A
partir de una hoguera
Gérard
Haddad
El
10 de mayo de 1933 Hitler festeja su toma del poder, reciente
y todavía frágil, con una ceremonia pública, de corte medieval:
enciende en el centro de Berlín una inmensa
hoguera de libros. Mientras
lo asaltan tantas dificultades políticas y económicas, el siniestro
Führer decide abrir la nueva era que ha prometido con este auto
de fe. ¿Se ha medido veraderamente el alcance de este acto emblemático
de nuestro siglo?
Todo nuevo régimen se complace en inaugurar
su reino con ceremonias que expresan en algunos gestos espectaculares
‑símbolos fáciles de descifrar- la quintaesencia de su ideología.
El jefe de Estado recientemente electo que honra la
memoria de hombres políticos difuntos marca con las flores que
deposita sobre sus tumbas la filiación y la herencia que reivindica.
¿Que filiación, qué programa proclamaba el nazismo frente a su
pueblo y al mundo encendiendo su funesta hoguera?
Los
autos de fe, el incendio voluntario de bibliotecas, la destrucción
de textos, eso que llamo pulsión biblioclástica,
poseen una larga historia, que comienza sin duda con la aparición
de los primeros libros, o de las cosas que ocupaban, previamente,
la misma función: tabletas de arcilla o de piedra, rollos de papiro.
El nazismo, con su gesto inaugural, reivindica esta negra tradición.
En nuestra memoria se identifica, asimismo, con ese rasgo. Hemos
heredado de un siglo espantoso este criterio seguro para identificar
un régimen, una corriente política totalitaria: es la que se transparenta
en los que queman libros o cometen actos equivalentes, destrucción
de obras de arte, de instrumentos musicales ‑Libia lo escenificó
recientemente‑, profanación de tumbas, atentados todos contra
esos símbolos de la humanidad de¡ hombre. Escritores intuitivos
‑Orwell en 1984, Bradbury en Farenheit
451‑ hicieron de esta tropelía el tema central de sus
obras.
He aquí que se cruzan y se anudan en síntoma que queda por descifrar
dos series de fenómenos, por una parte la figura inmemorial de
la barbarie destruyendo libros y por otra, la enfermedad reciente
y específica del siglo que lo marca a fuego y lo fascina, el totalitarismo.
¿Por qué se destruyen libros? ¿Qué significan
los autos de fe?
Se
impone una primera observación. El auto de fe apunta con
un odio total y enigmático a un objeto singular, el
libro. Y aunque la elección de los libros a destruir
parezca particular, el verdugo que enciende
la hoguera anhela terminar con todos los libros, con la idea misma
de Libro, percibida como figura del Mal. Así, la antorcha
de los textos encendida de entrada por los nazis se relaciona,
por otra vertiente, con un trabajo anterior en donde intenté definir
el lugar y la función del Libro en lo inconsciente (Cf. Manger
le Livre, Grasset, 1984).
Resumiré algunas de las conclusiones a las que llegué para que
el presente ensayo pueda leerse de manera independiente.
Mi punto de partida fue la comprobación, subrayada por Lacan,
del fracaso teórico que constituye Tótem y tabú. Por este
fracaso, Freud, que consagró toda su existencia a construir
una teoría del Padre, la deja
en un embrollo, compartido por los psicoanalistas contemporáneos.
Si nos atenemos, en efecto, al modelo mítico de Tótem y tabú
‑y a su referencia, por otra parte caduca, al
totemismo‑, los analistas posfreudianos ya no pudieron articular
nada coherente sobre esta cuestión. Estaban condenados, ya sea
a dejarla a un lado, ya a resbalar en articulaciones inconsistentes.
¿Qué puede significar seriamente, cómo
puede funcionar para el hombre de las ciudades de hoy en día,
la "devoración canibalística del padre", soporte de
la identificación primaria?
Para
permanecer en el registro de la oralidad, elegí interrogar los
ritos alimentarios efectivamente practicados, comenzando
por los que me son más familiares, los ritos alimentarios judíos,
tan complejos y variados. Este análisis permite despejar un extraño
resultado: el Libro es la materialización
del Padre simbólico freudiano "canibalísticamente" devorado
en la identificación primaria. Por esta incorporación el sujeto
adquiere el sentimiento imprescriptible de pertenecer a una familia
humana, a un pueblo. ¿Qué Libro? Aquel que, precisamente, cada
pueblo y cada religión considera como sagrado. Libro
siempre múltiple, bibilioteca mínima, mejor dicho; Biblia,
Evangelios, Corán y otros textos fundadores, Libro
escrito o transmisión oral de mitos en corpus hojeados. También,
la fórmula pueblo del Libro designa, en rigor a cada
pueblo, hijo de un Libro dado. La singularidad de Israel es
la de enunciar claramente este universal.
