previsibilidad de
los acontecimientos, que resulta indispensable para nuestra salud
y cordura. También conjura la ilusión de que hemos adquirido un
nuevo saber, de que hemos aprendido y, sobre todo, de que se trata
de algo que podemos aprender, tal como es posible aprender las
leyes de la inducción de J. S. Mill o a conducir autos o a comer
con palitos en lugar de tenedor, o a causar una impresión favorable
en los entrevistadores.
En el caso de
la muerte, se admite que el aprendizaje se limita a la experiencia
de otras personas y es, por lo tanto, una ilusión ¡n extremis.
La experiencia de otras personas no puede aprenderse verdaderamente
como experiencia; en el producto final del aprendizaje del objeto,
no es posible separar el Erlebnis original de la contribución
creativa de las capacidades imaginativas del sujeto. La experiencia
ajena sólo puede conocerse como una historia procesada, interpretada
según lo que los otros vivieron. Tal vez algunos gatos verdaderos
tienen, como Tom de Tom y Jerry, nueve vidas o más, y tal
vez algunos conversos pueden llegar a creer en la reencarnación,
pero el hecho es que la muerte, como el nacimiento, se produce
sólo una vez; no hay manera de aprender a "hacerlo bien la
próxima vez", ya que se trata de un acontecimiento que nunca
volveremos a experimentar.
El amor parece gozar de un estatus diferente
que los otros acontecimientos excepcionales.
De hecho, podemos
enamorarnos más de una vez, y algunas personas se enorgullecen
o se quejan de que se enamoran y se desenamoran (al igual que
algunos de los que llegan a conocer en ese proceso) con demasiada
facilidad. Todo el mundo ha escuchado historias acerca de esas
personas "proclives al amor" o "vulnerables al
amor".
Existen fundamentos
sólidos para considerar el amor, y particularmente el "estar
enamorado", como - casi por naturaleza- una situación
recurrente, susceptible de repetirse y que incluso favorece la
repetición del intento. Si nos interrogan, la mayoría de nosotros
llegaremos a nombrar la cantidad de veces que nos enamoramos.
Podemos suponer (y con fundamento) que en nuestros tiempos crece
rápidamente la cantidad de personas que tiende a calificar de
amor a más de una de sus experiencias vitales, que no diría que
el amor que experimenta en este momento es el último y que prevé
que aún la esperan varias experiencias más de la misma clase.
Si esa suposición demuestra ser acertada, no hay de qué asombrarse.
Después de todo, la definición romántica del amor - "hasta
que la muerte nos separe"- está decididamente pasada
de moda, ya que ha trascendido su fecha de vencimiento debido
a la reestructuración radical de las estructuras de parentesco
de las que dependía y de las cuales extraía su vigor e importancia.
Pero la desaparición de esa idea implica, inevitablemente, la
simplificación de las pruebas que esa experiencia debe superar
para ser considerada como "amor". No es que más gente
esté a la altura de los estándares del amor en más ocasiones,
sino que esos estándares son ahora más bajos: como consecuencia,
el conjunto de experiencias definidas con el término "amor"
se ha ampliado enormemente. Relaciones de una noche son descriptas
por medio de la expresión "hacer el amor
Esta súbita abundancia
y aparente disponibilidad de "experiencias amorosas"
llega a alimentar la convicción de que el amor (enamorarse, ejercer
el amor) es una destreza que se puede aprender, y que el dominio
de esa materia aumenta con el número de experiencias y la asiduidad
del ejercicio. Incluso se puede llegar a creer (y con frecuencia
se cree) que la capacidad amorosa crece con la experiencia acumulada,
que el próximo amor será una experiencia aún más estimulante que
la que se disfruta actualmente, aunque no tan emocionante y fascinante
como la que vendrá después de la próxima.
Sin embargo,
sólo es otra ilusión... La clase de conocimiento que aumenta a
medida que la cadena de episodios amorosos se alarga es la del
"amor" en tanto serie de intensos, breves e impactantes
episodios, atravesados a priori por la conciencia de su
fragilidad y brevedad. La clase de destreza que se adquiere es
la de "terminar rápidamente y volver a empezar desde el principio",
en la que, según Sören Kierkegaard, el Don Giovanni de Mozart
era el virtuoso arquetípico. Pero por estar guiado por la compulsión
a intentarlo otra vez, y obsesionado con la idea de impedir que
cada intento sucesivo interfiriera con los intentos futuros, Don
Giovanni era también el "impotente amoroso" arquetípico.
Si el propósito de la infatigable búsqueda y experimentación de
Don Giovanni hubiera sido el amor, su propia compulsión a experimentar
hubiera descalificado ese propósito. Resulta tentador señalar
que el efecto de esa ostensible "adquisición de destreza"
está destinado a ser, como en el caso de Don Giovanni, el desaprendizaje
del amor, una "incapacidad aprendida" de amar.
Ese resultado
- la venganza del amor, por así decirlo, contra los que se
atreven a desafiar su naturaleza- era de esperar. Se puede
aprender a desempeñar una actividad que posee un conjunto de reglas
invariables que se corresponden con un entorno estable, monótonamente
repetitivo que favorece el aprendizaje, la memorización y, ulteriormente,
"el paso a la práctica". En un entorno inestable, la
retención y la adquisición de hábitos - que son las marcas
registradas del aprendizaje exitoso- no sólo son contraproducentes,
sino que sus consecuencias pueden resultar fatales. Lo que una
y otra vez demuestra ser letal para las ratas en las cloacas de
la ciudad - esas criaturas muy inteligentes, capaces de aprender
rápidamente a distinguir los restos de alimentos entre los cebos
venenosos- es el elemento de inestabilidad, que desafía
a la regla y que se inserta en la red de túneles y pozos subterráneos
debido a la inaprensible, impredecible y verdaderamente impenetrable
"alteridad" de otras –humanas- criaturas inteligentes:
criaturas notorias por su tendencia a romper la rutina y a crear
confusión con la distinción entre regla y contingencia. Si esa
distinción no se mantiene, el aprendizaje (entendido como adquisición
de hábitos útiles) no existe. Los que insisten en condicionar
sus acciones a los precedentes, como los generales que vuelven
a conducir una nueva guerra exactamente igual a su última guerra
victoriosa, corren riesgos suicidas y se exponen a infinitos problemas.
La naturaleza del amor implica - tal
como lo observó Lucano dos milenios atrás y lo repitió Francis
Bacon muchos siglos más tarde- ser un rehén del destino.
En el Simposio
de Platón, Diótima de Mantinea le señaló a Sócrates, con el asentimiento
absoluto de éste, que "el amor no se dirige a lo bello, como
crees", "sino a concebir y nacer en lo bello".
Amar es desear "concebir y procrear", y por eso el amante
"busca y se esfuerza por encontrar la cosa bella en la cual
pueda concebir". En otras palabras, el amor no encuentra
su sentido en el ansia de cosas ya hechas, completas y terminadas,
sino en el impulso a participar en la construcción de esas cosas.
El amor está muy cercano a la trascendencia; es tan sólo otro
nombre del impulso creativo y, por lo tanto, está cargado de riesgos,
ya que toda creación ignora siempre cuál será su producto final.
En todo amor
hay por lo menos dos seres, y cada uno de ellos es la gran incógnita
de la ecuación del otro. Eso es lo que hace que el amor parezca
un capricho del destino, ese inquietante y misterioso futuro,
imposible de prever, de prevenir o conjurar, de apresurar o detener.
Amar significa abrirle la puerta a ese destino, a la más sublime
de las condiciones humanas en la que el miedo se funde con el
gozo en una aleación indisoluble, cuyos elementos ya no pueden
separarse. Abrirse a ese destino significa, en última instancia,
dar libertad al ser: esa libertad que está encarnada en el Otro,
el compañero en el amor. Como lo expresa Erich Fromm: "En
el amor individual no se encuentra satisfacción [...] sin verdadera
humildad, coraje, fe y disciplina"; y luego agrega inmediatamente,
con tristeza, que en "una cultura en la que esas cualidades
son raras, la conquista de la capacidad de amar será necesariamente
un raro logro".(1)
Y lo mismo ocurre
en una cultura de consumo como la nuestra, partidaria de los productos
listos para uso inmediato, las soluciones rápidas, la satisfacción
instantánea, los resultados que no requieran esfuerzos prolongados,
las recetas infalibles, los seguros contra todo riesgo y las garantías
de devolución del dinero. La promesa de aprender el arte de amar
es la promesa (falsa, engañosa, pero inspiradora del profundo
deseo de que resulte verdadera) de lograr "experiencia en
el amor" como si se tratara de cualquier otra mercancía.
Seduce y atrae con su ostentación de esas características porque
supone deseo sin espera, esfuerzo sin sudor y resultados sin esfuerzo.
Sin humildad
y coraje no hay amor. Se requieren ambas cualidades, en cantidades
enormes y constantemente renovadas, cada vez que uno entra en
un territorio inexplorado y sin mapas, y cuando se produce el
amor entre dos o más seres humanos, éstos se internan inevitablemente
en un terreno desconocido.
Eros, tal como afirma Levinas, (2)
es diferente de la posesión y del poder; no es
una batalla ni una fusión, y tampoco es conocimiento.
Eros es "una
relación con la alteridad, con el misterio, es decir, con el futuro,
con lo que está ausente del mundo que contiene a todo lo que es...".
"El pathos del amor consiste en la insuperable dualidad
de los seres." Los intentos de superar esa dualidad, de domesticar
lo díscolo y domeñar lo que no tiene freno, de hacer previsible
lo incognoscible y de encadenar lo errante son la sentencia de
muerte del amor. Eros no sobrevive a la dualidad. En lo que al
amor se refiere, la posesión, el poder, la fusión y el desencanto
son los Cuatro Jinetes del Apocalipsis.
En ese punto
radica la maravillosa fragilidad del amor, junto con su endemoniada
negativa a soportar esa vulnerabilidad con ligereza. Todo amor
se debate por concretarse, pero en el momento del triunfo se topa
con su derrota última. Todo amor lucha por sepultar las fuentes
de su precariedad e incertidumbre, pero si lo consigue, pronto
empieza a marchitarse, y desaparece. Eros está poseído por el
espectro de Tánatos, que ningún hechizo mágico puede exorcizar.
