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Mi Pushkin
Marina Tsvietáieva

“Sí, la hora del Alma es como la de la navaja,
Oh, niño, y esa navaja es –benefactora...”
M.Tsvietáieva(*)

Comentario preliminar:
El presente texto es una selección de cinco capítulos consecutivos de la obra Mi Pushkin. En ellos, Tsvietáieva reconstruye con maestría la primera escena amorosa de su vida. A esta exquisita poeta rusa, el amor a la letra y a la poesía la tomaron desde muy temprano. En una rememoración y reconstrucción de la infancia, con el lenguaje lúdico que le infunde a la prosa poética, la autora hace un recorrido que parte desde una pintura de Naumov “El duelo” que colgaba en la pared del cuarto de su madre, en la cual Pushkin es muerto de un balazo. “Pushkin fue mi primer poeta, y a mi primer poeta -lo mataron./ Desde aquel momento en que ante mis ojos, a Pushkin en el cuadro de Naumov –lo mataron, diariamente, a cada hora, ininterrumpidamente lo mataban toda mi niñez, infancia, adolescencia –yo dividí el mundo en poeta- y los demás y elegí al poeta, tomar al poeta bajo mi custodia: defender al poeta – de todos, sean cuales sean sus ropas o sus nombres.”
Del cuadro al monumento de Pushkin, del monumento a un libro azul liláceo, robado, gordo, pesado que apoyaba sobre el pecho para leerlo en las penumbras de un armario, en secreto.
Marina Tsvietáieva nació el 26 de septiembre de 1892 en Moscú y se suicidó en la pequeña ciudad provinciana de Elábuga, un 31 de agosto de 1941.
Desde 1922 hasta 1939 estuvo exiliada en Praga y luego en Francia. Retornó a Rusia sin trabajo y sin poder continuar con su escritura.
Lo que sigue es una traducción de la lingüista y escritora Irina Bogdaschevski, de la obra Mi Pushkin, Marina Tsvietáieva. Ed. Santiago Arcos Editor, Traductores, 2003 Buenos Aires.
En 1937 la obra fue publicada en “Apuntes Contemporáneos”Nº 64,París.

 V.G.

“...¿Pero, qué pasaba con el misterio del cuarto rojo?

