|
Acerca de los amores difíciles
Sergio Rocchietti
Relacionar
con: "Los
amores difíciles", Italo Calvino, ed. Tusquets, Barcelona,
España, 1993.
Agradecemos a Italo Calvino la claridad
y simplicidad de su título que nos brinda la posibilidad de generar
un espacio de encuentro con otros textos y decires.
Y
también relacionar con: "La
mujer y el niño", F. Nietzsche.
¿Amor?
¿Difícil?
Estar
cerca de los amores difíciles no es difícil. Es sencillo, no hace
falta más que mirar en derredor y los encontraremos sino lo hacemos
sólo con estirar nuestra mano. Es simple muy simple.
¿Es
que hay "amores fáciles"? Pregunta que todos contestaremos
en nuestras cabezas sin decir en voz alta nuestro "NO"
rotundo y redondo,(por la forma que toma nuestra boca al pronunciar
una negativa con énfasis). No lo diremos en voz alta -creo yo- porque
no queremos oír tan nítidamente que dificultades debemos enfrentar
cada vez que hablamos o tratamos de amor. O cada vez que intentamos
hacerlo, al amor. ¿Será posible hacerlo?
No
hay amores fáciles y es por eso que estamos tratando de los amores
difíciles o "del amor", así, a la manera antigüa de titular
un texto, "sobre", "acerca de" o "de o
del".
Leímos
un cuento, el de Calvino, y esa lectura (que provino de una recomendación,
de un señalador que indicaba dentro del libro y del gesto de una
señaladora que nos lo facilitó) nos hizo sentir en toda su magnitud
-la de la sensación- que algo sucedía, que algo allí se expresaba
y nos alcanzaba. Que Calvino pudo poner en palabras cuestiones que
atañen a la relación, llamada de amor, entre el hombre y la mujer
y eso sucede en especial en ese cuento llamado "La aventura
de un matrimonio". Pudo poner en palabras, pudo poner en imágenes
que crean escenas y en situaciones que muestran sin pensar -no teoriza
al respecto-, que muestran sin dudar lo que es una leve interacción
entre el hombre y la mujer, entre una mujer y un hombre.
La
nota introductoria está escrita por el propio Calvino sin mención
de su nombre y es allí donde se corrobora nuestra sensación, percibida
en la lectura del breve cuento mencionado: "... en la mayor parte de los casos [relatados en este
libro] alude [el autor] solamente a un movimiento interno, a la
historia de un estado de ánimo, a un itinerario hacia el silencio"
Es preciso decir que para Calvino este
núcleo de silencio no es solamente un pasivo imposible de eliminar
en toda relación humana: encierra un valor precioso, absoluto".
Esto
dicho en las propias palabras del autor adquiere un sesgo de indicación
altamente valorable, que se acentúa inmensamente cuando agrega que:
"Quizá el título que mejor podría
definir lo que estos cuentos tienen en común sería Amor y ausencia".
Hablamos,
y hablamos. Dirá J. Lacan que hablamos porque reprimimos (para reprimir)
que no hay relación sexual, relación-proporción, es el idioma francés
el que nos provee de ambas significaciones, que no hay relación
con otro, otra, que nos dé la seguridad de una trascendencia de
escritura, simplificando, que haya huella, huella inscripta a pesar
de nuestro hablar y a pesar de nuestro hablar es a pesar de nuestro
reprimir que no es más que no querer saber nada de eso. Seguimos
-y no es fácil en estas cuestiones- hablando para no saber que no
hay relación inscribible "entre" nosotros, los archivos
se ubicarán en otros lugares no "entre" nosotros (por
más que las fotos, sus albumes, los videos, las cámaras o lo que
sea lo intente: que haya relación que perdure que sea, que colme,
que apacigue). Los archivos estarán en la Iglesia, en el Registro
Civil, en un lugar otro, virtual, escritural, códice, palimpsesto,
tablilla de barro cocida al fuego en las ciudades saquedas de Sumeria,
papel quemado en sus bordes que nos nombra (nos puede nombrar aquello
de lo que ni siquiera nos enteramos: sí). Pero nos calmamos si,
con la tranquilidad del ingenuo (amor) que siente que el recuerdo
