Nietzsche y la escritura fragmentaria
Maurice Blanchot
Es relativamente fácil poner en orden los pensamientos
de Nietzsche de acuerdo con una coherencia en que sus contradicciones
se justifican, ya sea jerarquizándose o ya sea dialectizándose.
Hay un sistema - virtual- , en donde la obra abandona
su forma dispersa y da lugar a una lectura continua.
Discurso útil, necesario. Entonces lo comprendemos todo, sin quebrantos
ni fatigas. Es tranquilizador que un
pensamiento tal, ligado al movimiento de una búsqueda que es también
búsqueda del devenir, pueda prestarse a una interpretación de
conjunto. Además, es una necesidad. Inclusive en su misma oposición
a la dialéctica, es menester que ese pensamiento
tenga sus fuentes en ella. Aunque desprendido de un sistema unitario
y entregado a una pluralidad esencial, ese pensamiento debe designar
todavía un centro a partir del cual Voluntad de Poder,
Superhombre, Eterno Retorno, nihilismo, perspectivismo, pensamiento
trágico y tantos otros temas separados, confluyan y se comprendan
de acuerdo con una interpretación única: aunque sea sólo como
los diversos momentos de una filosofía de la interpretación.
Existen dos hablas en Nietzsche.
La una pertenece al discurso filosófico, a ese discurso coherente que
a veces Nietzsche desea llevar a su culminación al componer una
obra de envergadura, análoga a las grandes obras de la tradición.
Los comentaristas lo reconstruyen. Sus textos fragmentarios pueden
considerarse como elementos de este conjunto. El conjunto conserva
su originalidad y su poder. Es esa gran filosofía en donde vuelven
a encontrarse, llevadas a un altísimo grado de incandescencia,
las afirmaciones de un pensamiento concluyente. Es posible entonces
preguntarse si esta filosofía mejora a Kant, si lo refuta,
lo que le debe a Hegel, lo que no acepta de él, si concluye
la metafísica, si la reemplaza, si prolonga una forma de pensamiento
existencial o es esencialmente crítica. Todo ello, en cierta forma,
le pertenece a Nietzsche.
Admitámoslo.
Admitamos que ese discurso continuo es el trasfondo de sus fragmentadas
obras. Pero queda el hecho que Nietzsche no se contenta con ello.
E inclusive, si una parte de sus fragmentos puede ser relacionada
con esa especie de discurso integral, es patente que éste - el
cual constituye la filosofía misma- es superado siempre por Nietzsche,
quien más bien lo supone en lugar de exponerlo, a fin de poder
discurrir más allá, de acuerdo con un lenguaje completamente distinto,
no el lenguaje del todo, sino el del fragmento, el de la
pluralidad y la separación.
Esta habla
del fragmento es difícil de captar sin que se altere.
Inclusive lo que Nietzsche nos ha dicho sobre ella la deja
intencionalmente recubierta. No cabe
duda de que una forma tal del habla señala su rechazo del
sistema, su pasión por la ausencia de acabamiento, su pertenencia
a un pensamiento que sería el de la Versuch y el del Versucher,
que está ligada a la movilidad de la búsqueda, al pensamiento
viajero (el de un hombre que piensa al caminar y de acuerdo
con la verdad de la marcha). También es verdad que resulta
próxima al aforismo pues es un hecho convenido que es en
la forma aforística en la que él sobresale: "El
aforismo, en el que soy el primero de los maestros alemanes,
es una forma de eternidad; mi ambición es decir en diez frases
lo que otro dice y no dice en un libro." ¿Pero es realmente
esa su ambición, y el término "aforismo" corresponde
a la medida de lo que Nietzsche busca? "Yo no soy lo bastante
limitado como para poder caber en un sistema, ni siquiera en el
mío propio". El aforismo es poder que limita,
que encierra. Forma que en forma de horizonte es su propio horizonte.
Con ello se ve lo que tiene también de atractivo, siempre alejada
en sí misma, forma con algo de sombra, de concentrado, de oscuramente
violento que la hace parecerse al crimen de Sade, completamente
opuesta a la máxima, sentencia ésta destinada al uso del bello
mundo y pulida hasta hacerse lapidaria, mientras que el aforismo
es tan insociable como puede serlo un guijarro (Georges Perros).
Pero este guijarro es una piedra de origen misterioso, un grave
meteoro que al caer querría volatilizarse. Habla única, solitaria,
fragmentada pero a título de fragmento ya completa, entera, en
esa repartición, y de un resplandor que no remite a nada estallado.
De este modo, esa habla revela la exigencia de lo fragmentario,
y lo específico de esa exigencia hace que la forma aforística
no pueda convenirle.
El habla
del fragmento ignora la suficiencia, no basta, no se
dice en miras a sí misma, no tiene por sentido su contenido. Pero
tampoco entra a componerse con otros fragmentos para formar un
pensamiento más completo, un conocimiento de conjunto. Lo fragmentario
no precede al todo sino que se dice fuera del todo y después
de él. Cuando Nietzsche afirma: "Nada existe por fuera
del todo", aunque pretenda aligerarnos de nuestra particularidad
culpable y al mismo tiempo recusar el juicio, la medida, la negación
("pues no se puede juzgar al todo, ni medirlo,
ni comparado, ni sobre todo negarlo") el
hecho es que también afirma a la cuestión del todo como
la única dotada de validez, y restaura la idea de totalidad. La
dialéctica, el sistema, el pensamiento como pensamiento del conjunto
vuelven a hallar sus derechos y fundamentan la filosofía como
discurso acabado. Pero cuando dice: "Me parece importante
desembarazarse del todo, de la Unidad... es necesario
desmigajar el Universo, perder el respeto del todo",
ingresa entonces en el espacio de lo fragmentario, asume
el riesgo de un pensamiento que no garantiza ya la unidad.
El habla en donde se revela la exigencia de lo fragmentario, habla no
suficiente pero no por insuficiencia, no acabada (por ser extraña
a la categoría de la realización), no contradice el todo. Por una parte, es necesario respetar el todo y si
no se lo dice por lo menos se lo debe realizar. Somos seres del
Universo y por ello vueltos hacia la unidad todavía ausente. Nuestra
vocación, dice Nietzsche, es "la de someter el Universo".
Pero hay otro pensamiento y una vocación completamente diferentes.
Lo cual quiere decir que la primera, en verdad, no es una verdadera
vocación. Todo está ahora ya cumplido, el Universo nos tocó en
suerte, el tiempo ha concluído, hemos salido de la historia por
la historia misma. Entonces, ¿qué queda todavía por decir, qué
queda todavía por hacer?
El habla
fragmentaria, la de Nietzsche, ignora la contradicción.
He aquí algo que es extraño. Hemos notado, siguiendo a Jaspers,
que no se comprende bien a Nietzsche, que no se le hace justicia
a su pensamiento si cada vez que éste afirma con certeza no se
busca la afirmación opuesta con la que esta certeza está en relación.
Y, en efecto, este pensamiento no deja de oponerse, sin contentarse
jamás consigo mismo, sin contentarse tampoco jamás con esta oposición.
Pero en este punto es necesario de nuevo distinguir. Existe el
trabajo crítico: la crítica de la metafísica, que está
representada principalmente por el idealismo cristiano pero que
está también en toda filosofía especulativa. Las afirmaciones
contradictorias son un momento del trabajo crítico: Nietzsche
ataca al adversario desde muchos puntos de vista a la vez, pues
la pluralidad de puntos de vista es precisamente el principio
que desconoce el pensamiento incriminado. Sin embargo, Nietzsche
no ignora que allí en donde está situado se encuentra obligado
a pensar, está obligado a hablar a partir del discurso que recusa:
pertenece todavía a ese discurso tal como todos nosotros le pertenecemos;
las contradicciones dejan entonces de ser polémicas o inclusive
solamente críticas; lo conciernen en su pensamiento mismo, son
expresión de su enérgico pensamiento, el cual no puede contentarse
con sus propias verdades sin tentarlas, sin ponerlas a prueba,
sin rebasarlas, y volver después sobre ellas. En esta forma
la Voluntad de Poder puede ser tanto un principio de explicación
ontológica, que expresa la esencia, el fondo de las cosas, como
también la exigencia de todo rebasamiento que se rebasa a sí misma
como exigencia. El Eterno Retorno es tanto una verdad cosmológica,
como la expresión de una decisión ética, como el pensamiento del
ser comprendido como devenir, etc. Esas oposiciones nombran una
determinada verdad múltiple y la necesidad de pensar lo múltiple cuando se quiere decir la verdad
de acuerdo con el valor; pero multiplicidad
que es todavía relación con el Uno.
