Transeconómico
Jean
Baudrillard
Lo
interesante del crac de Wall Street en 1987 es la incertidumbre
respecto a la catástrofe. ¿Hubo, habrá, una auténtica catástrofe?
Respuesta: no habrá catástrofe real porque vivimos bajo el
signo de la catástrofe virtual.
Lo
que ha, aparecido en esta ocasión de una manera deslumbrante es
la distorsión entre la economía ficticia y la economía
real, y esta distorsión es la que nos protege de una
catástrofe real de las economías productivas.
¿Es un bien,
es un mal? Es lo mismo que la distorsión entre la guerra orbital
y las guerras territoriales. Estas últimas prosiguen en
todas partes, pero la guerra nuclear, en cambio, no estalla. Si
no hubiera una desconexión entre las dos, hace tiempo que se habría
producido el clash atómico. Estamos dominados por bombas,
y catástrofes virtuales que no estallan: el crac bursatil y financiero
internacional, el clash atómico, la bomba de la deuda del
Tercer Mundo, la bomba demográfica. Evidentemente, puede decirse
que todo eso estallará incluctablemente un día, de la misma manera
que se ha vaticinado, para los próximos cincuenta años, el deslizamiento
sísmico de California en el Pacífico. Pero los hechos están ahí:
nos hallamos en una situación en la
que eso no estalla. La única realidad es esta desenfrenada
ronda orbital de los capitales que, cuando se desmorona, no provoca
un desequilibrio sustancial en las economías reales (al contrario
que la crisis de 1929, cuando la desconexión de las dos economías
estaba lejos de haber avanzado tanto). Sin duda, porque la esfera
de los capitales flotantes y especulativos ha adquirido tal autonomía
que ni siquiera sus convulsiones dejan huella.
Sin embargo,
donde dejan una huella mortal es en la propia
teoría económica, totalmente desarmada ante el estallido
de su objeto. No menos desarmados están los teóricos
de la guerra. Tampoco ahí estalla la Bomba, es la propia
guerra la que se fragmenta en una guerra total y virtual, orbital,
y múltiples guerras reales en el suelo. Las dos no tienen las
mismas dimensiones, ni las mismas reglas, como tampoco las tienen
la economía virtual y la economía real. Tenemos que habituarnos
a esta partición, a un mundo dominado por esta distorsión. Claro
que hubo una crisis en 1929, y la explosión de Hiroshima,
y por tanto un momento de verdad del crac y del clash, pero
ni el capital ha ido de crisis en crisis cada vez más graves (como
pretendía Marx), ni la guerra ha ido de clash en clash.
El acontecimiento se ha producido
una sola vez, y basta. El resto es otra cosa: la hiperrealización
del gran capital financiero, la hiperrealización de los medios
de destrucción, ambas orbitalizadas por encima de nuestras cabezas
en unos vectores que se nos escapan, pero que al mismo tiempo
escapan a la propia realidad: hiperrealizada la guerra, hiperrealizada
la moneda, ambas circulan en un espacio inaccesible, pero que
al mismo tiempo deja al mundo tal cual es. Al fin y al cabo,
las economías siguen produciendo, cuando la menor consecuencia
lógica de las fluctuaciones de la economía ficticia tendría que
haber bastado para aniquilarlas (no olvidemos que el volumen de
los intercambios comerciales es hoy cuarenta y cinco veces menos
importantes que el del movimiento de capitales una solución orbital,
pero no perdamos la esperanza). Tal cual son, se exorcizan en
su exceso, en su misma hiperrealidad, y dejan el mundo en cierto
modo intacto, liberado de su doble.
Segalen decía que a partir del momento en que
se ha sabido realmente que la Tierra es una esfera, el viaje ha
dejado de existir, puesto que alejarse de un punto en una esfera
ya es comenzar a acercarse a él. En una esfera, la linealidad
adopta una curva extraña, la de la monotonía. A partir del momento
en que los astronautas han comenzado a girar alrededor de la Tierra,
todos hemos comenzado a girar secretamente alrededor de nosotros
mismos. La era orbital
ha comenzado, y de ello forma parte el espacio pero también, en
primerísimo lugar, la televisión,
y muchas cosas más, entre ellas la ronda de las moléculas y
las espirales del ADN en el secreto de nuestras células. Con
la órbita de los primeros vuelos espaciales ha terminado la mundialización,
pero el mismo progreso se ha vuelto circular, y el universo de
los hombres se ha circunscripto a una vasta máquina orbital. Como
dice Segalen, comienza el «turismo».