es para siempre, que el gesto es inmortal; quizás lo sea en el instante
efímero de su acción. Bienvenida la pureza que se instala en los
instantes, nos cuida de los infiernos abisales de la verdad (la
de lo real, aunque real y verdad no se llevan bien), lo humano se
asoma desde allí a su nadificación, reprimir la muerte dice Lacan,
la de ¿uno?, la ¿propia?, no lo creemos posible, al reprimir se
aleja la "idea" de la muerte, que no es lo mismo que la
muerte real (se reprime o se manda a pasear a la idea de la muerte,
paseo que lleva hacia el inconciente, aunque allí y esa es la clave
no hay representación de la muerte porque no hay experiencia de
la muerte ¿entonces?, la muerte entra en el juego de la vida de
la mano del argumento de una tragedia famosa que se hace complejo
con Freud, Edipo Rey de Sófocles, aclaración necesaria: una tragedia
no es un complejo y un complejo no es más que un sueño teórico,
ver Más allá del CdE en el Seminario XVII de J.L.). Luego, vida,
amor, muerte, establecerán sus formas, sus movimientos, sus figuras
de entrelazamiento; girarán, se acercarán, se alejarán, somos los
observadores de una danza extraña, y allí, la ausencia será una
de las formas de la nada, de lo negativo, otra la constituirá la
muerte, con las formas de la mortalidad, del límite, del vacío,
y de nuevo la ausencia, de "ya no más". Muerte, nada,
vacío, límite, ausencia, nombres que apuntan desde distintos lugares
a lo que no está, a lo que no es, que ya no está, que ya no es.
Y el amor, humano, y el hablar, humano. A veces hablamos de amor,
sentimos amor, anhelamos amor.
Como
nuestro tema es el amor volvemos al cuento (un cuento de amor) donde
el mismo autor parece haber pensado en el título alternativo de
"Amor y ausencia" vayamos al texto:
"Elide se pasaba una mano por el
pelo, se esforzaba por abrir bien los ojos, como si cada vez se
avergonzase un poco de esa primera imagen que el marido tenía de
ella al regresar a casa, siempre tan en desorden, con la cara medio
dormida. Cuando dos han dormido juntos es otra cosa, por la mañana
los dos emergen del mismo sueño, los dos son iguales".
Ser
iguales, he allí un bello sueño, o por lo menos acentuémos que se
trata de un sueño de simetría, de encastre, de coincidencia. ¿Es
que tú traes aquello que colmará lo que hay en mí de ausencia? Dormir
juntos, lo decimos, lo creemos, esta certeza nos la provee la semejanza
de un inicio y de un despertar, podemos suponer que hemos dormido
juntos si hemos hecho los actos simultáneos que nos dan esa impresión.
Ahora bien, ¿hemos dormido juntos o uno al lado del otro? Esto es
lo que se destaca en el relato: si hemos ingresado juntos en el
territorio del dormir alcanzaremos al salir un estado de igualdad.
Ni Arturo ni Elide se encontraban en el lecho conyugal, cada uno
encontraba la ausencia del otro y si hubieran encontrado el cuerpo
del otro no habría allí más que una insinuación, por cierto leve,
de la presencia del otro. El cuerpo allí no establece la presencia
de esa persona, sólo estoy en condiciones de interrogar esa presencia
si hay un cuerpo. ¿Es que estás tú allí donde tu cuerpo me indica?
Pero, es nuevamente el mismo relato el que nos muestra como tendría
que haber sido la escena esperada: si emergemos del mismo sueño
devenimos iguales.
Se abrazaban. Arturo llevaba el chaquetón
impermeable; al sentirlo cerca ella sabía el tiempo que hacía: si
llovía, o había niebla o nieve, según lo húmedo y frío que estuviera.
Pero igual le decía: «¿Qué tiempo hace?», y él empezaba como de
costumbre a refunfuñar medio irónico, pasando revista a los inconvenientes
que había tenido, empezando por el final: el recorrido en bicicleta,
el tiempo que hacía al salir de la fábrica, distinto del que hacía
la noche anterior al entrar, y los problemas en el trabajo, los
rumores que corrían en la sección, y así sucesivamente".
