| El
santo de los malditos (Arthur Rimbaud)
Daniel
Ares
Advertid
sin vértigo
la extensión de mi inocencia.
A. R.
aaaaaA. Rimbaud
Sagrado
para los consagrados, arquetipo del artista en su estado más puro,
icono roto nunca repuesto aunque imitado hasta la locura, niño terrible
por excelencia, poesía más que poeta; nadie como Jean Arthur Rimbaud
- nadie en la historia del arte- merece con tanta frecuencia - y
con tanta justicia- el sacro mote de maldito.
Feroz su vida y feroz su poesía, distinto en todo y más nuevo que
si mismo, "absolutamente moderno" - como se jactaba de
ser- , abolió los procedimientos habituales y, en lugar de construir
su obra con los vestigios de sus recuerdos, primero alucinó su memoria
en rápidas piezas de rara perfección, y después lo volvió todo vida
con su propia vida. Fue cuando el verso viró carne, ya perdida su
alma detrás de sus palabras.
Antes de cumplir los diecinueve años, escribió cuanto escribió y,
una vez dicho lo dicho, lo arrojó todo al fuego - literalmente-
y partió hacia los confines de si mismo, literalmente también. Tales
eran sus visiones, que las quiso tocar y así le fue. Vivió poco
y murió a los treinta y siete años en un hospital de Marsella, mutilado
y loco, sin una pierna, minado por la sífilis, reducido a "un
tronco inmóvil", delirando de fiebre, angustiado por la minúscula
fortuna que escondía en su cinto, rodeado de monjas y de fantasmas,
abrazado a Cristo, y negando que era Rimbaud porque en realidad
se moría sin saber que era Rimbaud, el santo de los malditos.
Arrancado
de sólo Dios sabrá qué tinieblas, nació con los ojos abiertos el
20 de octubre de 1854, en el norte de Francia, en la región de las
Ardenas, en la por él ahora célebre ciudad de Charleville. Hijo
de un oficial aventurero y de una mujer más severa que diez comandantes,
Jean Arthur fue el segundo varón de este joven matrimonio que ya
se desmoronaba. Sin embargo, todavía nacerían dos niñas más antes
de que su padre huyera para siempre de su madre, y en pos de algún
destino más sereno, se fuera a la guerra de Crimea para siempre.
Su madre, Vitalie Cuif de Rimbaud, con cuatro hijos, sin marido
y sin rentas, no pudo elegir y tuvo que mudarse a uno de los barrios
más bajos de Charleville, por cuyas calles baratas de ferias y bestias
y brutos sin nobleza, el pequeño Rimbaud descubrió toda la Tierra.
"Bien podría ser yo el niño abandonado
en el muelle, el que partió hacia alta mar, el criadito que va por
el pasaje que al final toca el cielo", dirá para
siempre después en sus míticas Iluminaciones, para
las que entonces faltaba tanto y a la vez tan poco.
Era 1862 y, con ocho años, ingresa al Instituto Rossat, un
colegio laico y público donde - para horror de su madre se
junta con cualquiera. Es más, disfruta de todos y en especial de
los peores, entre los cuales ya es el mejor. Sus compañeros lo han
apodado "el cochino santurrón", por la exquisita
barbarie de su lenguaje y por la intensa fe de sus creencias. Apenas
despunta, ya se destaca y esplende. Pronto se ve que es otra cosa
y que algo nunca sucedido detona en su interior. En dos años cursa
cuatro, gana premios y distinciones, compone poemas que deslumbran
a sus maestros y, en ocasión de la primera comunión del príncipe
imperial, escribe una oda en hexámetros latinos que su majestad
se digna agradecer y felicitar. La inmortalidad que le corresponde,
despierta y lo desborda.
En 1869, con sólo quince años, obtiene el primer premio de
versos latinos en el Concurso Académico del año, y las revistas
de Charleville publican sus primeras piezas bajo el orgullo pétreo
de su madre y para asombro de todos. No hace falta ser Sigmund Freud
para advertir el prodigio. Al año siguiente, en 1870, irrumpe
en su escuela - y sobre todo en su vida un maestro decisivo
que será su mentor, su protector a veces, y su víctima casi siempre:
es George Izambard. Su nombre se lo traga la historia, pero es él
quien le revela a Rimbaud los grandes malditos de Francia: Villón,
Baudelaire, Rabelais... Rimbaud trata con ellos como quien juega
con dinamita y al final explota. En 1871 vuelve a ganar el
Concurso Académico; acaba sobresaliente en todas las materias, y
arrasa cuanto premio se le cruza: recibe la medalla al mejor discurso
latino, al mejor discurso francés, a la mejor versión griega...