No es que Eros sea precoz, y ninguna dimensión ni intensidad de
educación ni de métodos de autoaprendizaje conseguirán liberarlo
de su patológica tendencia suicida.
El desafío, la
atracción, la seducción que ejerce el Otro vuelve toda distancia,
por reducida y minúscula que sea, intolerablemente grande. La
brecha se siente como un precipicio. La fusión o la dominación
parecen ser los únicos remedios para el tormento resultante. Y
sólo hay una delgadísima frontera, que muy fácilmente puede pasarse
por alto, entre una caricia suave y tierna y una mano de hierro
que aplasta. Eros no puede ser fiel a sí mismo sin practicar la
caricia, pero no puede practicarla sin correr el riesgo del dominio.
Eros impulsa a las manos a tocarse, pero las manos que acarician
también pueden oprimir y aplastar.
Por más que uno haya aprendido sobre
el amor y sobre amar, su sabiduría sólo llegará, al igual que
el mesías de Kafka, un día después de su llegada.
Mientras está
vivo, el amor está siempre al borde de la derrota. Disuelve su
pasado a medida que avanza, no deja tras de sí trincheras fortificadas
a las que podría replegarse para buscar refugio en casos de necesidad.
Y no sabe qué te espera ni qué puede depararle el futuro. Nunca
adquiere la confianza suficiente para dispersar las nubes y apaciguar
la ansiedad. El amor es un préstamo hipotecario a cuenta de un
futuro incierto e inescrutable.
El amor puede
ser - y suele ser- tan aterrador como la muerte; sólo
que, a diferencia de la muerte, encubre la verdad bajo oleadas
de deseo y entusiasmo. Es sensato equiparar la diferencia entre
el amor y la muerte a la que existe entre la atracción y la repulsión.
Si lo pensamos dos veces, sin embargo, ya no podemos estar tan
seguros. Las promesas del amor son, generalmente, menos ambiguas
que sus ofrendas. De ese modo, la tentación de enamorarse es avasallante
y poderosa, pero también lo es la atracción que ejerce la huida.
Y el señuelo que nos induce a buscar una rosa sin espinas está
siempre presente y resulta difícil de resistir.
Deseo y amor. Hermanos. A veces, mellizos, pero nunca gemelos idénticos.
El deseo es el
anhelo de consumir. De absorber, devorar, ingerir y digerir, de
aniquilar. El deseo no necesita otro estímulo más que la presencia
de alteridad. Esa presencia es siempre una afrenta y una humillación.
El deseo es el impulso a vengar la afrenta y disipar la humillación.
Es la compulsión de cerrar la brecha con la alteridad que atrae
y repele, que seduce con la promesa de lo inexplorado e irrita
con su evasiva y obstinada otredad. El deseo es el impulso a despojar
la alteridad de su otredad, y por lo tanto, de su poder. A partir
de ser explorada, familiarizada y domesticada, la alteridad debe
emerger despojada del aguijón de la tentación, sin ningún acicate.
Es decir, si es que sobrevive a tal tratamiento. Sin embargo,
lo más posible es que, en el curso del proceso, sus restos no
digeridos hayan pasado del terreno de lo consumible al de los
desechos.
Lo que se puede
consumir atrae, los desechos repelen. Después del deseo llega
el momento de disponer de los desechos. Según parece, la eliminación
de lo ajeno de la alteridad y el acto de deshacerse del seco caparazón
se cristalizan en el júbilo de la satisfacción, condenado a desaparecer
una vez que la tarea se ha realizado. En esencia, el deseo es
un impulso de destrucción. Y, aunque oblicuamente, también un
impulso de auto- destrucción; el deseo está contaminado
desde su nacimiento por el deseo de muerte. Sin embargo, éste
es su secreto mejor guardado y, sobre todo, guardado de sí mismo.
Por otra parte,
el amor es el anhelo de querer y preservar el objeto querido.
Un impulso centrífugo, a diferencia del centrípeto deseo. Un impulso
a la expansión, a ir más allá, a extenderse hacia lo que está
"allá afuera". A ingerir, absorber y asimilar al sujeto
en el objeto, y no a la inversa como en el caso del deseo. El
deseo es ampliar el mundo: cada adición es la huella viva del
yo amante; en el amor el yo es gradualmente transplantado al mundo.
El yo amante se expande entregándose al objeto amado.
El amor es la supervivencia del yo a través de la alteridad
del yo. Y por eso, el amor implica el impulso de proteger, de
nutrir, de dar refugio, y también de acariciar y mimar, o de proteger
celosamente, cercar, encarcelar. Amar significa estar al servicio,
estar a disposición, esperando órdenes, pero también puede significar
la expropiación y confiscación de toda responsabilidad. Dominio
a través de la entrega, sacrificio que paga con engrandecimiento.
El amor y el ansia de poder son gemelos siameses: ninguno de los
dos podría sobrevivir a la separación.
Si el deseo ansía
consumir, el amor ansía poseer. En cuanto la satisfacción del
deseo es colindante con la aniquilación de su objeto, el amor
crece con sus adquisiciones y se satisface con su durabilidad.
Si el deseo es auto destructivo, el amor se autoperpetúa.
Como el deseo,
el amor es una amenaza contra su objeto. El deseo destruye su
objeto, destruyéndose a sí mismo en el proceso; la misma red protectora
que el amor urde amorosamente alrededor de su objeto, lo esclaviza.
El amor hace prisionero y pone en custodia al cautivo: arresta
para proteger al propio prisionero.
El deseo y el
amor tienen propósitos opuestos. El amor es una red arrojada sobre
la eternidad, el deseo es una estratagema para evitarse el trabajo
de urdir esa red. Fiel a su naturaleza, el amor luchará por perpetuar
el deseo. El deseo, por su parte, escapará de los grilletes del
amor.
"Las miradas se encuentran a través
de una habitación atestada; se enciende la chispa de la atracción. Conversan, bailan, se ríen, comparten un trago o una broma y, antes
de darse cuenta, uno de los dos dice: '¿Tu casa o la mía?'.
Ninguno de los dos está en busca de una relación seria,
pero de alguna manera una noche puede convertirse en una semana,
después en un mes, en un año o más tiempo" , señala Catherine
Jarvie. (3)
Ese imprevisible
resultado del fogonazo del deseo y de una sola noche para sofocarlo
es, según Jarvie, "un punto intermedio entre la libertad
de los encuentros ocasionales y la seriedad de una relación importante"
(aunque la "seriedad", tal como la propia Jarvie recuerda
a sus lectores, no sirve para proteger a una "relación importante"
ni impide que ésta termine en "dificultades y amarguras"
cuando un miembro de la pareja "sigue comprometido con la
relación mientras el otro ansía buscar nuevos campos de pastoreo").
Los puntos intermedios - como todos los otros acuerdos "hasta
nuevo aviso" dentro de un entorno fluido en el que comprometerse
con el futuro es tan imposible como ofensivo- no son necesariamente
malos (según la opinión de Jarvie y la doctora Valerle Lamont,
una psicóloga colegiada a quien cita en su nota), pero cuando
"se comprometa, aun a medias", "recuerde que le
está cerrando la puerta a otras posibilidades románticas"
(es decir, renunciando al derecho de "buscar nuevos campos
de pastoreo", al menos hasta que su pareja reclame primero
ese derecho).
Una observación
aguda, un cálculo sensato: usted se encuentra ante una elección.
Elige el amor o elige el deseo.
Más observaciones
agudas: sus miradas se cruzan a través de la habitación y antes
de darse cuenta... El deseo de compartir la cama brota de la nada,
y no necesita golpear muchas veces a la puerta para que lo dejen
entrar. Aunque no es una característica común de nuestro mundo
obsesionado por la seguridad, esas puertas tienen pocos cerrojos,
o ninguno. Nada de circuito cerrado de televisión para estudiar
detalladamente a los intrusos y distinguir a los perversos merodeadores
de los visitantes de buena fe. Simplemente, comprobar la compatibilidad
de los signos del zodíaco (como ocurre en los comerciales de una
marca de teléfonos móviles) será suficiente.
Tal vez decir
"deseo" sea demasiado. Como en los shoppings:
los compradores de hoy no compran para satisfacer su deseo, como
lo ha expresado Harvey Ferguson, sino que compran por ganas.
Lleva tiempo (un tiempo insoportablemente largo según los
parámetros de una cultura que aborrece la procrastinación y promueve
en cambio la "satisfacción instantánea") sembrar, cultivar
y alimentar el deseo. El deseo necesita tiempo para germinar,
crecer y madurar. A medida que el "largo plazo" se hace
cada vez más corto, la velocidad con que madura el deseo, no obstante,
se resiste con terquedad a la aceleración; el tiempo necesario
para recoger los beneficios de la inversión realizada en el cultivo
del deseo parece cada vez más largo, irritante e insoportablemente
largo.
A los gerentes
de los shoppings, los accionistas no les han dado
ese tiempo, pero tampoco quieren dejar que la decisión de compra
sea determinada por motivos que surgen y maduran arbitrariamente,
ni abandonar su cultivo en las manos inexpertas y poco confiables
de los compradores. Todos los motivos necesarios para que los
compradores compren deben surgir de inmediato, mientras caminan
por el centro de compras. Y también deben morir de inmediato (gracias
a un suicidio asistido, en la mayoría de los casos), una vez que
han cumplido su cometido. Su expectativa de vida se reduce al
tiempo que le lleva a los compradores recorrer el shopping
desde la entrada hasta la salida.
En nuestros días,
los centros de compras suelen ser diseñados teniendo en cuenta
la rápida aparición y la veloz extinción de las ganas, y no considerando
el engorroso y lento cultivo y maduración del deseo. El único
deseo que debe emanar de una visita al centro de compras es el
de repetir, una y otra vez, el jubiloso momento en que uno "se
deja llevar" y permite que su propio anhelo dirija la escena
sin ningún libreto prefijado. La breve expectativa de vida de
las ganas es una de sus mayores ventajas, que le confiere superioridad
sobre los deseos. Rendirse a las propias ganas, en vez de seguir
un deseo, es algo momentáneo, que infunde la esperanza de que
no habrá consecuencias duraderas que puedan impedir otros momentos
semejantes de jubiloso éxtasis. En el caso de las parejas, y especialmente
de las parejas sexuales, satisfacer las ganas en vez de un deseo
implica dejar la puerta abierta "a otras posibilidades románticas"
que, tal como sugiere la doctora Lamont y reflexiona Catherine
Jarvie, pueden ser "más satisfactorias y plenas".