El pensamiento de Nietzsche,
en ese estado, se unifica en el pensamiento del todo como multiplicidad
infinita cuya expresión irrebasable es el Eterno Retorno.
El habla
del fragmento ignora las contradicciones inclusive
cuando ella contradice. Dos textos fragmentarios pueden oponerse,
se colocan en realidad uno después de otro, el uno sin relación
con el otro, el uno relacionado con el otro por ese blanco indeterminado
que no los separa ni los junta, que los lleva hasta el límite
que designan y que sería su sentido, si no escaparan precisamente
allí, en una forma hiperbólica, a toda habla significativa.
El hecho de estar planteado siempre de ese modo en el límite,
le da al fragmento dos características diferentes: es habla de afirmación, y que no afirma nada más que ese más
y ese exceso de una afirmación extraña a la posibilidad y,
sin embargo, además, no es en manera alguna categórica, ni está
fija en una certeza, ni planteada en una positividad relativa
o absoluta, ni mucho menos dice el ser de una manera privilegiada
o se dice a partir del ser, sino que más bien va ya borrándose, deslizándose fuera de sí misma, deslizamiento
que la reconduce hacia sí, en el murmullo neutro de la oposición.
Allí en donde
la oposición no opone sino que yuxtapone,
allí en donde la yuxtaposición da en conjunto lo que se sustrae
a toda simultaneidad, sin sucederse sin embargo, en ese punto
preciso se le propone a Nietzsche una experiencia no dialéctica
del habla. No una manera de decir y de pensar que pretendería
refutar la dialéctica o expresarse contra ella (Nietzsche no deja,
cada vez que tiene oportunidad de hacerlo, de saludar a Hegel
o inclusive de reconocerse en él, como también de denunciar el
idealismo cristiano que lo impulsa), sino de un habla distinta,
separada del discurso, que no niega y en ese sentido no afirma
y que, sin embargo, deja jugar entre los fragmentos, en la interrupción
y la detención, lo ilimitado de la diferencia.
Es menester tomar en serio la despedida dada por Nietzsche al pensamiento
del Dios uno, es decir, del dios Unidad. No se trata para él únicamente de discutir las categorías que rigen el pensamiento
occidental. No basta tampoco simplemente con detener los contrarios
antes de la síntesis que los reconciliaría, ni inclusive con dividir
el mundo en una pluralidad de centros de dominio vital cuyo principio,
principio todavía sintético, sería la Voluntad de Poder. Algo
mucho más atrevido y que, para decirlo con propiedad, lo
atrae al dédalo del extravío antes de exaltarlo hasta el enigma
del retorno, tienta aquí a Nietzsche: el
pensamiento como afirmación del azar, afirmación en donde
el pensamiento se relaciona necesariamente - infinitamente-
consigo mismo por lo aleatorio (que no es lo fortuito), relación
en donde él se da como pensamiento plural.
El pluralismo es uno de los rasgos decisivos de la filosofía
que ha elaborado Nietzsche, pero también en este caso existe la
filosofía y lo que no se contenta con la filosofía. Existe
el pluralismo filosófico, ciertamente muy importante, puesto que
nos recuerda que el sentido es siempre muchos sentidos, que hay
una superabundancia de significaciones y que "Uno siempre
se equivoca" mientras que "la verdad
comienza en dos" y de allí la necesidad de la
interpretación, la cual no es develamiento de una única verdad
oculta, inclusive ambigua, sino lectura de un texto que tiene
muchos sentidos y que no tiene también ningún otro sentido que
el "del proceso, el devenir" que es la interpretación.
Hay pues dos tipos de pluralismo. El uno es filosofía de
la ambigüedad, experiencia del ser múltiple. Y además, este otro
extraño pluralismo, sin pluralidad ni unidad, que el
habla del fragmento lleva en sí como la provocación
del lenguaje, aquel que habla incluso cuando ya todo ha sido dicho.
El pensamiento del superhombre no significa en primera instancia el advenimiento
de éste sino que significa la desaparición de algo que se había
llamado el hombre. El hombre desaparece, él es quien tiene
por esencia la desaparición. En forma que sólo subsiste, en la medida en que
puede decirse que él no ha comenzado todavía. «La humanidad
no tiene todavía un fin (kein Ziel). Pero... si la humanidad
sufre la carencia de un fin, ¿no será porque todavía no hay humanidad?
Apenas ingresa en su comienzo cuando ya ingresa a su fin, cuando
él ya comienza a acabar. El hombre es siempre el hombre del ocaso,
ocaso que no es degeneración, sino por el contrario, el sello
que se puede amar en él, que une, en la separación y la distancia,
la verdad "humana" con la posibilidad de perecer. El
hombre de último rango es el hombre de la permanencia, de la subsistencia,
aquel que no quiere ser el último hombre.
Nietzsche habla
del hombre sintético, totalizado, justificador. Expresiones
notables. Este hombre que totaliza y que tiene por lo tanto relación
con el todo bien sea que él lo instaure o que él tenga su dominio,
no es el superhombre, sino el hombre superior. El hombre
superior es, en el sentido propio del término, el hombre
integral, el hombre del todo y de la síntesis. Reside allí "la
meta que necesita la humanidad". Pero Nietzsche dice
también en el Zarathustra: "El hombre superior no está
logrado (missgeraten). "El no es defectuoso por
haber fracasado, ha fracasado porque ha tenido éxito, ha alcanzado,
su meta ("Una vez llegado a tu meta..., es sobre
tu cima, hombre superior, que tú tropezarás"). Podemos
preguntarnos cuál sería, cuál es el lenguaje del hombre superior.
La respuesta es fácil. Es el discurso también integral como él,
el logos que dice el todo, la seriedad del habla filosófica
(lo propio del hombre superior
es la seriedad de la probidad y el rigor de la veracidad): habla
continua, sin intermitencia y sin vacío, habla de la realización lógica
que ignora el azar, el juego, la risa. Pero el hombre desaparece,
no solamente el hombre fallido, sino el hombre superior, es decir,
logrado, aquel en quien todo, es decir el todo, se ha realizado.
¿Qué significa entonces este fracaso del todo? El hecho de que
el hombre desaparezca - ese hombre del porvenir que es el
hombre del fin - halla su pleno sentido, porque es también
el hombre como todo quien desaparece, el ser en quien el todo
en su devenir se ha hecho ser.
El habla como fragmento tiene relación con el hecho de que el hombre
desaparezca, hecho mucho más enigmático de lo que se piensa, puesto
que el hombre es en cierta forma eterno o indestructible y, siendo
indestructible, desaparece. Indestructible: desaparición. Y también
esa relación es enigmática. Puede en últimas comprenderse - esto
se entiende inclusive con una especie de evidencia- que
lo que habla en el nuevo lenguaje de la ruptura, sólo habla por
la espera, el anuncio de la desaparición indestructible. Es necesario
que lo que se denomina el hombre haya llegado a ser el todo del
hombre y el mundo como todo y que, al haber hecho de su verdad
la verdad universal y del Universo su ya realizado destino, se
comprometa, con todo lo que él es y más todavía, con el ser mismo,
en la posibilidad de perecer para que, liberado de todos los valores
propios de su saber -la trascendencia, es decir, también la inmanencia
, el otro mundo, es decir, también el mundo, Dios, es decir, también
el hombre-, se afirme el habla de la exterioridad. Lo que se
dice fuera del todo y fuera del lenguaje en cuanto lenguaje, lenguaje
de la conciencia, y de la interioridad actuante, dice el todo
y el todo del lenguaje. Que el hombre desaparezca no es nada,
es sólo un desastre a nuestra medida; el pensamiento es también
ese ligero movimiento que arranca de los orígenes. ¿Pero
qué sucede con el pensamiento cuando el ser - la
unidad, la identidad del ser - se ha retirado sin dar cabida
a la nada, a ese muy fácil refugio? ¿ Cuando lo Mismo ya
no es el sentido último del Otro, y la Unidad ya
no es aquello en cuya relación se enuncia lo múltiple?
