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La ausencia de libro
Maurice Blanchot
La actualidad dice que la ontología
del lenguaje está dictando, susurrando al oído, como se tiene que
pensar o qué; más allá de las inevitables 'modas' o 'actualidades',
dejemos esas minucias para los ámbitos 'académicos', sabemos (hemos
sido formados en las "ciencias del lenguaje") que es la
palabra la que instaura lo posible de ser conocido, de ser aprehendido,
de ser sentido, de ser pensado y de ser modificado (¿por qué será
que la acción siempre va al final?), esto también será discutido
(¿qué no lo es?). Lo que será discutido es que la palabra bla-bla-blá,
claro, si cada quien piensa desde "sus significados" no
se puede dialogar, no se puede establecer un mínimo de coincidencia
para el ejercicio de algunos pensamientos (seamos plurales). Establezcamos
lo siguiente: lo antepredicativo no es más que la condición de los
enunciados posibles. Traducción: antes de hablar trate de dar cuenta
desde dónde va a hablar o más dificil, cuando esté hablando y si
también logra escuchar, haga llegar en su enunciado (lo que se dice)
desde dónde lo dice, ese' desde dónde' es una de las cosas más difíciles
de emitir ya que requiere todo un trabajo previo y también el valor
de mostrarlo al otro y de mostrárselo a uno mismo; desconstrucción
de los enunciados que le llaman, desde Derrida, o dar cuenta de
'los agenciamientos maquínicos' desde Deleuze y Cía.
Dar cuenta de es darse cuenta de, ejercicios con los símbolos, cada
letra, cada palabra, cada soplo de significado, nos hace y nos deshace.
Poder meditar sobre estas cuestiones es lo que consideramos que
hará posible una modificación en lo que vivimos, pero antes, mucho
antes, hay que desarmar profundos y complejos equipos de significación,
aquellos que nos han hecho 'creer que...', y esto no es una cuestión
"lingüística", es la culminación de una cuestión política.
Hemos insistido en que guerrear con la palabra es oponer el contrasímbolo
a las hegemonías imperantes, que no se caiga en las fáciles oposiciones,
'guerrear con la palabra' no es pelear o combatir contra hombres,
eso es inútil, se trata de destituir cualquier intento de ser el
amo del lenguaje (lo cual implica ser el amo de las significaciones)
cuestiones que se tratan desde "1984" de G. Orwell al
Seminario XVII de J. Lacan o, si lo prefieren, a algo que ya está
en"Alicia en el país de las Maravillas". Una última observación,
el contrasímbolo citado no es tampoco un estandarte, es lo que se
pliega y se despliega según la ocasión, en múltiples ámbitos y épocas;
es así que llamamos a las vías de destitución del sujeto supuesto
saber, que no se encarne (y que no se crea), que se pueda dejar
ese lugar vacante para los futuros advenimientos. De eso se trata
y de eso se trató (todos los tiempos han plegado y desplegado esta
cuestión: borde, margen, excentricidad, deshegemonía, destituciones
de los poderes e institución del poder).
Sergio Rocchietti
Artículos
sobre el tema Escritura:
Tratemos de
interrogarnos, vale decir planteamos como pregunta aquello que no puede llegar
hasta el cuestionamiento.
1) "Este
juego insensato de escribir". Mediante estas palabras, simples, Mallarmé
abre la escritura a la escritura. Palabras muy simples, pero también palabras
que exigirán mucho tiempo -diversas experiencias, el trabajo del mundo,
innumerables malentendidos, obras perdidas y dispersas, el movimiento del saber,
el giro, finalmente, de una crisis infinita- para que se comience a comprender
la decisión que se prepara a partir de este fin de la escritura que anuncia su
advenimiento.
2) Leemos,
en apariencia, porque el escrito está allí, ordenándose bajo nuestra mirada.
Sólo en apariencia. Pero quien escribió por primera vez, grabando bajo los
antiguos cielos la piedra y la madera, lejos de responder a la exigencia de una
visión que reclamase un punto de referencia y le diese un sentido, cambió todas
las relaciones entre ver y visible. Lo que dejaba detrás no era algo mas
agregándose a las cosas; tampoco era algo menos -una substracción de materia, un
hueco en relación a un relieve-. ¿Qué era entonces? Un vacío de universo:
nada visible, nada invisible. Supongo que en esta ausencia no ausente
el primer lector zozobró, pero sin saberlo, y no hubo segundo lector, porque la
lectura, entendida a partir de entonces como la visión de una presencia
inmediatamente visible, vale decir inteligible, fue afirmada precisamente para
hacer imposible esta desaparición en la ausencia de libro.