¿y él qué hace? vende todas las medallas por la módica suma de veinte
francos y con el dinero se escapa, se va a París, que tanto lo llama
hasta cuando duerme. Ya no soporta la escuela ni su pueblo ni su
gente, y menos que menos soporta a su madre. Francia acaba de declararle
la guerra a Prusia, es el tiempo de los asesinos y él quiere estar
exactamente ahí, donde el drama y la poesía no se reduzcan a versos.
Parte ciego de entusiasmo y nunca llega.
Antes
de entrar en la ciudad, con el pasaje vencido, lo detienen en la
estación del Este y lo encierran en la prisión de Mazas donde se
pasa una semana llorando su perdón en cartas lastimeras. Le escribe
al Procurador Imperial recordándole sus odas, le escribe a su amigo
Delahaye, y por supuesto a Izambard, a su querido Izambard, que
al fin se apiada y lo rescata, le manda el dinero para la multa,
un pasaje de vuelta, pero no resiste mucho tiempo. A los diez días
se fuga de nuevo, esta vez a Bélgica.
Sin plata para el pasaje - ni ganas de ir a la cárcel- ,
decide ir a pie, se larga a los caminos y los camina. Pisa la Tierra
y la contempla paso a paso. Recorre el mundo, no se lo cuentan.
Anda la vida y lo ve todo. Un dia lo escribe: "Me
habitué a la alucinación simple: vela, verdaderamente, una mezquita
en lugar de una fábrica, una escuela de tambores integrada por ángeles,
carruajes sobre las rutas del cielo, un salón en el fondo de un
lago; los monstruos, los misterios, un titulo de vodeville exhibía
espantosidades para mi... Acabé por juzgar sagrado el desorden de
mi espíritu".
Antes de llegar a Bruselas se detiene en Charleroi y,
gracias a su amigo Paul Demeny, consigue trabajo en un periódico
desde donde injuria al Imperio hasta que rápidamente lo despiden.
Continúa su camino y llega hasta Bruselas, sin un peso y famélico,
dispuesto mendigar, a rogar ante cualquiera, a suplicar de rodillas.
"¿A quién debo postrarme? ¿qué animal
debo adorar? ¿qué imagen santa debo atacar? ¿qué corazones he de
partir? ¿qué mentira debo decir? ¿sobre qué sangre tengo que rnarchar?",
escribirá más tarde.
Tiene hambre, frío, sueño, miedo, está lejos y solo y extraña hasta
a su madre y esto le da más miedo. Por suerte encuentra a un amigo
de Izambard que le abre su casa, le da de comer, le presta algo
de plata, y le avisa al maestro. Pero esta vez Izambard no quíere
aparecer como su cómplice y, en un gesto de prudencia y delación,
consulta a la madre de Rimbaud para que le diga qué hacer. Mamá
Rimbaud, sin que le tiemble la mano, firma y expide inmediatamente
la "orden formal de que la policía se encargue de repatriarlo
y sin que haya gastos". Por suerte para la humanidad, antes
de volver, por el camino, siempre, en Charleroi, en Bruselas, en
París, por donde pase, Rimbaud deja poemas, prosas breves y otros
destellos, que sin saberlo entonces salvarán del fuego su memoria.
Cuando llega a casa lo recibe su madre con un sonoro cachetazo.
No le tiembla la mano.
Durante
semanas que son meses, mientras espera el nuevo año de clase, Rimbaud
se entierra en la biblioteca de la escuela hasta enero del 71, cuando
los alemanes entran y toman la ciudad y él sale a pasear por las
líneas enemigas y se mete en todas las casas porque dice que es
francotirador y mentiras así. Son los días de "El mal",
de "La rabia de los césares" y otros poemas que
arranca de entre los muertos y sus despojos. A fines de febrero,
se escapa otra vez. Por todo Francia se sabe que París capituló
y él quiere verla así, desolada, arrasada, barrida por el espanto
que lo llama desde adentro.
Camina París y son calles vacías, rotas, humeantes de pólvora y
de carne quemada. Desolado por la desolación, y siempre a pie, vuelve
a Charleville a principios de marzo. Pero en abril está de nuevo
en París: se ha declarado la Comuna y quiere unirse a los insurgentes.
"¡Que se muera Dios!",
canta mientras marcha y provoca por donde pasa. Lleva el pelo mucho
más largo que nadie, le cae en bucles sobre los hombros, muerde
una pipa larga con el hornillo hacia abajo, usa un gorro anacrónico
y no le importa pelearse. Y encima su cara: ese rostro, la boca
carnosa en un rictus amargo, los ojos de un azul taimado... no hay
un retrato suyo, no hay un testigo cierto que no recuerde y resalte
sus rasgos de virgen, de mártir y de asesino. No sólo sus versos
provocan por donde pasa.
