El sueño en la época medieval (2)
Jacques Le Goff
Los sueños bajo vigilancia
En la Antigüedad,
la interpretación de los sueños era una práctica corriente. En
las ferias, en los mercados, los adivinos populares ejercen su
oficio, interpretan los sueños de los ciudadanos por una suma
módica, un poco como las mujeres que leen la buena ventura y las
personas que se dedican a las distintas mancias. En su domicilio,
o incluso en el templo, una serie de intérpretes de oficio, como
auténticos especialistas, daban a los hombres de la Ciudad la
clave del significado de sus sueños. Los onirománticos no son
tal vez tan estimados como los augures o los arúspices, esos sacerdotes
que leen en las entrañas de las víctimas o en el vuelo de los
pájaros, pero se los escucha y consulta corrientemente.
Apariciones,
sombras o fantasmas, los sueños del paganismo griego y romano
provienen del mundo de los muertos. Los sueños «falsos» y los
«verdaderos» se distinguen cuidadosamente, como hace Homero
en la Odisea, donde Penélope percibe las dos puertas del
sueño, la de marfil de donde salen los sueños engañosos, la de
cuerno de la que emanan los sueños que se cumplen. 0 Virgilio,
que en la Eneida y en el surco de Homero distingue sueños
engañosos y sueños premonitorios. Numerosas teorías oscilan entre
valorización y denigración. Pitágoras, Demócrito y Platón creen
en su veracidad. Diógenes y Aristóteles los devalúan y aconsejan
la incredulidad respecto a ellos. Se establecen tipologías, como
la de Cicerón, que en De divinatione (I, 64)
distingue tres fuentes del sueño: el hombre, los espíritus
inmortales y los dioses.
Los
antiguos clasificaban asimismo los sueños según su naturaleza
y establecían una jerarquía entre los soñadores. A finales del
siglo IV, Macrobio (hacia 360- 422) proporciona a la cultura
pagana su tratado de los sueños más logrado. En su Comentario
del sueño de Escipión, el polígrafo y enciclopedista, miembro
de un grupo de vulgarizadores de la ciencia y de la filosofía
antigua, distingue cinco categorías de sueños: somnium, visio,
oraculum, insomnium y visum. Dos de ellas no tienen «ninguna
utilidad ni significación». La primera es el
insomnium, el sueño turbado, que se convertirá
con Ernest Jones - psicoanalista y biógrafo de Freud (1),
en la pesadilla. La segunda es el visum, forma de fantasma, de vagabundeo onírico
ilusorio. Son «falsos» sueños, para retomar las categorías de
Homero y de Virgilio. Los otros tres anuncian el futuro. De forma
velada en el caso del sueño enigmático, el somnium; de manera segura en la profética visio; por mediación de los parientes, de los
sacerdotes o incluso de la divinidad que previenen claramente
al durmiente acerca de un acontecimiento por venir en el sueño
oracular (oraculum).
En el período
en el que las interpretaciones paganas y cristianas se mezclan,
es decir, del siglo II al IV,
los hombres oscilan entre interés manifiesto (sueños de conversión,
de contacto con Dios o de martirio), inquietud paciente e incertidumbre.
Un «semiherético», Tertuliano, propone entre 210 y 213
el primer Tratado sobre los sueños del Occidente cristiano.
Fiel a las interrogaciones de su tiempo, este no mans land
en el que se encuentran un alma y un cuerpo perdido entre
el sueño y la muerte lo inquieta. Pero rehúsa convertirlo en algo
propio del hombre, ya que el sueño es para él un fenómeno humano
universal del que no están exentos ni los niños ni los bárbaros:
«¿Quién podría ser lo suficientemente ajeno a la condición
humana como para no haber percibido una vez una visión fiel?»,
se pregunta en su De anima. Tertuliano elabora a
continuación una típología de los sueños que clasifica según su
fuente: los demonios, Dios, el alma y el cuerpo. Los sueños que
se producen según él al finalizar el sueño están vinculados con
la posición del durmiente, así como con su alimentación. Una vida
sobria favorece incluso los sueños de éxtasis.