3) La
cultura está ligada al libro. El libro, como depósito y receptáculo del
saber, se identifica con el saber. El libro no es sólo eI libro de las
bibliotecas, ese laberinto donde se enrollan en volúmenes todas las
combinaciones de las formas, de las palabras y las letras. El libro es
el Libro. Para leer, para escribir, siempre ya escrito, siempre ya
transitado por la lectura, el libro constituye la condición para toda
posibilidad de lectura y de escritura.
El libro
soporta tres interrogantes distintos. Existe el libro empírico; el
libro vehículo del saber; tal libro determinado acoge y recoge tal forma
determinada del saber. Pero el libro como libro nunca es solamente empírico.
El libro es el a-priori del saber. No se sabría nada si no existiese siempre
de antemano la memoria impersonal del libro y, esencialmente, la actitud previa
al escribir y leer que detenta todo libro y que sólo se afirma en él. Lo
absoluto del libro es así el aislamiento de una posibilidad que pretende no
tener origen en ninguna otra anterioridad. Absoluto que después tenderá, con los
románticos (Novalis), luego más rigurosamente en Hegel y después,
más radicalmente, pero de distinta manera, en Mallarmé, a afirmarse como
la totalidad de las relaciones (el saber absoluto o la Obra), donde se
realizaría tanto la conciencia, la cual se capta a sí misma y vuelve a sí misma
después de haberse exteriorizado en todas sus figuras dialécticamente ligadas,
como el lenguaje, cerrado sobre su propia afirmación y desde ese instante
disperso.
Recapitulemos:
el libro empírico; el libro condición de toda lectura y toda escritura; el libro
como totalidad u Obra. Pero dichas formas, cada vez con más refinamiento y
verdad, presuponen todas que el libro incluye el saber como la presencia de
algo virtualmente presente y siempre inmediatamente accesible, aunque fuere
con la ayuda de mediaciones y substituciones. Algo existe allí, algo que el
libro presenta al presentarse y a lo cual la lectura anima, restablece, mediante
su animación, en la vida de una presencia. Algo que, en su nivel inferior, es la
presencia de un contenido o de un significado, después, más arriba, es la
presencia de una forma, de un significante o de una operación, y más arriba aún,
el devenir de un sistema de relaciones que desde el comienzo están allí aunque
más no sea como una posibilidad que vendrá. El libro envuelve, desenvuelve el
tiempo y conserva ese desenvolverse como la continuidad de una Presencia
donde se actualizan presente, pasado y futuro.
4) La
ausencia de libro anula toda continuidad de presencia, escapa a la
interrogación que contiene el libro. No es la interioridad del libro ni su
sentido siempre eludido. Siempre está fuera de él y sin embargo contenida en él,
es menos su exterior que la referencia a un afuera que no le concierne.
A medida que la
obra adquiere más sentido y ambición, conservando en ella no sólo todas las
obras sino todas las formas y todas las posibdiades del discurso, más próxima a
proponerse parece estar la ausencia de obra, sin que nunca, por otra parte, se
deje designar. Así sucede con Mallarmé. Con Mallarmé la Obra adquiere
conciencia de sí misma y se capta como aquello que coincidiría con la ausencia
de obra, desviándola ésta de manera que nunca pueda coincidir consigo misma y
destinándola a la imposibilidad. Movimiento de desvío en el cual la obra
desaparece en la ausencia de obra, pero donde la ausencia de obra escapa siempre
más, reduciéndose a no ser sino la Obra desaparecida desde el comienzo.
5)
Escribir se relaciona con la ausencia de obra, pero se inviste en la Obra bajo
la forma de libro. La locura de escribir -el juego insensato- es la
relación de escritura, relación que no se establece entre la escritura y la
producción del libro, sino, mediante la producción del libro, entre escribir y
la ausencia de obra.
Escribir
es producir la ausencia de obra (la desconstrucción de la obra).
Puede también decirse que escribir es la ausencia de obra tal como
ella se produce a través de la obra y atravesándola.
Escribir como desconstrucción de la obra (en el sentido activo de
esta palabra) es el juego insensato, el azar entre razón y sin razón.