Pero París ni siquiera lo percibe. Otra vez se lo ve mendigando
por los bulevares, arrastrando la caridad del que se topa y se lo
aguanta, y enseguida pero despacio se vuelve a Charleville para
escribir y leer y fugarse en cuanto pueda. Entre los poemas que
dejó por Paris, quedó, a la deriva, "El barco ebrio",
que así llega a las manos del gran Paul Verlaine, diez años
mayor que Rimbaud pero ya reconocido y más que respetado. "Si
yo deseo un agua de Europa, es la de la charca/ negra y fría donde
hacia el crepúsculo embalsamado/ un niño en cuclillas lleno de tristezas,
suelta/ un barco frágil como una mariposa de mayo",
lee Verlaine y lo manda llamar. "Venid querida y
grande alma, se os espera, se os desea"... Así de imperceptible
y delicado fue el comienzo de la suerte y el desastre que fueron
los dos para los dos.
En agosto Rimbaud llega a París, y Verlaine lo recibe
entusiasmado porque no lo conoce. Piensa que es el mismo chico que
escribió "El barco ebrio", y ya no. Es otro el
que llega, es Rimbaud el que será y no el que era. Apenas unos días
atrás, en julio, en una carta inmortal a Paul Demeny, Jean
Arthur ha declarado - y asumido- los rígidos principios
que ya encierran su final. "El poeta
se hace vidente mediante un largo, intenso y sistemático desarreglo
de todos los sentidos. Todas las formas del amor, del sufrimiento,
de la locura, buscan en si mismas, agotan en si mismas, todos los
venenos, para guardar de ellos tan sólo sus esencias. Inefable tortura
que necesita toda la fe, toda la fuerza sobrehumana, en que se transforma,
entre todos, en el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito
- ¡y el Supremo sabio!- ¡porque alcanza lo desconocido!
¡Porque ha cultivado su alma, ya rica, más que nadie! Llega a lo
desconocido, y aunque enloquecido, terminará por perder la inteligencia
de sus visiones - ¡pero las habrá tenido!- ; que estalle
entonces en su salto hacia las cosas inauditas e innominables: ¡otros
trabajadores horribles vendrán y empezarán por los horizontes donde
él se ha desplomado!", dice en un fragmento, con
diecisiete años, ya convertido en otro.
Pero
Verlaine lo recibe con los brazos abiertos porque no sabe
quién es ni lo que le espera. El encuentro fatal se ha producido.
El resto lo harán el ajenjo, el hachís, la noche, los versos y el
vigor de las pasiones de esos dos grandes poetas que no saben quiénes
son.
Apenas baja del tren, comienzan los problemas. Verlaine - justamente
porque no lo conoce- le ha preparado un cuarto en la casa
de sus suegros, donde Rimbaud no dura nada. En ningún lugar
dura nada. En todas partes escandaliza, rompe o se pelea, discute
o escupe, vomita y se les ríe. Finalmente bate un récord de tres
meses en una buhardilla que le consigue y le paga Verlaine,
siempre Verlaine, todo el tiempo Verlaine. Ya son algo más que dos
buenos amigos si se quiere "inseparables". Algo más y
algo distinto. Son una mezcla explosiva que estalla todas las noches.
Casi siempre terminan discutiendo y muchas veces pelean y siempre
es Verlaine el que acaba en el piso morado y molido. Pero
igual no se le despega. Al contrario. Maravillado, admirado,clínicamente
apasionado, Verlaine lo lleva de la mano por los circuitos
literarios más selectos de París, donde Rimbaud conoce a
Victor Hugo, trata con Banville, difunde sus poemas,
colabora con alguna revista, y en todas partes destaca casi tanto
como repele. Le divierte la iconoclacia, se burla de lo célebre,
ignora los códigos, orina sobre el lenguaje y, si hay alguien que
se molesta, lo desafia a pelear. Exceso de hachís, de ajenjo y de
grandeza.
Por las tripas de París, con el vértigo que les cabe, Verlaine y
Rimbaud divagan y se pierden en exploraciones sin límites. Rimbaud
no arriesga nada, pero Verlaine está recién casado, tiene
un nombre, un prestigio, una imagen, cenizas... Arrastrado por las
aguas de lava de ese mocoso inaudito, Verlaine se deja llevar,
echar y golpear, arrastrar y humillar y no le importa nada. Ahora
su mujer le avisa que está embarazada, llora y le suplica, sabe
que su marido está habitado por un joven demonio que ayer no conocían
y que lo posee hasta cuando lo deja.