¡Ah, toda la casa era misteriosa, toda la casa fue un misterio!
El armario prohibido. El fruto prohibido. Este fruto era el tomo, el enorme tomo de color azul- liláceo con la inscripción inclinada - "Obra Completa de A. S. Pushkin".
En el armario de mi hermana mayor Valeria vive Pushkin, aquel mismo negro con rulos y blanco de ojo tan brillante. Pero, anterior al blanco - otro bri­llo: de mis propios ojos verdes en el espejo, porque el armario - es un engaño, es de los espejos, en dos puertas, y en cada una estoy yo, y si uno con un poco de suerte se instala, pegando la nariz justo a la separación de las dos hojas del espejo, aparecen o dos narices, o una sola, irreconocible.
Al gordo Pushkin lo leo en el armario, con la nariz pegada al libro y al estante, casi a oscuras, apoyada y un poco ahogada por su peso, ubicado justo en mi garganta y casi cegada por la cercanía de su letra minúscula. A Pushkin lo leo directamente al pecho y directamente a la mente.
Mi primer Pushkin –Los Tziganes (Los Gitanos). Jamás escuché semejantes nombres: Aleko, Zemfira y también el Viejo. Conocí solamente a un viejo, al manco Osip en el asilo de Tarusa, cuyo brazo ha sido inutilizado porque mató a su hermano con un pepino. Porque mi abuelo. A. D. Mein,- no es un viejo, porque los viejos son los extraños y viven en la calle.
A los gitanos vivos no he visto nunca, pero siempre escuché hablar de la gitana, mi nodriza, que amaba tanto el oro, que cuando le regalaron unos aros y ella se dio cuenta de que no eran de oro, los arrancó de las orejas, con sangre, y los pisoteó en el parquet.
Pero apareció aquí una palabra totalmente nueva el amor. Cuando hay ardor en el pecho, en la propia cavidad pectoral (¡cualquiera lo sabe!) y a nadie podrás contarlo - es amor. Siempre sentí el calor en el pecho, pero no sabía que esto es - el amor. Yo creí, que a todos les pasa, que siempre pasa así. Pero resulta, que sólo les pasaba a los gitanos. Aleko estaba enamorado de Zemfira.
Mientras yo estoy enamorada - de los Gitanos: de Aleko y de Zemfira, y de aquella Mariula, y de otro gitano, y del oso, y de la tumba, y de las extrañas palabras, con las que todo esto ha sido contado. Y no puedo, ni con una palabra, decirlo: a los adultos, porque es algo clandestino; a los niños - porque los desprecio, pero, lo más importante - porque es un secreto: el mío - con el cuarto rojo; el mío - con el tomo azul; el mío - con la cavidad en el pecho.
Pero, al fin y al cabo, amar y no decir nada - es estallar, y yo encontré una oyente, y hasta dos - en las personas de la aya de mi hermana menor Asia, Alexandra Mujina, y de su amiga - la costurera, que venía a visitarla, mientras, con certeza, mi madre se iba a un concierto, y la inocente Asia se quedaba dormida.
- Nuestra Musenka es muy inteligente, sabe leer, -decía el aya, que no me tenía afecto, pero que se jactaba de mí, en ocasiones, cuando se agotaban todas las habladurías sobre los amos y se han bebido todas las correspondientes tazas de té. - A ver, Musienka, cuéntanos sobre el lobo y el corderito. 0 sobre aquel tamborilero.
(¡Dios mío, cómo a cada cual le corresponde su destinol A los cinco años ya fui el recurso de alguien. No lo digo con orgullo, lo digo con amargura.)
Entonces, una vez armándome de valor, con el corazón pasmado, tragué saliva: - Puedo contar sobre los Gitanos.
¿Gitanos? - la niñera, con desconfianza, - ¿acerca de qué clase de gitanos? ¿Pero a quién pudo ocurrírsele escribir libros dedicados a ellos, a esos mendigos, con sus manos de rapiña?
- Estos no son así. Son - diferentes. Son - del campamento de gitanos.
- Pues, claro que son del campamento. Siempre al lado de la finca hacen el campamento, y luego viene predecir la fortuna - la joven diablilla: "Dejame, señora, decirte la buenaventura", - mientras la otra, vieja diabla, saca de la soga la ropa, o directamente toma el broche de diamantes del tocador de la señora...
- No son aquellos gitanos. Estos - son otros gitanos­
- ¡Pero, deja, deja que lo cuente! - dice la amiga, percibiendo lágrimas en mi voz, - puede ser, que de verdad son otros, distintos... Que lo cuente, y nosotros - escucharemos.
- Bueno, había un muchacho joven. No, había un viejo y tenía una hija. No, mejor se lo contaré en verso. “Los gitanos en ruidoso tropel / Erraban por las estepas de Besarabia. / Ellos hoy, al lado del río,/ Pernoctaban en sus tiendas rotas. / Pasaban la no­che alegres, como libre voluntad,”... y seguí así, sin respiro y sin las comas intermedias, hasta: ..."el sonar del yunque de campaña"... - lo que yo, parece, acepto como un instrumento musical, o puede ser, que simplemente - lo acepto.
- ¡Habla lindo! ¡Como si fuera escrito! - exclama la costurera, que me quiere en secreto, pero que no se atreve, porque el aya, la niñera es de Asia.
- El o- so... - dice con reproche la niñera, repitiendo la única palabra de la que tuvo consciencia. -Pero es cierto - el oso. Era pequeña, cuando los viejos me contaron que los gitanos siempre llevaban a un oso. "A ver, Misha (diminutivo de Medved –oso), baila” Y bailaba.
- Pero, después, ¿qué pasó después? (la costurera)
- Entonces, viene la hija a ver al viejo y le dice que aquel joven muchacho se llama Aleko. 
La niñera:
- ¿Cómo?
- ¡Aleko!
- ¡Pero, qué Aleka - mueca!
- Eres una tonta. ¡No es Aleka, es Aleko!
- Pero si digo bien: Aleka.
- Así lo dices tú: Aleka, yo digo: Aleko: ¡o- o- o!
- Está bien: que sea - Aleka
- Aliosha, quiere decir, como lo pronunciamos nosotros (amiga, con el tono conciliador). Pero, déjala hablar, tonta, - es ella la que está contando, no tú. No te enojes, Musenka, con el aya, ella es una tonta, sin instrucción, y tú eres leída, a ti te corresponde saber.
- Bueno, la hija se llamaba Zemfira. (con voz alta y feroz) Zemfira - la hija le dice al viejo, que Aleko vivirá con ellos, porque lo encontró ella en el desierto:
Lo encontré en el desierto,

Y lo invité a dormir en el campamento.