Cuando el cristianismo
se impone como la ideología dominante a partir del siglo IV, la cuestión del sueño,
uno de los fenómenos más enigmáticos de la humanidad, no puede
ya evitarla la religión en el poder. La herencia de la cultura
pagana inquieta y angustia ante todo. En efecto, ya no hay demonios
buenos y malos, como en la época grecorromana. Sólo ángeles y
demonios, es decir, de un lado la milicia de Dios, del otro, la
malicia del Diablo. Y es Satán en persona quien, con mayor frecuencia,
envía estas «poluciones nocturnas» a los hombres, interfiere así
entre Dios y la humanidad, cortocircuita la mediación eclesiástica.
Indisociablemente relacionado con el cuerpo, el sueño se situará
según el cristianismo triunfante del lado del Diablo.
Otro motivo para
relegarlo: con la religión de Cristo
instituida, el futuro ya no pertenece a los hombres ávidos de
conocer sus desarrollos, como en la época del paganismo, sino
a Dios, el único que sabe: «Que aquellos que observan
los augurios o los auspicios, o los sueños o cualquier otro tipo
de adivinación, según la costumbre de los paganos, o que introducen
en sus casas a hombres para que lleven a cabo investigaciones
por arte de magia..., que se confiesen y hagan penitencia durante
cinco años», impone un canon del primer concilio de Ancira
en 314. La demonización del sueño es una respuesta hábil a una
cultura pagana de la ínterpretación de las verdades ocultas del
más allá, que debe hacerse ahora con la mediación y el control
de las autoridades eclesiásticas.
Finalmente, el
sexo constituye uno de los motivos de sospecha más
importantes de la Iglesia en relación con los sueños. Por la noche,
la carne se despierta, cosquillea, aguijonea el cuerpo lujurioso.
Tentaciones de las que san Antonio será víctima ejemplar
y triunfante. Y malestar general frente a los sueños en los que
san Agustín, protagonista, no obstante, del primer sueño
de conversión en el célebre episodio del jardín de Milán, será
una de las figuras indiscutibles. Desde luego, en la práctica,
el pueblo recurre ciertamente a los intérpretes, magos - y
charlatanes en su gran mayoría- , a fin de dar sentido a
este desarreglo sensorial. Pero la noche de los sueños vigilados
se abate sobre Occidente durante mucho tiempo. El francés medieval,
que juega con la cercanía entre «songe» [sueño] y «mensonge» [mentira],
refleja esta sospecha.
Condena moral,
pero también distinción social. La igualdad ante el sueño no existe.
Sólo una élite tiene «derecho»
a soñar: los reyes y los santos y luego, como máximo, los monjes.
En el Antiguo Testamento, donde se sueña mucho
más que en el Nuevo, el faraón se entera por un sueño de
que debe dejar partir a los judíos si quiere deshacerse de las
siete plagas de Egipto. Constantino y Teodosio el
Grande, los dos fundadores de la cristiandad, descifran las líneas
de sus enemigos con la mediación de los sueños. «Por este signo
vencerás», oye Constantino antes de librar batalla contra
Majencio en el puente de Milvio, cuando ve en el cielo la cruz
de Cristo y suena por la noche que Dios le conmina a hacer representar
la cruz sobre una enseña. De la misma manera, el Carlomagno
de La canción de Rolando sueña de manera profética en cuatro
ocasiones, que son otros tantos momentos decisivos. Sueños reales,
pero también sueños de santos se elevan al rango divino. Toda
la vida de san Martín está, según sus hagiógrafos, marcada
por los sueños. El primero será el de su conversión. La noche
que sigue al reparto de la mitad de su manto con un pobre, Cristo
se le aparece: «Lo que has hecho a un humilde, me lo has hecho
a mí», le dice. El segundo marca el de su acción de misionero.
Otro, contado por Sulpicio Severo, será el anuncio de su
muerte, a fin de que pueda prepararse para ella. Los santos y,
muy pronto, los monjes, esos héroes que intentan imitarlos, se
benefician también de sueños significativos. Pero para el resto
de la humanidad el sueño se desaconseja.
Sueños vigilados
y cuerpos controlados: los hombres deben abstenerse de beber en
exceso, ya que la embriaguez favorece las visiones pecadoras.