En
abril de 1872, en un impulso muy suyo, el principito rabioso deja
París y aparece de vuelta en Charleville. En agosto nace el hijo
de Verlaine, pero Verlaine no se da cuenta. Mientras el crío
berrea pared de por medio, su padre le escribe a su amigo para que
vuelva a su lado porque lo extraña y lo precisa... Y escribe, llora
y vuelve a escribir, pero no tiene respuesta. Rimbaud no
está para nadie. Han comenzado las Iluminaciones. "Antiguamente mi vida era un festín en
el que se abrían todos los corazones, en el que todos los vinos
formaban torrentes./ Una noche senté a la belleza sobre mis rodillas
y la encontré amarga y la injurié", escribe. Tenía
dieciocho años.
Semejante vigilia no durará mucho. Poco más de un año, ni siquiera
dos. A estos esplendores y otros poemas, en ese lapso, le sumará
los espejismos de Una temporada en el infierno,
y una vez terminada la faena, con la prolijidad de los suicidas,
lo arrojará todo al fuego en un gesto de poesía, más que de poeta
(1).
"Él (el Genio) nos ha conocido a todos
y a todos nos ha amado. Sepamos, esta noche invernal, frente a frente,
del tumultuoso polo hasta el castillo, de la multitud a la playa,
de mirada a mirada, cansados los sentimientos y las fuerzas, llamarlo,
verlo y despedirlo, y debajo de las mareas y en lo alto de los desiertos
de nieve, seguir su mirada, su hálito, su cuerpo, su luz."
Asi
terminan sus Iluminaciones a principios de
julio de 1872. Hablan sido tres meses profundos de onírica lucidez.
Cantaba la decadencia de un mundo que apenas florecia. Después se
fue. Primero a Bélgica.
Antes de partir cruza una carta de Verlaine que todavia lo llora.
Rimbaud se ríe y lo desoye, pero no lo desprecia. Le dice
que si quiere lo acompañe, y alli Verlaine lo deja todo para
seguirlo. Abandona a su mujer enferma, a su hijo recién nacido,
a sus amigos, el respeto de los suyos, París, su vida, todo. Parte
hacia Bruselas borracho con Rimbaud y por eso no llegan. Trompeándose
o besuqueándose, los detienen en un puesto fronterizo por ebriedad
y escándalo y los devuelven esposados a París, donde ya todos saben
todo. Para no ver a nadie, se vuelven a escapar y otra vez a Bruselas.
Rimbaud no puede parar y Verlaine no puede dejarlo. Salen por las
Ardenas y llegan a Bélgica a principios de agosto. La mujer de Verlaine,
sin creer lo que le pasa, los persigue hasta que los encuentra y,
bañada en lágrimas, le suplica a su marido que vuelva con ella.
Tanto se retuerce que lo convence, y Verlaine vuelve pero no vuelve.
Antes de cruzar la frontera, se baja del tren entre los gritos de
su esposa y regresa con Rimbaud, su niño- vicio alucinógeno.
A mediados de setiembre, para que nadie los encuentre, los dos amigos
se instalan en Londres donde Verlaine da clases de francés mientras
Rimbaud revisa y pule sus recientes Iluminaciones.
El es el Genio y Verlaine su "virgen loca". "Él
era casi un niño - escribirá y describirá Rimbaud
dentro de poco, en Una temporada en el infierno- ... sus
delicadezas misteriosas me habían seducido. Deseché todo deber humano
para ir detrás de él. ¡Qué vida! ¡La vida verdadera está ausente!
Nosotros ya no estamos en el mundo. Yo voy donde él vaya,
según le plazca. A veces se vuelve contra mí, una pobre alma. ¡El
Demonio! El es un demonio, saben, y no un hombre..."
El poema se titula "Virgen loca" y comienza asi: "Escuchemos
la confesión de un compañero del infierno". El delirio
los une.
En
octubre madame Verlaine, embravecida por la desesperanza, decide
su divorcio y denuncia a su marido por abandono del hogar. Ahora
Verlaine es un prófugo de la justicia y su angustia lo arrastra
más hacia Rimbaud, que harto de tanto lloriqueo lo abandona
sin avisarle y va a visitar a su madre, que acaba de heredar una
mansión en Roche. "Soy de una raza lejana: mis padres eran
escandinavos: se perforaban el costado y bebían su sangre... Me
haré tajos en todo el cuerpo, me tatuaré, quiero devenir horrible,
como un mongol: aullaré por las calles. Quiero enloquecer de ira",
grita Rimbaud en el "esposo infernal" y se esfuma.