El viejo se puso contento y dijo que todos iremos en la misma carreta:
..."viajaremos en la misma carreta / ta- ta- ta- ta tata- ta- ta.. /Y con el oso visitaremos las aldeas"...
- Con el o - so, - la niñera, como un eco.
- Y he aquí, que siguieron el viaje, y luego vivieron todos bien, y los burros llevaban a los niños en los canastos...
- Cómo es eso, - ¿en los canastos?...
Es así: “los burros con los canastos como aperos/ Se llevan a los niños juguetones,/ Maridos y hermanos, mujeres y niñas, /Jóvenes y viejos los siguen detrás. / Gritos, rumores, los cantos gitanos,/Rugidos del oso, sonar de sus cadenas".
La niñera:
- ¡Ya basta de hablar del oso! ¿Qué le pasa al viejo?
Con el viejo no pasa nada, tiene una joven esposa, Mariula , que lo abandonó y se fue con otro gitano, y esa también, Zemfira, - se ha ido. Primero, siempre cantaba: "¡Marido viejo, feroz marido!¡Ya no te tengo miedo!" - eso lo decía de su padre, pero después se sentó con otro gitano en una tumba, mientras Aleko resoplaba fuerte y se levantó luego para acercarse también a la tumba, y después lo mató al gitano con el cuchillo, y Zemfira se cayó y murió también.
Ambas, en un solo grito:
- ¡Ay- a - ay! ¡Es un asesinol. ¿Y lo mató con el cuchillo, así no más? ¿Y con el viejo, qué pasó?
- El viejo - nada, el viejo dijo: "¡Debes abandonarnos, hombre orgulloso!", y se fue, y todos se fueron, todo el campamento de gitanos, pero Aleko se quedó solo.
Ambas, en un solo grito:
- Lo tiene bien merecido. ¡Matar - sin haber golpeado! He aquí, que en la aldea nuestra un hombre también mató a su mujer, - pero eso no lo escuches, Musenka, - (con susurro alto) - la encontró con el amante. A él, de un solo saque, y a ella. Después cumplió la condena en el presidio. Se llarnaba Vasili. Sí- ¡- ¡...
¡Cuántas desgracias hay en el mundo! Y todo a causa de este... del amor

***

Pushkin me contagió con el amor. Con la palabra - amor. Es distinto: si a una cosa no la llaman de ninguna manera, y si hay una cosa, llamada así. Cuando la mucama sacó, de paso, desde la ventana ajena, al gato pelirrojo, sentado allí bostezando y él vivió luego tres días en nuestra sala, debajo de las palmeras, y después se fue y nunca regresó - esto era el amor. Cuando la gobernanta Avgusta Ivanovna dice que se irá de nuestra casa y viajará a Riga para no volver nunca - esto es el amor. Cuando el tamborilero se iba a la guerra y después jamás volvió - es el amor. Cuando a las muñecas parisienses, de gasa rosada y llenas de naftalina las meten en primavera, después de sacudirlas, al baúl, y yo las observo parada y sé, que ya nunca más las podré ver - esto es el amor. Quiero decir, que a causa del gato pelirrojo, de Avgusta Ivanovna, del tamborilero y de las muñecas - quema de la misma manera y en el mismo lugar, como a causa de Zemfira, y Aleko, y Mariula, y la Tumba.
Pero he aquí la historia del lobo y el corderi­to –no es el amor, aunque mi madre trataba de convencerme, de que es algo muy triste: - Imagínate, un corderito tan blanco e inocente, que no enturbiaba nunca el agua... Pero, el lobo - ¡también era bueno!

Todo el asunto consistía en que yo, por naturaleza, amaba al lobo y no al cordero, pero en este caso uno no podía querer al lobo, porque él se comió al corderito, pero amar al cordero, aunque él era blanco y lo hayan comido - yo no podía, así que el amor no aparecía, como nunca me ha pasado nada con los corderitos.
"Lo dijo, y al bosque sombrío arrastró al corderito”.

