Van Gogh Prometeo
George Bataille
Noche
Estrellada 1889
Museo de Arte Moderno - Nueva York, EEUU
...A través
del tumulto que se produce alrededor de los cuadros y del nombre
de VAN GOGH, es posible abrir un mundo: un mundo que ya no es
el de tal o cual, sino nuestro mundo, el mundo de un ser humano
que, llegada la primavera, se quitara con ademán acertado su pesado
y polvoriento abrigo de invierno. Una persona
como ésta, sin abrigo, dejándose llevar por la multitud -con más
inocencia que desprecio-, no podría mirar las pinturas trágicas
sin terror y como otros tantos signos dolorosos, que representan
las marcas sensibles de la existencia de Vincent Van Gogh. Pero
este ser podría demostrar la grandeza que el pintor representa
no sólo ante él -él no es nada, cae a cada instante bajo el peso
de miserias comunes- sino que su desnudez manifiesta la innombrable
esperanza de todo ser humano que quiere vivir y, si le fuera necesario,
liberar la tierra del poder de quien no se le parezca; penetrado
de esa grandeza futura, el terror que experimentaría se le volvería
risible -risible se volvería incluso la oreja, el prostíbulo y
el suicidio de “Vincent”-: ¿no hizo de la tragedia humana el único
objeto de toda su vida?: que llore, que ría, que ame o, sobre
todo, que luche. En efecto, la risa sería producto del asombro
ante la magia poderosa que prosigue manifestándose
ante sus ojos, magia que, entre salvajes, demandaría una turba
poseída por la ebriedad, las vociferaciones repetidas y los golpes
de numerosos tambores. Puesto que es más que una oreja lo que
Van Gogh arrancó de su propia cabeza... Van Gogh, que desde 1882
pensaba que valía más la pena ser Prometeo que Júpiter, arrancó
de sí mismo nada menos que un SOL.
Antes que
ninguna otra condición, la existencia humana exige la estabilidad,
la permanencia de las cosas, y de ello resulta una actitud ambigua
con respecto a todos los grandes y violentos derroches de fuerzas:
estos derroches, tanto cuando son obra de la naturaleza, como
cuando se deben a sí mismos, representan la mayor amenaza posible.
El sentimiento de admiración y de éxtasis que provocan induce
al cuidado de admirarlos de lejos. El sol responde de la manera
más cómoda a esa manifestación de prudencia. No es más que radiación,
gigantesca pérdida de calor y de luz, llama, explosión;
pero lejos de los hombres que pueden gozar de los pacíficos
frutos de ese gran cataclismo. De la tierra es propia la solidez,
que sostiene las casas de piedra y el tránsito de los seres (al
menos lo propio de su superficie, ya que la incandescencia de
las lavas se encuentra en las profundidades).
Si se tienen
en cuenta estos datos, es preciso que después de la noche
de diciembre de 1888, luego de arrancarse su oreja, Van
Gogh... comenzó a darle al sol un sentido que hasta allí no había
tenido. No lo hizo formar parte de sus pinturas como un elemento
decorativo, sino como el brujo cuya danza lentamente comienza
a agitar a la muchedumbre y la lleva a seguir su movimiento. Es
en ese momento cuando su pintura se consuma como radiación,
explosión, llama, y él mismo aparece perdido extáticamente
ante un foco de luz radiante, explosivo, en llamas.
Cuando esa danza solar comenzó, de golpe, la naturaleza misma
se puso en movimiento, las plantas se abrazaron y la tierra
onduló como un mar agitado o estalló: nada permaneció en
la estabilidad que constituye los cimientos de las cosas. La muerte
apareció en una suerte de transparencia, como el sol aparece a
través de la sangre en la mano viviente, entre los huesos que
dibujan la sombra... El ¨girasol¨ Van Gogh ponía fin al
poder de leyes inmutables, de cimientos, de todo lo que confiere
a muchos rostros su aspecto repugnante de clausura, de muralla.
Pero no hace falta que esa singular
elección del sol dé lugar a algún error absurdo; los lienzos de
Van Gogh no constituyen en primer lugar más que el robo de
Prometeo, un homenaje al soberano expulsado del cielo...
Eso es lo
que da cuenta del gran carácter de fiesta de las pinturas
de Van Gogh. El pintor encontró como ningún otro el
sentido de las flores que también en el suelo representan el enajenamiento;
esas flores que estallan, resplandecen y que apuntan sus
cabezas encendidas hacia el rayo del sol. En ese profundo nacimiento,
hay tanta turbación que mueve a risa: cómo no ver formarse la
cadena que va uniendo tan firmemente la oreja, el manicomio, el
sol, la más resplandeciente de las fiestas y la muerte. Van Gogh
se quitó la oreja con un corte de navaja; de inmediato la llevó
a una casa de tolerancia; la locura lo incitaba de la misma
manera que una danza violenta sostiene un éxtasis colectivo; pinta
sus cuadros más bellos, permanece algún tiempo encerrado en un
manicomio; dieciocho meses después de haberse cortado la oreja,
se mató.
Habiendo ocurrido
las cosas de esta manera ¿qué significan todavía el arte o la
crítica? ¿Se puede afirmar, aun hoy, que en las condiciones presentes
el arte es el único responsable de un ruido de muchedumbre en
las salas de una exposición? No es la historia del arte adonde
pertenece Vincent Van Gogh, es al mito ensangrentado de nuestra
existencia humana. Se cuenta entre los raros seres que en un mundo
hechizado por la estabilidad, por la inercia, han alcanzado de
pronto el terrible ¨punto de ebullición¨, sin el cual lo que pretende
durar se vuelve insípido, intolerable y declina. Ya que tal ¨punto
de ebullición¨ no tiene sentido solamente para el que lo alcanza,
sino para todos, incluso si todos no perciben todavía lo que liga
el salvaje destino humano con la radiación, la explosión,
la llama y, de ese modo, con su fuerza.
(*) Traducción Roxana Páez.
Selección:
Vanesa Guerra
Enlaces:
La conciencia de la muerte
>>> George Bataille
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Con-versiones noviembre 2004