¿Cuando la pluralidad se dice sin relacionarse con lo Uno?
Entonces, quizá entonces, se deja presentir, no como paradoja
sino como decisión, la exigencia del habla fragmentaria,
de esa habla que, lejos de ser única, no se dice siquiera de lo
uno y no dice lo uno en su pluralidad. Lenguaje: la afirmación
misma, aquella que no se afirma ya en razón ni en miras
a la Unidad. Afirmación de la diferencia,
pero sin embargo jamás diferente. Habla plural.
La pluralidad
del habla plural: habla intermitente,
discontinua que, sin ser insignificante, no habla en razón de
su poder de significar ni de representar. Lo que en ella habla
no es la significación, la posibilidad de dar sentido o de retirarlo,
aunque fuese un sentido múltiple. Ello nos lleva a pretender,
quizá muy apresuradamente, que esa habla se designa a partir de
lo intermedio, que está como en facción alrededor de un punto
de divergencia, espacio de la dis- locación que esa habla
busca rodear, pero que siempre la dicierne, apartándola de sí
misma, identificándola con esa separación, imperceptible diferencia
en donde siempre vuelve a sí misma, idéntica, no idéntica.
Sin embargo,
inclusive si esta especie de acercamiento está en parte fundamentado
- no podemos todavía decidirlo- , nos damos cuenta perfectamente
que no basta reemplazar continuo por discontinuo, plenitud por
interrupción, conjunción por dispersión, para acercamos a esa
relación que pretendemos recibir de ese lenguaje otro. 0, más
precisamente, la discontinuidad no es el simple inverso de lo continuo,
o, como ocurre en la dialéctica, un momento del desarrollo coherente.
La discontinuidad o la detención de la
intermitencia no detiene el devenir sino que, por el contrario,
lo provoca o lo llama en el enigma que le es propio. Tal es la
gran conversión que el pensamiento realiza con Nietzsche:
el devenir no es la fluidez de una duración infinita (bergsoniana)
o la movilidad de un movimiento interminable. La partición - la
división- de Dionisios, tal es el primer saber, la experiencia oscura en donde el
devenir se descubre en relación con lo discontinuo y como juego
de éste. Y la fragmentación del dios no es el renunciamiento atrevido
a la unidad o la unidad que permanece unida al pluralizarse. La
fragmentación es el dios mismo, aquello que no tiene ninguna relación
con un centro, no soporta ninguna referencia originaria y que,
por consiguiente, el pensamiento, pensamiento de lo mismo y de
lo Uno, el de la teología, lo mismo que el de todas las formas
de saber humano (o dialéctico), no podría acoger sin falsear.
El hombre desaparece. Es una afirmación. Pero esa afirmación se desdobla
inmediatamente en pregunta. ¿El hombre desaparece? ¿Y lo que en
él desaparece, la desaparición que él lleva consigo y que lo lleva,
libera el saber, libera el lenguaje de las formas, de las estructuras
o de las finalidades que definen el espacio de nuestra cultura?
En Nietzsche la respuesta se precipita con una decisión casi terrible,
y también sin embargo se retiene, permanece en suspenso. Esto
se traduce de muchas maneras y, en primer lugar, por una ambigüedad
filosófica de expresión. Cuando, por ejemplo, él dice: el hombre
es algo que debe ser rebasado; el hombre debe estar más allá del
hombre; o, en una forma más sorprendente, Zaratustra mismo debe
rebasarse, o inclusive, habla del nihilismo vencido por el nihilismo,
de lo ideal arruinado por lo ideal, cuando él hace esas afirmaciones,
es casi inevitable que esa exigencia de rebasamiento, ese uso
de la contradicción y de la negación para una afirmación que mantiene
lo que suprime al desarrollarlo, nos vuelva a situar en el horizonte
del discurso dialéctico. De ahí tendría que concluirse que Nietzsche,
lejos de rebajar al hombre, lo exalta todavía más dándole por
tarea su realización verdadera: el superhombre
es entonces sólo un modo de ser del hombre, liberado de
sí mismo en miras a sí mismo por el recurso al mayor de los deseos.
Es justo. Hay muchos textos (la mayor parte de ellos) que nos
autorizan a entender al hombre como autosupresión que sólo es
autorrebasamiento, al hombre, afirmación de su propia trascendencia,
bajo la garantía del saber filosófico todavía tradicional y el
comentarista que hegelianice a Nietzsche no podría ser refutado
en lo que a eso respecta.
Y sin embargo,
sabemos que el camino seguido por Nietzsche es completamente distinto,
aunque ese camino haya sido seguido contra él mismo, y que Nietzsche
ha tenido siempre conciencia, hasta rayar en el sufrimiento, de
la presencia de una ruptura tan violenta que logra dislocar la
filosofía dentro de la filosofía. Rebasamiento, creación, exigencia
creadora: podemos encantarnos con esos términos, podemos abrirnos
a su promesa, pero tales términos no afirman finalmente nada fuera
de su propio desgaste si nos retienen todavía junto a nosotros
mismos, bajo el cielo de los hombres, prolongado apenas hasta
el infinito. Rebasamiento quiere decir
rebasamiento sin fin, y nada es tan ajeno a Nietzsche como un
tal porvenir de elevación continua. ¿Sería entonces el superhombre
sencillamente el hombre mejorado, conducido hasta el extremo de
su conocimiento y de su esencia? En verdad, ¿qué es el superhombre?
No lo sabemos y Nietzsche, en sentido estricto, no lo sabe. Sabemos
solamente lo que significa el pensamiento del superhombre:
el hombre desaparece, afirmación que es conducida hasta sus límites
cuando se desdobla en la pregunta: ¿el hombre desaparece?
El habla del fragmento no es el habla en donde
ya se dibujaría como a contraluz - en blanco- el sitio
en donde el superhombre tomará sitio. Es habla de intermedio.
Lo intermedio no es el intermediario entre dos momentos, dos tiempos,
el del hombre ya desaparecido - ¿pero el hombre desaparecerá?
- y el del superhombre, aquel en que lo pasado está por venir
- ¿pero vendrá el superhombre y por qué caminos? El habla
del fragmento junta al uno con el otro, más bien los separa,
es, mientras habla al hablar se silencia la desgarradura móvil
del tiempo que mantiene hasta el infinito las dos figuras en donde
gira el saber. En esa forma, al señalar por una parte la ruptura,
le impide al pensamiento pasar gradualmente del hombre al superhombre,
es decir, pensar de acuerdo con la misma medida o inclusive de
acuerdo con medidas solamente diferentes, es decir, pensarse a
sí mismo de acuerdo con la identidad y la unidad. Por otra parte,
señala algo más fuera de la ruptura. Si
la idea del rebasamiento - entendida sea en un sentido hegeliano,
o sea en un sentido nitzscheano: creación que no se conserva sino
que destruye-, no puede bastarle a Nietzsche, si pensar
no es solamente trans- pasar, si la afirmación del
Eterno Retorno se comprende (en primer lugar) como el fracaso
del rebasamiento, ¿nos abre el habla fragmentaria
a esa "perspectiva", nos permite hablar en esa dirección?