¿Qué sucede con
el libro en ese "juego" donde la desconstrucción de la obra se libera en la
operación de escribir? El libro: pasaje de un movimiento infinito que va desde
la escritura como operación a la escritura como desconstrucción de la obra;
pasaje que inmediatamente prohibe. A través del libro pasa la escritura, pero el
libro no es aquello a lo cual se destina (su destino). A través del libro pasa
la escritura que se realiza en él y al mismo tiempo desaparece en él; sin
embargo no se escribe para el libro. El libro: astucia mediante la cual la
escritura va hacia la ausencia de libro.
6)
Tratemos
de comprender mejor la relación del libro con la ausencia de libro.
a- El
libro desempena un papel dialéctico. En cierta medida existe para que se
realice no sólo la dialéctica del discurso sino el discurso como dialéctica.
El libro es el trabajo del lenguaje sobre sí mismo: como si fuese necesario
el libro para que el lenguaje adquiera conciencia del lenguaje, se capte y
acabe mediante su inacabamiento.
b- No
obstante, el libro que se ha convertido en obra -todo el proceso literario,
ya sea que se afirme en la larga cadena de fibros o que se manifieste en un
libro único o en el espacio que en él tiene lugar- es simultáneamente más
libro que los otros y está ya fuera del libro, fuera de su categoría y fuera
de su dialéctica. Más libro: un libro de ciencia casi no existe como
libro, volumen desarrollado; la obra, al contrario exige una singularidad:
única, irremplazable, es casi una persona; de allí la peligrosa tendencia de
la obra a promoverse en obra maestra, a esencializarse también, vale decir a
designarse mediante una firma (no sólo firmada por el autor, sino, lo que es
más grave, en cierta medida firmada por sí misma). Y, sin embargo, fuera ya
del proceso libresco: como si la obra no señalase sino la abertura -la
irrupción- por donde pasa la neutralidad de escribir y oscilara, en
suspenso, entre ella misma (totalidad del lenguaje) y una afirmación aún no
producida.
Además, en la
obra el lenguaje cambia de dirección -o de lugar: lugar de dirección- al no ser
ya el logos quien dialectiza y quien se conoce, sino al estar comprometido en
una relación distinta. Puede decirse que la obra vacila entre el libro, medio
del saber y momento evanescente del lenguaje, y el Libro, levantado hasta la
Mayúscula, la Idea y el Absoluto del libro -después entre la Obra como presencia
y la ausencia de obra que siempre escapa y donde el tiempo como tiempo se
descompone.
7)
Escribir no tiene su fin en el libro o en la obra. Al
escribir la obra estamos en la atracción de la ausencia de obra. Al faltar
necesariamente la obra no estamos, por lo mismo, por ese defecto, bajo la
necesidad de la ausencia de obra.
8)
EI libro astucia por medio de la cual la energía de escribir que apoya sobre el
discurso y se deja llevar por su inmensa continuidad para separarse de él, en el
límite, es también la astucia del discurso que restituye a la cultura esta
mutación que la amenaza, y obra a la ausencia de libro.
0 aún, trabajo mediante el cual la escritura, al modificar
los datos de la cultura, de la "experiencia", del saber, es decir del discurso
procura otro producto que constituirá una nueva modalidad del discurso en su
conjunto y se integrará a él pretendiendo, al mismo tiempo, desintegrarlo.
Ausencia de
libro: lector, querrías ser su autor, sin embargo solo eres el lector
plural de la Obra.
¿Cuánto tiempo
durará esta falta que sostiene al libro y que lo expulsa de sí mismo como libro?
Produce pues el libro, para que el libro se separe, se desprenda en su
dispersión: sin embargo no habras producido la ausencia de libro.
9)
El libro (la civilización del libro) afirma: hay una memoria que transmite, hay
un sistema de relaciones que ordena; el tiempo se anuda en el libro, donde, aún
el vacío pertenece a una estructura. Pero la
ausencia de libro no se funda sobre la escritura que deja una huella y
determina un movimiento orientado, ya sea que ese movimiento se desenvuelva
linealmente a partir de un origen hacia un fin, o se despliegue a partir de un
centro hacia la superficie de una esfera. La ausencia de libro recurre a
la escritura que no se deposita, que no testimonia, que no se contenta con
negarse, ni, tampoco, con volver sobre la huella para borrarla.
¿Que es aquello
qué invita a escribir cuando el tiempo del libro, determinado por la relación
comienzo fin y el espacio del libro,determinado por el despliegue a partir de un
centro, dejan de imponerse? La atracción de la (pura) exterioridad.
El tiempo del
libro, determinado por la relación comienzo-fin (pasado porvenir) a partir
de una presencia. El espacio del libro determinado por el despliegue a
partir de un centro, concebido como búsqueda de un origen.