Como los actos nacidos de las ganas ya han sido profundamente implantados
por los enormes poderes del mercado de consumo, seguir un deseo
parece conducirnos, de manera incómoda, lenta y perturbadora,
hacia el compromiso amoroso.
En su versión
ortodoxa, el deseo necesita atención y preparativos, ya que involucra
largos cuidados, complejas negociaciones sin resolución definitiva,
algunas elecciones difíciles y algunos compromisos penosos, pero
peor aún, implica también una demora de la satisfacción., que
es sin duda el sacrificio más aborrecido en nuestro mundo entregado
a la velocidad y la aceleración. En su radicalizada, reducida
y sobre todo compacta encarnación en las ganas, el deseo ha perdido
casi todos esos atributos desalentadores, concentrándose más exclusivamente
en el objetivo. Como lo expresaban las publicidades que anunciaban
la novedad de las tarjetas de crédito, ahora es posible concretar
"el deseo sin demora".
Cuando la relación
está inspirada por las ganas ("las miradas se encuentran
a través de una habitación atestada"), sigue la pauta del
consumo y sólo requiere la destreza de un consumidor promedio,
moderadamente experimentado. Al igual que otros productos, la
relación es para consumo inmediato (no requiere una preparación
adicional ni prolongada) y para uso único, "sin perjuicios".
Primordial y fundamentalmente, es descartable.
Si resultan defectuosos
o no son "plenamente satisfactorios", los productos
pueden cambiarse por otros, que se suponen más satisfactorios,
aun cuando no se haya ofrecido un servicio de posventa y la transacción
no haya incluido la garantía de devolución del dinero. Pero aun
en el caso de que el producto cumpla con lo prometido, ningún
producto es de uso extendido: después de todo, autos, computadoras
o teléfonos celulares perfectamente usables y que funcionan relativamente
bien van a engrosar la pila de desechos con pocos o ningún escrúpulo
en el momento en que sus "versiones nuevas y mejoradas"
aparecen en el mercado y se convierten en comidilla de todo el
mundo. ¿Acaso hay una razón para que las relaciones de pareja
sean una excepción a la regla?
Las promesas de compromiso, escribe
Adrienne Burgess, "no significan nada a largo plazo"
(4) .
Y prosigue con esta explicación: El
compromiso es resultado de otras cosas: del grado de satisfacción
que nos provoca la relación, de si vemos para ella una alternativa
viable, y de si la posibilidad de abandonarla nos causará la pérdida
de alguna inversión importante (tiempo, dinero, propiedades compartidas,
hijos)". Pero estos factores "tienen altibajos, al igual
que los sentimientos de compromiso de las personas", según
Caryl Rusbult, una "experta en relaciones" de la Universidad
de Carolina del Norte.
Un verdadero
dilema: usted es reticente a cortar por lo sano y reducir sus
pérdidas, pero aborrece despilfarrar su dinero. Una relación,
le dirán los expertos, es una inversión como cualquier otra: usted
le dedica tiempo, dinero, esfuerzos que hubiera podido destinar
a otros propósitos, pero que no destinó esperando hacer lo correcto,
y lo que usted perdió o eligió no disfrutar se le devolverá en
su momento, con ganancias. Usted compra acciones y las conserva
durante todo el tiempo que prometen aumentar su valor, y las vende
rápidamente cuando las ganancias empiezan a disminuir o cuando
otras acciones prometen un ingreso mayor (el asunto es no pasar
por alto el momento adecuado). Si usted invierte en una relación,
el provecho que espera de ella es en primer lugar seguridad, en
sus diversos sentidos: la cercanía de una mano que ofrezca ayuda
en el momento en que más la necesite, que ofrezca socorro en el
dolor, compañía en la soledad, que ayude cuando hay problemas,
que consuele en la derrota y aplauda en las victorias; y que también
ofrezca una pronta gratificación. Pero escuche esta advertencia:
las promesas de compromiso en una relación, una vez establecida,
"no significan nada a largo plazo".
Por supuesto,
una relación es una inversión como cualquier otra, ¿y a quién
se le ocurriría exigir un juramento de lealtad a las acciones
que acaba de comprarle al agente de bolsa? ¿Jurar que será semper
fidelis, en las buenas y en las malas, en la riqueza y en
la pobreza, "hasta que la muerte nos separe"? ¿No mirar
nunca hacia otro lado, donde (¿quién sabe?) otros premios nos
esperan?
Los tenedores
de acciones que valen la pena (y atención: los tenedores de acciones
sólo tienen acciones, y uno siempre puede soltar lo que
tiene) leen cada mañana en primer lugar las páginas del diario
dedicadas a la bolsa para descubrir si es el momento de seguir
conservándolas o de venderlas. Y lo mismo vale para las relaciones.
Sólo que en ese caso no existe la bolsa y nadie hará por usted
el trabajo de evaluar las probabilidades (a menos que contrate
un consejero experto, del mismo modo que contrata un agente de
bolsa experto o un contador, aunque en el caso de las relaciones,
innumerables programas testimoniales y "dramas de la vida
real" intentan hoy ocupar el lugar del asesor experto). De
modo que usted tiene que hacerlo, cada día, por sí solo. Si comete
un error, se le negará el consuelo de echarle la culpa al hecho
de haber sido erróneamente informado. Deberá estar constantemente
alerta. ¡Pobre de usted si duerme una siesta o baja la guardia!
"Estar en una relación" significa un montón de dolores
de cabeza, pero sobre todo una perpetua incertidumbre. Uno nunca
puede estar verdadera y plenamente seguro de lo que debe hacer,
y jamás tendrá la certeza de que ha hecho lo correcto o de que
lo ha hecho en el momento adecuado.
Parece que el
dilema no tiene solución. Y peor aún, parece plantearnos una paradoja
absolutamente injusta: la relación no sólo no cumple en satisfacer
una necesidad, tal como se esperaba de ella, sino que además convierte
esa necesidad en algo aún más irritante y enloquecedor. Usted
buscó esa relación con la esperanza de mitigar la inseguridad
que lo acosaba en soledad, pero la terapia sólo ha servido para
agudizar los síntomas, y tal vez ahora usted se siente menos seguro
que antes, aun cuando la "nueva y agravada" inseguridad
emana de otra parte. Si usted pensaba que los intereses de su
inversión en la compañía serían pagados con la moneda de la seguridad,
evidentemente ha actuado sobre la base de presupuestos equivocados.
Esto es un problema,
y un problema grave, pero allí no termina el tema. Comprometerse
con una relación que "no significa nada a largo plazo"
(¡y de esto son conscientes ambas partes!) es una espada
de doble filo. Eso deja librado a su cálculo y decisión la posesión
o el abandono de la inversión, pero no hay motivo para suponer
que su pareja, si lo desea, no ejercerá a discreción el mismo
derecho, y que no estará libre para hacerlo cuando a él o a ella
se le antoje. La conciencia de ese hecho aumenta aún más su inseguridad,
y ese aumento es lo más insoportable de todo: a diferencia del
caso en que usted mismo decide si "lo toma o lo deja",
no está en su poder impedir que su pareja opte por romper el acuerdo.
Sí puede hacer pequeñas cosas para inclinar a su favor la decisión
de su pareja. Para el otro, usted representa acciones a vender
o pérdida con la que se debe terminar, y nadie consulta a las
acciones antes de devolverlas al mercado, o a las pérdidas en
el momento que se producen.
Considerar una
relación como una transacción comercial no es, en ningún aspecto,
una cura para el insomnio. La inversión hecha en la relación es
siempre insegura y está condenada a seguir siéndolo aunque uno
desee otra cosa: es un dolor de cabeza y no un remedio. Mientras
las relaciones se consideren inversiones provechosas, garantías
de seguridad y solución de sus problemas, usted estará sometido
al mismo azar que cuando se tira al aire una moneda. La soledad
provoca inseguridad, pero las relaciones no parecen provocar algo
muy diferente. En una relación, usted puede sentirse tan inseguro
como si no tuviera ninguna, o peor aún. Sólo cambian los nombres
que pueda darle a su ansiedad.
Si no existe una buena solución para
un dilema, si ninguna de las actitudes sensatas y efectivas nos
acercan a la solución, las personas tienden a comportarse irracionalmente,
haciendo más complejo el problema y tornando su resolución menos
plausible.
Tal como concluye
Christopher Clulow, del Instituto Tavistock de Estudios Maritales,
otro experto en relaciones citado por Adrienne Burgess: "Cuando
los amantes se sienten inseguros, tienden a comportarse de manera
poco constructiva, tratando de complacer o de controlar, e incluso
con agresiones físicas: todas ellas actitudes que ahuyentan aún
más a la pareja". Una vez que se filtra la inseguridad, la
navegación no es más segura, estable ni reflexiva. Sin timón,
la frágil balsa de la relación se bambolea entre los dos peñascos
de mala fama, contra los que muchas relaciones naufragan: la sumisión
total y el poder absoluto, la sumisa aceptación y la conquista
arrogante, borrando así tanto la autonomía propia como la de la
pareja. Chocar contra una de ambas rocas haría naufragar incluso
a un barco de buen tamaño con tripulantes veteranos, y hasta una
balsa timoneada por un marino inexperto que, por haber crecido
en la época de las piezas de repuesto, nunca tuvo la oportunidad
de aprender el arte de reparar los daños. Ningún marino de hoy
perdería el tiempo reparando la parte que ya no sirve para navegar,
sino que más bien la reemplazaría con una pieza de repuesto. Pero
en la balsa de una relación no hay piezas de repuesto.
El fracaso de una relación es con frecuencia
un fracaso de comunicación.
