De
amores, culpas y espejos
Vanesa Guerra
¿dónde estaba dios
cuando te fuiste?
(Discépolo)
Los dioses que traicionas
ni existen
ni perdonan.
(Luis Benítez)
Pero ¿Dónde están
los dioses?
Tomando café y hablando
proezas divinas. Cosas de dioses, si los dioses fueran perros
ladrarían a la luna estúpidamente y se rascarían la pulga con
la pata.
Para el caso, en este
tiempo nos invaden polillas que comen lana como las de María Elena
Walsh.
Yo os digo: la culpa
es un murciélago en la panza que aletea con el primer rayo del
alba, herido y rojo como la lana de la infancia cantada. No hay
hostia que la componga, lo siento, la culpa es anterior a dios.
Antes de dios fue la culpa, la culpa lo creo a dios, y este es
el apócrifo evangelio de Cristóbal Colon Irritable que trajo espejos
y ennarcisó a los indios al norte de Cartagena con ajena carta.
Indios míos -le dijo el virrey de turno allí por el 1552- decidme
como os curáis vosotros de vuestros males y el santo papa que
no es batata os evaluará para entrar al reino de los cielos. El
muy Martín de la Cruz se ha afanado-hurtado-salvado-negociado-compilado
un manuscrito azteca anterior al mundo, es así que llega a la
vieja Europa aquel códice magno que llamaron “Libellus de medicinalibus
indorum herbis” que para nada les ha servido a aquellos porque
carecen de frutos piedras y plantas (mexicanas). -Entonces nos
afanaremos hasta las plantas- y así fue. Lean mis amigos: “Ojalá
que este libro nos conciliara gracia a los indios ante la real
majestad- refiere a Carlos V y al Papa Urbano y al
pequeño Felipe temprano amante de libellus raros- Ciertamente
es indigno de comparecer a sus ojos. Ten presente señor, que nosotros
los indios, míseros y pobres, somos de los más bajos de los hombres:
razón para que se nos conceda a nuestro natural modo la indulgencia”
Aquel puterio posmedieval
de regordetes sucios y dorados, advierten (a uno de esos que
nunca se sabe bien para que lado juegan) advierten digo: El emperador
Carlos V está acosado hasta por la gota que no le da respiro en
su dolor, no hay tiempo ni dinero para acordarse del colegio mexicano
de sabios y cristianos indios que aprendieron con nobleza a escribir
y hablar bellamente el latín desde la época de la conquista. No
hay plata y hay guerra de sobra y para colmos infatigables a ustedes,
lejanos criollos, se los está comiendo la epidemia de cocoliztle.
Hagan algo si quieren sobrevivir. Entonces, el intermediario Señor
Amante y Protector de México y del Colegio de Santiago de Tlatelolco,
Francisco de Mendoza, pide el manuscrito y el muy Martín de la
Cruz a modo de prólogo le contesta “No creo que haya otra
causa de que con tal instancia pidas este opúsculo acerca de
las medicinas de los indios, que la de recomendar ante la Sacra
Cesárea Católica y Real Majestad a los indios, aún no siendo ellos
merecedores” (Martín de la Cruz es médico indio del Colegio
de la Santa Cruz)
Allí vemos la figura
de un dios de época. Dios es amor. Dios es inconciente. Dame que
te doy.
“Que mágicas infusiones
de los indios herbolarios de mi patria, entre mis letras el hechizo
derramaron” (Sor Juana Inés de la Cruz)
Hay algo de transgresión
en toda figura del amor. El narcisismo siempre transgrede. Como
extraño repliegue es una intensidad que va hacia el otro y al
no reconocerlo como tal lo homogeiniza en la propia imagen. Será
por eso que en este escrito surge la prosa de otra que también
marcada con la Cruz me recuerda a esos amores con océanos de tiempo
y espacio en el medio. Debe ser porque se le enamoró a una que
tampoco se sabe muy bien para que lado juega, digo: Juana es su
protegida. Juana quería estudiar y se condena a monja, o se disfraza
o se ¿traviste? Lo cierto es que
muere de amor por aquella mujer y le escribe tan bellos poemas.