El perpetuo turismo de personas que ya no viajan, propiamente
hablando, sino que giran en redondo en su territorio cercado.
Ha muerto el exotismo.
Pero la proposición
de Segalen adquiere un sentido más amplio. No es solamente
el viaje, es decir, el imaginario de la Tierra, la física y la
metafísica del adelantamiento, del descubrimiento, lo que dejó
de existir en favor de la mera circulación; es todo lo que tendía al adelantamiento, a la trascendencia,
a la infinidad, que se dobla sutilmente para ponerse en órbita;
el saber, las técnicas, el conocimiento, al dejar de tener un
proyecto trascendente, comienzan a tejer una órbita perpetua.
Así, la información es orbital: es un saber que ya no volverá
a superarse a sí mismo, que no se trascenderá ni se reflejará
más al infinito pero que tampoco toca tierra jamás, que no tiene
ancla ni referentes auténticos. Circula, gira, realiza sus revoluciones,
a veces perfectamente inútiles (pero precisamente ya no se puede
plantear la cuestión de la utilidad), y aumenta a cada espiral
o a cada revolución. La televisión es una imagen que ya
no sueña, que ya no imagina, pero que tampoco tiene nada que ver
con lo real. Es un circuito orbital. La bomba nuclear,
esté o no satelizada, también es orbital: ya no cesará de obsesionar
a la Tierra con su trayectoria, pero tampoco está hecha para tocar
suelo. Ya no es una bomba acabada, ni que encontrará su fin (por
lo menos así se espera); está ahí, en órbita, y basta para el
terror, o por lo menos para la disuasión. Ni siquiera hace pensar
en el terror, la destrución es inimaginable, simplemente está
ahí, en órbita, en suspenso, y en recurrencia indefinida. Podemos
decir lo mismo de los eurodólares y de las masas de divisas flotantes...
Todo se sateliza, podría decirse incluso que nuestro propio
cerebro ya no está en nosotros, sino que flota alrededor de nosotros
en las innumerables ramificaciones hertzianas de las ondas y los
circuitos.
No es ciencia
ficción, es simplemente la generalización de la teoría de McLuhan
sobre las «extensiones del hombre». La totalidad del ser humano, su cuerpo biológico, mental, muscular,
cerebral, flota en torno a nosotros bajo forma de prótesis mecánicas
o informáticas. Sólo que por parte de McLuhan
todo esto ha sido pensado como una expansión positiva, como la
universalización del hombre a través de sus extensiones mediáticas.
Es un punto de vista optimista. En realidad, en lugar de gravitar
a su alrededor en orden concéntrico, todas las funciones del cuerpo
del hombre se han satelizado a su alrededor en orden excéntrico.
Se han puesto en órbita por sí mismas, y de golpe, en relación
a esta extroversión orbital de sus propias funciones, de sus propias
tecnologías; el hombre es quien se descubre en estado de exorbitación
y de excentricidad. En relación a los satélites que ha creado
y puesto en órbita, es el hombre con su planeta Tierra, con su
territorio, con su cuerpo, quien actualmente se ha satelizado.
De trascendente ha pasado a exorbitante.
Sólo existe el cuerpo del
hombre cuyas funciones, satelizándose, le satelizan. Son todas
las funciones de nuestras sociedades, especialmente las funciones
superiores, las que se desprenden y pasan a órbita. La guerra,
los intercambios financieros, la tecnoesfera, las comunicaciones
se satelizan en un espacio inaccesible, dejando abandonado al
resto. Todo lo que no accede a la potencia orbital es entregado
al abandono, ahora sin apelación posible, ya que no hay recurso
en una trascendencia
cualquiera.
Estamos en la
era de ingravidez. Nuestro modelo es este nicho espacial cuya
energía cinética anula la de la Tierra. La energía centrífuga
de las múltiples tecnologías nos alivia de cualquier gravedad
y nos transfigura en una inútil libertad de movimientos. Libres
de toda densidad y de toda gravedad, nos vemos arrastrados en
un movimiento orbital que amenaza con ser perpetuo.
Ya no estamos en el crecimiento,
estamos en la excrecencia. Estamos en la sociedad de la proliferación,
de lo que sigue creciendo sin poder ser medido por sus propios
fines.