Tal vez, pero en una forma inesperada. No es ella quien anuncia
la ronda por sobre lo que era aquí, allá, y en cualquier
otra parte"; no es premonitoria; en sí misma, no anuncia
nada, no representa nada; ni es profética ni escatológica. Todo
ha sido ya anunciado, cuando ella se enuncia, comprendida la eterna
repetición de lo único, la más vasta de las afirmaciones. Su papel
es más extraño. Es como si cada vez
que lo extremo se dice, ella llamara al pensamiento
hacia el exterior (no hacia más allá), señalándole por
su fisura que el pensamiento ya ha salido de sí
mismo, que está fuera de sí, en relación - sin relación-
con una exterioridad de donde está excluído en la medida
en que cree poder incluirla y que en cada oportunidad, necesariamente,
constituye en realidad la inclusión en donde se encierra.
Y es todavía decir demasiado de esta habla al afirmar que "llama"
al pensamiento, como si detentara alguna exterioridad absoluta
que ella tendría por función hacer resonar como lugar jamás situado.
No dice, con relación a lo que ya ha sido dicho, nada nuevo, y
si a Nietzsche le hace comprender que el
Eterno Retorno (en donde se afirma eternamente
todo lo que se afirma) no podría ser
la última afirmación, no es porque ella afirme algo más, es porque
lo repite en el modo de la fragmentación.
En ese sentido, está "ligada" con la revelación del Eterno Retorno.
El Eterno Retorno dice el tiempo como
eterna repetición, y el habla del fragmento repite esta repetición quitándole toda eternidad. El
Eterno Retorno dice el ser del devenir, y la repetición lo repite
como la incesante cesación del ser. El Eterno Retorno dice el
eterno retorno de lo Mismo, y la repetición dice el rodeo en donde
lo Otro se identifica con lo Mismo para llegar a ser la no- identidad
de lo Mismo y para que lo Mismo llegue a su vez, en su retorno
que extravía, siempre distinto a sí mismo. El Eterno Retorno dice,
habla extraña, maravillosamente escandalosa,la eterna repetición
de lo único, y la repite como la repetición sin origen, el recomienzo
en donde recomienza lo que sin embargo jamás ha comenzado. Y en
esa forma, repitiendo hasta el infinito la repetición, la hace
en cierta forma paródica, pero al mismo tiempo la sustrae a todo
lo que tiene poder de repetir: a la vez porque la dice como afirmación
no identificable, irrepresentable, imposible de reconocer, y porque
la arruina al restituírla, bajo las especies de un murmullo indefinido,
al silencio que él arruina a su vez haciéndolo escuchar como el
habla que, desde el más profundo pasado, desde lo más lejano del
porvenir, ya ha hablado siempre como habla siempre aún por venir.
Yo anotaría que
la filosofía de Nietzsche deja de lado la filosofía
dialéctica, no tanto discutiéndola sino, más bien repitiéndola,
es decir, repitiendo los principales conceptos o momentos que
ella desvía: así, por ejemplo, la idea de la contradicción, la
idea del rebasamiento, la idea de la transvaloración, la idea
de la totalidad y sobre todo, la idea de la circularidad, de la
verdad o de la afirmación como circular.
El habla del fragmento no
es habla más que en último término. Esto
no quiere decir que ella sólo hable al fin, sino que atraviesa
y acompaña, en todos los tiempos, todo saber, todo discurso, con
otro lenguaje que lo interrumpe llevándolo, en la forma
de un redoblamiento, hacia la exterioridad en donde
habla lo ininterrumpido, el fin que no acaba. En la estela
de Nietzsche esa habla
hace entonces siempre alusión al hombre que desaparece no
desapareciendo, al superhombre que viene sin venir, e inversamente,
al superhombre ya desaparecido, al hombre no llegado todavía:
alusión que es el juego del olvido y de lo indirecto. Confiarse
a ella es excluírse de toda confianza. De toda confianza: de toda
desconfianza, comprendida la fuerza del desafío mismo. Y cuando
Nietzsche dice: "El desierto crece", ella
ocupa el lugar de ese desierto sin ruinas, con la única diferencia
de que en ella la devastación siempre más vasta está contenida
siempre en la dispersión de los límites. Devenir de inmovilidad.
Ella se guarda de desmentir que pueda parecer hacerle el juego
al nihilismo y prestarle, en su no conveniencia, la forma que
le conviene. Cuántas veces deja atrás sin embargo este poder de
negación. No es que el burlarlo lo deje sin papel. Le deja, por
el contrario, el campo libre. Nietzsche ha
reconocido - es ese el sentido de su incesante crítica
platónica- que el ser era luz y ha sometido
la luz del ser a la acción de la mayor sospecha. Momento decisivo
en la destrucción de la metafísica y, ante todo, de la
ontología. La luz le da como medida al pensamiento
la pura visibilidad. Pensar es desde ese momento
ver claro, mantenerse en la evidencia, someterse al día que hace
aparecer todas las cosas en la unidad de una forma, es hacer elevar
el mundo bajo el cielo de luz, como la forma de las formas, siempre
iluminada y juzgada por el sol que no se oculta. El sol
es la superabundancia de claridad que da vida, pero al mismo tiempo
el formador que sólo retiene la vida en la particularidad de una
forma. El sol es la soberana unidad de la luz, es bueno, él es
el Bien, el Uno superior que nos hace respetar todo lo que está
"encima" como el único lugar visible del ser. Nietzsche
no critica en un principio en la ontología
más que su degeneración en metafísica, el momento en que
con Platón la luz
se hace idea y hace de la idea la supremacía de
lo ideal. Sus primeros libros -y casi en todas sus
obras hay un recuerdo de sus primeras preferencias- mantienen
el valor de la forma y, frente al oscuro terror dionisíaco, la
tranquila dignidad luminosa que nos protege del pavoroso
abismo. Pero tal como Dionisios al dispersar a Apolo
se convierte en el único poder sin unidad que se mantiene todo
lo divino, Nietzsche busca poco a poco liberar el pensamiento
relacionándolo con lo que no se deja comprender ni como claridad
ni como forma. Tal es en definitiva el papel de la Voluntad de Poder. No es como poder como se impone
en principio el poder de la voluntad, y no es como violencia dominadora
como la fuerza se convierte en lo que es indispensable pensar.
Pero la fuerza escapa a la luz; no es algo que solamente
estaría privado de luz, la oscuridad que aspira todavía al día;
es, escándalo de los escándalos, algo que escapa a toda referencia
óptica; y, en consecuencia, si bien siempre actúa exclusivamente
bajo la determinación y en los límites de una forma, siempre la
forma - la disposición de una estructura- , la deja
escapar. Ni visible ni invisible.
"¿Cómo comprender la fuerza o la debilidad en términos de claridad y oscuridad?" (Jacques Derrida). La forma
deja escapar la fuerza, pero lo
informe no la recibe. El caos, lo indiferenciado sin
límites, de donde se desvía toda mirada, ese lugar metafórico
que organiza la desorganización, no le sirve de matriz. Sin relación
alguna con la forma, inclusive cuando éste se abriga en la profundidad
amorfa, negándose a dejarse alcanzar por la claridad y la no claridad,
la "fuerza" ejerce sobre
Nietzsche un atractivo hacia el cual él también siente repulsión
("Bochorno del poder"), pues ella interroga al
pensamiento en términos que van a obligarlo a romper con su historia.
¿Cómo pensar la "fuerza", cómo
decir la "fuerza"?
La fuerza dice la diferencia. Pensar la fuerza es pensarla
por la diferencia. Esto se entiende en primer lugar de
una manera cuasi analítica: quien dice la fuerza la dice siempre
múltiple; si hubiera unidad de fuerza, la fuerza no se daría.
Gilles Deleuze ha expresado este hecho con una decisiva simplicidad.
"Toda fuerza está en una relación
esencial con otra fuerza. El ser de la fuerza es plural, sería
absurdo pensarlo en singular." Pero la fuerza no es
solamente pluralidad. Pluralidad de fuerzas quiere
decir fuerzas distintas, que se relacionan entre sí por la distancia
que las pluraliza y que son en ella como la intensidad
de su diferencia. ("Es desde lo alto de
ese sentimiento de distancia, dice Nietzsche, que uno se
arroga el derecho de crear valores o de determinarlos: ¿qué importa
la utilidad") En esa forma, la distancia que separa las
fuerzas, es también su correlación y, de una manera todavía más
característica, es no solamente lo que desde el exterior las distingue
sino lo que desde dentro constituye la esencia de su distinción.