Tal como observó
Knud Lögstrup - primero, el amable evangelista de la parroquia
de Funen y, más tarde, el filósofo ético con voz de clarín de
la Universidad de Aarhus- , hay "dos perversiones divergentes"
que esperan, emboscadas, al comunicador desprevenido o irreflexivo
(5) . Una
es "la clase de asociación que, debido a la pereza, el miedo
a la gente o una propensión por las relaciones cómodas, consiste
simplemente en tratar de complacer al otro evitando siempre el
tema. Con la posible excepción de una causa común contra un tercero,
no hay nada que promueva tanto una relación cómoda como la mutua
adulación". Otra perversión consiste en "querer cambiar
a la gente. Tenemos opiniones definidas acerca de cómo hacer las
cosas y de cómo deberían ser los otros. Estas opiniones carecen
de comprensión, porque cuanto más definitivas son las opiniones,
tanto más necesario es que no nos distraigamos comprendiendo demasiado
a los que queremos cambiar".
El problema es
que ambas perversiones suelen ser hijas del amor. La primera perversión
puede ser resultado de mi deseo de comodidad y paz, tal como sugiere
Lögstrup. Pero también puede ser - y suele ser así-
producto de mi amoroso respeto por el otro: te amo, y por eso
te dejo ser como eres y como quieres ser, por más que dude de
la sabiduría de tu elección. A pesar del daño que tu obstinación
pueda causarte, no me atrevo a contradecirte, para que no te veas
obligado a elegir entre tu libertad y mi amor. Puedes contar con
mi aprobación, pase lo que pase… Y como el amor sólo puede ser
posesivo, mi generosidad amorosa está asistida por la esperanza:
este cheque en blanco es un don de mi amor, un don precioso que
no se encuentra en otra parte. Mi amor es ese tranquilo refugio
que buscabas y que necesitabas aunque no lo buscaras. Ahora puedes
descansar y dejar de buscar...
Es la posesividad
del amor en acción, pero una clase de posesividad que se manifiesta
en la contención y el autodominio.
La segunda perversión
es la de la posesividad del amor dejada en libertad sin ninguna
restricción. El amor es una de las respuestas paliativas a la
bendición/maldición de la individualidad humana, uno de cuyos
atributos es la soledad que provoca la condición de estar separado
del resto (tal como sugiere Erich Fromm (6),
los humanos de todas las épocas y culturas se enfrentan con la
respuesta a la misma pregunta: la que plantea cómo superar la
separación, cómo lograr la unión, cómo trascender la propia vida
individual y encontrarse "siendo uno con otros"). Todo
amor está teñido del impulso antropofágico. Todos los amantes
quieren dominar, extirpar y limpiar la irritante alteridad que
los separa del amado; la separación del amado es el miedo más
intenso del amante, y muchos amantes llegan a cualquier extremo
por exterminar de una vez por todas al espectro de la despedida.
¿Y qué mejor medio de alcanzar ese objetivo que convertir al amado
en parte inseparable del amante? Adonde vayas, yo voy; lo que
hagas, lo hago; lo que yo acepte, tú lo aceptas; lo que yo aborrezca,
lo aborrecerás tú. Si no puedes ser mi gemelo siamés... ¡sé mi
clon!
La segunda perversión
tiene también otra raíz, que se hunde en la adoración del amante
por el amado. En su introducción a la colección de textos que
lleva como título Philosphies of Love (7),
David L. Norton y Mary F. Kille relatan la historia de un hombre
que invitó a cenar a sus amigos para que conocieran a "la
perfecta encarnación de la Belleza, la Virtud, la Sabiduría y
la Gracia, en suma, a la mujer más adorable del mundo"; más
tarde, ese mismo día, ante la mesa del restaurante, los amigos
invitados "se esforzaron por ocultar su asombro": ¿era
ésta "la criatura cuya belleza obnubilaba la de Venus, Elena
y lady Hamilton?". A veces resulta difícil distinguir la
adoración del amado de la adoración a uno mismo; se puede atisbar
el rastro de un ego expansivo pero inseguro, desesperado por confirmar
sus inciertos méritos por medio de su reflejo en el espejo o,
mejor aún, de un adulador retrato, laboriosamente retocado. ¿No
es cierto, acaso, que algo de mi valor único se le ha contagiado
a la persona que yo (repito: que yo mismo, ejerciendo
mi soberana voluntad y capacidad) he elegido - la que he elegido
entre la multitud de personas comunes y corrientes para que sea
mi - y sólo mi- compañera? En el deslumbrante brillo de
la elegida, mi propia incandescencia encuentra su reflejo centelleante.
Eso aumenta mi gloria, la confirma y la respalda, transmite la
noticia y la prueba de mi gloria a cualquier parte donde vaya.
¿Pero puedo estar
seguro? Lo estaría, si no fuera por las dudas que hacen sonar
sus grilletes en el oscuro calabozo de lo no- pensado, donde
las encerré con la vana esperanza de no volver a oír jamás de
ellas. Reparos, recelos, la aprensión de que la virtud pueda ser
defectuosa y la gloria pura fantasía... de que la distancia entre
yo tal como soy y el yo verdadero que pugna por salir, pero que
aún no lo ha logrado todavía, debe ser franqueada, y eso es algo
muy difícil.
Mi amada podría
ser una tela donde pintar mi perfección en toda su magnificencia
y esplendor, ¿pero no aparecerán también manchas y borrones? Para
limpiarlos, o para ocultarlos en caso de que estén muy adheridos
y sea imposible eliminarlos, hay que limpiar y preparar el lienzo
antes de empezar a pintar, y luego estar muy atento para asegurarse
de que los rastros de la antigua imperfección no emergerán de
su escondite bajo sucesivas capas de pintura. Cada momento de
descanso tiene un precio, hay que restaurar y repintar sin descanso...
Ese esfuerzo
infinito también es una labor amorosa. El amor estalla
de energía creativa; una y otra vez esa energía se libera a través
de una explosión o de un flujo constante de destrucción.
Mientras tanto,
la persona amada se ha convertido en una tela. Preferentemente,
una tela en blanco. Sus colores naturales se han desteñido, de
modo de no alterar o desfigurar el retrato del pintor. El pintor
no necesita preguntarse cómo se siente la tela allá abajo, sosteniendo
toda esa pintura. Las telas de lienzo no hablan. Pero las telas
humanas a veces pueden hacerlo.
Puede ser un flechazo, amor a primera
vista, pero debe transcurrir un tiempo, breve o prolongado, entre
la pregunta y la respuesta, entre la propuesta y su aceptación.
El tiempo que
transcurre nunca es tan breve como para permitir que la persona
que pregunta y la persona que responde sigan siendo, en el momento
de la respuesta, los mismos seres que en el momento en que se
formuló la pregunta. Tal como lo expresa Franz Rosenzweig, "inevitablemente,
la respuesta es pronunciada por otra persona diferente de la que
fue interrogada, y está dirigida a otra que ya no es la misma
que la formuló. Es imposible conocer la profundidad de esos cambios"
(8) . Formular
la pregunta, esperar la respuesta, recibir la pregunta, debatirse
con la respuesta: eso provoca el cambio.
Ambas partes
sabían que el cambio se avecinaba, y ambos lo recibieron con beneplácito.
Se arrojaron de cabeza en esas aguas desconocidas; la oportunidad
de lanzarse a la aventura de lo desconocido y lo impredecible
fue para ellos el atractivo más grande del amor. "El primer
alivio de la tensión en el juego brujo del amor se produce usualmente
cuando los amantes se llaman por primera vez por el nombre de
pila. Este acto representa la solitaria promesa de que el ayer
de los dos individuos se incorporará a su presente." Y - quiero
agregar- representa también la promesa de que ambos están
dispuestos a incorporar un futuro compartido a su presente a medias
compartido y a medias separado. El mañana siguiente a esa incorporación
diferirá del hoy - tiene que diferir- del mismo modo que
difiere del ayer. John se convertirá en John y Mary, Mary
se convertirá en Mary y John.
Odo Marquard
señaló, no de manera necesariamente irónica, el parentesco etimológico
que existe entre zwei y Zweifel - "dos"
y "duda"- y sugirió que la relación entre ambos
trascendía la mera aliteración. Cuando hay dos, no hay certezas,
y cuando se reconoce al otro como a un "segundo" por
derecho propio, como a un segundo soberano, no una simple
extensión, o un eco, o un instrumento o un subordinado mío, se
admite y se acepta esa incertidumbre. Ser dos significa aceptar
un futuro indeterminado.
Franz Kafka observó
que estamos doblemente separados de Dios. Haber comido del árbol
del conocimiento nos separa a nosotros de Él, mientras
que el hecho de no haber comido del árbol de la vida lo separa
a Él de nosotros. Él (la eternidad en la que todos los
seres y sus actos están abarcados, en la que todo lo que puede
ser es y todo lo que puede suceder sucede) está cerrado para nosotros,
destinado a seguir siendo un secreto, para siempre, más allá de
toda comprensión. Pero lo sabemos, y ese conocimiento no nos da
descanso. Desde el fallido intento de construir la Torre de Babel
no podemos dejar de intentar y errar y fracasar y volver a intentar.
¿Intentar qué?
Intentar negar esa separación, negar la negativa de nuestro derecho
al fruto del árbol de la vida. Seguir intentando y fracasando
en cada intento es humano, demasiado humano. Si la alteridad,
tal como repite Levinas, es el misterio último, lo absolutamente
desconocido y completamente impenetrable, no puede significar
más que una ofensa y un desafío; precisamente por ser algo divino,
prohíbe el acceso, impide la entrada, es inalcanzable. Pero (tal
como Rosenzweig nos recuerda) "lo ¡limitado no puede alcanzarse
por medio de la organización [...]. Las cosas más elevadas no
pueden planearse: hay que estar permanente dispuestos".
¿Dispuestos a
qué? "El habla está condicionada por el tiempo y nutrida
por él... No sabe anticipadamente dónde va a terminar. Depende
de otros. De hecho, vive gracias a la vida de otro... En la conversación
real algo ocurre." Rosenzweig explica quién es ese "otro"
de cuya vida vive el lenguaje para que algo ocurra en la conversación:
ese "otro" "es siempre un alguien definido"
que "no sólo tiene oídos, como 'todo el mundo', sino también
una boca".