***

Al decir “lobo", nombré al Líder. Nombrando a Líder - yo nombré a Pugachev: al lobo, que en este caso, perdonó al cordero; al lobo, quien arrastró al cordero al bosque sombrío - para quererlo.
Pero de mí misma y del Líder, de Pushkin y Pugachev, diré aparte, porque el Líder nos llevaría aún más lejos, que al teniente Grinev, al mismo laberinto del bien y del mal, hacia aquel lugar del laberinto, donde ellos están inseparablemente liados, y al unirse, forman una nueva vida.
Mientras tanto. diré, que al Líder yo lo amaba más que a los allegados y a los desconocidos, más que a todos los perros preferidos, más que a todas las pelotas perdidas en el sótano y a todos las cortaplumas extraviadas, más que a todo mi armario rojo, donde él era – el secreto principal. Más que a los Gitanos, porque él era - más negro, que los gitanos, más obscuro que los gitanos.
Y si yo pude decir a plena voz que en el armario secreto vivía - Pushkin, ahora sólo con un susurro puedo decir: en el armario secreto vivía... el Líder.

***

Bajo la influencia clandestina e incesante de la lectura se enriquecía, naturalmente, mi vocabulario.
Cual de las muñecas te gusta más: - la de la tía de Nürenberg, o de la madrina de París?
- La parisina.
- ¿Por qué?
- Porque tiene ojos apasionados.
- ¿Qu- é- e?
Y
o, dándome cuenta:
- Quise decir: asustados.
Mi madre, aún más amenazadora:
- ¡Menos mal!
Mi madre no entendió, ella escuchó el sentido de la palabra, y es posible que se haya indignado con razón. Pero entendió - incorrectamente. No eran los ojos apasionados, sino la pasión que provoca­ban en mí esos ojos (y también la gasa rosada, y la naftalina, y la palabra "París", y el hecho - escon­derla en el baúl, - y lo inaccesible de esta muñeca) lo adjudiqué - a los ojos. No soy yo sola. Todos los poetas. (Y luego se suicidan, ¡porque la muñeca no era un ser apasionado!) Todos los poetas, - y Pushkin fue el Primero.

***

Un poco más tarde- tenía yo seis años y ese era mi primer año musical –en la escuela de música de Zograf-Plaksina, en le pasaje Merzliakovski- y se festejaba,- como lo llamaban en aquel entonces,- una velada pública, la de la Navidad. Presentaban una escena de la obra “Rusalka”, luego a Rogneda, - y después:

Ahora pasaremos al jardín,
Donde con él se encontró Tatiana.