En todas partes
donde hay un sistema de relaciones que ordena, donde hay una memoria que
trasmite, donde la escritura se concentra en la substancia de una huella
que la lectura mira a la luz de un sentido (vinculándola a un origen del cual la
huella sería signo), cuando incluso el vacío pertenece a una estructura y se
deja adaptar a ella existe el libro: la ley del libro.
Al escribir
siempre escribimos en nombre de la exterioridad la escritura contra la
exterioridad de la ley, y siempre la ley extrae recursos de lo que
escribe.
La atracción de
la (pura) exterioridad -allí donde, al "preceder" el afuera todo interior, la
escritura no se deposita como una presencia espiritual o ideal,
inscribiéndose luego y dando lugar a una huella, huella o depósito sedimentario
que permitiría seguirla mediante la huella, vale decir restituirla, a partir de
esta marca como falta, en su presencia ideal o en su idealidad, su plenitud, su
integridad de presencia.
La escritura
marca, pero no deja huella, y no autoriza el ascenso, a partir de cierto
vestigio o signo, a nada distinto a sí misma como (pura) exterioridad y como tal
nunca dada, ya sea constituyéndose o vinculándose en relación de unificación con
una presencia (para ver, para oir) o con la totalidad de presencia o con
lo Unico, presente-ausente.
Cuando
comenzamos a escribir, o no comenzamos o no escribimos: escribir no va junto con
comienzo.
10)
Mediante el libro la inquietud de escribir -la energía- busca descansar en la
complacencia de la obra (ergon), pero desde el comienzo la ausencia de
obra siempre la llama a responder, al regreso del afuera, allí donde lo que se
afirma no encuentra su medida en una relación de unidad.
No tenemos
ninguna idea de la ausencia de obra, ni como presencia ni como
destrucción de aquello que la impediría, aún a titulo de ausencia. Destruir la
obra, la cual no existe, destruir al menos la afirmación y el sueño de la obra,
destruir lo indestructible, no destruir nada, para que no se imponga la idea,
aquí desplazada, de que sería suficiente con destruir. Lo negativo no
puede actuar allí donde ha tenido lugar la afirmación que afirma la obra. Lo
negativo jamás podrá conducir a la ausencia de obra.
Leer
consistiría en leer en el libro la ausencia de libro, en consecuencia
produciría, allí donde el problema no consiste en que el libro está ausente o
presente (definido por una ausencia o una presencia).
La ausencia de
libro nunca es contemporánea del libro, no porque se anunciaría a partir de
otro tiempo sino porque de ella deriva la no-contemporaneidad de donde también
ella deriva. La ausencia de libro, siempre en divergencia, siempre sin
relación de presencia consigo, de manera tal que nunca es recibida en su
pluralidad fragmentaria por un único lector en su presente de lectura, salvo si,
en el límite, el presente desgarrado, disuadido.
La atracción de
la (pura) exterioridad o el vértigo del espacio como distancia, fragmentación
que sólo remite a lo fragmentario.
La
ausencia de libro: la deteriorizacion anterior del libro, su juego de disidencia
en relación al espacio donde se escribe; el morir previo del libro. Escribir, la
relación con lo otro de todo libro,con aquello que en el libro sería
exigencia escritutaria fuera del discurso, fuera del lenguaje. Escribir con el
límite del libro, fuera del libro.
La escritura
fuera del lenguaje, escritura que sería como originariamente el lenguaje que
hace imposible todo objeto (presente o ausente) de lenguaje. Por consiguiente la
escritura jamás sería escritura de hombre, de la misma manera jamás sería
escritura de Dios, a lo más escritura del otro, incluso del morir.
11) El
libro comienza mediante la Biblia, donde el logos se inscribe. El libro alcanza
aquí su sentido insuperable, incluyendo aquello que lo desborda por todas partes
y que no podría ser superado. La Biblia vincula el lenguaje con el origen:
siempre, ya sea escrito o hablado, es la era teológica quien a partir de ese
lenguaje, se abre y permanece tanto tiempo como dura el espacio y el tiempo
bíblico. La Biblia no sólo nos ofrece el más alto modelo el libro, el ejemplo
para siempre insustituible; la biblia detenta todos los libros, incluso los más
extraños a la revelación, al saber, a la profecía, a los proverbios bíblicos,
porque ella detenta el espíritu del libro; los libros que le siguen son siempre
contemporáneos de la Biblia esta crece, sin duda, se acrecienta con un
crecimiento inflinito la deja idéntica, siempre está consagrada mediante la
relación de Unidad, así como las diez Leyes expresan y conservan los monólogos,
la única Ley, la de la Unidad que jamás podrá ser transgredida y negada
solamente por medio de la negación.