Lo excrecente es lo que se desarrolla de una manera incontrolable,
sin respeto a su propia definición, es aquello cuyos efectos
se multiplican con la desaparición de las causas. Es lo
que lleva a un prodigioso atasco de los sistemas, a un desarreglo
por hipertelia, por exceso de funcionalidad, por saturación. Sólo
es comparable al proceso de las metástasis cancerosas: la pérdida
de la regla del juego orgánico de un cuerpo posibilita que un
conjunto de células pueda manifestar su vitalidad incoercible
y asesina, desobedecer las propias órdenes genéticas y proliferar
infinitamente.
Esto ya no es
un proceso crítico: la crisis siempre depende de
la causalidad, del desequilibrio entre las causas y los efectos,
y encuentra o no su solución en un reajuste de las causas, mientras
que en lo que nos concierne, son las causas las que se borran
y se vuelven ilegibles, dejando su sitio a una intensificación
de los procesos en el vacío.
Mientras en un
sistema exista disfunción, desobediencia a unas leyes conocidas
de funcionamiento, existe perspectiva de solución por superación.
Lo que ya no depende de la crisis,
sino de la catástrofe, sobreviene cuando el sistema se ha superado
a sí mismo, ha dejado atrás sus propios fines y, por consiguiente,
ya no se le puede buscar ningún remedio. La carencia
jamás es dramática, lo fatal es la saturación: crea al mismo tiempo
una situación de tetanización y de inercia.
Lo sorprendente
es la obesidad de todos los sistemas actuales, la «gordura diabólica»,
como dice Susan Sontag, del cáncer, de nuestros dispositivos
de información, de comunicación, de memoria, de almacenamiento,
de producción y de destrucción, tan pletóricos que se sabe
de antemano que no pueden ser utilizados. No somos nosotros quienes
hemos terminado con el valor de uso,
es el propio sistema el que lo ha liquidado con la superproducción.
Se han producido y acumulado tantas cosas que ya no tendrán
jamás ocasión de servir (cosa muy afortunada en el caso de las
armas nucleares). Se han producido y difundido tantos
mensajes y señales que ya no tendrán jamás ocasión
de ser leídos. ¡Afortunadamente para nosotros! Pues con la ínfima
parte de lo que absorbemos ya estamos en estado de electrocución
permanente.
Existe una náusea especial en esta prodigiosa inutilidad. La
náusea de un mundo que prolifera,
que se hipertrofia y que no llega a parir. Tantas memorias, tantos
archivos, tantas documentaciones que no llegan a parir una idea,
tantos planes, tantos programas, tantas decisiones que no llegan
a parir un acontecimiento, ¡tantas armas sofisticadas que no llegan
a parir una guerra!
Esta saturación
supera el excedente de que hablaba Bataille, que todas
las sociedades han sabido siempre destruir con unos efectos de
gasto inútil y suntuario. Ya no podemos gastar toda esta acumulación;
sólo disponemos de una descompensación lenta o brutal en la que
cada factor de aceleración actúa como factor de inercia, nos acerca
al punto de inercia. Lo que denominamos crisis es el presentimiento de este punto de inercia.
Este doble proceso
de tetanización y de inercia, de aceleración en el vacío, de inflación
de la producción en la ausencia de apuesta y de finalidades sociales,
refleja el doble aspecto que se ha convenido atribuir a la crisis:
inflación y paro.
La inflación
y el paro tradicionales son variables integradas en la
ecuación del crecimiento. No existe en absoluto crisis a ese nivel;
son procesos anómicos, y la anomia es la sombra de la solidaridad
orgánica. Lo inquietante es la anomalía. La anomalía no es un
síntoma claro, es un signo extraño de desfallecimiento, de infracción
a una secreta regla de juego, o que por lo menos no conocemos.
Se trata tal vez de un exceso de finalidad, no lo sabemos. Algo
se nos escapa, nosotros nos escapamos en un proceso de no-retorno;
hemos dejado atrás cierto punto de reversibilidad, de contradicción
en las cosas y hemos entrado vivos en un universo de no-contradicción,
de desbocamiento, de éxtasis, de estupefacción ante procesos irreversibles
y que, sin embargo, carecen de sentido.
