Dadá: el suicidio como arte
A.
Alvarez
Enfrentados
con la crisis de la edad madura, con el cuestionamiento de la
vida y la obra por la muerte, Tolstoi y Dostoievski
se las arreglaron para llevar a cabo sendos autos de fe que les
permitieron seguir escribiendo. Pero, con la excepción de T
S. Eliot, fueron los últimos grandes escritores en dar lo
que Kierkegaard llamara "el salto de la fe" a
una religión ortodoxa. Tanto Lawrence como Yeats
-de modos muy distintos- se inventaron pseudorreligiones, Pasternak
se aferró al cristianismo como a un madero flotante para sobrevivir
al terror estalinista. Por lo demás, cualesquiera que fueran los
ritos o hábitos sociales de los artistas, el cristianismo dejó
de ser la materia integral de su obra.
"Qué me importa que Dios exista",
escribió Miguel de Unamuno, "si no puedo vivir
para siempre". Pero si Dios no existe también cambia
la forma de la muerte. Deja de ser una presencia humana y aun
sobrehumana: macabra, semidivina o seductora. No es el esqueleto
bailarín de la Edad Media, ni la adversaria poderosa y taimada
contra la que luchaba John Donne ni la amante fatal de
los románticos. Incluso deja de ser una extensión de la personalidad
del moribundo: una puerta al otro mundo o el momento de revelación
que, es de esperar, lo explicará todo. Sin Dios, la muerte pasa
a ser simplemente el final: un final breve y chato. Para el corazón,
se corrompe el cuerpo, la vida sigue en otra parte. Es el "cero
del mañana" que llevó a Tolstoi, antes de su conversión,
a indignarse con "la absurda insignificancia de la vida".
Camus también vislumbró el absurdo -la pasmosa intuición
de que en la vida no hay más que la vida misma-, que es el fundamento
de todo el arte moderno. Y en El mito de Sisifo, su libro sobre
el problema del suicidio, elaboró una teoría al respecto.
Pero
para Camus la concepción del absurdo no era tanto un programa
de trabajo como un forma de explicar un tipo de arte que venía
prosperando desde la vuelta de siglo. W B. Yeats había
percibido la nueva presencia ya en 1896, al asistir a la primera
representación del Ubú Rey de Jarry: "Después de
Stéphane Mallarmé, después de Paul Verlaine, después de Gustave
Moreau, después de Puvis de Chavannes, después de mis propios
poemas, después de nuestro color sutil y nuestro ritmo nervioso,
después de las tenues tintas mixtas de Conder, ¿qué más es posible?
Después de nosotros el Dios Salvaje". En un sentido,
todo el arte del siglo XX se ha dedicado a servir a ese Dios terreno
que, como el resto de los de su especie, medra con sacrificios
de sangre. Al igual que con la guerra, ha hecho falta un enorme
refinamiento teórico y técnico para producir un arte que es más
extremo, más violento y, al fin de cuentas, más autodestructivo
que todos los anteriores.
El ejemplo
más claro de este proceso es Dadá, cuyo reinado en París empezó
con un suicidio, acabó con otro e incluyó varios más en su desarrollo.
Se admite que en la literatura moderna el dadaísmo importa relativamente
poco; todas las figuras serias asociadas con él fueron artistas
visuales: Arp, Schwitters, Picabia, Duchamp. Pero dentro de sus
vagas metas -demasiado dispersas y anárquicas para hablar de un
programa-, Dadá fue una caricatura del legado del siglo XX, una
imagen que amplifica y distorsiona la mayoría de las presiones
a que estuvieron sometidos artistas más finos, complejos y también
más retraídos.
El fin
de los dadaístas era la agitación destructiva contra todo: no
simplemente contra el establishment y la burguesía que conformaba
su público, sino también contra el arte, y hasta contra Dadá mismo:
Basta de pintores, basta de escritores,
basta de músicos, basta de escultores, basta de religiones, basta
de republicanos, basta de monárquicos, basta de imperialistas,
basta de anarquistas, basta de socialistas, basta de bolcheviques,
basta de políticos, basta de proletarios, basta de demócratas,
basta de ejércitos, basta de policía, basta de naciones, basta
de estas idioteces, basta, basta, NADA, NADA, NADA.