¿Cuál es el acto de
amor de esa mujer por Juana?¿Conservarle la obra? Sí, yo creo
que sí.- Esas cosas se hacen por amor, ¿no? ¿Por amor? ¿Por amor
a qué? ¿A Juana? ¿o por ese enorme placer que le daría leerse
amada en gran parte de su obra?
¡Válgame cristo! Que
si Sor Juana aún existe es porque amó a la virreina y a la virreina
le encantó. El amor es narcisista, sin duda.
“Quien ama porque
es querida
sin otro impulso más
noble
desprecia el amante
y ama
sus propias adoraciones”
Ah no... si veo que
a Juanita no se le escapaba este asunto.
Continuará
en versión de réplica: ¿En qué instancia el amor no es narcisista?
Notas a pedido de
los lectores ausentes:
Citas: “Libellus de medicinalibus
indorum herbis” Manuscrito azteca
1552, Martín de la Cruz , traducción Juan Badiano . Editorial
Fondo de Cultura Económica.1991
Sobre notas históricas
de Germán Somolinos D´Ardoris
Sor Juana Inés de
la Cruz o las trampas de la Fe- Octavio Paz. Editorial Fondo de
Cultura Económica
El Libellus de medicinalibus
indorum herbis también conocido
como Códice de la Cruz-Badiano fue devuelto a México por el papa
Juan Pablo II casi quinientos años después (1990)
El libro fue escrito
en nahualt por Martín de la Cruz y traducido al latín por Juan
Badiano (1552). Es el texto más antiguo que se ha escrito sobre
medicina en América.
Leamos la obertura
de Martín de la Cruz:
“Al
ilustre señor don Francisco de Mendoza, hijo excelente del sumo
gobernante de esta india, el virrey don Antonio de Mendoza.
Martín
de la Cruz, indigno siervo suyo, salud completa y prosperidad
desea.
No
sé que pueda alabar mas en ti, magnificentísimo señor, cuando
veo brillar en ti todos los esplendores de las virtudes y de los
bienes que los hombres suelen desear. Ciertamente no veo con qué
alabanzas exaltar vuestro insigne amor, con que palabra agradecer
vuestro beneficio tan grande. Los beneficios que tu padre me ha
hecho no pueden encarecerse; cristianísimo, al par que piadoso,
como nadie me ha favorecido.
Lo
que soy, lo que poseo, lo que tengo de fama a él se lo debo. Nada
hallo que pueda igualar y siquiera compararse a su beneficencia.
Dar millones de gracias puedo a mi Mecenas, pero las que era justo,
nunca. Esta es la razón de que lo que soy se lo ofrezco, dedico
y consagro como esclavo. Pero no solo a él: a ti también mi señor
ilustrísimo, me entrego como testimonio y expresión de una sin
igual estimación.
Pues
no creo que haya otra causa de que con tal instancia pidas este
opúsculo acerca de las hierbas y medicinas de los indios, que
la de recomendar ante la Sacra Cesárea Católica y Real Majestad
a los indios, aun no siendo de ello merecedores.
Ojalá
que este libro nos conciliara gracia a los indios ante la Real
Majestad: cierto es muy indigno de comparecer ante sus ojos.
Ten
presente, señor, que nosotros los indios, pobrecillos y miserables
somos inferiores a todos los mortales y por nuestra pequeñez e
insignificancia natural, merece indulgencia.
Ahora
pues, este opúsculo, que por todos los títulos creo debo dedicarte,
oh magnificentísimo señor, ruego que lo recibas de la mano de
tu siervo, que te lo ofrece, o, lo cual nada me admirara, lo eches
a donde se merece.
Seas
feliz. En Tlatelolco, año del Señor de 1552.
Adictísimo
siervo de tu excelencia.”
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