"Comiendo" el Libro de su grupo
de origen, cada sujeto sufre una profunda metamorfosis.
Por la identificación amorosa con su grupo, con la inscripción
en una genealogía que ella implica, recibe su aptitud futura para
engendrar, para convertirse a su turno en hombre y padre en ese
grupo. Lleva en él, desde ahora, al niño por‑venir. El Libro,
en el origen representante del Padre simbólico y de la línea ancestral,
se transforma en esa operación en el niño que perpetuará la cadena.
La
cuestión del Libro recubre de punta
a punta a la de la paternidad, mecanismo complejo en donde el
símbolo tiene un lugar preponderante y por el cual la humanidad
a la vez se reproduce e interpreta este mecanismo.
Esta tesis ha sorprendido. Sin embargo su verdad merodea,
desde siempre, especialmente ‑y con razón‑ entre las
teologías, en espera de desciframiento. El Islam, por ejemplo,
en su crucial relación con el Libro, enuncia desde hace mucho
tiempo que Al‑Kittab (El Libro) es, como su Eternidad,
el mayor atributo de Dios Padre. El monoteísmo en general, en
una intuición profunda, pone adelante esta función del Libro para
el ser humano, confiriéndole una dimensión nueva, obsesionante.
Puede pensarse con relación a la estatuaría renacentista, comparándola
con su modelo griego. Ningún escultor de Atenas colocó nunca un
libro al costado de su tema, contrariamente a Donatello, que adorna
con libros cada una de sus esculturas, como marca del monoteísmo
advenido en el ínterin.
Desde
aquí se comprende la significación del auto de fe. En las
antípodas del "devorador" del Libro, que lo hace suyo,
el "incendiario" lo vomita con horror, busca erradicarlo,
rechaza todavía más su transmisión. Destruir
el libro, de acuerdo con mi tesis, significa
liquidar al niño por‑venir, rehusarse a la función de ser
padre que implica el reconocimiento de su destino mortal, en suma,
no querer saber nada de su castración, "no en el sentido
de la represión" sino en el de la forclusión.
El auto de fe actúa en forma velada y extrema el odio y el
rechazo al Padre.
Para retomar la dicotomía cómoda entre pulsiones de vida y
pulsiones de muerte, entre Eros y Tánatos, entre voluntad de edificar
sistemas de complejidad creciente o regresar al estado inerte,
"comer el Libro" pertenece a Eros, destruirlo, a Tánatos.
Esta última tendencia, lo sabemos desde Freud, obra en todo sujeto
de diferentes maneras. Si el Libro representa la articulación
del individuo con su grupo, no debe asombrar a nadie que su ataque
tome de entrada formas públicas, precisamente el auto de fe, el
incendio de Bibliotecas, que recorren como un hilo negro la madeja
de la historia humana.
En este libro me propongo situar los momentos en los que este
hilo negro se convierte, en escena o entre bambalinas, en el agente
principal de la tragibufonería histórica.
Algunas indicaciones permitirán que el lector no se extravíe.
Sostendré, por medio de una incursión
barroca sobre lo no‑dicho, lo nunca dicho de este asunto,
que cada religión, y muy especialmente las monoteistas, se
funda en la autodestrucción de su texto más sagrado. El relato fundante [el Libro]
carga siempre con la cicatriz sintomática de este sacrilegio,
risa de Satán en el corazón mismo del texto divino. Por otra parte,
mostraré que los movimientos mesiánicos (o milenaristas) tienen
por criterio y denominador común la voluntad de acabar con el
Libro y con la Ley que encarna. Desembocan y desembocarán siempre
en las más sórdidas dictaduras totalitarias, o en comunidades
reducidas, del tipo de los cuáqueros, al margen de la familia
humana. Finalmente, expondré cómo el odio al Libro, cuando se
proyecta hacia otro grupo, hacia otro pueblo, hacia otra religión,
toma la forma, próspera en nuestro siglo, del racismo.