Por eso esperamos que la novedad, que será lo mismo que aquello
que ya no queremos, nazca menos podrida, menos inmediatamente
GROTESCA (Manifiesto de Louis Aragon).
Si algo precipitó
los crudos excesos de Dadá y su rechazo de todos los valores fue
la sensación de quiebra moral generalizada que siguió a la Primera
Guerra Mundial. Pero esto apenas era la aceleración de un proceso
de duda y desilusión que había empezado hacía ya mucho. Casi cinco
décadas antes, Rimbaud -de diecisiete años pero avanzado ya en
una carrera que sería paradigma del espíritu rebelde, desdeñoso
y exploratorio del arte moderno- se había definido como "littératuricide".
Ahora, tras cuatro años de carnicería vana que sólo habían cambiado
algunas fronteras, el Dios Salvaje ya no era una indefinida amenaza
en el horizonte; se empinaba, presencia ubicua, tapando cualquier
vista. Parece que hasta Lenin lo percibía. En 1916, durante
su exilio en Zürich, visitó algunas veces el Cabaret Voltaire
donde nació Dadá: "¿no sé cuán radicales son ustedes?",
le dijo a un dadaísta rumano, "ni cuánto lo soy yo. Sin duda
no lo suficiente. Nunca se es lo bastante radical; es decir, uno
debe ser siempre radical como la vida misma".
El postulado
básico de Dadá era que frente a una realidad radical el arte importaba
menos que el escándalo. Richard Huelsenbeck, el estudiante
de medicina y poeta alemán que fundó el movimiento con un compatriota
también poeta, Hugo Ball, solía recitar sus poemas absurdos
acompañándose fortissimo con un gong. Según Ball, "Huelsenbeck
quería un ritmo [negro] reforzado: le habría gustado enterrar
la literatura a fuerza de redobles . Sin duda el grupo hizo lo
posible por conseguirlo, bombardeando al público con insultos,
ruido y sinsentido, según el principio de que -en palabras de
Antonin Artaud, un descendiente inmediato- "todo lo escrito
es basura".
Se cuenta
que Ball y Huelsenbeck encontraron la palabra dadá
en un diccionario francés-alemán mientras le buscaban un
nombre artístico a un cantante de su Cabaret Voltaire. Dada es la palabra infantil francesa para todo lo
que tenga que ver con caballos.
Pero
cuando el arte se vuelve contra sí mismo, destructivo y contraproducente,
el suicidio viene a darse por sentado. Y doblemente, porque, al
confundirse el arte con el gesto, la obra del artista es su vida,
o al menos su conducta. Como Dadá surgió en respuesta al derrumbe
de la cultura europea durante la Primera Guerra Mundial, afirmando
furiosamente el sinsentido de los valores tradicionales mediante
su propio absurdo, para el dadaísta puro el suicidio era inevitable,
casi un deber, la obra de arte culminante. De nuevo estamos ante
la lógica de Kirilov, pero sin desesperación, culpa ni pasión.
Para los dadaístas el suicidio habría debido ser un simple chiste
lógico, si hubieran creído en la lógica. Como no creían, preferían
que el chiste fuera levemente psicopático.
El modelo
de todos ellos fue Jacques Vaché, que tuvo una influencia
decisiva en André Breton, más tarde fundador del surrealismo.
En muchos sentidos Vaché estaba lejos del ruido y los abusos
de Dadá. En apariencia era una figura fin de siécle, un joven
alto de pelo ebúrneo, elegante, exquisito, excéntrico: no acertaba
a reconocer en la calle a sus mejores amigos, nunca respondía
las cartas, jamás saludaba ni se despedía. "Vivía con una
muchacha", contó Emile Bouvier, "a quien obligaba a
permanecer inmóvil y callada en un rincón mientras él recibía
a algún amigo, y cuya mano besaba apenas con una dignidad inefable
cuando servía el té". Aunque había estudiado arte y era prodigiosamente
culto, dedicaba la vida al ocio sistemático. Breton dijo
que cuando en 1916 lo conoció -en un hospital militar de Nantes
donde Vaché se recobraba de una herida en una pierna-, "se
entretenía dibujando y pintando una serie de postales para las
cuales inventaba extrañas leyendas. Su imaginación no se nutría
casi de ninguna otra sustancia que las maneras de los hombres...