La BibIia libro
testamentario, donde se declara la alianza, vale decir el destino de un habla
ligada con quien otorga el lenguaje, y donde él acepta permanecer mediante ese
don que es el don de su nombre, vale decir, también, el destino de esa relación,
del habla con el lenguaje, que es la dialéctica. No es a causa de que la Biblia
sea un libro, que los libros que derivan de ella -todo el proceso literario-
están marcados por el signo teológico. Todo lo contrario, a causa de que el
testamento -la alianza del habla- se enrolla en libro, adquiere forma y
estructura de libro, lo "sagrado" (lo separado de la escritura) encuentra su
lugar en la teología. El libro es de esencia teológica. Por esta
razón la primera manifestación (también la única que no deja de desplegarse) de
lo teológico no podía realizarse sino bajo la forma de libro. De alguna forma
Dios sigue siendo Dios (no deviene divino) sólo al hablar a través del libro.
Mallarmé,
frente a la Biblia donde Dios es Dios, eleva la obra, donde el juego
insensato de escribir actúa y se niega, encontrando lo imprevisible en su
doble juego: necesidad, azar. La Obra, absoluto de la voz y de la escritura, se
desconstruye como obra incluso antes de que se realice, antes de arruinar, al
cumplirse, la posibilidad de la realización. La Obra pertenece aún al
libro y, así, contribuye a mantener el rasgo bíblico de toda Obra, no obstante
designa la disyunción de un tiempo y un espacio distinto (o neutro),
aquello que ya no se afirma en relación de unidad. La Obra como libro
conduce a Mallarmé fuera de su nombre. La Obra donde gobierna la ausencia
de obra conduce a aquél que ya no se llama Mallarmé, hasta la locura: si es
posible debemos entender ese hasta la como el límite que, franqueado,
sería la locura declarada; por lo tanto sería necesario concluir que el límite
-"el borde de la locura"- es, considerado como indecisión que no se decide, o en
tanto que no locura, más esencialmente loco: sería abismo, no el abismo sino el
borde del abismo.
12) Lo
anónimo del libro es tal que para sostenerlo solicita la dignidad de su nombre.
El nombre es el de una particularidad momentánea que soporta la razón y que la
razón autoriza elevándolo hasta sí misma. La relación del libro y del nombre
está siempre contenida en la relación histórica que liga el saber absoluto del
sistema al nombre de Hegel; esta relación del Libro y de Hegel,
identificando a éste con el libro, arrastrándolo en su desenvolvimiento, hizo de
Hegel el post-Hegel, Hegel-Marx, después Marx, radicalmente extraño a Hegel,
quien continúa escribiendo rectificando, conociendo, afirmando la ley absoluta
del discurso escrito.
Así como el libro
recibe el nombre de Hegel, la obra, en su anonimato más esencial (más incierto),
recibe el nombre de Mallarmé, con esta diferencia, que Mallarmé no sólo
conoce el anonimato de la Obra como su rasgo y la indicación de su lugar, no
sólo se retira en esta manera de ser anónima, sino que no se dice autor de la
Obra, proponiéndose, a lo sumo, hiperbólicamente, como el poder -poder que nunca
es único, nunca unificable- de leer la Obra no presente, es decir el poder de
responder, por su ausencia, a la obra siempre aún ausente (la obra ausente no es
la ausencia de obra, incluso está separada de ella por un corte radical).
En este sentido
ya hay una distancia radical entre el libro de Hegel y la obra de Mallarmé,
diferencia afirmada por la manera diferente de ser anónimo en la nominación o
firma de la obra. Hegel no muere, incluso si se niega en el
desplazamiento o la transformación del Sistema: todo sistema aún lo nombra,
Hegel nunca carece totalmente de nombre. Mallarmé y la obra no tienen
relación, y esta falta de relación se encarna en la Obra, estableciendo la obra
como aquello que estaría prohibido tanto a ese Mallarmé determinado, como a
cualquier otro que tuviera un nombre; y prohibido por último, a la obra
considerada en el poder realizarse ella misma y por sí misma. La Obra no
está liberada del nombre porque podría producirse sin alguien que la produzca (a
la manera del Libro de Hegel, y esto sea dicho no sin los los ajustes de
concepto) sino porque lo anónirno la afirma siempre fuera de aquello que podría
nombrarla. El libro es el todo, sea cual fuere la forma de esta totalidad, sea o
no totalmente distinta la estructura de la totalidad que una lectura rezagada
atribuye a Hegel. La Obra no es el todo, está ya fuera del todo, pero en
su designación, se designa todavía como absoluto. La Obra no se liga,
como el Libro, al éxito (al acabamiento) sino al desastre: el desastre aún es,
sin embargo, una afirmación del absoluto.