La
temporada en el infierno ha comenzado. Su mano copia. "¡Qué
siglo de manos!". Es 1873, Rimbaud tiene
diecinueve años y Verlaine llora tanto que se enferma, le
escribe y lo precisa, le ruega que lo visite y Rimbaud por fin accede
porque ahora es la madre de Verlaine la que le paga el pasaje, y
a él le encanta viajar. Esta vez se encuentran en Jehonville, en
las Ardenas belgas, van hasta Amberes y de allí cruzan de nuevo
hacia Inglaterra. Viajan contentos, se ríen y charlan, nadie se
imagina lo que está por ocurrir.
Una vez en Londres, las discusiones y las peleas son cada vez más
frecuentes, violentas y absurdas. Cansado de protegerlo - y
de que le pague con palizas- , ahora es Verlaine el
que decide abandonarlo para volver con su esposa suplicando que
lo perdone y jurando que nunca más... Pero su mujer ya no le cree,
no lo escucha ni le importa, y entonces Verlaine, dos veces desesperado,
regresa a Rimbaud... Pero son los inicios de 1873 y Una temporada
en el infierno está por suceder. "Logré
diluir en mi espíritu toda esperanza humana. Sobre todo júbilo,
para estrangularlo, di el salto cauteloso de la bestia feroz/ Mientras
moría, llamé a los verdugos para morder la culata de sus fusiles.
Llamé a los flagelos para ahogar con arena la sangre. La desgracia
fue mi dios. Me revolqué en el barro. Me segué con el aire del crimen.
Aposté a la locura." Pensando estas cosas lo encuentra
Verlaine cuando regresa. Ya no se puede vivir con ese chico.
Entre los dos no queda más que reproches y agresiones, hasta que
un día Rimbaud, cansado de pegarle, decide abandonarlo y
esta vez para siempre. Pero Verlaine, que lo ha perdido todo
por él, no piensa dejarlo por mucho que él lo deje, entonces el
desastre. Todo ocurre en Bélgica, en un hotel de Bruselas cuando
Rimbaud le dice que se va y Verlaine lo retiene a balazos. Le pega
un tiro en la mano derecha, Rimbaud lo denuncia, Verlaine
es encerrado, juzgado y condenado... y se pasa dos años en la cárcel
de Mons. El gran Paul Verlaine. Tal el desastre.
Pero
no para Rimbaud, que sigue su marcha y vuelve a las Ardenas
poseído por una angustia que nada tiene que ver con los hechos
de Bruselas, y conmovido por temblores subterráneos cuyas razones
sospecha. Ni bien llega a Roche, se encierra en un cuarto de la
casa de su madre pero ajeno a todo, y más que nada a su madre. Es
abril de 1873. Cuando sale del cuarto, es agosto. Una temporada
en el infierno está terminado. Ya todo está dicho. Consciente de
lo que hizo, asombrado por el genio que lo habita, ahora quiere
los honores que le corresponden y sus placeres. Terminada la obra,
viaja a Bruselas y hace imprimir su nuevo libro en una edición de
autor. Son 500 históricos ejemplares que, lamentablemente para él,
pero por suerte para todos Rimbaud no puede pagar, por lo que el
imprentero se los embarga y, sin quererlo, los salva del fuego para
toda la eternidad (2).
Los otros pocos ejemplares que sobrevivieron al autor fueron aquellos
que el mismo Rimbaud alcanza a mandar a algunos críticos
y colegas confiando en su pronta consagración... Pero ya todos en
París conocían el affaire Bruselas, y si ayer lo esquivaban y lo
rechazaban, ahora se le apartan como si fuera contagioso. Es el
fin del poeta.
Alzado por la ira que anunciaba en sus versos, es entonces cuando
Rimbaud grita "basta" y, en palabras que son actos otra
vez, enciende el fuego de su infierno con fuego de verdad. Cartas,
poemas, prosas, apuntes, intentos, todo lo que encuentra, todo lo
escrito, todo lo dicho, todo a la chimenea para que se queme como
sus sueños. Es un día de noviembre de, 1873; esa noche, desde un
café del barrio latino, repentinamente, sin mayores comentarios,
Rimbaud se levanta, deja su mesa y empieza a caminar y ya
no para. Nunca más escribirá nada. Eso es "basta". Acaba
de cumplir diecinueve años. Lo que le resta de vida, ya no es vida,
es la memoria de un vagar alucinado hasta el infierno palpable de
su muerte. "Abandonadlo todo... salid a los caminos",
dice y hace (3).