Cada mañana pasaba una buena media hora arreglando una o dos fotos,
algunos platos y un ramito de violetas sobre la mesita con encajes
que tenía al alcance de la mano. Más tarde, ya sano, se divertía
paseando por las calles de Nantes vestido de húsar, aviador o
médico. Cuando un año más tarde Breton volvió a verlo en el estreno
de Las tetas de Tiresias, de Apollinaire, estaba amenazando al
público con un revólver cargado.
Vaché era a la vez un dandi, un exquisito
y un "immoral violent" que modeló su vida como
una salvaje comedia ubuesca. Proclamaba que su principio rector
era el umore, lo cual significaba que alcanzado cierto grado de
iluminación la futilidad de la vida se volvía cómica. Ese particular
estilo estaba erizado de peligros, ya que, como el padre Ubú,
el humorista o umorista cultivaba una estupidez malévola y destructiva.
Era una comedia desesperada que, cerrando el círculo, había llegado
al sinsentido. "Me opongo a que me maten en la guerra",
había escrito Vaché desde el frente. Moriré cuando yo quiera,
y entonces moriré con alguien más. Morirse solo es aburrido; preferiría
morir con alguno de mis mejores amigos". Fue
exactamente lo que hizo. En 1919, con veintitrés años, tomó una
sobredosis de opio y administró dos más a sendos amigos que habían
ido a hacer una experiencia y no tenían intenciones suicidas.
Fue el supremo gesto dadá, la broma psicopática absoluta: suicidio
y asesinato doble.
Para los jóvenes románticos del apogeo de la epidemia, suicidarse
era lo mejor después de ser un gran artista. Para el dadaísta
puro, en cambio, el arte personal eran la vida y la muerte propias. De allí la extraordinaria influencia
de Vaché en sus seguidores, aunque no queda casi nada de
él salvo recuerdos de conocidos y un volumen de cartas. Lo que
él era importaba más que lo que producía. Como sus dandificados
predecesores fin de siécle, trataba la vida como un objeto artístico.
Pero, como auténtico dadaísta, también trataba el arte como si
no valiera nada. En última análisis, las esculturas autodestructivas
de Tinguely y el arte desechable de las zonas más salvajes
del Pop descienden directamente del suicidio de Vaché.
Lo mismo
ocurre con Arthur Cravan, poeta, crítico de arte y especialista
en injurias que murió un año antes que Vaché. Aunque su obra suma
poco más que unas cuantas reseñas sangrientas, su leyenda le garantiza
un lugar permanente en el panteón dadaísta. Según una combativa
nota biográfica que en 1914 publicó en una revista suya, Maintenant,
había sido "hombre de confianza, marinero en el Pacífico,
arriero, cosechador de naranjas en California, encantador de serpientes,
ladrón de hoteles, sobrino de Oscar Wilde, leñador, ex campeón
de boxeo de Francia, nieto del canciller de la reina de Inglaterra,
chofer en Berlín, etc". Sin duda mucho de esto era mentira,
-algo, al fin y al cabo, propio del espíritu dadaísta- y lo mismo
el alarde de haber perpetrado el robo perfecto en una joyería
suiza. Pero sus hazañas certificadas fueron ya suficientemente
extraordinarias. En el momento álgido de la Primera Guerra Mundial
viajó por toda Europa con pasaporte falso y, para evitar que lo
reclutaran, repitió el logro en Canadá, Estados Unidos y México.