Agreguemos
brevemente que el libro siempre puede estar signado, pero permanece indiferente
a quien lo firma; la obra -la Fiesta como desastre- exige la resignación, exige
que quien pretenda escribirla renuncie a sí y deje de designarse. ¿Por qué,
entonces, firmamos los libros? Por modestia, para decir: estos no son aún sino
libros, indiferentes a la firma.
13) La
"ausencia del libro"; quien lo escribe provoca algo así como el advenir que
nunca adviene de la escritura, no constituye un concepto, así como tampoco la
palabra "afuera" o la palabra "fragmento" o la palabra "neutro", pero ayuda a
conceptualizar la palabra "libro". No es un intérprete contemporáneo quien
devolviéndola su coherencia a la filosofía de Hegel la concibe como libro
y, así, concibe el libro como la finalidad del Saber absoluto; es Mallarmé,
desde el fin del siglo XIX. Pero Mallarmé pronto atraviesa el libro, por la
fuerza propia de su experiencia, para designar (peligrosamente) la Obra, cuyo
centro de atracción -el centro siempre descentrado- sería la escritura.
Escribir, el juego insensato. Pero escribir guarda relación,
relación de alteridad, con la ausencia de Obra y a causa de que tiene el
presentimiento de esta radical mutación que le sucede a la escritura mediante la
escritura con la ausencia de Obra, Mallarmé puede nombrar el Libro,
nombrándolo como lo que da sentido al porvenir, proponiéndole un lugar y un
tiempo: concepto primero y último. Sólo que Mallarmé aún no nombra la
ausencia de libro o no reconoce en ella sino una manera de pensar la Obra,
la Obra como fracaso o imposibilidad.
14) La
ausencia de libro -no es el libro que se deshace, incluso si deshacerse
está, en cierta medida, en el origen y es la contra-ley del libro. El hecho de
que el libro siempre se deshaga (se desordene) no conduce aún sino a otro libro
o a otra posibilidad distinta al libro, pero no a la ausencia del libro.
Admitamos que lo que obsesiona al libro (lo que lo asedia), sería esta ausencia
del libro que siempre le falta, contentándose con contenerla (manteniéndola a
distancia) sin contenerla (transformándola en contenido). Admitamos aún,
diciendo lo contrario, que el libro encierra la ausencia de libro que lo
excluye, pero que nunca la ausencia de libro se concibe sólo a partir del libro,
y como su única negación. Admitamos que si libro tiene sentido, la ausencia de
libro es hasta tal punto extraña a este sentido que incluso el sin-sentido no le
concierne.
Es sorprendente
que según una cierta tradición del libro (tal como nos la ofrece la formulación
de los cabalistas, incluso si se trata de esta manera de acreditar la
significación mística de la presencia literal) lo que se llama la "Tora
escrita" haya precedido a la "Tora oral", dando ésta lugar luego a la
versión redactada que constituye el libro. Hay aquí una enigmática proposición
hecha al pensamiento. Nada precede a la escritura. Sin embargo la
escritura de las primeras tablas sólo deviene legible después y mediante la
ruptura -después y mediante la reanudación de la decisión oral, la cual remite a
la segunda escritura, la que nosotros conocemos rica de sentidos, capaz de
mandamientos, siempre igual a la ley que trasmite.
Tratemos de
cuestionar esta sorprendente proposición vinculándola a lo que podría ser una
experiencia de la escritura que vendrá. Hay dos escrituras, una blanca y otra
negra, una que vuelve invisible la invisibilidad de una llama sin color, otra a
quien la potencia del fuego negro vuelve accesible bajo la forma de letras, de
caracteres y articulaciones. Entre ambas, la oralidad, que sin embargo no
es independiente, está siempre mezclada a la segunda, pues ella es el fuego
negro, la oscuridad mesurada que limita, delimita, hace visible toda claridad.