Dicho de otra manera: lo que las tiene a distancia desde el exterior,
es sólo su intimidad, por la que actúan y subsisten, no siendo
por consiguiente reales dado que no tienen realidad en sí mismas,
sino sólo relaciones, relaciones sin términos. Ahora
bien, ¿qué es la Voluntad de Poder? "Ni un ser,
ni un devenir, sino un pathos": la pasión de la diferencia.
La intimidad de la fuerza es exterioridad. La exterioridad así afirmada no es
la tranquila continuidad espacial y temporal, continuidad cuya
clave nos la da la lógica del logos - el discurso
sin solución de continuidad. La exterioridad
- tiempo y espacio- es siempre exterior a sí misma.
No es correlativa, centro de correlaciones, sino que instituye
la relación a partir de una interrupción que no une. La diferencia es la retención de la exterioridad; lo
exterior es la exposición de la diferencia, diferencia y exterior
designan la distancia original - el origen que es la disyunción
misma y siempre cortada de sí misma. La disyunción, allí en donde
el tiempo y el espacio se juntan disyuntándose, coincide con lo
que no coincide, la no coincidente que de antemano aleja de toda
unidad.
Tal como alto,
bajo, noble, innoble, señor, esclavo no tienen en sí mismos sentido,
ni valores establecidos, sino que afirman la fuerza en su diferencia
siempre positiva (es esta una de las más seguras anotaciones de
Deleuze; jamás la relación esencial de
una fuerza con otra es concebida como un elemento negativo),
también la fuerza siempre
plural, si no para Nietzsche sí por lo menos para el Nietzsche
que solicita la escritura fragmentaria, parece plantearse únicamente
para someter el pensamiento a la prueba de la diferencia, no siendo
ésta derivada de la Unidad ni tampoco implicándola. Diferencia
que no se puede sin embargo llamar primera, como si, al inaugurar
un comienzo, remitiera, paradójicamente a la Unidad como segundo
término. Sino diferencia que siempre difiere y en esa forma no
se da jamás en el presente de una presencia, o no se deja aprehender
en la visibilidad de una forma. Difiriendo en cierta forma de
diferir y, en ese desdoblamiento que la sustrae a sí misma, afirmándose
como la discontinuidad misma, la diferencia
misma. Aquella que está en juego allí en donde actúa la
disimetría como espacio, la discreción o la distracción como tiempo,
la interrupción como habla y el devenir como el campo "común"
de esas otras tres relaciones de dehiscencia.
Puede suponerse
que si con Nietzsche el pensamiento ha tenido necesidad
de la fuerza concebida
como "juego de fuerzas y ondas de fuerzas" para
pensar la pluralidad y para pensar la diferencia, exponiéndose
así a sufrir todos los avatares de un aparente dogmatismo, es
porque tiene el presentimiento de qué la diferencia
es movimiento o, más exactamente, determina el tiempo y
el devenir en donde ella se inscribe, tal como el Eterno Retorno hará presentir que la diferencia se experimenta
como repetición y la repetición es diferencia. La diferencia no es regla intemporal, fijación de ley.
Es, como lo ha descubierto Mallarmé poco más o menos
por esa misma época, el espacio en cuanto "se espacia
y se disemina" y el tiempo: no la homogeneidad orientada
del devenir, sino el devenir cuando éste "se interrumpe,
se intima", y en esa interrupción no se continúa sino
que se descontinúa; de allí sería necesario concluir que la diferencia, juego del tiempo y del espacio, es el
juego silencioso de las relaciones, "la múltiple
desenvoltura" que rige la escritura, lo cual equivale
a afirmar atrevidamente que la diferencia, esencialmente, escribe.
"El
mundo es más profundo que lo que el día lo piensa." Con ello N¡etzsche no se contenta con recordar la noche estigiana.
Sospecha mucho más, interroga más profundamente. ¿Por qué dice
Nietzsche, esa relación entre el día, el pensamiento y el mundo?
¿Por qué lo que decimos del día, lo decimos también con confianza
del pensamiento lúcido y, en esa forma, creemos tener el poder
de pensar el mundo? ¿Por qué la luz y el vernos proporcionan todos
los modos de aproximación de los que querríamos que el pensamiento
- para pensar el mundo- esté provisto? ¿Por qué la
intuición - la visión intelectual- no es propuesta
como el gran don de que estarían privados los hombres? ¿Por qué
ver las esencias, las Ideas, por qué ver a Dios? Pero el mundo
es más profundo. Y tal vez se responda que cuando se habla
de la luz del ser se está usando un lenguaje metafórico.
Pero, ¿por qué, entre todas las metáforas
posibles, predomina la metáfora óptica? ¿ Por qué esta luz,
la cual, en cuanto metáfora, se ha convertido en la fuente y el
recurso de todo conocimiento y ha subordinado así todo
conocimiento al ejercicio de una (primera) metáfora? ¿Por qué
este imperialismo de la luz?
Estas preguntas
están latentes en Nietzsche, a veces en suspenso, cuando
construye la teoría de perspectivismo,
es decir, del punto de vista,
teoría que Nietzsche, es verdad, arruina, al llevarla a su término.
Preguntas latentes, preguntas que están en el fondo de la crítica
de la verdad, de la razón y del ser. El nihilismo es invencible
mientras que, al someter el mundo al pensamiento del ser, acojamos
y busquemos la verdad a partir de la luz de su sentido, pues es
quizá en la luz misma en donde él se disimula. La luz
alumbra; esto quiere decir que la luz se oculta, allí reside su
carácter malicioso. La luz alumbra: lo que está iluminado se presenta en una
presencia inmediata, que descubre sin descubrir lo que lo manifiesta.
La luz borra sus huellas; invisible, hace visible; garantiza
el conocimiento directo y asegura la presencia plena, mientras
que se retiene a sí misma en lo indirecto y se suprime como presencia.
Su engaño consistiría entonces en sustraerse en una ausencia resplandeciente,
infinitamente más oscura que ninguna oscuridad, puesto que aquella
que le es propia es el acto mismo de la claridad, puesto que la
obra de la luz sólo se realiza allí, en donde la luz nos hace olvidar que algo que es como la luz está actuando (haciéndonos así olvidar en la evidencia
en donde se guarda, todo lo que supone, esa relación con la unidad
a la cual remite y que es su verdadero sol). La
claridad: la no luz de la luz; el no ver del ver. La luz es engañosa,
en esa forma (por lo menos) doblemente: porque nos engaña sobre
ella y nos engaña dando por inmediato lo que no lo es, como simple
lo que no es simple. El día es un falso día no porque haya
un día más verdadero sino porque la verdad del día, la verdad
sobre el día, está disimulada por el día; es sólo bajo esa condición
como vemos claro: a condición de no ver la claridad
misma. Pero lo más grave - en todo caso, lo más preñado de
consecuencias- sigue siendo la
duplicidad con que la luz nos hace entregarnos al acto
de ver, como a la simplicidad, y nos propone la inmediatez como
el modelo del conocimiento, mientras que esa misma luz sólo actúa
haciéndose disimuladamente mediadora, por una dialéctica de ilusión
en donde se nos escapa.
Parece como si
Nietzsche pensara o más exactamente, escribiera (cuando
él se somete a la exigencia de la escritura
fragmentaria) bajo una doble sospecha que lo inclina
a un doble rechazo: rechazo de lo inmediato y rechazo de la mediación.