Clérigos y laicos también deben evitar ingerir demasiados alimentos,
ya que la indigestión alimenta las tentaciones. La
forma corporal de la tentación es la visión, uno de los cinco
sentidos más esenciales en la Edad Medía, ya que un sueño es un
acto, un relato en el que uno ve. De hecho, la doctrina
cristiana distingue la categoría inferior de los sueños, designados
por el sustantivo somnium, que procede de la raíz latina
sommus («sueño»), de las nobles «visiones» (visiones)
que dejan entrever una verdad oculta, en estado de vela o
de sueño. Por su parte, el francés medíeval sólo conoce para designar
al sueño la palabra «songe», a la que se añade la palabra «réve»
a partir del siglo XVII.
A partir del
siglo XII se produce
un giro decisivo, cuando se efectúa una democratización de los
sueños. Revolución urbana y reforma gregoriana debilitan el aislamiento
y el prestigio monásticos. Los
sueños se escapan del recinto del claustro, se desacralizan, se
convierten en un fenómeno humano. Los sueños vuelven a tomar cuerpo
y basculan incluso del lado de la psicología y de la medicina.
Es un renacimiento que se acompaña de teorías e interpretaciones
nuevas.
Hildegarda
de Bingen, a la vez monja visionaria y médico, indica en su tratado titulado
Causae et curae (Causas y remedios), que el sueño es el
atributo normal del «hombre de buen humor». Portadora de una concepción
del hombre y de la mujer en la que el espíritu no está separado
del cuerpo, la abadesa rechaza sin embargo en su retórica la corporeidad
del sueño, y a veces incluso el onirismo. Jean- Claude Schmitt
ha inferido a la perfección el origen de este «rechazo del sueño»
que figura en ciertos textos: «Era preciso que Hildegarda, al
ser una mujer, dijera y mostrara en imágenes que no había soñado,
para que estas palabras fueran recibidas como auténticas, a pesar
de ser una mujer» (2).
De
todos modos, la nueva interpretación de los sueños se vincula
a la teoría de los humores y a la fisiología de los soñadores.
Contra los «fantasmas diabólicos», Hildegarda de Bingen
aconseja a los soñadores que «ciñan en cruz el cuerpo del paciente
con una piel de arce y una piel de corzo, pronunciando palabras
de exorcismo que ahuyentarán a los demonios y reforzarán las defensas
del hombre» (3).
Sueño y medicina, psicofisiología y psicopatología quedan así
imbricados. «Incluso los sueños que parecen ilusorios enseñan
mucho al hombre acerca de su estado futuro», avanza Pascal
le Romain en su Libre du trésor caché, que testimonia
el giro adoptado por el cristianismo en materia de interpretación
de los sueños. La renaciente Edad Media enlaza de nuevo con el
sueño, sin duda bajo la influencia de la cultura y la ciencia
antigua transmitidas por los bizantinos, los judíos y los árabes.
«Los hombres cuyos sueños son verdaderos son, sobre todo, los
de una complexión templada», dice por ejemplo el filósofo árabe
Averroes, retomado en lengua latina. Un mestizaje cuyo testimonio
es la floración de «claves de los sueños» que vienen de Oriente.
Se trata de un renacimiento cuyo agente y testigo será la literatura.
Así, el El libro de la rosa de Guillaume de Lorris
y Jean de Meung (4)
best- seller indiscutible de la Edad Media, es una novela onírica,
que descansa en el sueño de un joven que desarrolla el hilo en
primera persona: «En el vigésimo año de mi edad, en esa época
en la que el amor reclama su tributo a los jóvenes, me acosté
una noche como de costumbre, y dormía profundamente cuando tuve
un sueño muy hermoso y que me agradó mucho, pero en este sueño
no hubo nada que los hechos me hayan confírmado punto por punto.
Os lo quiero contar para alegraros el corazón ... ». Se trata
de un artificio literario, pero significativo de un cambio de
tono, de estatuto, de concepción.
La
autobiografía onírica,
que aparece en la Antigüedad y el mundo cristiano naciente con
las Confesiones de san Agustín, hace su eclosión
en la Edad Media a través de numerosos relatos, como los de las
conversiones del monje Otloh de San Emerando (hacia 1010- 1070)
y del joven oblato Guibert de Nogent (hacia 1055- 1125).
0 bien en los sueños de Helmbrecht padre, ese campesino modelo
de la literatura alemana del siglo XIII, que intenta reconducir
a su hijo delincuente hacia el recto camino a través de cuatro
sueños «alegóricos» (es decir, enigmáticos sin el recurso de una
interpretación culta), o «teoremáticos» (que hacen ver directamente
lo que anuncian) (5)
La introspección onírica se extiende, la «subjetividad literaria»
(6) se
afirma y el sujeto humano accede al reconocimiento.