La
inercia, la costumbre y la queja son los habituales condimentos
de la vida cotidiana, pero antes: abrazarse, si tu cuerpo está,
tú estás, y si tú estás puedo continuar.
"Al estar así los dos junto al
mismo lavabo, medio desnudos, un poco ateridos, dándose algún empellón,
quitándose de la mano el jabón, el dentífrico, y siguiendo con las
cosas que tenían que decirse, llegaba el momento de la confianza,
y a veces, frotándose mutuamente la espalda, se insinuaba una caricia
y terminaban abrazados.
Pero de pronto Elide"... tenía que irse, como siempre, rápido, a trabajar.
Interesante
escena que es la única que parece de una posible encuentro (insistimos
de los cuerpos) pero una vez más la característica será el desencuentro.
"La cama estaba como la había dejado
Elide al levantarse, pero de su lado, el de Arturo, estaba casi
intacta, como si acabaran de tenderla. El se acostaba de su lado,
como corresponde, pero después estiraba una pierna hacia el otro,
donde había quedado el calor de su mujer, estiraba la otra pierna,
y así poco a poco se desplazaba hacia el lado de Elide, a aquel
nicho de tibieza que conservaba todavía la forma del cuerpo de ella,
y hundía la cara en su almohada, en su perfume, y se dormía".
Es en estos párrafos descriptivos donde se percibe
claramente como el amor es ausencia y se sostiene en esa ausencia;
ausencia de cuerpo que trae todas las otras ausencias, digamos inadecuaciones,
que hacen que el estar sea un desencuentro perpetuo, pero aun así
la maestría de la escritura de Calvino nos pone en alerta pues si
"la" mujer no está, están sus pistas, sus trazos, sus
aromas y tibiezas, está su "haber estado".
"Elide encontraba todo mal hecho,
pero a decir verdad no por ello él se esmeraba más: lo que hacía
era una especie de ritual para esperarla, casi como salirle al encuentro
aunque quedándose entre las paredes de la casa ..."
"En cambio Arturo, después del
primer entusiasmo porque ella había vuelto, ya estaba con la cabeza
fuera de casa, pensando en darse prisa porque tenía que marcharse".
Ahora
le toca a ella quejarse de su marido, él espera que ella llegue
y él ya está en otra parte, el movimiento no se detiene, ellos no
se encontraban más que en ese fugaz intercambio de lugares, de adentro
a afuera, de afuera a adentro.
"Elide lavaba los platos, miraba
la casa de arriba abajo, las cosas que había hecho su marido, meneando
la cabeza. Ahora él corría por las calles oscuras, entre los escasos
faroles, quizás ya había dejado atrás el gasómetro. Elide se acostaba,
apagaba la luz. Desde su lado, acostada, corría una pierna hacia
el lugar de su marido buscando su calor, pero advertía cada vez
que donde ella dormía estaba más caliente, señal de que también
Arturo había dormido allí, y eso la llenaba de una gran ternura"
(Fin).
Un
encuentro encuentra la ausencia. Y le alcanza con su saber que él
otro -en este caso- estuvo allí y puede recuperar su calor, signo
de su presencia. ¿Y si hubieran hablado y si se hubieran encontrado,
real y verdaderamente? ¿Y si hubieran podido aunque sea señalar
ese malestar? ¿Se habría quebrado esa relación que se sostenía en
un desencuentro perpetuo? ¿Habrían podido sortear el mágico encantamiento
que les proponían esas rutinas? No lo sabemos y no lo sabemos porque
Antonio y Elide no existen o sí, si queremos atribuirles su existencia
al autor, pero el autor dejó la pluma hace tiempo. Y nos dejó otra
valiosa -para nosotros- indicación: hemos insistido en los desencuentros,
en el amor, en la vida y en la muerte, pero hemos dejado desde el
inicio dos cuestiones, que podemos llamar base, dos cuestiones base.