Y eso es exactamente
lo que hace el amor: arranca a otro entre "todo el mundo",
y por medio de ese acto convierte al otro en "un alguien
bien definido", alguien con una boca a la que escuchar,
alguien con quien conversar para que algo pueda ocurrir.
¿Y qué es ese
"algo"? El amor implica dejar en suspenso la respuesta,
o abstenerse de formular la pregunta. Convertir a otro en un alguien
definido significa convertir en indefinido al futuro. Significa
estar de acuerdo con la indefinición del futuro. Aceptar vivir
una vida, desde la concepción hasta la muerte, en el único sitio
asignado a los humanos: el vacío que se extiende entre la finitud
de sus acciones y la infinitud de sus propósitos y consecuencias.
Las "relaciones de bolsillo",
explica Catherine Jarvie, comentando las opiniones de Gillian
Walton de London Marriage Guidance, (9)
se denominan así porque uno se las guarda en el bolsillo para
poder sacarlas cuando le hagan falta.
Una relación
de bolsillo exitosa es agradable y breve, dice Jarvie. Podemos
suponer que es agradable porque es breve, y que resulta
agradable precisamente debido a que uno es cómodamente consciente
de que no tiene que hacer grandes esfuerzos para que siga siendo
agradable durante más tiempo: de hecho, uno no necesita hacer
nada en absoluto para disfrutar de ella. Una "relación de
bolsillo" es la encarnación de lo instantáneo y lo descartable.
Pero su relación
no adquirirá esas maravillosas cualidades si no se han cumplido
previamente ciertas condiciones. Adviértase que es usted
quien debe satisfacer esas condiciones, y ése es indudablemente
otro punto a favor de la "relación de bolsillo", ya
que su éxito depende de usted y sólo de usted; por lo tanto, es
sólo usted quien ejerce el control, y seguirá ejerciendo el control
a lo largo de la corta vida de la "relación de bolsillo".
Primera condición:
debe embarcarse en la relación con total conciencia y claridad.
Recuerde, nada de "amor a primera vista". Nada de enamorarse...
Nada de esas súbitas marcas de emoción que lo dejan sin aliento:
nada de esas emociones que llamamos "amor" ni de ésas
a las que sobriamente denominamos "deseo". Usted no
debe permitir que ninguna emoción lo embargue ni conmueva, y sobre
todo, no debe permitir que nadie le arrebate la calculadora de
la mano. Y no se deje confundir con respecto a la relación en
la que está por embarcarse, en cuanto a lo que no es y nunca será.
La conveniencia es lo único que cuenta, y la conveniencia debe
evaluarse con la mente clara, y no con un corazón cálido (por
no hablar de un corazón ardiente). Cuanto más pequeño sea su préstamo
hipotecario, tanto menos inseguro se sentirá cuando se vea expuesto
a las fluctuaciones del futuro mercado inmobiliario; cuanto menos
invierta en la relación, tanto menos inseguro se sentirá cuando
se vea expuesto a las fluctuaciones de sus propias emociones futuras.
Segunda condición:
mantenga las cosas en ese estado, recuerde que la conveniencia
necesita poco tiempo para convertirse en su opuesto. Así que no
permita que la relación se escape de la supervisión de su cabeza,
ni que desarrolle su propia lógica, ni - especialmente-
que ocupe otros territorios, saliéndose de su bolsillo, que es
adonde pertenece. Esté alerta. No baje nunca la guardia. Vigile
cuidadosamente hasta la más mínima alteración de lo que Jarvie
denomina "las clandestinas corrientes emocionales" (obviamente,
las emociones tienden a convertirse en clandestinas cuando ya
no están sujetas al cálculo). Si advierte que aparece algo que
no negoció y que no le interesa, ha "llegado el momento de
seguir viaje". Si viaja con cautela, evitará el hastío de
la llegada. El tráfico es lo que le depara el placer.
De modo que mantenga
su bolsillo vacío y dispuesto. Muy pronto necesitará poner algo
allí y - cruce los dedos- lo hará...
Vale la pena leer cada semana la sección
"Espíritu de las relaciones" del Guardian Weekend, pero es mejor aún leerla varias semanas seguidas.
Cada semana,
esta sección ofrece consejos acerca de cómo proceder al enfrentar
un "problema" que se supone que todos los hombres y
mujeres (especialmente los lectores del Guardian) deberán
enfrentar en algún momento. Cada semana, un problema; pero en
una serie de semanas sucesivas, el lector atento puede adquirir
mucho más que ciertas específicas destrezas de política de vida
que le pueden resultar útiles en determinadas situaciones para
resolver ciertos problemas específicos. En realidad, puede adquirir
destrezas que, una vez combinadas, pueden contribuir a crear
la clase de situaciones para las que esas mismas destrezas
han sido concebidas y a localizar los problemas que deben resolver.
Un lector regular y dedicado, dotado de una memoria que abarque
más de una semana, puede dibujar y completar un mapa completo
de la vida en el que tienden a aparecer los "problemas",
registrar el inventarlo completo de los "problemas"
y formarse una opinión acerca de la frecuencia relativa o la rareza
de cada aparición. En un mundo en el que la gravedad de las cosas
o los acontecimientos sólo se representa por medio de números,
por lo cual sólo puede percibirse de esa manera (el impacto del
éxito según el número de discos vendidos, el de un acontecimiento
público o representación según el número de televidentes, el de
una figura pública según el número de personas que asiste a su
velorio, el de los intelectuales según el número de veces que
son citados o mencionados), la frecuencia con que ciertos "problemas"
aparecen en la columna, bajo diversas formas, semana tras semana,
es todo el testimonio que uno necesita para advertir su relevancia
en una vida exitosa y, por lo tanto, la importancia de las destrezas
que uno desarrolle para resolverlos.
Por lo tanto,
en lo referido a las relaciones tal como se las ve a través del
prisma de la columna "Espíritu de las relaciones", ¿qué
puede aprender un lector leal acerca de la importancia relativa
de las cosas y de las técnicas con las cuales debemos manejarlas?
El lector puede
enterarse de algunos datos útiles con respecto a los sitios en
los que pueden hallarse parejas potenciales en mayor cantidad
que la usual, y acerca de las situaciones en las que, una vez
encontradas, esas personas podrán más probablemente ser convencidas
de que deben asumir el rol de pareja. Y el lector sin duda se
enterará de que establecer una relación es un "problema",
es decir, que ofrece una dificultad que provoca confusión y una
tensión poco agradable que, para disiparse, requerirá cierta cantidad
de conocimiento y oficio. Y eso se aprende sin necesidad de largos
y complejos estudios, tan sólo siguiendo con regularidad, semana
tras semana, la versión sobre el espíritu de las relaciones del
Guardian Weekend.
Sin embargo,
ésta no será la enseñanza fundamental que recibirá y adoptará
el lector regular con respecto a su visión y política de vida.
El arte de romper las relaciones y salir ileso de ellas,
con pocas heridas profundas y sin cuidados especiales que eviten
los "daños colaterales" (como el alejamiento de los
amigos, o grupos en los que uno ya no será bienvenido o que debería
evitar), supera ampliamente al arte de componer las relaciones,
ya que ocupa mucho más espacio en la publicación.
Parece como si
Richard Baxter, el feroz profeta puritano, fuera en cambio el
profeta de una estrategia de vida adecuada para la moderna era
líquida, y dijera de las relaciones lo mismo que dijo acerca de
la adquisición y el cuidado de los bienes externos: que "deben
pesar sobre los hombros como un abrigo ligero, que puede dejarse
de lado en cualquier momento", y que uno debe preocuparse
más que nada de que no se conviertan, inadvertida y subrepticiamente,
en "una coraza de acero"... "No se llevarán sus
riquezas a la tumba", advirtió el profeta- santo Baxter
a su grey, apelando al sentido común de la gente que vivía su
vida como si estuviera al servicio de la vida eterna, en el más
allá. Usted no se llevará sus relaciones al próximo episodio,
advertiría a sus clientes el experto consejero Baxter, al unísono
con las premoniciones, que se han vuelto certezas, de la gente
que aprendió después del hecho, y cuyas vidas han sido divididas
en episodios vividos como si estuvieran al servicio de los episodios
por venir. Es probable que su relación se rompa mucho antes de
que el episodio termine. Pero si no se rompe, difícilmente haya
otro episodio. Ningún otro episodio para saborear y disfrutar.
El rating asombrosamente exitoso de
EastEnders* expresa un mensaje aparentemente
diferente...
El público hechizado/adicto
aumenta cada vez más, al igual que la confianza y seguridad de
los guionistas, los productores y los actores. La telenovela parece
haber acertado en algo que otras comedias pasaron por alto o trataron
de alcanzar infructuosamente. ¿Cuál es su secreto?
Casi todas las
relaciones que establecen los personajes de EastEnders
resultan para los espectadores tan frágiles como las otras
que conocen, ya sea de primera mano por sus propias frustraciones
o a través de los relatos de advertencia de las frustraciones
de otros (incluyendo los mensajes que proceden de la columna del
"Espíritu de las relaciones"). Casi ninguno de los vínculos
establecidos por los protagonistas de EastEnders ha sobrevivido
más de unos pocos meses - algunos apenas semanas- ,
y entre las relaciones fenecidas han sido escasas y aisladas las
que terminaron por "causas naturales". Un espectador
con buena memoria consideraría al Square un cementerio de las
relaciones humanas...
Establecer relaciones
al estilo EastEnders no es nada fácil. Requiere bastante
esfuerzo y una destreza considerable, de la que muchos desafortunados
personajes carecen y que es innata en muy pocos (aunque a veces
también les hace falta un golpe de suerte, circunstancia notoria
por su injusta distribución). Los problemas no terminan cuando
las parejas se van a vivir juntas. Las habitaciones compartidas
pueden ser sede de muchos jolgorios divertidos, pero nunca un
entorno de seguridad y descanso. Algunas son escenarios para crueles
dramas, con escaramuzas verbales que pueden llegar hasta los puñetazos
y (si la pareja no se separa antes de que las cosas lleguen a
ese punto) convertirse en eventualmente hostilidades en gran escala
que apuntan hacia un desenlace que se aproxima al de Perros
de la calle.