Más que al color de la piel o las facies diferentes, el
racismo aborrece el Libro del otro pueblo, su cultura,
no pudiendo confesarse el rencor, el odio que le produce su propio
Libro.
Pero
la pulsión biblioclástica se manifiesta también
secreta y trágicamente a través de los destinos individuales.
Muchos escritores, entre los más famosos, desde Virgilio
a Kafka y Mallarmé, han estado fascinados, en la
noche de su aventura, por ese mismo vértigo: destruir su obra.
El esquema teórico aquí planteado ¿permite arrojar una luz suficiente
para barrer con su haz el malestar de la cultura de cada uno?
Toda interpretación freudiana no vale más que en el a posteriori
que desencadena.
[...]
El
lector ausente
¿Cómo
reprimir este abatimiento? Falsos libros, coberturas sin contenido,
libros pañuelos de papel, libros falsarios, libros sin autor,
productos de oficina regidos por las encuestas de mercado y, forma
límite amenazante, muerte del lector, ¿no prolongan el auto de
fe hitleriano? ¿No anuncian un totalitarismo fláccido, como modo
de organización televisual de los goces? El asunto del Libro está
demasiado encabalgado al hecho humano como para dar por perdida,
de entrada, su causa. Se oponen a la pendiente de un pesimismo
fácil, signos regocijantes. Las persistencias, aun atenuadas,
del totalitarismo, revientan por doquier y, progreso tal vez más
esencial, esta ideología ya no fascina a ninguna inteligencia.
El fantasma milenarista sufre
una terrible derrota, si bien, como la hidra, se buscará nuevas
formas. En el interín se anuncia un despertar, sin duda cargado
de peligro, pero que augura un Renacimiento
del Libro, ese relevo que se trasmiten las generaciones como Nombre
del Padre.
Ha
sido necesario recortar, machacar con esta tesis, la que afirma
que el rechazo, la destrucción de su libro
por un grupo significa forclusión
del Nombre del Padre, psicosis, registro en el que se inscriben
todas las revoluciones apocalípticas.
La asunción de la paternidad en tanto que
puro símbolo, más allá de todo lo imaginario, procede de un misterio
que reúne y recubre otro: el de la muerte. La paternidad no adviene
más que a través de la experiencia de la muerte. Sin
el símbolo del Nombre del Padre, el vínculo de un hombre y una
mujer vira rápidamente hacia el desastre y reconstruirlo de
novo implica generalmente peligrosos desvios (J. Lacan, Serninario
III, Las Psicosis).
El acto de escribir procede de la misma función, ser‑padre.
Permite a ciertos sujetos, para los que la inscripción imperfecta
de esta función ha hecho laberíntica a la relación entre los sexos,
volver a encontrar un camino tortuoso pero practicable. Se parece
a una couvade. Se sabe que este ritual, codificado o espontáneo,
afecta a algunos hombres cuando sus compañeras esperan un niño.
Experimentan, también ellos, dolores abdominales o lumbares, se
acuestan como la parturienta. Producir un libro es el único embarazo
que un hombre puede ofrecerse.
Pero más allá de este simulacro de femineidad,
la grandeza del acto de escribir proviene de una confrotación
con la muerte, con la castración, con la experiencia de desubjetivación
que queda implícita.
"Como sujeto, no escribo más que desde un lugar
y un tiempo en donde mi muerte ya reina" M. Blanchot. Toda
escritura verdadera es de ultratumba. "La poesía", decía
tan justamente Hermann Broch, "es la única actividad humana
dedicada al conocimiento de la muerte" (H.Broch, La muerte
de Virgilio).
La punzante reflexión de Blanchot sobre el acto de escribir
ahonda esta misma idea de una confrontación con la muerte, de
un vaciamiento del ser como verdad secreta de la literatura. Me
parece volver a encontrar aquí esa equivalencia obstinada entre
el escribir y el ser‑padre, conjugándolos en una misma tragedia.
Los escritores que llevaron más lejos esta interrogación, han
duplicado esta tragedia con un íntimo auto de fe, con un suicidio
textual, agujereando la literatura con una interrogación de mirada
cenicienta.
Relacionar
con: La ausencia de libro, M. Blanchot.
Texto
extraído del libro "Los biblioclastas", G. Haddad, págs.
3/9 y 131/133, editorial Ariel, Buenos Aires, Argentina, 1993.
Edición original: E. Grasset, París, 1990.
Selección y destacados: S.R.
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octubre 2004