(Es curioso que la figura literaria más violenta que se conozca
se haya tomado tal trabajo para no combatir en la guerra; tal
vez el asesinato legalizado le ofendía el sentido de independencia
artística). Retó al boxeador negro Jack Johnson, el peso pesado
más formidable del mundo, y peleó con él, aunque midió sus posibilidades
con suficiente realismo para llegar al cuadrilátero borracho como
una cuba y ser noqueado en el primer asalto. En 1917, invitado
a dar una conferencia en el Salón de Pintores Independientes de
Nueva York, se presentó no menos borracho que en otros lugares,
procedió a eructar e insultar a sus huéspedes de la Quinta Avenida
y empezó a quitarse la ropa; se lo llevó la policía, esposado
y a la rastra. "Maravillosa conferencia", dijo Marcel
Duchamp, cuya contribución a la muestra había sido un orinal
firmado. Cuando al fin Cravan desapareció en el golfo de
México, navegando en un pequeño velero, su mujer -que lo había
esperado en Buenos Aires- lo estuvo buscando por todas las cárceles
de Centroamérica. Nunca lo encontró, pero está claro que sabía
en dónde preguntar. Quedaba concluida otra obra de arte dadá:
desaparecido, presunto suicida.
Violencia, conmoción, humor psicopático y suicidio: estos son los
ritmos de Dadá.
"El suicidio es una vocación", dijo Jacques Rigaut,
de cuyo autoasesinato en 1929 se dice que marcó el fin de la época
dadaísta. Aunque hay pruebas de que el movimiento había expirado
efectivamente cinco años antes, cuando Breton rompió con
Tristan Tzara y fundó el surrealismo como empresa
rival, Rigaut vivió un breve tiempo más como flor última
y perfecta. Como Vaché, era una figura elegante de afectado y
alto estilo; tan alto, de hecho, que llegó a preocuparle que un
posible empleador lo considerase trop gigolo. El empleador
era Jacques-Emile Blanche, un reposado pintor académico
y crítico para quien Rigaut trabajó varios años de secretario.
Después de que Rigaut muriera, Blanche escribió sobre el extraño
contraste entre su estilización y las raídas compañías que frecuentaba:
"Cada vez que traía a sus camaradas dadaístas a mi casa,
yo tomaba conciencia, al comparar el rostro latino de Rigaut con
la pinta americana de los otros, del hecho de que si había elegido
una senda no era por instinto. ¿Adónde lo llevaría, a Dadá o al
Ritz?"
La respuesta
resultó ser Dadá. Cierta vez un amigo llamó a Rigaut "maleta
vacía", queriendo decir que nada le gravaba el equipaje vital.
En el lugar de la fe, como había predicho Dostoievski, estaba
la "vocación" del suicidio, y concordantemente Rigaut
dispuso su vida con una meticulosidad nada dadaísta. Como escritor,
destruía casi todas sus obras no bien las terminaba. Según Blanche,
incluso la afectación de aceptar una vida del tipo más convencional
y fútil era suicida: "La única forma que nos queda de
mostrar que despreciamos la vida", escribió en una de
las pocas piezas que lo sobrevivieron, "es aceptarla. La
vida no merece el trabajo que da vivirla... El hombre que se ha
librado de las preocupaciones y del aburrimiento quizá alcanza
en el suicidio el gesto más desinteresado, ¡siempre y cuando no
tenga curiosidad por la muerte!". El desinterés de Rigaut
era tan profundo como metódico fue su suicidio. Drieu de La
Rochelle, admirador y amigo suyo, los describió a ambos con
adecuada elegancia:
He aquí cómo se vuelve posible este
acto ridículo, no absurdo (palabra demasiado grande que podría
haberlos asustado) sino romo, indiferente. "Una mañana al
acostarme, en vez de apretar el interruptor de la luz, distraído,
me equivoco y aprieto el gatillo."
Esto exaltaba a Gonzague [Rigaut]
y sus amigos. Por un breve lapso había vivido en estado de gracia,
de gloria íntima. Había vencido al suicidio. Ya no sabía si estaba
muerto o vivo, si había disparado un tiro o había hecho crepitar
un leño en la noche.
Cuatro
años antes de la muerte de Rigaut la fugaz revista de arte
La Révolution Surréaliste publicó un serie de ponencias en torno
a la pregunta "¿Es el suicidio una solución?". La mayoría
de las respuestas eran tan enfáticamente afirmativas como lo habrían
sido en París noventa años antes, aunque el tono era mucho menos
efusivo que el de los románticos: "Señor, permítame contestar
a su pregunta copiando la nota que tengo en la pared de mi dormitorio:
Pase sin llamar, pero se requiere que antes de salir cometa suicidio".