De esta manera, lo que se llama oral, es la designación en un presente de
tiempo y en una presencia de espacio, pero también, ante todo, el desarrollo o
la mediación tal como la asegura el discurso que explica, acoge y determi na la
neutralidad de la inarticulación inicial. De esta manera la "Tora oral"
no está menos escrita, pero se la llama oral en el sentido de que, discurso,
sólo ella permite la comunicación, dicho de otra forma, el comentario el
habla que a la vez enseña y declara, autoriza y justifica: como si fuera
necesario el lenguaje (el discurso ) para que la escritura de lugar a la
legibilidad común y tal vez también a la Ley entendida como defensa y límite;
como si, por otra parte la primera escritura, en su configuración de
invísibilidad, debiera ser considerada como fuera del habla y orientada
solo hacia afuera, ausencia o fractura tan originaria que será
necesario romperla para escapar a la ferocidad, de lo que Hölderlin llama
lo aórgico.
15) La
escritura está ausente del Libro, siendo la ausencia no ausente a partir de la
cual, habiéndose ausentado de ella, el Libro (en sus dos niveles: el oral y el
escrito, la Ley y su exégesis, la prohibición y el pensamiento de la
prohibición) se vuelve visible y se comenta encerrando en sí la historia:
clausura del libro, severidad de la letra, autoridad del conocimiento. De
esta escritura ausente del libro y sin embargo en relación de alteridad con él,
puede decirse que permanece extraña a la legibilidad, ilegible en tanto que
leer es necesariamente penetrar mediante la mirada en relación de sentido o
de no sentido con una presencia. Habría entonces una escritura exterior al
saber, que se obtiene mediante la lectura, exterior también a la forma o a
la exigencia de la Ley. La escritura (pura) exterioridad, extraña a toda
relación de presencia, a toda legalidad.
Desde que la
exterioridad de la escritura se debilita, vale decir accede, respondiendo
al llamado de la potencia oral, conformarse como lenguaje dando lugar al libro
-discurso escrito-, ésta exterioridad tiende a aparecer, en su nivel más alto,
exterioridad de la Ley, en su nivel más bajo, interioridad de sentido. La Ley
es la escritura que ha renunciado a la exterioridad del entre-declr para
designar el lugar de la prohibición. La ilegitimidad de la escritura, insumisa
en relación con la Ley, oculta la ilegitimidad no simétrica de la Ley en
relación con la escritura.
La escritura:
exterioridad. Tal vez haya una "pura" exterioridad de la escritura, pero
este sólo es un postulado, ya infiel a la neutralidad de escribir. En el libro
que signa nuestra alianza con todo Libro, la exterioridad no tiene éxito en
autorizarse a sí misma, y, al inscribirse, se inscribe bajo el espacio de la
Ley. La exterioridad de la escritura, desplegándose y estratificándose en libro,
deviene la exterioridad como ley. El libro habla como Ley. Al leerlo,
leemos que todo aquello que es, está prohibido o permitido. Pero esta estructura
de permiso y de prohibición, ¿no será el resultado de nuestro nivel de lectura?
¿ No habrá una lectura distinta del Libro, dónde lo otro del libro dejará de
anunciarse mediante preceptos? Y, al leer así, leeremos aún un libro? ¿No
estaremos cerca, entonces, de leer ausencia de libro?
La exterioridad
inicial quizá debemos suponerla de tal manera que no podríamos soportarla sino
bajo la sanción de la Ley. ¿Qué sucedería si dejara de estar protegida por el
sistema de defensas y de limitaciones? ¿0 estará allí, en el límite de la
posibilidad, precisamente para hacer posible el límite? ¿No se concibe el límite
a sí mismo mediante una delimitación que sería necesaria para la aproximación de
lo limitado y desaparecería si nunca fuese franqueado, infranqueable por esta
razón, siempre franqueado sin embargo porque es infranqueable?
16) La
escritura detenta la exterioridad. La exterioridad que se hace Ley cae en
adelalte bajo la custodia de la Ley: la cual es escrita a su vez, vale decir que
de nuevo se encuentra bajo el cuidado de la escritura. Es preciso suponer
que esta duplicación de la escritura que desde el principio la señala como
diferencia, no hace sino afirmar, mediante esta duplicidad, el rasgo de la
exterioridad misma, siempre en devenir, siempre exterior a sí misma en una
relación de discontinuidad. Hay una "primera" escritura, pero esta
escritura, en tanto que es primera, es ya distinta de sí misma, separada en
aquello que la marca, no siendo, simultáneamente, sino esta marca y sin embargo
distinta a ella si ella se marca en ella, hasta ese punto rota, distanciada,
denunciada en ese afuera de disyunción donde ella se anuncia que será necesaria
una nueva ruptura, la destrucción violenta pero humana (y, en este sentido,
definida y delimitada) para que, convertida en fruto de un estallido, y la
fragmentación inicial habiendo dejado lugar a un acto determinado de ruptura, la
ley pueda, bajo el velo de la prohibición, desgajar una promesa de unidad.
