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Entrevista a David Halperin
“Todos queremos saber la cura para el amor” (*)
Mariano Serrichio
No
es exagerado afirmar que los sentimientos son un tema tabú en la
literatura argentina, y el amor no es una excepción. Salvo Adolfo
Bioy Casares o Manuel Puig, entre los autores mayores, el amor parece
un tema prohibido en la literatura del país, en la cual la política
cruza desde los comienzos las relaciones entre las personas, absorbiendo
en ocasiones la rica gama de la vida interior. Tal vez sea el pudor
nacional, diagnosticado tan certeramente por Jorge Luis Borges,
o el modelo mítico del hombre que está solo y espera, fijado desde
el origen por el Martín Fierro.
Probablemente, este modelo mítico de negación de los afectos haya
sido entronizado en las últimas décadas, con las novelas de Juan
José Saer, Ricardo Piglia o Fogwill, cuyos personajes recios e hiperintelectuales
se pasean por las páginas esbozando teorías o procurando sarcasmos.
Hombres duros y solos, con un poco de Ernest Hemingway diplomado
y otro poco de tango. A la nueva generación le toca subvertir este
modelo. Matilde Sánchez, Federico Jeanmaire, Marcelo Figueras o
Ana Kazumi-Stahl, por citar sólo a algunos, han trabajado y trabajan
en sus novelas distintas formas del afecto.
Por todo esto hay que agradecer que David Halperin, un helenista
norteamericano de reconocimiento internacional, venga a Córdoba
a hablar de “La ironía del amor”, una conferencia en clave platónica
iluminada por la experiencia del amor gay que dictará hoy, a las 18.30, en el
Pabellón México de la Ciudad Universitaria.
(1) Su tema es
la diferencia entre el objeto erótico y la creencia del amante,
la imposible búsqueda de su deseo. Un profesor universitario que
hable del amor es una curiosidad que merece ser remarcada, y más
cuando discretamente observa que la única ilustración posible en
el campo del amor es la ironía.
En diálogo con este diario, Halperin no sólo habló de estas cuestiones.
Como voz representativa del movimiento gay norteamericano, dio su
versión del revuelo causado por el voto en contra del matrimonio
gay en varios estados de su país durante la última elección presidencial.
Otra forma de amor, pero poco irónica: el puritanismo que dice no
a las novedades.
La visita de Halperin a la Argentina
coincide con la reedición de dos sus libros: San Foucault y ¿Por
qué Diótima es una mujer?, en una coedición entre Edelp y El cuenco
de plata.
Leyes y sufrimientos
M.S.–En la reciente elección presidencial en su país se votó en
varios estados con resultados positivos a favor de prohibir los
matrimonios entre parejas gays. ¿Cuál es su opinión?
David Halperin –En tiempos de guerra e inseguridad, la gente en
Estados Unidos tiene pánico ante los cambios sociales. El reciente
espectáculo público de parejas del mismo sexo casándose produjo
un shock en mucha gente, especialmente ancianos y gente de campo.
Las nuevas leyes antigays son muy decepcionantes, ya que muchas
de ellas también prohíben uniones civiles y beneficios sociales
para parejas no casadas. Causarán mucho sufrimiento, y sin duda
representan un fracaso para el movimiento gay. Pero a la vez pienso
que tal vez tengan un efecto positivo a largo plazo.
M.S.–¿En qué se basa su expectativa positiva?
D.H.–Las nuevas leyes hacen más visible y desagradable la homofobia:
le dan la incómoda tarea de interponerse ante el amor verdadero.
Esto puede en su momento despertar la conciencia de personas que
no estaban a favor de los derechos gays. En las próximas décadas
el matrimonio gay será un asunto importante de derechos civiles
en los Estados Unidos, para nada desaparecerá de la escena. La pelea
va a ser llevada una y otra vez a las cortes, y a medida que pase
el tiempo el matrimonio gay será un asunto más banal.
M.S.–¿Hay signos alentadores en este proceso?
D.H.–El Estado de Massachusetts ya ha permitido formal y legalmente
el matrimonio entre parejas del mismo sexo. No hay vuelta atrás:
el matrimonio gay es como el sexo: puede disgustar y mucha gente
puede oponerse, pero una vez que se alcanzó, no se puede volver
a la posición anterior. Espero que las malas noticias de mi país
hagan avanzar la causa del matrimonio gay en Argentina. Después
de todo, ¿cuántos de ustedes quieren ser vistos en la misma posición
sobre este tema que Georges W. Bush?
La ironía del amor
M.S.–¿Cuál es la ironía del amor que da título a su conferencia?
D.H.–Que la verdad del amor, si
hay alguna, nunca coincide totalmente con la experiencia del amor. Estar enamorado significa
vivir en un mundo cuya certeza está siempre cuestionada.
M.S.–¿Cómo llegó a pensar en este tema?
D.H.–Me habían pedido un comentario de un ensayo sobre el eros platónico
escrito por un amigo mío. Al leerlo me di cuenta de que su aproximación
al tema, escrito con el tono de una autoridad en la materia, dejaba
de lado un elemento del eros platónico que es crucial en mi lectura:
la ironía. Entonces, en vez de comentar el ensayo, escribí un texto
a imitación del suyo, con el mismo tono de olímpica certeza, pero
enfatizando el elemento que allí faltaba.
M.S.–Los distintos escritores que han tocado el tema, de Platón
a Marcel Proust, proponen algún tipo de cura. ¿Qué piensa de ellas?
D.H.–Todos queremos saber la cura para el amor. Pero lo que hace
interesantes a todos esos pensadores no es la cura que proponen
sino la condición que diagnostican: su análisis del amor, no sus
soluciones, es lo que me interesa.
M.S.–La ironía del amor es que atrapa a los amantes en un imposible:
¿se puede acaso vivir irónicamente el amor?
D.H.–La única manera de vivir el amor sin morir en el intento es
de un modo irónico. El sexo no puede ser irónico sin dejar de ser
sexo, pero al amor es mejor vivirlo irónicamente. Los hombres gays,
en particular, han aprendido cómo combinar pasión e ironía, forjando
una perspectiva sobre el amor que es desengañada sin ser desencantada.
Nota:
(*)
(1) La voz del
interior, Córdoba, Argentina. 19 de noviembre 2004
David
Halperin Es uno de los teóricos más reconocidos en el área de estudios
queer. Es autor, entre otros libros, de Cien años de homosexualidad
y San Foucault. Para una hagiografía gay. Actualmente es
profesor en el Departamento de Letras de la Universidad de Michigan
(Estados Unidos) y dicta seminarios en diferentes lugares del mundo.
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