"¡Revive la sangre pagana! El espíritu
está próximo: ¿por qué Cristo no me ayuda entonces, dándole a mi
alma nobleza y libertad?... Aquí estoy, sobre la playa armoricana.
Mi jornada está cumplida: abandono Europa. La brisa marina quemará
mis pulmones, los climas lejanos me curtirán la mirada. Nadaré,
reposaré aplastando la hierba, cazaré, fumaré, sobre todo eso: fumaré;
y beberé licores fuertes como de metal ardiente, como hacían nuestros
queridos antepasados alrededor del fuego." Tal es
el infierno que canta y ejecuta. Desterrado de sus propios delirios,
apenas en noviembre de 1873, parte y ya no vuelve por mucho que
regrese. Primero pasa un tiempo en Londres y después en Escocia;
es maestro ayudante en un buen colegio.
Apasionado
por la lengua que descubre, se queda en Inglaterra hasta principios
de 1875 como si allí fuese a quedarse para siempre. Pero unos meses
después ya se lo ve por Stuttgart, quiere aprender el alemán pero
en verdad huye de Verlaine, que acaba de recuperar su libertad
y que ya le está escribiendo porque otra vez quiere verlo. Rimbaud
lo rechaza y se queda en Alemania, donde se emplea como preceptor
en una casa de buena familia. Pero Verlaine no se resigna,
lo rastrea y lo encuentra y viaja hasta Stuttgart, donde Rimbaud
lo recibe entre insultos y burlas y para que vea cuánto lo quiere,
le da una paliza memorable, que lo deja boqueando en el piso bajo
su risa maldita... Aquí sí termina todo. Van a reconciliarse por
carta, pero no volverán a verse. Verlaine parte hacia Inglaterra
y Rimbaud deja Alemania, cruza Suiza caminando, llega hasta
Italia, donde pasa un tiempo en Milán en la casa de una señora rica,
que excitada su piedad, lo cobija por algunos meses hasta que un
día advierte que le faltan ciertas piezas muy valiosas de su colección
de antigüedades, y entonces una abrupta discusión rompe el idilio.
De vuelta a los caminos, siempre a pie como los árboles, Rimbaud
marcha hacia las Cícladas, donde dice que tiene un amigo y que lo
quiere visitar. Pero a poco de andar, una insolación lo desmaya
y es repatriado en Ligurno rumbo a Marsella. En cuanto se siente
mejor, y en Marsella todavía, se emplea como estibador en el puerto
hasta que se enlista como voluntario en el Ejército Carlista, que
parte para España y que parte sin él, porque ni bien se enrola,
deserta y se escapa. Vuelve a Charleville.
Es octubre de 1875, tiene veintiún años. Durante algunos meses se
encierra a estudiar árabe, español, italiano, ruso, griego moderno,
indostani y holandés. Tanto empeño y quietud levantan las peores
sospechas de su madre: algo planea. Y si. En la primavera de 1876
aparece en Rotterdam, firmando un reclutamiento por seis años en
el ejército holandés de las Indias. Su nuevo destino será Salatiga,
en la isla de Batavia. El barco con las tropas zarpa el 10 de junio
y, ni bien llega a Batavia, apenas pisan tierra, Rimbaud
deserta otra vez, se pierde en la selva, alcanza una playa, desde
la orilla ve pasar un buque de bandera inglesa, le hace señas pero
no lo ven, se arroja al agua y nada hasta alcanzarlo, sube y lo
contratan, bordea el mar de Java, llega hasta Burdeos, y el 31 de
diciembre está de vuelta en Charleville junto a su madre y sus hermanas.
Pero ya en abril del '77 se lo ve por Viena, otra vez quiere estudiar
alemán pero ahora tiene problemas con la policia, lo roban o roba,
nunca quedó claro: no pudo explicarlo porque enseguida lo deportaron
hasta la frontera de Lorena. Pero no vuelve a Francia. Cruza hacia
Holanda, camina hasta Hamburgo, alli se emplea como intérprete en
un circo. Durante algunas semanas, entre payasos patéticos y leones
desdentados, Rimbaud recorre las ferias de Alemania, Dinamarca y
Suecia y, cuando llega a Estocolmo, en nombre de su prontuario consigue
que lo repatrien y en setiembre está de nuevo en Charleville y poco
después parte rumbo a Marsella y se embarca para Alejandría. Sueña
con abandonar Europa, pero Europa no lo deja. Enfermo de tanto andar,
con "fiebre gástrica causada por el roce de las costillas
contra el abdomen", Rimbaud es desembarcado en Civita- Vecchia
para que se reponga en Roma y vuelva a Charleville. Tiene veintitrés
años, ya cumple veinticuatro y enseguida parte para Hamburgo,
pero antes pasa el otoño en Roche y después baja hasta el Mediterráneo,
camina desde Vosgo a Génova y de Génova se embarca para Alejandría
y entonces abandona Europa tal cual lo predijo. Ya terminó su jornada.