Una, la primera, es que no queremos oír ni siquiera por nuestra
propia voz algunas cosas que por eso, callamos. Las callamos y las
dejamos en nuestro interior, las acallamos. La segunda -es la que
destaca Calvino- el hacer, en estas historias, lleva al silencio,
hace "un itinerario hacia el silencio". El hacer,
¿qué hacer lleva hacia el silencio?, inevitablemente vamos hacia
el silencio cuando no podemos decir lo que no nos atrevemos a decir,
lo que no nos atrevemos a producir como decir, lo que no nos atrevemos
a sentir, por lo que traerían esa palabras no dichas, no pronunciadas.
Y ¿qué traerían esas palabras? Simplemente los tiempos discímiles,
lo fragmentario, lo inconstante de nuestra vida. Podrían traer esas
palabras las certezas de los devenires y el derrumbe de las continuidades.
Traerían, traerían y no dejarían de traer ante nosotros tantas cosas
que no queremos aceptar que sería demasiado. Es mejor el repetir,
es mejor el silencio de lo que se calla y que no se interroga, es
mejor no arriesgar. Es mejor que todo permanezca quieto y eterno.
Nota:
(1) El aforismo 406 de "Humano, demasiado humano" de F. Nietzsche trae
lo siguiente:
El matrimonio considerado como una larga conversación.- En el momento de casarse debemos plantearnos esta pregunta: ¿Crees
poder conversar con tu mujer hasta que seas viejo? Todo lo demás
del matrimonio es transitorio, pues la mayor parte de la vida común
está dedicada a la conversación.
Con
este aforismo F.N. resume estupendamente nuestra conclusión.
(2)
Hemos dejado el "valor precioso y absoluto" que tiene para Calvino
ese "núcleo de silencio". Y es así que no lo consideraremos
desde lo habitual que es otorgarle un valor de "negatividad
negativa" o mejor, de "negatividad sustractiva",
el silencio es tal no sólo porque no puede hablarse sino, y es lo
más importante, genera ese silencio productos. Hay un silencio que
proviene del callarse, más lo es -silencio- desde una palabra que
no puede ser proferida porque hay un lugar que lo impide, y ese
lugar está en nosotros; esto puede modificarse, no sin una intensa
labor nuestra. Y además hay un silencio de lo que no podrá ser más
que siempre silencio y también está en nosotros como "negatividad
productiva", de eso que creemos nada algo llega. No nos extenderemos
más en las distintas temáticas de lo negativo, pero no nos olvidemos
que es gracias a que no tenemos que llevar con nosotros los objetos
que designamos con las palabras que podemos caminar sobre el suelo
del mundo ligeros de carga. Dicho de otra manera más resumida y
acentuada: las palabras son formas de la ausencia.
Anexo:
Para
aquéllos que pueden o quieren aventurarse en tierras extrañas agregamos
lo que sigue:
"No hay relación sexual"
(Citas de J.L.)
"Es
pensable que todo el lenguaje no sea hecho más que para no
pensar la muerte, que, es la cosa menos pensable que hay".
[...]
"Tendería
más bien a pensar, que el sexo y la muerte son solidarios,
como está probado por lo que sabemos del hecho que son los cuerpos
que se reproducen sexualmente los que están sujetos a la
muerte.
Pero
es también por la represión de la no-relación sexual, como
el lenguaje niega la muerte. El despertar total que
consistiría en aprehender el sexo -lo que está excluído-
puede tomar, entre otras formas la de la consecuencia del sexo,
es decir, la muerte".
[...]
Los sueños, en el ser que habla,
conciernen a este sin sentido de lo real constituído por
la no- relación sexual, que así estimula más al deseo, justamente,
de conocer esa no- relación. Si el deseo es del orden de
la falta, sin que pueda decirse que sea su causa, el lenguaje
es aquello al nivel de lo cual se prodigan las tentativas para
establecer esa relación; su misma prodigalidad señala gue jamás
la alcanzará. El lenguaje puede ser concebido como lo
que prolifera a nivel de esa no- relación, sin que se
pueda decir que esa relación exista fuera de lenguaje.
(En Improvisación -sobre el sueño- 1974, ver texto
completo en Tema J. Lacan inédito)
[...]