Es de lo verdadero, sea que éste se nos dé por el movimiento desarrollado
del todo o en la simplicidad de una presencia manifiesta surja
al final de un discurso coherente o se afirme de entrada en un
habla directa, plena y unívoca, es de lo verdadero, en alguna medida inevitable, de lo que debemos
intentar alejamos, si queremos,"nosotros, filósofos
del más allá, más allá del Bien y del Mal", hablar,
escribir en dirección de lo desconocido. Doble ruptura,
tanto más dominante puesto que jamás puede realizarse, puesto
que sólo se realiza como sospecha. Y sospecha que
es todavía una mirada, lo oblicuo de la visión directa. El vacío
de la evidencia, la ficción de lo verdadero, la duplicidad de
lo único, el alejamiento de la presencia, la carencia del ser:
esto es poco, si es además necesario sospechar de la sospecha,
volver a hallar en la perfidia de los ojos semicerrados ("que
guiñan") la confianza de la entera claridad, en la mentira
el ímpetu de lo verdadero, en el Otro inclusive lo Mismo, en el
devenir siempre el ser. Y en el habla que denuncia todo
esto, el sentido que no es más que la luz que siempre
se anuncia, a través de la transparencia de una forma estable,
como visible.
"¿Y saben ustedes lo que es el 'mundo para mí'?
¿Quieren ustedes que se lo muestre en mi espejo?"
Nietzsche piensa el mundo: esa
es su preocupación. Y cuando piensa el mundo, ya sea como
"un monstruo de fuerzas", "ese mundo- misterio
de la voluptuosidades dobles", "mi mundo dionisíaco"
o como el juego del mundo, ese mundo que tenemos delante,
el enigma que es la solución de todos los enigmas, no es el ser
lo que él piensa. Por el contrario, con razón o sin ella, Nietzsche
piensa el mundo para liberar el
pensamiento tanto de la idea del ser como de la idea del
todo, de la exigencia de sentido como de la exigencia
del Bien: para liberar el pensamiento del pensamiento,
obligándolo, no a abdicar, sino a pensar más de lo que puede pensar,
a pensar otra cosa fuera de sus posibles. 0 aun a hablar diciendo
ese "más", ese "además" que
precede y sigue a toda habla. Se puede criticar
ese procedimiento; no se puede renunciar a lo que se anuncia en
él. Para Nietzsche, ser, sentido, meta, valores, Dios,
y el día y la noche y el todo y la Unidad sólo tienen validez
dentro del mundo, pero el
"mundo" no se puede pensar, no se puede decir
como sentido, como todo:
menos aún como otro- mundo. El mundo
es su exterior mismo: la afirmación
que desborda todo poder de afirmar y que es, en lo incesante
de la discontinuidad, el juego de
su perpetuo redoblamiento - Voluntad de
Poder, Eterno Retorno.
Nietzsche se expresa todavía de otra manera: "El
mundo, el infinito de la interpretación (el despliegue
de una designación al infinito)". De allí la obligación
de interpretar. ¿Pero quién, entonces, interpretará? ¿El
hombre? ¿Y qué clase de hombre? Nietzsche responde: No
se tiene el derecho de preguntar, '¿quién es entonces quien
interpreta? El interpretar mismo, forma de la voluntad
de poder, es lo que existe (no como 'ser' sino como 'proceso',
como 'devenir') en cuanto pasión" (1).
Fragmento: rico en enigmas. Puede entendérselo - y esto
le ocurre a Nietzsche- como si la filosofía tuviera que ser filosofía
de la interpretación. El mundo está por interpretar, la interpretación es múltiple. Nietzsche
dirá inclusive que "comprenderlo todo" sería
"desconocer la esencia del conocimiento", pues
la totalidad no coincide con la medida de lo que hay que comprender,
ni ella agota el poder de interpretar (interpretar implica que no haya término). Pero Nietzsche
va todavía más lejos: "Unsere Werte- sind in die
Dinge hineinterpretiert: nuestros valores son introducidos en
las cosas por el movimiento que interpreta." ¿Estaríamos
entonces ante un subjetivismo integral, las cosas no tienen
otro sentido que el que les da el sujeto que las interpreta según
su real entender? "No hay hecho en sí, dice
Nietzsche, siempre debe comenzarse por introducir un sentido
para que pueda haber un hecho". Sin embargo, en
nuestro fragmento, Nietzsche destrona al "¿quién?" (2),
no autoriza ningún sujeto interpretativo, no reconoce la interpretación más que como el devenir neutro, sin
sujeto y sin complemento, del interpretar mismo, el cual no es
un acto sino una pasión y, a ese título, posee "Dasein"
un Dasein sin Sein, como corrige Nietzsche inmediatamente.
El interpretar, el movimiento
de interpretar en su neutralidad, es algo que no puede tenerse
por un medio de conocimiento, el instrumento del cual dispondría
el pensamiento para pensar el mundo. El mundo no es objeto
de interpretación, tal como no le conviene a la interpretación
darse un objeto, aunque éste fuese ilimitado, del cual ella se
distinguiría. El mundo: el infinito del interpretar. Interpretar: el infinito: el mundo. Esos tres términos sólo
pueden ser dados en una yuxtaposición que no los confunde, no
los distingue, no los pone en relación y, en esa forma, responde
a la exigencia de la escritura fragmentaria.
"Nosotros, filósofos del más allá..., que somos
en realidad intérpretes y augures maliciosos; nos ha tocado estar
colocados como espectadores de las cosas europeas, ante un texto
y todavía no descifrado..." Puede entenderse lo dicho
como afirmación de que el mundo
es un texto y que sólo se trata de llevar su exégesis a buen
término, con el objeto de que revele su sentido justo: trabajo
de probidad filológica. ¿Pero escrito por quién? ¿E interpretado
con relación a qué significación previa? El mundo no tiene sentido,
el sentido es interior al mundo;
el mundo: la exterioridad del sentido y del no sentido. Aquí,
puesto que se trata de un acontecimiento interior a la historia
-las cosas europeas- , aceptamos que contenga una especie
de verdad. ¿Pero si se trata del "mundo"? ¿Y si se trata
de la interpretación -del movimiento neutro del interpretar, el
cual no tiene ni objeto ni sujeto, del infinito de un movimiento
que no se relaciona con nada fuera de sí mismo (y esto es todavía
mucho decir, pues es movimiento sin identidad), que en todo caso
no tiene nada que lo preceda con qué relacionarse y ningún término
capaz de determinarlo? ¿Del interpretar, ser sin ser, pasión y
devenir de diferencia? El texto
entonces bien merece ser calificado de misterioso: no quiere esto
decir que contendría un misterio que sería su sentido, sino que,
si él es un nuevo nombre para el mundo
-ese mundo, enigma, solución de todos los enigmas-, si
es la diferencia que está en juego en el movimiento de interpretar
y está en él como lo que en éste lleva siempre a diferir, a repetir
definiendo, si, en fin, en el infinito de su dispersión (y en
esto, Dionisios), en el juego de su fragmentación y, para ser
más exactos, en el desbordamiento de lo que lo sustrae, afirma
ese más de la afirmación que no se mantiene bajo la exigencia
de una claridad, ni se da en la forma de una forma, entonces ese
texto que ciertamente no ha sido aún escrito, tal como
el mundo no ha sido producido de una vez por todas, ese texto, sin separarse del movimiento de escribir en su
neutralidad, nos da la escritura
o, más bien, por él la escritura
se da como aquello que al alejar el pensamiento de todo visible y todo invisible,
puede liberarlo de la primacía de la significación, comprendida
como luz o retiro de la luz, y quizá liberarlo de la exigencia
de la Unidad, es decir, de la primacía de toda primacía, puesto
que la escritura es diferencia, puesto que la diferencia
escribe.
Al pensar
el mundo Nietzsche lo piensa
como un texto ¿Se trata una metáfora?
Al pensar el mundo a esa profundidad que el día no alcanza, introduce
una metáfora que parece restaurar al día en sus derechos; pues,
¿qué es un texto? Un conjunto
de fenómenos que se mantienen bajo la vista y ¿qué es escribir
sino dar a ver, hacer aparecer, llevar a la superficie?
Nietzsche no tiene buena idea del lenguaje.
