| De
un infierno anunciado
José
REPISO MOYANO
Ningún pueblo ha sido estable, en el contexto cultural y territorial,
a través de la historia. A ningún pueblo le pertenece un Estado
prefijado ni una ley social inamovible que le determine “para siempre”
o, ni siquiera, que preexista a él. Cualquier pueblo, ante los avatares
de los acontecimientos, sólo es u ostenta lo que un presente le
muestra como propio –a excepción hoy de que se encuentre oprimido
en sus derechos humanos o padezca un claro exterminio o genocidio-.
Es decir no es reclamable un Estado para nadie, no es reclamable
el Estado Omeya, ni el Inca, ni el Babilónico, ni el Persa –sí,
se puede reclamar una región o un punto estratégico con diplomacia-.
Es este sentido, el Estado de Israel jamás debió ser reclamado por
medio de una demagogia internacional –más hacia los países poderosos
para la consecución de “tratos a favor”-, jamás debió haberse impuesto
como una resolución de la ONU (1948).
Israel
desapareció como Estado, lo mismo que desapareció el Estado cartaginés;
pues, tras establecerse como tal a la muerte de Salomón (926 aC.)
en el norte de Palestina, fue conquistado por los asirios y por
otros diferentes pueblos hasta que, desde 1517 a 1917 fuera territorio
turco, o sea, con una cultura asimilada árabe o turca. Allí no había
más judíos que los que le correspondía proporcionalmente con respecto
a cualquier Estado europeo; pero por presiones políticas y por caprichos
del sionismo se desencadenaron oleadas de inmigrantes judíos (no
de forma directa a causa del genocidio nazi como algunos piensan):
100mil en 1914, que se incrementó a 174 mil en 1931 y a 335 mil
en 1935.
Tal hecho, como es normal, proyectó una descontento en los que allí
vivían que se materializó, en 1936, en diversas protestas y revueltas
árabes hasta el extremo de que los ingleses –que tenían ocupada
la zona, como colonial lo mismo que casi todos los Estados árabes,
no mucho más que por intereses económicos- prohibieron esas inmigraciones
(1940). Entonces, las comunidades hebreas que presionaban en Europa,
por ello, se irritaron y declararon en su mayoría una “guerra abierta”
con sabotajes y terrorismos –de tal forma que ayudaban a inventar
lo que hoy llamamos terrorismo sofisticado o moderno-.
Por su parte, los ingleses con preocupación, presentaron este conflicto
social a la ONU y, ésta influida por el lamentable desenlace del
nazismo, lo “resolvió” rápido creando allí dos Estados palestinos,
uno para los judíos y otro para los árabes; pero sin que en esa
deliberación entrara Jerusalén que sería una localización internacional.
Estando esto así, sin embargo el Estado de Israel progresó con todos
los recursos de la modernidad que le “prestaba” o le propiciaba
Occidente, es decir, en lo militar como resultado de poder iba sobresaliendo
entre las zonas árabes de su entorno. Por ello, cuando los Estados
Árabes (Egipto, Siria, Jordania y Líbano) no aceptaron aquella resolución
porque sencillamente no les tenía en cuenta y porque ni con alguna
justificación les servía o les respetaba o les beneficiaba e intentaron
invadir Israel, tuvieron todas las de perder: los israelíes les
vencieron y ocuparon ellos territorios de la palestina árabe pero,
además, dividieron Jerusalén en dos zonas para sendos rivalizantes.
Como a partir de aquí los israelíes se imponían en todo –dominaban
la situación y la persecución inevitable entre las dos culturas-
se produjeron resultados escalofriantes –en el contexto de los derechos
humanos-: casi un millón de árabes se quedaron sin hogar, algo que
les impuso un éxodo masivo hacia Siria, Jordania y Líbano.
Más tarde, porque Israel significaba la “niña de mis ojos” para
EE.UU. y no menos que el amor platónico-religioso para el resto
de Occidente, en 1956, con la ayuda de Francia e Inglaterra se apoderó
de la península del Sinaí –la cual tuvo que rehusar tras la presión
de otros países europeos-. Israel cara a cara siempre con su “cultura
enemiga” no se dio por vencida: un ataque frontal, lo que se llamó
la “guerra de los seis días” en 1967 hizo que se apropiara de –“otra
vez”- la península del Sinaí añadiendo la parte de Gaza –propiedades
de Egipto-, de la ciudad vieja de Jerusalén, de Cisjordania –de
propiedad de Jordania- y de los altos del Golán –propiedad de Siria-.
Tras este escarmiento inolvidable las fuerzas militares israelíes
invadieron la palestina árabe y, desde ahí, las medias de dignidad
o de autodefensa irremediable que los árabes han tomado son como
“muy feas” o de relevancia terrorista para las posiciones político-militares
de Occidente.
El error estuvo desde un principio, sí, lo que no se puede imponer
es que esté sólo al final.
Con
versiones Octubre 2004
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