La nueva atracción
por el sueño no significa sin embargo el fin de un cuerpo concebido
como el receptáculo del alma. Y El libro de la rosa también
puede leerse como una advertencia contra el alma vagabunda que
abandona el cuerpo dormido: «De este modo, muchas personas,
en su locura, creen ser brujas que yerran por la noche con Dame
Abonde; cuentan que los hijos terceros tienen la facultad de ir
con ella tres veces a la semana; se lanzan por todas las casas,
sin temer llaves ni barrotes, y entran por las hendiduras, orificios
y gateras a través de casas y lugares extraños, y lo prueban diciendo
que las extrañezas a las que han asistido no les sobrevinieron
en sus camas, sino que son sus almas las que actúan y corren así
por el mundo. Y hacen creer a la gente que si durante este viaje
nocturno se les devolviera el cuerpo, el alma no podría volver
a él. Pero esto es una locura horrible y una cosa imposible, ya
que el cuerpo humano no es más que un cadáver cuando no lleva
consigo un alma».
El Occidente medieval vuelve a enlazar con el onirismo del paganismo, modernizándolo
y codificándolo. Poco a poco se va instaurando una gestualidad
onírica. En la mayor parte de las imágenes medievales, el soñador
se encuentra acostado en una cama sobre su lado derecho, con el
brazo derecho bajo la cabeza. La postura del cuerpo dominado contra
las imposturas del cuerpo desatado: el gesto del soñador está
cuidadosamente codificado por la imaginería medieval, que expresa
la espera de la intervención divina. Si las representaciones y
las autobiografías de los soñadores abundan, cabrá esperar al
siglo XVI y a la acuarela
de Alberto Durero (1525) para que aparezca una imagen onírica,
la de una pesadilla en la que el pintor vio un diluvio de agua
abatirse sobre su región. «Cuando la primera tromba de agua
batiéndose contra el suelo llegó muy cerca, se aplastó con una
tal rapidez, con un tal estruendo, levantando una tal borrasca,
que quedé aterrorizado y al despertar temblaba todo mi cuerpo,
y tardé mucho tiempo en recuperarme. Al levantarme por la mañana,
pinté lo que se ve encima tal lo vi. En cada cosa, Dios es perfecto»,
anota en la parte baja de su dibujo. Incluso humanizado y racionalizado entre el siglo XII y
el XIII, el sueño es un Grial, cuya finalidad sigue siendo Dios.
De hecho, será decisivo en la invención del purgatorio,
intermediario entre el infierno y el paraíso, el tercer lugar
inventado por el cristianismo en la segunda mitad del siglo
XII, en el que una visión arrebata a los fieles.
Notas:
(1) Ernest Jones, Le Cauchemar, París, Payot,
1973.
(2)
Jean- Claude Schmitt, Le Corps des images. Essais sur la culture
visuelle au Moyen Áge, París, Gallimard, col. «Le temps des
irnages», 2002.
(3)
Jean- Claude Schrnitt, Le Corps, les rites, les réves, le temps.
Essais d'anthropologie médiévale, París, Gallimard, col. «Bibliothéque
des histoires», 2001.
(4)
Guillaume de Lorris y Jean de Meung, Le Roman de la rose, versión
de Armand Strubel, París, Le Livre de Poche, col. «Lettres
gothiques», 1992; edición castellana: Biblioteca medieval, Editorial
Siruela, Madrid, España.
(5)
Jean- Claude Schmitt acaba de demostrar que, en el siglo XII,
el opúsculo sobre la conversión de Hermann el Judío encadena el
relato con el sueño: véase La Conversión d'Hermann le Juif:
Autobiographie, histoire et fiction, París, Seufi, 2003.
(6)
Michel Zink, La Subjectivité littéraire. Autour du siecle de
Saint Louis, París, PUF, 1985.
Texto extraído de "Una historia del cuerpo humano en la Edad Media",
Jacques Le Goff, págs. 69/75, editorial Paidós, Buenos Aires,
Argentina, 2005.
Edición original: Liana Lévi, Paris, 2003.
Selección y destacados: S.R.
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