"El lenguaje está fundamentado sobre el más ingenuo de
los prejuicios. Si nuestra lectura, al leer las cosas, descubre
problemas, desarmonías, es porque pensamos en la forma del lenguaje
y desde ese momento ponemos nuestra fe en 'la eterna verdad' de
la 'razón' (por ejemplo: sujeto, predicado, etc.). Dejamos de
pensar desde el momento en que queremos no pensar bajo la presión
del lenguaje". Dejemos de lado la objeción según la cual
es todavía en forma de lenguaje
como Nietzsche denuncia al lenguaje. No respondamos tampoco designando
en la palabra, potencia de falsificación, esa buena voluntad de
ilusión que sería propia del arte. La primera objeción nos arroja
a la dialéctica; la segunda nos remite a Apolo quien, habiendo
sido dispersado desde hace mucho en Dionisios,
no podría ampararnos e impedir que perezcamos si chocamos alguna
vez con lo verdadero. ("Tenemos el arte para que la verdad
no nos haga perecer." Frase que sería la más despectiva
que pueda pronunciarse jamás sobre el arte si no se invirtiera
inmediatamente para decir: ¿Pero tenemos nosotros el arte? ¿Y tenemos nosotros la verdad,
así fuese a cambio de perecer? ¿Y es que al morir, perecemos?
"Pero el arte es de una seriedad terrible.")
El mundo: un texto; el mundo: "juego divino más allá del Bien
y del Mal". Pero el mundo no está significado en
el texto; el texto no hace al mundo visible, legible, aprehensible
en la articulación móvil de las formas. El escribir no remite a ese texto absoluto que nosotros
tendríamos que reconstruir a partir de fragmentos, en las lagunas
de la escritura. No es tampoco a través de los resquicios de lo
que se escribe, en los intersticios así delimitados, en las pausas
así ordenadas, por los silencios así reservados, como el mundo,
lo que siempre desborda al mundo, se testimonia en la infinita
plenitud de una afirmación muda. Pues es entonces, so pena de
caer en complicidad con un misticismo ingenuo e indigente, cuando
sería necesario reír y retirarse diciendo en esa risa: Mundus
est fabula. En el Crepúsculo de los dioses, Nietzsche
precisa su sospecha sobre el lenguaje; es la misma sospecha que
abriga sobre el ser y sobre la Unidad. El lenguaje implica
una metafísica, la metafísica. Cada vez que hablamos,
nos ligamos al ser, decimos, aunque sea en forma subentendida,
el ser, y mientras más brillante es nuestra habla, más brilla
con la luz del ser. "En efecto, nada tiene hasta ahora una
fuerza de persuasión mas ingenua que el error del ser... pues
él está en cada palabra, en cada frase que pronunciamos."
Y Nietzsche agrega, con una profundidad que no ha cesado de sorprendernos:
"Temo que jamás logremos deshacernos
de Dios, pues creemos todavía en la gramática" Sin embargo, ello ocurre "hasta ahora".
Teniendo en cuenta tal restricción, ¿debemos concluir que
estamos en un momento de cambio - traído por la necesidad-
en que, en cambio de nuestro lenguaje, por el juego de su diferencia
hasta ahora replegada en la simplicidad de una visión e igualada
en la luz de una significación, se desprendería otro tipo de exteriorización,
la cual, en ese hiato abierto en ella, en la disyunción que es
su espacio, dejaría de abrigar a esos huéspedes insólitos por
demasiado frecuentes, tan poco tranquilizadores por ser tan seguros,
embozados pero cambiantes sin cesar bajo sus máscaras, a saber
la divinidad en forma de logos, el nihilismo como razón?
El mundo,
el texto sin pretexto, el entrelazamiento sin trama y sin textura.
Si el mundo de Nietzsche
no se nos entrega en un libro y con mucha mayor razón en ese libro
que le fue impuesto por el enfatuamiento de la cultura bajo el
título de la Voluntad de poder, es porque él nos llama
fuera del lenguaje que es la metáfora de una metafísica, habla
en donde el ser está presente en la luz doble de una representación.
No se desprende de allí el que ese mundo sea indecible, ni que
pueda expresarse en una manera de decir. Nos advierte solamente
que si estamos seguros de no tenerlo jamás en una habla ni fuera
de ella el único destino que conviene es que el lenguaje, en perpetua
continuidad, en perpetua ruptura, y sin tener otro sentido que
esa continuidad y esa ruptura, ya se calle o ya hable, juego siempre
jugado, siempre deshecho, persista indefinidamente sin cuidarse
de tener algo - el mundo- que decir, ni alguien - el
hombre con la estatura del superhombre- para decirlo. Como
si no tuviera otra oportunidad de hablar del "mundo"
a no ser hablándose de acuerdo con la exigencia que le es propia,
la de hablar sin cesar y, según esta exigencia que es la de la
diferencia, dejando siempre de hablar. ¿El mundo? ¿Un texto?
El mundo remite el texto al texto,
tal como el texto remite el mundo a la afirmación del mundo.
El texto: seguramente una metáfora,
la cual, sin embargo, si ese texto no pretende seguir siendo la
metáfora del ser, no es tampoco la metáfora de un mundo liberado
del ser: metáfora cuando más de su propia metáfora.
Esta continu¡dad
que es ruptura, esta ruptura que no interrumpe, esta perpetuidad
de la una y de la otra, de una interrupción sin interrupción,
de una continuidad sin continuidad, ni progreso de un tiempo,
ni inmovilidad de un presente, perpetuidad que nada perpetúa,
no dura nada, no cesa nunca, retorno y no retorno de una atracción
sin atract1vo: ¿es eso el mundo? ¿es eso el lenguaje? ¿el
mundo que no se dice? ¿el lenguaje que no tiene que decir mundo?
¿El mundo? ¿Un texto?
Fragmentos, azar, enigma; Nietzsche piensa esas palabras
en conjunto, particularmente en el Zaratustra.
Su tentación es entonces doble. Por una parte, siente dolor,
errante entre los hombres, al verlos sólo bajo la forma de fragmentos,
siempre divididos, esparcidos, como en un campo de carnicería
o de matanza. Se propone entonces, gracias al esfuerzo del acto
poético, llevar juntos e inclusive conducir hasta la Unidad
- unidad del porvenir- esos fracasos, esos despojos y azares
del hombre: sería este el trabajo del todo, la realización de
lo integral. "Und das ist mein Dichten und Trachten,
dass ich in Eins dichte und zusammentrage,was Bruchstrück
ist und Rätsel und grauser Zufall: Y
todo el denso designio de mi acto poético es conducir poéticamente
a la Unidad al llegar al conjunto lo que es sólo fragmento, enigma,
azar atroz."
Pero su Dichten,
su decisión poética, tiene también una dirección completamente
distinta. Redentor del azar: tal es el nombre que reivindica.
¿Qué significa esto?. Salvar el azar
no quiere decir hacerlo entrar en la serie de las condiciones;
eso no sería salvarlo sino perderlo. Salvar el azar es guardarlo a salvo de todo que le impediría afirmarse
como el azar pavoroso, aquel que
no podría abolir el tiro de los dados. E igualmente, ¿qué sería
descifrar el enigma? ¿Descifrar (interpretar) el enigma sería simplemente hacer pasar lo desconocido
a lo conocido, o todo lo contrario, quererlo como
enigma en el habla que lo elucida, es decir, abrirlo, más
allá de la claridad del sentido, a ese lenguaje otro que
no rige la luz ni oscurece la ausencia de luz. Según esto, los despojos, los fragmentos no deben aparecer
como momentos de un discurso todavía incompleto, sino como ese
lenguaje, escritura de fractura, por la cual el azar, al nivel
de la afirmación, sigue siendo aleatorio y el enigma se libera
de la intimidad de su propio secreto para, al escribirse, exponerse
como el enigma mismo que mantiene la escritura, dado que esta
lo vuelve a abrigar siempre en la neutralidad de su propio enigma.