"Después
de haber planteado esto que tiene la ventaja de mostrarles mi intensión
mi propósito, vuelvo a partir de esto que concierne a este punto
que es del orden de esta sorpresa por donde se señala el efecto
de retroceso del cual traté de definir la unión de la verdad
al saber y que enuncié en estos términos: que no hay relación
sexual en el ser parlante. Hay una primera condición que podría
hacerlo ver enseguida, es que la relación sexual, como cualquier
otra relación, en último término sólo subsiste por lo
escrito. Lo esencial de la relación es una aplicación: a aplicado
sobre b: a b si ustedes no lo escriben a y b no tienen la relación
en tanto que tal. Ustedes no pueden decir que no pasen cosas en
lo real, ¿en nombre de qué lo llamarían relación?.
Esta cosa muy excesiva bastaría para tomar digamos, concebible que
no hay relación sexual, pero no resolvería en nada el hecho de que
no se llegue a escribirla. Incluso diré mas: hay algo que se ha
hecho al cabo de un tiempo, escribirlo así sirviéndose de pequeños
signos planetarios, a saber relación de lo que es macho a lo que
es hembra".
(Sem. XVIII De un discurso que no sería del semblante;
clase 4.)
[...]
"Entonces,
¿a qué nivel se sitúa la relación sexual para eso que nosotros
podemos formular de ella? Este es el sentido de la cuestión, tal
como está escrito en las primeras líneas sobre este pizarrón: la
mujer, el Otro, lugar del deseo que se desliza bajo toda palabra,
intacto, imposible; o bien la Cosa, el lugar del goce.
Entonces,
seguramente, este es el momento de recordarles que eso que les he
dicho— no hay relación sexual— si hay un punto donde se afirma,
tranquilamente: es el análisis donde ello ocurre. Es que la mujer,
no se sabe lo que es. ¡Incógnita en la caja! No se
sabe lo que es, sino a Dios gracias, por representaciones;
porque seguramente, es donde siempre se le ha conocido así. Si el
psicoanálisis valoriza algo, justamente, es que lo es por uno de
los representantes de la representación, este es precisamente
el caso de valorizar la función de ese término de Freud introduce
a propósito de la represión.
No
se trata de saber por el momento, si las mujeres son reprimidas,
se trata de saber si la mujer lo es como tal, y seguramente
por otra parte, y por que no en ella misma, seguramente. Este discurso
no es androcéntrico. La mujer en su esencia, si es algo—
y nosotros no sabemos nada de ello— es reprimida para la mujer,
como para el hombre y ella lo es doblemente. En primer lugar,
el representante de su representación está perdido. No se sabe lo
que es la mujer, y luego, ese representante, si se lo recupera es
objeto de una verneinung— negación— ¿Pues que otra cosa puede
atribuírsele como carácter más que no tener lo que precisamente
nunca ha sido cuestión que ella tenga? Sin embargo, no es más que
bajo este ángulo que, en la lógica freudiana, aparece la mujer:
un representante inxadecuado muy próximo al falo, y además
la negación que ella no tenga es decir la reafirmación de
su solidaridad con esa cosa que es, quizá, prácticamente
su representante, pero que no tiene con ella ninguna relación.
Entonces eso debería darnos, por si solo, una pequeña lección de
lógica y ver que lo que falta en el conjunto de esta lógica
es, precisamente, el significante sexual".
(Sem. XVI De un Otro al otro, Clase 14)
[...]
"Yo
sé, por haber podido con la lógica del significante romper el señuelo
del signo, que ese algo es la división del sujeto, dicha
división se sustenta en que el otro sea el que hace el significante,
para lo cual no podría representar un sujeto más que siendo uno
del otro. Esta división repercute en los avatares del asalto, tal
como esta división lo ha enfrentado al saber de lo sexual,
traumáticamente, en que ese asalto sea por adelantado condenado
al fracaso por la razón que dije, que el significante no
es apropiado para dar cuerpo a una fórmula de la relación sexual.
De ahí mi enunciación: no hay relación sexual, sobreentendido:
formulable en la estructura.
(Sem. XVII, El reverso del psicoanálisis, Clase 11,
complemento).
Selección y destacados: S.R.
Relacionar
con:
Los
amores difíciles(I) - Sergio Rocchietti
Comentarios al
autor: srocchietti@ciudad.com.ar
Revista
Con-versiones - Abril 2004 |
|