Las elaboradas
ceremonias de matrimonio no ayudan; las noches exclusivamente
de hombres o de mujeres solas no ponen fin a lo Desconocido, lleno
de riesgos y accidentes, y las bodas no son nuevos principios
que conducen a la pareja a "algo completamente diferente",
sólo son breves descansos dentro de un drama sin guión.
La relación de
pareja no es más que una coalición de "intereses confluentes",
y en el fluido mundo de EastEnders la gente va y viene,
las oportunidades llaman a la puerta y desaparecen otra vez poco
después de que las han dejado entrar, las fortunas ascienden y
declinan y las coaliciones tienden a ser flotantes, flexibles
y frágiles. La gente busca pareja y "establece relaciones"
para evitar las tribulaciones de la fragilidad, sólo para descubrir
que esa fragilidad resulta aún más penosa que antes. Lo que se
esperaba y pretendía que fuera un refugio (tal vez el refugio)
contra la fragilidad demuestra ser una y otra vez su caldo de
cultivo...
Millones de seguidores
y adictos de EastEnders ven la televisión y asienten. Sí,
sabemos todo eso, lo hemos visto, lo hemos vivido. Lo que hemos
aprendido duramente es que el haber sido abandonado a la propia
compañía, sin nadie con quien contar para que nos acaricie, nos
consuele y nos dé una mano, es atemorizante y espantoso, pero
que nunca nadie se siente más solo y abandonado que cuando lucha
por asegurarse de que realmente hay alguien con quien pueda contar
hoy y pasado mañana para que haga todo eso en el caso de que la
rueda de la fortuna gire en sentido adverso. Los resultados de
esa lucha son impredecibles, y la lucha misma tiene su precio.
Exige diarios sacrificios. No pasa un solo día sin una escaramuza
o un enfrentamiento. Esperar hasta que la bondad oculta (como
usted desea fervientemente y, por lo tanto, cree apasionadamente)
en lo profundo de su pareja elegida se abra paso a través de la
maligna coraza y se revele puede llevar mucho más tiempo que el
que usted puede soportar. Y mientras espera hay mucho dolor, lágrimas
vertidas y sangre derramada...
Los episodios
de EastEnders son tres repeticiones semanales de sabiduría
de vida cotidiana. Funcionan como regulares y confiables confirmaciones
para los inseguros: sí, ésta es tu vida, y la verdad sobre la
vida de otros como tú. No sientas pánico, tómala como viene, y
no te olvides por un momento de que así será, seguro que así será.
Nadie dice que convertir a alguien en tu compañero de destino
sea fácil, pero no hay otra alternativa que intentarlo, e intentarlo
y volver a intentarlo.
Sin embargo,
éste no es el único mensaje que EastEnders transmite claramente
tres veces por semana y gracias al cual se ha convertido en una
cita imperdible para tantas personas. También tiene otro mensaje.
En caso de que usted lo haya olvidado, existe una segunda línea
de defensa contra los caprichos de la errática fortuna y las sorpresas
que el insensible mundo tiene guardadas en la manga. Las trincheras
ya fueron excavadas antes de que usted empezara a cavar las suyas;
las trincheras están esperando que usted simplemente se zambulla
en ellas. Nadie le hará preguntas, nadie le preguntará qué ha
hecho usted para ganarse el derecho de pedir refugio y ayuda.
Haya hecho lo que hubiere hecho, nadie le impedirá la entrada.
Existen los Butcher,
los Mitchell, los Slater. Clanes a los que usted por azar pertenece,
sin tener que pedir permiso de admisión. No necesita hacer nada
para convertirse en "uno de ellos". Aunque tampoco
puede hacer gran cosa para dejar de ser uno de ellos. Si
usted llegara a olvidarse de esas sencillas verdades, ellos se
encargarían inmediatamente de recordárselas.
Así usted se
encuentra atrapado en un doble vínculo. A menos que usted prefiera
ser uno de esos excepcionalmente inescrupulosos, rebeldes, aventureros
o psicóticos canallas y partas "naturales" que muy pronto
estarán ocultos, atropellados por un auto, expulsados por los
vecinos, encerrados en la cárcel - o que usarán otros escapes
semejantes para desaparecer de Albert Square- , sin duda
querrá usar las dos anclas que la vida le ha dado para echar amarras
en compañía de otros. Usted deseará aferrarse a la pareja de su
elección y al clan que el destino ha elegido
para usted.
Aunque eso tal
vez no sea fácil, como disfrutar del calor de una chimenea y del
placer de nadar en el mar al mismo tiempo. Los sinuosos caminos
elegidos por los personajes de Albert Square describen clara y
gráficamente todos los obstáculos que entorpecen su avance, y
ésa es otra razón para no perderse sus hazañas ni uno solo de
los tres episodios semanales. En ellos uno ve algo que siempre
ha sentido: que es el único eslabón que conecta a la pareja a
la que ama y por la que desea ser amado con el clan familiar al
que pertenece, al que desea pertenecer y que, a su vez, también
le exige pertenencia y obediencia. Y, de ese modo, uno es por
cierto "el eslabón más débil", el que más sufre el tironeo
entre ambas partes.
La guerra de
desgaste, que hierve a fuego lento y a veces desborda, cuyas primeras
víctimas son aquellos que sueñan con una reconciliación, alcanzó
su culminación dramática - por cierto, se elevó a la altura de
la tragedia de Antífona- con el juicio de Little Mo,**
la versión actualizada de la inmortal obra de Sófocles y la inmortal
historia que esa obra registró...
Dice Antígona:
"Mas yo no hubiera hecho lo prohibido / Por ningún esposo
y por ningún hijo. / ¿Para qué? Podría haber tenido otro esposo
/ y con él otros hijos, de haber perdido alguno;/ pero, perdidos
padre y madre, ¿dónde encontraría yo / otro hermano?". Perder
un esposo no es el final del camino. Los esposos, incluso en la
antigua Grecia (aunque no tanto como para los contemporáneos de
Little Mo), son temporarios; perderlos es sin duda doloroso, pero
curable. La pérdida de los padres, por el contrario, es
irrevocable. ¿Eso basta para que el deber hacia la familia
anule lo que se le debe al esposo? Tal vez un cálculo tan sobrio
no bastaría, si no fuera por otra razón: las exigencias procedentes
de un compañero elegido, un compañero de viaje temporario
y en principio reemplazable, no tienen tanto peso como las exigencias
que llegan de las profundidades del insondable e inescrutable
pasado: "Esa orden no vino de Dios. La justicia que mora
con los dioses allá abajo no conoce esa ley. / No creo que tus
edictos tengan tanta fuerza / como para anular las inalterables
leyes no escritas / de Dios y el cielo, ya que sólo eres un hombre.
/ Ésas no son de ayer ni hoy, sino eternas, / aunque no podamos
decir de dónde es que salieron".
En este punto,
diríamos, los caminos de Antígona y Little Mo se separan. Por
cierto, es difícil que escuchemos a los residentes de Albert Square
mencionar a Dios (los pocos que lo hacen desaparecen rápidamente
de la saga, ya que están flagrantemente fuera de lugar. Allí,
al igual que en muchas otras calles de nuestras ciudades, Deus
ha estado por mucho tiempo absconditus, no tiene celular
y su teléfono no figura en la guía telefónica; por lo tanto, nadie
puede alegar, de manera creíble, que sabe exactamente cómo sonarían
Sus instrucciones si fueran audibles. Los derechos de la familia
pueden ser más duraderos que el deber hacia la pareja elegida,
pero en Albert Square nadie parece recibir la sanción divina.
La lamentable situación de Little Mo no está provocada por el
temor de Dios. Entonces, ¿en qué sentido - si es que hay
alguno- el drama de Little Mo es una repetición de la tragedia
de Antígona?
En la versión
que da Sófocles de la historia de Antígona, el Mensajero sale
a escena para resumir el significado del relato, pero también
para anticiparse y responder a nuestra pregunta, una pregunta
que, a diferencia de lo que ocurre con las palabras empleadas
para hacerla comprensible para los espectadores, obviamente no
ha envejecido: "¿Qué es la vida del hombre? Algo no determinado
/ para bien o para mal, ni creado para la culpa o la alabanza.
La suerte eleva a un hombre a las alturas, la suerte hace que
se hunda / y nadie puede predecir qué será de lo que es".
De modo que es
el futuro, el aterrador, desconocido e impenetrable futuro
(que es, tal como repitió Levinas, el epítome, el parangón, la
más completa representación de la "absoluta alteridad"),
y no la dignidad del pasado, por venerable que sea, lo que se
oculta tras el dilema al que tanto Little Mo como Antígona deben
enfrentarse. "Nadie puede predecir qué será de lo que es",
pero tampoco nadie puede soportar fácilmente esa imposibilidad.
En ese mar de incertidumbre, uno busca salvación en pequeñas islas
de seguridad. ¿Una historia que ostenta un pasado más largo tiene
más probabilidades de ingresar al futuro, incólume y sin daños,
que otra, por cierto "hecha y deshecha por el hombre",
que procede flagrantemente "de ayer o de hoy"? No hay
manera de saberlo, pero resulta tentador creer que sí. Hay poco
para elegir, de todos modos, en esa interminable, siempre inconclusa
y frustrante búsqueda de certeza...
Tras escuchar
el veredicto adverso del jurado, Little Mo se dirige a su padre
y dice: "Lo siento...".
En la lengua alemana, la afinidad está
caracterizada como el opuesto del parentesco.
La "afinidad"
es parentesco con reservas... es parentesco pero...
(Wahlverwandschaft, equivocadamente traducido como "afinidad
electiva", un flagrante pleonasmo, ya que ninguna afinidad
puede ser no electiva; sólo el parentesco está pura
y simplemente, se quiera o no, predeterminado ... ). La
elección es el factor calificador: transforma el parentesco en
afinidad. Sin embargo, también delata la ambición de la afinidad:
su intención es ser como el parentesco, tan incondicional,
irrevocable e indisoluble como el parentesco (eventualmente, la
afinidad se entrelazará con el linaje y se hará indiscernible
del resto de la red de parentesco; la afinidad de una generación
se convertirá en el parentesco de la siguiente). Pero ni siquiera
los matrimonios - contrariamente a la insistencia de los
sacerdotes- se realizan en el cielo, y lo que los seres humanos
han unido puede ser disuelto por los seres humanos.