Un banco. En el banco –Tatiana. Luego llega Onieguin, que no se sienta, sino que se levanta –ella.  Ambos están parados. Y sólo él habla, todo el tiempo, largamente, mientras ella no dice ni una palabra. Y fue Aquí, donde comprendí, que el gato pelirrojo, Avgusta Ivanovna, las muñecas –no es amor; el amor es –esto: cuando hay aun banco, y en el banco ella; luego viene él, y habla todo el tiempo, y ella no dice ni una palabra
-¿Qué fue. Musia, lo que más te gustó? - m¡ madre, al terminar el acto
-Tatiana y Onieguin.
- ¿Qué,? ¿No fue “Rusalka”, donde esta el molino y el príncipe, y el dios de los bosques? ¿Tampoco  Rogneda?
-Tatiana y Onieguin.
-¿Pero, como puede ser? ¡Si ahí no habrás entendido nada!¿Qué puede haberte gustado allí?
Me callo.
Mi madre triunfante:
-Aha, así, como creí, no entendiste ni una palabra. ¡A los seis años!¿ Qué Puede haberte gustado allí?
- Tatiana y 0nieguin.
-¡Eres una tonta absoluta y más terca que diez burros! Dirigiéndose al director de la escuela Alexandr Leontievich Zograf, que se nos acercó) Yo la conozco, ¡ahora todo el camino en el coche volverá a contestar todas mis preguntas: Tatiana y Onieguin! No debí haberla traído conmigo. A ningún niño del mundo, de todo lo que había visto, no le hubiera gustado “Tatiana y Onieguin”, todos hubieran preferido “Rusalka”, porque es un cuento, es algo comprensible. ¡Realmente, no sé que hacer con ella!
- Pero, ¿por qué, Musenka, "Tatiana y Onie­guin” -con una gran bondad, el director.
(Yo, callada, pero con palabras íntegras:
-Porque es - el amor.
-¡Seguramente, ella ya este viendo su séptimo sueño! - dice acercándose Nadezhda lakovlena Briusova (la hernana del poeta Valery Briusov), nuestra mayor y mejor alumna, - y es ahí, donde averiguo por primera vez, que existe el séptimo sueño, corno la medida de la profundidad del sueño y de la noche.
-¿Y esto, Musia, qué es?- dice el director, sacando de mi manguito de piel una mandarina, puesta allí, y la coloca otra vez imperceptiblemente (¡perceptiblemente! y la saca de nuevo, y vuelve a colocarla, y así sucesivamente...
Pero yo estoy ya totalmente enmudecida, petrificada, y ningunas sonrisas amandarinadas de él y de Briusova, y ningunas horribles miradas de mi madre no pueden producir en mis labios - sonrisa de agradecimiento. En el camino de vuelta - silencioso, tardío, de trineo, - la madre me regaña: - ¡Me cubr¡ste de vergüenza! ¡No diste gracias por la mandarina! ¡Como una tonta, a los seis años, te enamoraste de Onieguin!
Mi madre se equivocaba. No me enamoré de Onieguin, sino de Onieguin y Tatiana (puede ser, que de Tatiana un poco más), de ellos juntos, del amor. Y no escribí ninguna obra mía, sin haberme enamorado de los dos al mismo tiempo (de ella - un poco más), pero no de ellos dos, sino de su amor. Del amor.
El banco, donde ellos no estuvieron sentados, resulto ser profético. Ni en aquel entonces, ni después, jamás me agradó, cuando estaban besándose, sino siempre, - cuando se estaban separando. Nunca - cuando se sentaban, siempre - cuando se apartaban. Mi primer escena de amor era de desamor: él no amaba, por eso no se sentó; era ella la que amaba, por eso se levantó, ni un minuto estuvieron juntos, no han hecho nada juntos, hicieron todo lo contrario: él hablaba, ella callaba, él no la amaba, ella lo amaba; él se fue, ella quedó, así que, si levantamos el telón, - ella está parada, sola, pero quizás, sentada otra vez, porque ella se levantó porque él estaba parado, pero luego ella se derrumbó y así se quedará sentada toda la eternidad. Tatiana en aquel banco está sentada eternamente.
Esta mi primer escena de amor predeterminó todas las siguientes, toda la pasión en mí de un desgraciado, no- recíproco- imposible amor. Desde aquel mismo momento no quise ser feliz, y con eso me he condenado al - desamor.
En esto, precisamente, consistía todo el asunto, que él no la amaba, y sólo por eso ella - tanto y sólo por eso a él, justamente, y no al otro lo eligió para amar, porque supo en secreto, que él no podrá amarla. (Esto lo estoy diciendo ahora, pero lo supe ya entonces, lo supe entonces, pero ahora aprendí a decirlo). En las personas, con este don del desdichado - unipersonal - tomado sólo a su cargo amor, se observa una verdadera genialidad para buscarse los objetivos imposibles.
Pero una cosa más, y no una sola, sino muchas, predeterminó para mi Evgueni Onieguin. Si yo después, durante toda mi vida, hasta el último día, siem­pre escribí primera, ofrecía mi mano primera - las manos, sin temer el juicio ajeno, - fue solamente, porque en el umbral de m¡ vida, Tatiana del libro, de noche, a la luz de una vela, con la trenza despeinada arrojada hacía adelante - lo hizo ante mis propios ojos. Y si yo después, cuando se iba - (siempre se iba), no tendía mis brazos tras él, ni volvía la cabeza, - es sólo porque en aquel entonces, en el jardín, Tatiana quedó rígida como una estatua.
La lección de audacia. La lección de orgullo. La lección de fidelidad.
La lección del destino. La lección de soledad.