Ahora se le quema la cabeza bajo el sol homicida de la primavera
de Chipre. Es capataz en una cantera, pero la fiebre lo derrumba
y a fines de junio lo desembarcan en Marsella enfermo de tifoidea,
y de allí lo mandan a su casa para que se cure o se muera. Es por
aquellos dias cuando lo visita su amigo Delahaye y escucha
su célebre sentencia.
- ¿Todavía te dedicas a la literatura?
- pregunta Delahaye.
- Los libros sólo sirven para ocultar
la lepra de las viejas paredes - responde Rimbaud,
que a principios de 1880, está en Chipre de nuevo. Ahora es el capataz
del palacio que van a construir para el gobernador general en la
cima del monte Troodos, a más de dos mil metros sobre el nivel del
mar...
Para junio ya juntó 400 francos y, antes de cocinarse, escapa a
Egipto. Recorre y busca trabajo por todos los puertos del Mar Rojo
y así llega hasta Abisinia, donde comercia café para una compañia
francesa, que impresionada con su desempeño, rapidamente lo destina
a su central de Harrar, en Somalía, con porcentajes sobre los beneficios
y con todas las recomendaciones que se merece. "¡Tendré
oro, estaré salvado!", tal vez recuerda que escribió alguna
vez.
Pero ya no le importan sus versos. Ha descubierto Africa
y ahora quiere explorarla. Le gusta el lugar y, por increíble que
suene, también su gente. Se lo cuenta por carta a su hermana Isabel:
"La gente de Harrar no es más estúpida,
ni más canalla, que los negros blancos de los paises llamados civilizados;
no son del mismo orden, eso es todo. Son tal vez menos malos y pueden,
en ciertos casos, demostrar agradecimiento y fidelidad. Se trata
sólo de ser humano con ellos".
También
le escribe a su buen amigo Delahaye, pidiéndole útiles, libros
pero no literatura, quiere folletos técnicos, manuales de exploración:
prepara una obra sobre Harrar, una expedición al interior de Somalla,
y un riguroso informe para la Sociedad Geográfica de París. Así
es como en junio de 1883, al mando de una caravana con más de cien
hombres, Rimbaud se convierte en el primer Europeo que pisa Bubassa,
donde anuncia la civilización, establece algunos comercios, recluta
más esclavos, y parte para el Ogaden remontando el río Erer. "Volveré
con miembros de hierro, la piel bronceada y los ojos enfurecidos:
por mi aspecto se me juzgará de una raza fuerte. Seré ocioso y
brutal..."
Pero no. La guerra entre Egipto y Abisinia desbarata
sus mejores planes y en abril del 1884, con 16.000 francos ocultos
en su cinto, vuelve a Abisinia y se queda hasta finales de 1885
por una mujer. Sus vecinos se sorprenden cuando ven que trata a
su negra como si fuera blanca, y él describe en cartas a su familia
fantaslas maritales que en su caso son delirios. Hasta sueña con
un "hijo ingeniero". Justamente él. Para octubre
de 1885 ya lo ha dejado todo y está sobre la costa africana traficando
armas para el rey de Choa. No hay retorno. "¿Sobre
qué sangre tengo que caminar?" Parte con sus fusiles
para Tadjourah, equipa una caravana, cruza el desierto, lo atacan
los salvajes, matan a sus dos ayudantes blancos y se amotinan sus
negros, pero no pierde el mando y, a punta de pistola, sólo con
su revólver, consigue arrearlos hasta Ankober donde se hace la entrega.
Cerrada la operación, con su cinto repleto, se retira a El Cairo
para descansar y fumar y "beber licores como de metal ardiente".
Por entonces, muy lejos de alli, los simbolistas franceses
descubren sus versos entre redobles y elogios que ya no van a parar
y que él jamás escuchará. Tiene treinta y cuatro años y morirá dentro
de tres. Pero como aún no lo sabe, parte hacia Etiopía. En Zeilah
arma otra caravana y la carga de fusiles destinados al rey de Makonen.