Hay algo mucho
más anonadante que la inflación. Es la masa de divisas flotantes
que rodea la Tierra en su ronda orbital. El único satélite artificial
auténtico, la moneda, convertida
en artefacto puro, de una movilidad sideral, de una convertibilidad
instantánea, y que finalmente ha encontrado su verdadero sitio,
más extraordinario que el Stock Exchange: la órbita en la que
sale y se pone como un sol artificial.
También el paro
ha cambiado de sentido. Ya no es una estrategia del capital (el
ejército de reserva), ya no es un factor crítico en el juego de
las relaciones sociales -si no, habiendo sido superada desde
hace mucho tiempo la cota de alerta, habría debido dar lugar a
unas conmociones increíbles-. ¿Qué es actualmente? También
una especie de satélite artificial, un satélite de inercia, una
masa, cargada de electricidad ni siquiera negativa, de electricidad
estática, una fracción cada vez mayor de la sociedad que se congela.
Detrás de la aceleración de los circuitos y de los intercambios,
detrás de la exasperación del movimiento, algo en nosotros, en
cada uno de nosotros, se detiene hasta desaparecer de la circulación.
Y la sociedad entera comienza a gravitar alrededor de este punto
de inercia. Es como si los polos de nuestro mundo se acercaran,
y este cortocircuito produjera al mismo tiempo unos efectos exuberantes
y una extenuación de las energías potenciales. Ya no se trata
de una crisis, sino de un acontecimiento fatal, de una
catástrofe al ralentí.
En dicho sentido, el regreso
triunfal de la economía al orden del día no es la paradoja menor.
¿Se
puede seguir hablando de «economía»?
Esta actualidad deslumbrante ya no tiene
el mismo sentido que en el análisis clásico o marxista, pues
su motor ya no es la infraestructura de la producción material,
ni la superestructura, sino la desestructuración del valor, la desestabilización de los mercados y las economías reales,
el triunfo de una economía liberada de las ideologías, las ciencias
sociales, y la historia, de una economía liberada de la Economía
y entregada a la especulación pura, de una economía virtual liberada
de las economías reales (no realmente, claro está: virtualmente,
pero justo ahora no es la realidad sino la virtualidad la que
posee el poder), de una economía viral que coincide ahí con todos
los restantes procesos virales. Es como un espacio de efectos
especiales, de acontecimientos imprevisibles, de juego irracional
que se convierte en el teatro ejemplar de la actualidad.
Soñamos, junto
con Marx, con el final de la Economía Política,
la extinción de las clases y la transparencia de lo social, de
acuerdo con la lógica ineluctable de la crisis del Capital. Hemos
soñado después con la denegación de los mismos postulados de la
Economía y de la crítica marxista al mismo tiempo, alternativa
que niega cualquier primacía de lo económico o de lo político
-la economía simplemente abolida como epifenómeno, vencida
por su propio simulacro y por una lógica superior.
Actualmente,
ni siquiera podemos soñarlo: la Economía Política fenece
bajo nuestros ojos, convirtiéndose por sí misma en una transeconomía
de la especulación, que se ríe de su propia lógica
(la ley del valor, las leyes del mercado, la producción, la plusvalía,
la lógica clásica del capital) y que, por consiguiente, ya no
tiene nada de económico ni de político. Un puro juego de reglas
flotantes y arbitrarias, un juego de catástrofe.
Así pues, la
Economía Política habrá terminado, pero en absoluto como se
esperaba. Exacerbándose hasta la parodia. La especulación ya no
es la plusvalía, es el éxtasis del valor, sin referencia a la
producción ni a sus condiciones reales. Es la forma pura y vacía,
la forma expurgada del valor, que ya sólo interpreta su propia
revolución (su propia circulación orbital). Ha sido desestabilizándose
a sí misma, monstruosamente, irónicamente en cierto modo, cómo
la Economía Política ha puesto fin a cualquier alternativa. ¿Qué
podemos oponer a semejante inflación que recupera a su manera
la energía del poker, del potlach, de la parte maldita, que constituye
en cierto modo la fase estética y delirante de la Economía
Política? Este final inesperado, esta transición de fase,
esta curva deformada es, en el fondo, más original que todas nuestras
utopías políticas.
Texto extraído
del libro "La transparencia del mal" (Ensayo sobre los
fenómenos extremos), Jean Baudrillard, Págs. 32/42; editorial
Anagrama, Barcelona, España, febrero 1991.
Selección
y destacados: Sergio Rocchietti.
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