***

Cuál de los pueblos tiene - semejante protagonista de una historia de amor: temeraria y digna, enamorada - e inflexible. clarividente - y amorosa.
Pues, en la réplica severa de Tatiana no hay ni sombra de venganza. Por eso el resultado es una plena revancha, por eso Onieguin queda como "alcanzado por un rayo".
Tuvo ella en las manos todos los triunfos para vengarse y enloquecerle, todos los triunfos - para rebajarlo, apisonarlo en la tierra de aquel banco, arrasarlo en el parquet de aquel salón, todo eso lo hizo desaparecer con pocas palabras inesperadas: "Yo lo amo, ¿para qué decir falsedades?”
¿Para qué decir falsedades? ¡Pues, para triunfar! Y triunfar, - ¿para qué? Esto, justamente, no tiene respuesta válida para Tatiana, y otra vez ella está parada en medio de un círculo mágico del salón, como aquella vez - en medio de un círculo mágico del jardín, - en medio del círculo mágico de su soledad en el amor, en aquel entonces - innecesaria, ahora - ardientemente deseada, y tanto entonces, corno ahora - amante, pero que no puede ser amada.
Todos los triunfos los tenía en las manos, pero ella - no quiso jugar.
Sí, sí, muchachas, declárense primeras y escuchen luego amonestaciones; cásense con los honorables heridos, y luego escuchen declaraciones amorosas y no las tomen en cuenta, - y ustedes serán mil veces más dichosas que la otra protagonista nuestra, aquella, a quien, por tener cumplidos todos sus deseos, no le quedaba otra cosa, que tirarse bajo el tren.
Entre la plenitud del deseo y el cumplimiento de los deseos, entre la plenitud del sufrimiento y el vacío de la dicha, m¡ elección fue hecha desde el vamos, incluso antes del “vamos".
Porque Tatiana, antes de mí, influyó también en mí madre, Cuando mi abuelo, A. D. Meín, la colocó ante la elección entre el hombre, a quien ella amaba, y su propia persona, ella eligió - al padre, y no al amado; y luego se casó, incluso, mejor que Tatiana, porque "para la pobre Tania todas las suertes eran iguales", - mientras mi madre optó por una suerte más dura: se casó con un viudo que la doblaba en edad, con dos hijos y enamorado de su difunta mujer; a pesar de que ella seguía amando a aquel, con quien nunca buscó encontrarse y a quien, encontrándose por primera vez y por casualidad en una conferencia de su marido, - le contestó a la pregunta sobre la vida y la felicidad, etc.: - "Mi hija cumplió un año, es muy grande y despierta, estoy absolutamente feliz"... (¡Dios, córno, en este momento, ella debía haberme odiado a mí, despierta y grande, por no ser la hija de él- !)
Así, Tatiana no sólo influyó sobre toda mi vida, sino sobre la misma aparición de mi vida: si no hubiera existido Tatiana de Pushkin - yo tampoco existiría.
Porque las mujeres leen así a los poetas, y no de otra manera.
Es significativo, sin embargo, que mi madre no me dio el nombre de Tatiana - debe ser, - que se apiadó de la niña..."

***

Bibliografía Tsvietáieva, Marina Ivánovna

Antología poética / Marina Tsvietáieva ; edición y prólogo de Elizabeth Burgos ; traducción de Lola Díaz ; versión de Severo Sarduy. - Madrid : Hiperión, 1996. - 199 p. - (Poesía Hiperión ; 279)

Carta a la amazona y otros escritos franceses en prosa y verso / Marina Tsvietáieva ; introducción y traducción de Elizabeth Burgos ; epílogos de Hélène Cixous ; traducción de los poemas, Severo Sarduy. - Madrid : Hiperión, 1991. - 185 p. - (Libros Hiperión ; 131)

-Cartas del verano de 1926 / Borís Pasternak, Rainer Maria Rilke, Marina Tsvietáieva ; introducción, recopilación y notas de K.M. Azadovski, Elena Pasternak y Evgueni Pasternak ; traducción de Selma Ancira ; versión de los poemas en ruso de Tatiana Bubnova. - [Barcelona] : Grijalbo Mondadori,, 1993. - 347 p. (El espejo de tinta. Vidas privadas)

-Un espíritu prisionero / Marina Tsvietáieva ; traducción de Selma Ancira ; prólogo de Irma Kúdrova ; epílogo de Ana Mª Moix. - Barcelona : Galaxia Gutenberg, 1999. - 251 p. ; (La tragedia de la cultura)

-Mi Pushkin ; Pushkin y Pugachov / Marina Tsvietáieva ; traducción de Selma Ancira. - Barcelona : Destino, 1995. - 152 p.

-El poeta y el tiempo / Marina Tsvietáieva ; edición y traducción del ruso de Selma Ancira. - Barcelona : Anagrama, 1990. - 156 p.  (Colección Argumentos ; 106)

-Tres poemas mayores / Marina Tsvietáieva ; edición y presentación, Elizabeth Burgos ;  traducción, Elizabeth Burgos, Lola Díaz y Severo Sarduy ; versión, Severo Sarduy. - Madrid : Hiperión, 1991. - 107 p.  - (Poesía Hiperión ; 189)

(*)  los versos corresponden a la poesía La hora del Alma III. 14 de agosto de 1923.

Selección: Vanesa Guerra

Con-versiones octubre 2004

 

        

 

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