Por supuesto,
nos encantaría que el parentesco estuviera precedido por la elección,
pero también que, luego de la elección, el parentesco fuera exactamente
lo que ya es: firmemente resistente, duradero, confiable, persistente,
indisoluble. Ésa es la ambivalencia endémica de toda Wahlverwandschaft,
su marca de nacimiento (una peste y un encanto, una
bendición y una pesadilla) que no puede borrarse. El acto fundante
de la elección es el poder de seducción de la afinidad y
su condena. El recuerdo de la elección, su
pecado original,
está destinado a arrojar una larga sombra y a oscurecer incluso
la más brillante unión llamada "afinidad": la elección,
a diferencia del destino del parentesco, es una calle de doble
mano. Uno siempre puede echarse atrás, y el conocimiento de esa
posibilidad hace aún más desalentadora la tarea de mantener la
dirección.
La afinidad nace
de la elección y el cordón umbilical jamás se corta. A menos que
la elección se rehaga a diario y se concreten actos nuevos para
confirmarla, la afinidad se marchitará y declinará hasta derrumbarse
o desarticularse. La intención de mantener viva la afinidad es
presagio de una lucha cotidiana y promesa de una vigilancia sin
descanso. Para nosotros, habitantes del moderno mundo líquido
que aborrece todo lo sólido y durable, todo lo que no sirve para
el uso instantáneo y que implica esfuerzos sin límite, esa perspectiva
supera toda capacidad y voluntad de negociación. Establecer un
vínculo de afinidad proclama la intención de hacer que ese vínculo
sea como el de parentesco, pero también la disposición a pagar
el precio del avatar con la dura moneda de la monotonía de lo
cotidiano. Cuando esa disposición (o, según el tipo de entrenamiento
ofrecido y recibido, la solvencia de los valores) no existe, uno
es más proclive a pensarlo dos veces antes de actuar de acuerdo
con esa intención.
Por lo tanto,
vivir juntos ("y esperemos para ver cómo funciona y adónde
nos conduce eso") adquiere el atractivo del que carecen
los vínculos de afinidad. Sus intenciones son modestas, no se
hacen promesas, y las declaraciones, cuando existen, no son solemnes,
ni están acompañadas por música de cuerdas ni manos enlazadas.
Casi nunca hay una congregación como testigo y tampoco ningún
plenipotenciario del cielo para consagrar la unión. Uno pide menos,
se conforma con menos y, por lo tanto, hay una hipoteca menor
para pagar, y el plazo de pago es menos desalentador. Sobre "vivir
juntos", el futuro parentesco, deseado o temido, no arroja
su oscura sombra. "Vivir juntos" es un porque,
no un para qué. Todas las opciones siguen abiertas, y los
hechos del pasado no tienen la autoridad necesaria para eliminarlas.
Los puentes son
inútiles si no cubren toda la distancia entre ambas costas, pero
en el "vivir juntos" la otra costa está envuelta en
una bruma que nunca se disipa, una bruma que nadie desea disipar
y que nadie intenta dispersar. No se sabe qué se verá si la bruma
se disipa, y no se sabe si en realidad hay algo oculto bajo la
bruma. ¿La otra costa está allí o es tan sólo una fata morgana,
una ilusión conjurada por la bruma, un efecto de la imaginación
que hace que usted vea formas extrañas en las nubes pasajeras?
Vivir juntos
puede significar compartir el barco, la mesa del comedor y las
literas de los camarotes. Puede significar navegar juntos y compartir
las alegrías y las penurias de la travesía. Pero no se trata de
cruzar desde una costa hasta otra, por lo que su propósito no
es representar a los (ausentes) sólidos puentes. Es posible conservar
la bitácora de aventuras pasadas, pero en ella sólo se habrá registrado
una somera mención del itinerario y del puerto de destino. La
bruma que cubre la otra costa - desconocida, que no figura
en los mapas- puede ser delgada y dispersarse, dejando atisbar
los contornos de un puerto; se puede decidir navegar hasta él,
pero todo eso no está escrito - ni podría escribirse-
en el diario de navegación.
La afinidad es
un puerto que conduce al refugio seguro del parentesco. La unión
que implica "vivir juntos" y la unión del parentesco
son dos universos diferentes, cada uno con su propio espacio-tiempo,
cada uno completo en sí mismo, con sus propias leyes y su propia
lógica. Ningún pasaje de uno a otro está trazado de antemano,
aunque uno puede, por azar, toparse con la ruta que los comunica.
No hay manera de saber, al menos no de manera anticipada, si vivir
juntos resultará una ruta pública o una calle sin salida. Es necesario
recorrer los días como si esa diferencia no importara, y en cierto
modo eso es lo que vuelve irrelevante el "qué es cada cosa".
El hecho de que
la afinidad ortodoxa haya pasado de moda y ya no se practique
ha afectado inevitablemente la situación del parentesco. Al carecer
de puentes estables para permitir la afluencia de tránsito, las
redes de parentesco no pueden menos que sentirse frágiles y amenazadas.
Sus límites son confusos y conflictivos, ya que se disuelven en
un terreno que carece de títulos de propiedad y derechos hereditarios,
en una tierra de frontera que se convierte a veces en campo de
batalla y otras veces en el objeto de luchas judiciales no menos
crueles. Las redes de parentesco ya no pueden estar seguras de
sus posibilidades de supervivencia, por no hablar de calcular
sus propias expectativas de vida. Esa fragilidad las torna aún
más preciosas. Se han vuelto frágiles, sutiles, delicadas; inspiran
sentimientos protectores, inducen al abrazo, a la caricia, anhelan
ser tratadas con amoroso cuidado. Y ya no desafían con arrogancia
como cuando nuestros antepasados aborrecían y se revelaban contra
la rigidez y la asfixia del abrazo familiar. Ya no están seguras
de sí mismas, sino más bien dolorosamente conscientes de que un
solo paso en falso podría ser fatal para su supervivencia. Nadie
se tapa ya los ojos ni los oídos, las familias miran y escuchan
con atención, demasiado dispuestas a corregir sus hábitos y prestas
a devolver el afecto y el amor con la misma moneda.
Paradójicamente
- o, después de todo, no tan paradójicamente- el atractivo
y el poder del parentesco creció a medida que disminuía el magnetismo
y se empequeñecía el poder de la afinidad...
De manera que
aquí estamos, vacilantes y maniobrando con dificultad entre dos
mundos notoriamente distanciados y enfrentados entre sí, a pesar
de ser ambos deseables y deseados, sin que los una ningún pasaje
conocido, y menos aún caminos abiertos y transitados.
Treinta años atrás (en The Fall of Public
Man), Richard Sennett señaló el advenimiento de "una ideología
de la intimidad" que "transmuta las categorías políticas
en categorías psicológicas" (10).
Una de las portentosas
consecuencias de esa nueva ideología fue la sustitución de la
"identidad compartida" por los "intereses compartidos".
La fraternidad basada en la identidad se convertiría - advertía
Sennett- en "la empatía por un grupo selecto de gente
aliada por medio del rechazo de aquellos que no se hallaban dentro
del círculo local". "Ajenos, desconocidos, diferentes
se convierten en criaturas a las que se les hará un vacío."
Pocos años más tarde, Benedict Anderson acuñó la
expresión «comunidad imaginada" para describir el misterio
de la autoidentificación con una amplia categoría de extraños
con los que uno cree compartir algo suficientemente importante
como para referirse a ellos como un "nosotros", comunidad
de la cual yo, quien habla, formo parte. El hecho de que Anderson
considerara esa identificación con una población dispersa de personas
desconocidas como un misterio que requería explicación fue una
confirmación indirecta - y por cierto un tributo-
de las intuiciones de Sennett. En el momento en que Anderson
desarrolló su modelo de "comunidad imaginada", la desintegración
de los lazos y vínculos impersonales (y con ellos, tal como señaló
Sennett, del arte de la "civilidad", es decir, de "usar
la máscara" que simultáneamente protege y permite disfrutar
de la compañía) había alcanzado una etapa avanzada y, por lo tanto,
el palmeo de espaldas, la proximidad, la intimidad, la "sinceridad",
el "entregarse sin reservas", sin guardar secretos,
la confesión compulsiva y obligatoria se convertían rápidamente
en la única defensa humana contra la soledad y en el único telar
disponible donde tramar el anhelo de unión. Sólo se podía concebir
una totalidad más amplia que el propio círculo de confesión mutua
como un "nosotros" aumentado y extendido, como esa semejanza,
mal llamada "identidad", magnificada. La única manera
de incluir "desconocidos" en ese "nosotros"
era adjudicándoles el lugar de potenciales socios de los ritos
confesionales, destinados a revelar un "interior" similar
(y por lo tanto, familiar) cuando se los presionara a revelar
sus intimidades.
La comunión de
interioridades, basada en una revelación mutuamente inducida,
puede ser el núcleo de la relación amorosa. Puede echar raíces,
germinar, prosperar dentro de la isla autopreservada - o
casi autopreservada- de las biografías compartidas. Pero
al igual que el partido moral de dos miembros - que si se
lo expande para incluir a un tercero, enfrentándolo así con la
"esfera pública", descubre que sus intuiciones e impulsos
morales resultan insuficientes para enfrentar y resolver los temas
de justicia impersonal que se presentan en la esfera pública- ,
la comunión amorosa no está preparada para el mundo exterior,
para hacer frente a esas responsabilidades, porque ignora las
destrezas imprescindibles para ello.
En la comunión
amorosa resulta totalmente natural considerar las fricciones y
desacuerdos como una irritación temporaria que pronto pasará,
pero también como un pedido de auxilio que la hará desaparecer.
Una perfecta fusión de identidades parece en ese caso una perspectiva
realista, si se invierte en ella suficiente paciencia y dedicación,
cualidades que el amor confía en que podrá abastecer profusamente.
Aun cuando la semejanza amorosa de los amantes no se haya alcanzado,
no parece un sueño absurdo ni una ilusión fantasiosa. Seguramente
será alcanzable, y se la alcanzará con los recursos de los que
ya disponen los amantes por su misma capacidad de amantes.
