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El movimiento pánico de Fernando Arrabal

José Repiso Moyano

 

La memoria consciente no es la única que ordena lo que se recibe o lo que se percibe del entorno; también las células, las atenciones que sobrellevan la intuición o el instinto, la imaginación y el intelecto. En cuanto a esto, el ser humano por debilidad puede ser una esponja o un prosélito para los prejuicios o, peor, exaltar demasiado ciertas razones en contra de otras “más sensibles” que el alma –que el fondo inconsciente- sólo expresa.
El prerrafaelismo inglés de a mediados del siglo XIX –seguido por los Rossetti y por Swinburne entre otros- daba la importancia, en su contexto literario, al retorno del valor de lo natural, es decir, al mínimo detalle sensorial que la naturaleza ofrecía; el decadentismo de Flaubert a la insatisfacción y a la adicción a una atmósfera de ansiedad o de repulsa ante los elementos sociales que favorecían esa insatisfacción; el expresionismo de Brecht o de Kafka al instinto y a la anarquía para que el ser humano “se desnudara” ya por descubrirse sus verdaderos anhelos –o se reencontrara consigo mismo-; y el crepuscularismo italiano –de Ungaretti o de Montale- a lo más insignificante como una respuesta-protesta contra el ideal desengañado e instaurador de soberbias frente al mundo.

Fernando Arrabal (Melilla, 1933) en su obra dramática se limpia de bastantes obstáculos para que sus personajes no sigan sedados por la presión de unos arquetipos morales que se han adquirido en la sociedad, esos que a todos o a los personajes de la vida les han dejado rescindidos en sus emociones más íntimas. Él -su creatividad- los “desamuebla” –o intenta hacerlo- de tales prejuicios y los pormenoriza en unos comportamientos libres, espontáneos, en emociones tanto eufóricas como trágicas que, al final, se resuelven unas con otras.
Así pues, su teatro se suscribe al “teatro del absurdo”, concepción intelectual de este género que se inició en París por los años cincuenta con Beckett como principal representante. Su finalidad: experimentar la existencia con y sobre la nimiedad, hasta llegar a las situaciones absurdas rompiendo con la cotidianidad y, por consecuencia, con los esquemas sociales preestablecidos. Y el valor que subyace en tal experiencia sólo es el existencial, ya que sus raíces son las de la filosofía existencial desarrollada por Heidegger, Sartre, Camus, etc.

Lo que ocurre con esta posición es que, con ella, se va perdiendo progresivamente la coherencia de los personajes a favor de la intimista del autor, pues, todo juego, toda obra teatral ostenta unas obligadas reglas –las del argumento del autor- y unos jugadores –los personajes-, por así decirlo, que sólo juegan –participan o… son en sí personajes- una vez que poseen una personalidad discernible, “propia”,interpretativa; si no, tiende a persistir la del autor, eso es: borrando -en una impersonalidad forzada- a los personajes que únicamente permanecen con y en sus emociones más profundas o en su interiorización.

En 1958 el autor dramático publica “Picnic en el campo”, seguida de “El cementerio de automóviles” (1958) y, luego, “El laberinto” (1961).
A pesar de lo explicado, bien, el estilo de Arrabal es tan singular porque pone en evidencia –algo que es un logro- la superficialidad, la “idiotez” de los elementos reales –los de los mortales idiotizados-  que lleva o traslada a su obra. Si en la realidad ese absurdo se monta con mucho esmero y en medio de muchísimos intereses de poderosos, de tontos y de intelectuales vanidosos, él lo desmonta en un santiamén, él con facilidad lo destruye ofreciendo el proceso -mantenido estúpidamente- como un espejo para todo el que quiera mirar o mirarse con autocrítica. Por supuesto, al pronto trastoca lo sagrado e irónicamente lo lanza al lector para ver o experimentar cómo reacciona: lo lanza a su cara por si, en ella, se perturba o se disipa.

Por último, también se aventuró por la narrativa o por la novela, “La virgen roja” (1987), en la cual el lector puede estimularse de esa mezcla tan atractiva y a la vez tan patética que se produce del tema religioso con otros y otros que le siguen la competencia y a los que los seres humanos no desperdician locuras o vanidades.

Nota.- Fernando Arrabal es un autor marginado por no reunir los requisitos de la moda literaria.

Con-versiones mayo 2005

 

        

 

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