Cuando Nietzsche
escribe "Y mi mirada bien puede huir del 'ahora' al 'ayer';
pero lo que siempre encuentra es lo mismo: despojos, fragmentos,
azares horribles - pero en ninguna parte a los hombres",
nos obliga a interrogarnos de nuevo, no sin espanto ¿es
que habría alguna incompatibilidad entre la verdad del fragmento
y la presencia de los hombres? ¿Allí en donde hay hombres,
está prohibido mantener la afirmación del azar, de la escritura
sin discurso, el juego de lo desconocido? ¿Qué significa, sí es
que la hay, esta incompatibilidad? Por una parte, el mundo, presencia,
transparencia humanas; por otra, la exigencia que hace temblar
la tierra, "cuando retumban, creadoras y nuevas, las palabras,
y los dioses lanzan los dados". 0 para ser precisos, ¿deben
los hombres desaparecer en alguna forma para comunicar?
Pregunta solamente planteada y que, en esa forma, no está
ni siquiera todavía planteada como pregunta. Con mucha mayor razón
si se la continúa así: - el Universo (lo que está vuelto
hacia el Uno), el Cosmos (con la presunción de un tiempo físico
orientado, continuo, homogéneo, aunque irreversible y evidentemente
universal e inclusive suprauniversal), lejos de reducir al hombre
con su sublime majestad a esa nada que aterraba a Pascal,
¿no serían la salvaguarda y la verdad de la presencia humana?
¿Y esto no por el hecho de que al concebirlo así los hombres construyeran
todavía el cosmos de acuerdo con una razón que sería únicamente
suya, sino porque sólo habría realmente cosmos, Universo, todo,
por la sumisión a la luz que representa la realidad humana, cuando,
ella es presencia, mientras que allí en donde surgen el
"conocer", el escribir, quizá el hablar, se trata de
un "tiempo" absolutamente diferente y de una ausencia
tal que la diferencia que la rige, desconcierta, descentra la
realidad misma del Universo, el Universo como objeto real del
pensamiento? Dicho en otra forma, ¿no habría solamente incompatibilidad entre el hombre
y el poder de comunicar que es su exigencia más propia sino que
ésta se daría también entre el Universo - sustituto de un
Dios y garantía de la presencia humana- y el habla sin huellas
en donde la escritura sin embargo nos llama y nos llama en cuanto
hombres?
Interpretar:
el infinito: el mundo. ¿El mundo? ¿Un texto? El texto: el movimiento de escribir
en su neutralidad. Cuando,
al plantear esos términos, los planteamos con el cuidado de mantenerlos
fuera de sí mismos sin hacerlos salir sin embargo, de sí, no ignoramos
que pertenecen siempre al discurso preliminar que ha permitido,
en un cierto momento, adelantarlos. Arrojados delante, esos términos
no se separan todavía del conjunto. Lo prolongan por la ruptura:
dicen esta continuidad- ruptura en virtud de la cual, movimiento
disyuntivo, ellos se dicen. Aislados como por discreción, pero
por una discreción ya indiscreta (muy marcada); se siguen, y lo
hacen en tal forma que esa sucesión no lo es, puesto que, al no
tener ninguna otra relación fuera de un signo de puntuación, signo
de espacio - con el que el espacio se indica como tiempo
de indicación- , se disponen también, como lo habían hecho
antes, en una simultaneidad reversible- irreversible; se
suceden pero dados en conjunto; dados en conjunto pero aparte,
sin constituir un conjunto; se intercambian de acuerdo con una
reciprocidad que los iguala, de acuerdo con una irreciprocidad
lista siempre a invertirse: llevando así a la vez y rechazando
siempre tanto las maneras del devenir como todas las posiciones de la pluralidad espacial. Ocurre
así porque se escriben: designados
por la escritura, la designan explícitamente, implícitamente,
al venir de ella que viene de ellos, regresando siempre a ella
en cuanto se separan de ella, por esa diferencia que escribe siempre.
Palabras yuxtapuestas,
pero cuya distribución se confía a signos que son modos del espacio
y que hacen de éste un juego de relaciones en donde el tiempo está en juego; se los llama signos de puntuación.
Comprendemos que no están allí para reemplazar frases de la que
ellos tomarían silenciosamente un sentido. (Tal vez, sin embargo,
se podría compararlos con el misterioso sive de Spinoza:
deus sive natura, causa sive ratio, intelligere sive agere,
por el cual se inaugura una articulación, un nuevo modo, especialmente
con relación a Descartes, inclusive si parece haber sido
tomado de él.) El hecho de que sean más indecisos, es decir, más
ambiguos, no es lo importante. Su valor no es un valor de representación.
No están en lugar de nada, salvo el vacío
que animan sin declararlo. Lo que ellos retienen con su acento
es, en efecto, el vacío de la diferencia, impidiéndole sin darle forma,
perderse en la indeterminación. Por una parte, su papel es de
impulso: por otra (y es lo mismo), de suspenso, pero la pausa
instituida por ellos tiene como carácter particular el de no instituir
los términos cuyo paso aseguran o detienen, ni tampoco instituírlos:
como si la alternativa de lo positivo y lo negativo, la
obligación de comenzar por afirmar el ser, cuando se quiere negarlo,
fuera por fin quebrantada aquí, enigmáticamente. Signos que no
tienen, es claro, ningún valor mágico. Todo su precio (aunque
sean suprimidos o no hubieran sido todavía inventados, y aunque
en cierto modo siempre desaparecen en lo accesorio o lo accidental
de una grafía) proviene de la discontinuidad - la ausencia
no susceptible de tomar figura y sin fundamento- , cuyo poder
no llevan sino más bien soportan, en donde la laguna se hace cesura,
después cadencia y quizá unión. Es por articular el
vacío como vacío, por estructurarlo en cuanto vacío
extrayendo de él la extraña irregularidad que siempre lo
especifica desde el principio como vacío, por lo que los signos de espacio - puntuación,
acento, separación, ritmo (configuración)- , preliminar de
toda escritura, realizan el juego de la diferencia y están comprometidos
en él. No quiere esto decir que esos signos sirvan para traducir
el vacío o para hacerlo visible, a la manera de una anotación
musical: por el contrario, lejos de retener lo escrito al nivel
de los rasgos que éste deja o de las formas que concretiza, su
propiedad consiste en indicar en él la desgarradura,
la ruptura incisiva (el trazo
invisible de un rasgo) por la cual lo
interior retorna eternamente a lo exterior, mientras que
se designa allí al poder de dar sentido - y por ello como
su origen- al apartamiento que siempre lo aparta.
Diferencia: la no identidad de lo mismo, el movimiento
de la distancia, el devenir de la interrupción. La diferencia
lleva en su prefijo, el rodeo en donde todo poder de dar sentido
busca su origen en el apartamiento que lo aparta. El "diferir"
de la diferencia es llevado por la escritura, pero jamás está
inscrito por ella, exige, de ésta, por el contrario, que, en últimas,
no se inscriba que, como devenir sin inscripción, describe una
ausencia de irregularidad que ningún trazo estabiliza (no le da
forma) y que, trazo sin huella, sólo esté circunscrita por el
eclipsamiento incesante de lo que la determina.
Diferencia: la diferencia sólo puede ser diferencia
de habla, diferencia parlante, que permite hablar, pero sin acceder
ella misma directamente al lenguaje - o accediendo a él,
con lo cual entonces nos remite a lo extraño de lo neutro en su
rodeo, a aquello que no se deja neutralizar. Habla que siempre
de antemano, en su diferencia, se destina a la exigencia escrita.
Escribir: trazo sin huella, escritura sin transcripción. El trazo
de la escritura no será entonces jamás la simplicidad de un trazo
capaz de trazarse confundiéndose con su huella, sino la divergencia
a partir de la cual comienza sin comienzo la continuidad- ruptura.
¿El mundo? ¿Un texto?
Notas:
(1) Nietzsche dice en otra parte: "La Voluntad de Poder interpreta"
pero la voluntad de poder no podría ser sujeto.
(2) ¿Habría además, que suponer al intérprete
detrás de la interpretación? Esto es ya poesía, hipótesis."
Texto extraído de "Nietzsche
y la escritura fragmentaria", Maurice Blanchot, ediciones
Calden, Buenos Aires, Argentina, 1973.
Selección y destacados:
S.R.
Con-versiones
noviembre 2006