Pero intentar
ampliar las legítimas expectativas del amor para domesticar, dominar
y desintoxicar el alucinante tumulto de sonidos y visiones que
colman al mundo más allá de la isla del amor... Allí, las probadas
y confiables estratagemas del amor no serán de gran utilidad.
En la isla del amor, el acuerdo, la comprensión y la soñada unidad
de dos tal vez no están fuera del alcance, pero no ocurre lo mismo
en el infinito mundo exterior (a menos que se lo transmute, con
una varita mágica, en el coloquio de consenso de Jürgen Habermas).
Los instrumentos de la unión yo- tú, por perfectos que sean
su factura y su empleo, resultarán impotentes ante la variedad,
disparidad y discordia que separan a las multitudes de potenciales
"tú" entre sí, manteniéndolos en pie de guerra: más
proclives a los balazos que a una conversación. Se requiere el
dominio de técnicas muy diferentes cuando el desacuerdo es tan
sólo una inquietud transitoria que pronto se disipará, y cuando
la discordia (subrayando la determinación de autoafirmarse) se
hace presente para quedarse durante un tiempo indefinido. La esperanza
del consenso acerca a las personas y las insta a un mayor esfuerzo.
La falta de fe en la unidad, alimentada por la evidente ineptitud
de las herramientas disponibles, aleja a la gente entre sí e impulsa
a escapar de los demás.
La primera consecuencia
de la falta de fe en la posibilidad de la unidad es la división
del mapa del Lebenswelt, el mundo de la vida, en dos continentes
incomunicados entre sí. En uno de ellos, el consenso se busca
a toda costa (aunque casi siempre, tal vez todo el tiempo, con
las capacidades adquiridas y aprendidas en el refugio de la intimidad)
y, sobre todo, se presume que ese mundo ya está "allí",
predeterminado por la identidad compartida, esperando que se lo
despierte y se lo confirme. Y el otro mundo es aquel donde la
esperanza de una unidad espiritual - y por lo tanto, también
cualquier esfuerzo por descubrirla o por construirla desde los
cimientos- ha sido abandonada a priori, de modo
que el único intercambio concebible es el de los misiles y no
el de las palabras.
Sin embargo,
ahora ese dualidad de posturas (teorizada para uso particular
como división de la humanidad) parece pasar gradualmente
a ocupar el fondo de la vida cotidiana, junto con las dimensiones
espaciales de proximidad y distancia humanas. Al igual que en
los vastos espacios de las tierras fronterizas globales, desde
la raíz, en el dominio de la política de vida, el entorno de la
acción es un recipiente colmado de amigos y enemigos potenciales,
en el que se supone que las coaliciones cambiantes y los enemigos
flotantes pueden converger por un tiempo, sólo para desligarse
nuevamente y dar lugar a otras condensaciones diferentes. Las
"comunidades de semejanzas", predeterminadas
pero a la espera de ser reveladas y colmadas de sustancia, están
dando lugar a las "comunidades de ocasión", que
supuestamente se originan en torno a eventos, ídolos, pánicos
o modas: puntos focales más diversos que comparten el rasgo de
una expectativa de vida más breve. No duran más tiempo que las
emociones que las convierten en foco de atención e impulsan la
unión de intereses - fugaces, pero no por eso menos intensos-
que convergen adhiriéndose "a la causa".
Todo ese unirse y separarse posibilita percibir
la existencia simultánea del impulso hacia la libertad y el anhelo
de pertenencia, y encubre, si es que no altera completamente,
la disminución y privación de esos anhelos.
Ambos impulsos
se funden y mezclan en la absorbente y consumidora tarea de "crear
una red de conexiones" y "navegar en la red". El
ideal de "conexión" se debate por aprehender la difícil
y desconcertante dialéctica entre dos impulsos irreconciliables.
Promete una navegación segura (al menos no fatal) entre los arrecifes
de la soledad y del compromiso, entre el flagelo de la exclusión
y la férrea garra de los lazos asfixiantes, entre el irreparable
aislamiento y la atadura irrevocable.
Chateamos y tenemos "compinches"
con quienes chatear. Los compinches, como bien lo sabe
cualquier adicto, van y vienen, aparecen y desaparecen, pero siempre
hay alguno en línea para ahogar el silencio con "mensajes".
En la relación de "compinches", el ir y venir de los
mensajes, la circulación de mensajes, es el mensaje,
sin que importe el contenido. Tenemos pertenencia... al constante
flujo de palabras y oraciones inconclusas (abreviadas, por cierto,
truncadas para acelerar la circulación). Pertenecemos al habla,
no a aquello de lo cual se habla.
No hay que confundir
la obsesión actual con las confesiones compulsivas y el derroche
de confidencias que preocupaban a Sennett treinta años atrás.
El objetivo de emitir sonidos y enviar mensajes ya no es someter
las entrañas de la propia alma a la inspección y aprobación de
la pareja. Las palabras, pronunciadas o tipiadas ya no luchan
por consignar el viaje de descubrimiento espiritual. Tal como
lo expresó admirablemente Chris Moss (en el Guardian Weekend),
(11)
por medio de "el chat por Internet, los teléfonos móviles,
los mensajes de texto", 1a introspección es reemplazada por
una interacción frenética y frívola que expone nuestros secretos
más profundos al lado de nuestra lista de compras". Quiero
comentar que, sin embargo, esa interacción, a pesar de ser frenética,
tal vez no parezca tan frívola cuando uno advierte y recuerda
que su objeto - su único objeto- es mantener vivo el chateo.
Los proveedores de acceso a Internet no son sacerdotes que
santifican la inviolabilidad de las uniones. Las uniones no tienen
en qué apoyarse salvo en el chateo y los mensajes
de texto; la unión sólo se mantiene gracias a nuestra charla,
nuestro llamado telefónico, nuestros mensajes de texto. El que
deja de hablar queda fuera. El silencio es igual a la exclusión.
Il n’y a pas dehors du texte, por cierto - no hay
nada fuera del texto- , aunque no en el sentido en que lo dijo
Derrida...
OM,***
la revista ilustrada de uno de los más venerables,
respetados y amados periódicos dominicales está dirigida a y es
ávidamente leída por las clases más sofisticadas de Bloomsbury
o Chelsea y el resto, o casi, de las clases que envían y reciben
mensajes...
Tomemos, al azar,
el ejemplar del 16 de junio de 2002, aunque en este caso la fecha
no importa mucho porque los contenidos, con variaciones menores,
son inmunes a las convulsiones, saltos o giros de la gran historia
en proceso y a todas las políticas, con excepción de la política
de vida. Las aceleraciones o disminuciones de velocidad de las
grandes políticas de la época le pasan desapercibidas...
Aproximadamente,
la mitad de la revista OM está ocupada por una sección
llamada "Vida". La sección tiene subsecciones: primero
está "Moda", que informa acerca de las pruebas y tribulaciones
que implica "ponerse maquillaje", con otra subsección,
"Moda-ella", que exhorta a las lectoras a "recorrer
distancia extra para encontrar el par de zapatos correcto".
Sigue la subsección "interiores", con un breve interludio
sobre "casas de muñecas". Después viene "jardines",
que aconseja cómo "cuidar las apariencias" e "impresionar
a los invitados", a pesar de la irritante verdad de que "la
tarea de un jardinero no termina nunca". Sigue la subsección
"Comida", seguida de inmediato por la de "Restaurantes",
que aconseja dónde encontrar buena comida cuando se sale a cenar,
y la de "Vinos", que sugiere dónde encontrar buen vino
cuando se come en casa. Al llegar a este punto, el lector está
bien preparado para leer detenidamente las tres páginas de la
subsección "Cotidiana", que desarrolla los temas "amor,
sexo, familia, amigos".
En este ejemplar,
la subsección "Cotidiana" está dedicada a las PSA, "parejas
semiadosadas", "revolucionarias de las relaciones"
que "han hecho estallar la sofocante burbuja de la pareja"
y, que "hacen las cosas a su gusto". Se trata de parejas
de tiempo parcial. Aborrecen la idea de compartir la casa y prefieren
conservar separadas las viviendas, las cuentas bancarias y los
círculos de amigos, y compartir su tiempo y espacio cuando tienen
ganas, pero no en caso contrario. Así como el viejo empleo se
ha dividido actualmente en una sucesión de tiempos flexibles,
empleos variados o proyectos a corto plazo, y el viejo estilo
de comprar o alquilar propiedades tiende a ser reemplazado por
el sistema de "tiempo compartido" y los paquetes turísticos,
el viejo estilo de matrimonio "hasta que la muerte nos separe"- ya
desplazado por la reconocidamente temporaria cohabitación del
tipo "veremos cómo funciona"- es reemplazado ahora
por una "reunión" de tiempo parcial y flexible.
Los expertos
- como muy, bien imaginan los lectores, ya que es un hábito
famoso de los expertos- están divididos. Sus opiniones oscilan
entre dar una cálida bienvenida al modelo de las PSA, calificándolas
del tan buscado nirvana (ya que consiguen la cuadratura del círculo
con respecto al tema de dar y tomar genuinamente sin recibir retribución
por la pérdida de independencia que eso implica), y condenar a
los practicantes del nuevo modelo, a los que se acusa de cobardía
por su falta de disposición a enfrentar las pruebas y penurias
que necesariamente se presentan cuando uno se aboca a crear y
perpetuar una relación plena y completa. Se consignan minuciosamente
todos los pro y los contra, se sopesan escrupulosamente, aunque
en las hojas de balance no aparecen (algo curioso, considerando
la sensibilidad ecológica que cunde en nuestro tiempo) los efectos
del estilo de vida PSA sobre el entorno humano de las PSA.
Cuando uno ha
terminado la subsección "Cotidiana", ¿qué resta de la
sección "Vida"? Las subsecciones llamadas "Salud",
"Bienestar", "Nutrición" (nota: aparte de
"Comida", "Restaurantes" y "Vino")
y "Estilos" (repleta de avisos publicitarios de mobiliarios).
La sección se completa con el "Horóscopo", en el que,
según la fecha de nacimiento, se aconseja a algunos lectores:
"basta de arrastrarse, la movilidad es esencial ahora. Tiene
que desplazarse, hablar por su c