Las implicaciones del simposio son claras: aceptar el suicidio,
por muy en broma que fuese, significaba aceptar las nuevas artes,
alinearse con la vanguardia. Pero aceptarlo no era lo mismo que
llevarlo a cabo. De los colaboradores del simposio sólo René
Crevel ("el surrealista más hermoso") aportaba un
texto que iba hasta el fondo. Meses antes, el mismo año, había
descrito la muerte perfecta en su libro Rodeos: "Una tetera
en la cocina; con la ventana bien cerrada, abro la llave del gas;
me olvido de encender la cerilla. La reputación a salvo y tiempo
de decir el confiteor...". Once años más tarde se mató exactamente
de esa forma. Pero Crevel fue una excepción: como él mismo
había explicado en su respuesta al simposio, de niño lo había
influido profundamente el suicidio de un ser querido. De modo
que en su caso el acto era algo más que un artículo de fe artística.
Por otra parte no era dadaísta sino surrealista y, aunque los
surrealistas -como las artes modernas en general aceptaban el
principio de ataque de Dadá, un ataque continuo a todas las piedades,
convenciones y principios recibidos e incuestionados que cimentaban
la sociedad, ya estaban buscando, en palabras de George Hugnet,
"una forma menos improvisada, menos anárquica de sistematizar
una lucha a la cual unirse". Dadá
había seguido deliberadamente un camino sin salida; sus fines
eran incompatibles con el arte en esencia, no por accidente. Difícilmente
habría podido ser de otro modo, ya que no se basaba en una estética
sino en un concepto perverso del humor que veía la vida como una
broma de mal gusto contra el sujeto. Quizá la desesperación
y el malestar subyacentes a una visión así fueran "radicales
como la realidad misma", pero la actitud de Dadá impedía
reconocerlo. Ni siquiera los miembros del grupo que estaban locos
-y a juzgar por las memorias Vaché, Cravan y Rigaut presentaban
síntomas de esquizofrenia- se permitieron, al parecer, sufrir
su locura. De modo que convirtieron la angustia en chistes, chistes
en última instancia suicidas, pero chistes de todos modos. Los
otros, más astutos tanto para autoconservarse como para incidir
en el público, se limitaron a imitar la locura según les convenía.
Como el suicidio en otros momentos, era lo que estaba de moda.
"Dadá es intemporal", escribió Hugnet; "...
Dadá no es un mal del siglo sino un mal del mundo". La
vindicación parece demasiado vasta para un movimiento menor, y
sin embargo es paradójicamente cierta. Puede que el logro de Dadá
haya sido desdeñable en términos de obra producida, pero en términos
de liberación artística fue desproporcionadamente grande. A su
caótico modo, el movimiento ayudó a abrir nuevos campos para los
que vendrían. Tratando el suicidio, la locura y la psicopatología
del arte cotidiano como un indiferente pelotón de choque en desdeñoso
ataque al público, también proporcionó una voz a aquellos cuya
desesperación no era una alternativa divertida sino un destino.
Por eso, el hecho de que la caricatura del movimiento modernista
hecha por Dadá fuera grotesca no perjudicó su precisión esencial.
Por el contrario, las diferencias eran de mero énfasis: si todos
los modernistas asumieron desde el comienzo la destrucción de
los valores tradicionales, no todos las proclamaron en voz tan
alta como Dadá. Y no fue cuestión de cobardía ni de buen gusto,
sino de supervivencia práctica. Quizá el arte del siglo XX haya
empezado con nada, pero floreció porque creía en sí mismo, en
la posibilidad de controlar lo que parece esencialmente incontrolable
y en la coherencia de lo embrionario y en su capacidad de crear
valores propios.
Las
artes sobreviven porque los artistas siguen creyendo en la posibilidad
del arte ante las fauces de todo lo antiartístico. Dadá, por su
lado, empezó oponiéndose a todo, el arte incluido, y por la lógica
de la caricatura terminó oponiéndose a sí mismo. Como tantos de
sus integrantes, el movimiento murió por propia mano.
Texto
extraído de "El dios salvaje" (Un estudio del suicidio),
A. Alvarez, editorial Norma, Bogotá, Colombia, 1999.
Edición
original: 1971
Selección
y destacados: S.R.
Con-versiones diciembre 2004