Será un traficante, pero sólo trata con principes. Y el negocio
es próspero. Ya esconde más de 30 mil francos en su cinto de siempre
y, en mayo del '88, funda en Harrar una factoría propia y desde
allí trafica azúcar, arroz, armas, aceite, café, esclavos, mujeres,
marfil, hachís, fusiles. Sus negocios cubren el país entero. Es
rico. Está salvado. Dicen que su casa es un harén. "Siempre
hay mujeres que se ocupan de esos feroces condenados que vuelven
de las tierras cálidas." Siempre. El 10 de agosto
de 1890, escribe a Charleville: "¿Podría ir a casarme entre
ustedes en la primavera que viene?" No explica con quién
y ya no importa. Ni bien empiece el invierno comenzará a morir.
En
febrero de 1891 siente un dolor repentino pero agudo en la rodilla
derecha y, antes de una semana, ya se ve el tumor a simple vista.
Es un raro caso de sífilis que degenera en cáncer. Pronto pierde
el sueño, el apetito, no camina y el dolor le sube , y se lo come.
Necesita un médico y no brujos nativos. Con la fuerza y lucidez
que le quedan, dispone su séquito, hace construir una angarilla
y así lo cargan durante más de diez días con sus noches por el desierto
hasta Zeilah. Allí no pueden hacer nada y a través del cónsul francés
consigue que lo embarquen rumbo a Marsella, donde lo recibe su hermana
Isabel al cabo de tres días de navegación, sin dormir ni comer ni
dejar de sufrir. El 9 de mayo, en el hospital de la Concepción de
Marsella, le amputan la pierna derecha, pero es tarde también. El
cáncer le toma el fémur. Intenta una prótesis de madera, pero el
muñón se inflama peligrosamente y Rimbaud queda postrado. Ya es
"un tronco inmóvil". Escribe y se pregunta: "¿No
tuve una vez una juventud amable, heroica, fabulosa, digna de ser
escrita sobre tablas de oro? - ¡demasiada suerte!- ¿Qué
crimen, qué error he cometido para merecer mi debililidad actual?
Vosotros que afirmáiss que las bestias sollozan de pena, que los
enfermos desesperan, que los muertos tienen pesadillas, vosotros...
tratad de narrar mi pesadilla y mi sueño. Yo no puedo expresarme
sino como el mendigo con sus continuos Padrenuestro y Avemaría.
¡Ya no sé hablar!". Ni siquiera eso.
El
20 de octubre cumple treinta y siete años y acepta la confesión.
Adormecido por la morfina y lo que resta de si se reseca y endurece.
Todo París está detrás de sus versos, los simbolistas se
arrodillan frente a su Infierno y las mejores revistas se disputan
su descubrimiento y lo buscan por todas partes. Tarde para todos.
En un hospital de Marsella, paranoico de fiebre, Rimbaud
ni siquiera se reconoce, niega que es él, pregunta por su cinto,
tiene miedo de que le roben, de que lo reconozcan y lo encierren,
grita, insulta, se retuerce entre las monjas perseguido por sus
fantasmas, hasta que llega un sacerdote, le da la extremaunción
y, al salir del cuarto, con el asombro de los milagros, le dice
a Isabel: "Su hermano cree, hija mía...Cree y no he visto
nunca una fe como la suya".
Murió el 10 de noviembre de 1891. Unos días después, su madre
y su hermana, solas las dos, lo enterraron en Charleville. Hoy su
tumba es una meca, su obra todavía destella, inspira y desconcierta,
y su nombre suena sacro por sobre todos los malditos. Él es su santo.
Notas [S.R.]:
1.
El lector que quiera ampliar su perspectiva con respecto
a la destrucción de textos por parte de sus propios autores puede
consultar el trabajo de G. Haddad: "A partir de una hoguera",
en Transdisciplina-escritura.
2.
Insistimos en nuestras recomendaciones, ver en el libro
"Los biblioclastas" de G. Haddad, la parte tercera referida
a "El suicidio del texto", que trata de la pulsión
biblioclástica en Virgilio, Kafka y Mallarmé, a cuya lista habría
que agregar también a A. Rimbaud.
3.
Este acto de abandono de la escritura para pasar a la
acción y sus posteriores acontecimientos inscriben a Rimbaud entre
los autores (escritores) que trata Silvie Le Poulichet en su libro
"El arte de vivir en peligro", desde una perspectiva un
tanto diferente de los incluidos allí, pero no por ello menos peligrosa
en su búsqueda (la de A.R.).
***
Texto
extraído de "Historias de escritores", Daniel Ares, págs.
69/89, ed. Extra Alfaguara, Buenos Aires, 1998.
Selección, destacados y notas: S.R.
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octubre 2004
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