Dicho de otra
manera, la ruptura de las primeras tablas no es ruptura de un pretendido primer
estado de armonía unitaria; por el contrario, lo que ella inaugura es la
substitución de una exterioridad limitada (donde se anuncia la posibilidad de un
límite), por una exterioridad sin limitación, la substitución de un defecto por
ausencia, de una fractura por una abertura, de una infracción la pura-impura
fracción de lo fragmentario, lo cual se junta más acá de la separación sagrada,
en la escisión de lo neutro (que es lo neutro). Dicho de otra manera aún, es
necesario romper con la primera exterioridad para que con la segunda, donde el
logos es Ley y la Ley es logos, el lenguaje, en adelante dividido regularmente,
en correlación de dominio consigo, gramaticalmente construído, nos compromete en
las relaciones de mediación y de inmediación que aseguren el discurso y después
la dialéctica donde su vez, la ley va a disolverse.
La "primera"
escritura, en lugar de ser más inmediata que la segunda, es extraña a todas
estas categorías. Ella no comunica graciosamente mediante una participación
estática donde la ley que proteje lo Uno se teje lo Uno se confundiría en él y
aseguraría la confusión con él. Ella es la alteridad misma, la severidad y la
austeridad que nunca permiten, la quemadura del aliento que agosta,
infinitamente mas rigurosa que toda ley. Es la ley quien nos salva de la
escritura al mediatizarla mediante la ruptura -lo transitivo- del habla.
Salvación que nos introduce en el saber y, mediante el deseo del saber, hasta en
el Libro donde el saber mantiene el deseo disimulándolo en sí mismo.
17) Lo
propio de la Ley: ser violada, incluso cuando aún no ha sido enunciada; es
cierto que desde ese momento, prornulgada en la altura a lo lejos y en nombre de
lo lejano, no tiene relación de conocimiento directo con aquellos a quien se
destina. De donde se podría concluir que la Ley tal como, transmitida
soportando la transmisión, deviene ley de transmisión, no se constituye en ley
sino mediante la decisión de faltarle: no habrá límite sino si el límite es
franqueado, mostrado como infranqueable al ser franqueado.
Sin embargo ¿no
precede la ley a todo conocimiento (comprendido el conocimiento de la
ley), al cual sólo ella abre, preparándolo a sus condiciones mediante un "es
necesario" previo, aunque más no fuese a partir del libro donde ella misma se
afirma mediante el orden -la estructura- que domina al establecerla?
Siempre anterior
a la ley, no teniendo su fundamento ni su determinación en la necesidad
de ser llevada al conocimiento, nunca amenazada por quien la desconoce, siempre
afirmada escencialmente por la infracción que presupone una referencia a ella,
atrayendo en su práctica la autoridad que se substrae a ella, y no obstante más
firme mientras más se ofrece a la transgresión fácil: la ley.
El "es necesario"
de la ley aún no es un "tu debes". "Es necesario" no se aplica a nadie, o, más
resueltamente, no se aplica sino a nadie. La no-aplicabilidad de la ley no sólo
es el signo de su fuerza abstracta, de su inagotable autoridad, de la reserva en
que se mantiene. Incapaz de tuteo, la ley nunca apunta a alquien en particular:
no porque sería universal, sino porque ella separa en nombre de la unidad,
siendo la separación misma que prescribe con miras a lo único. Tal vez este sea
el engaño augusto de la ley: habiendo ella misma "legalizado" el afuera
para hacerlo posible (o real), se libera de toda determinación y de todo
contenido a fin de preservarse como pura forma inaplicable, pura exigencia a la
cual ninguna presencia podría corresponder, sin embargo particularizada de
inmediato en normas múltiples y, mediante el código de alianza en formas
rituales, a fin de permitir la interioridad discreta de un regreso a sí donde se
afirmará la intimidad infrangible del "Tú debes".
18) Las
diez leyes son leyes por su referencia a la Unidad. Dios -este nombre que no
podría ser pronunciado sino en vano porque ningún lenguaje podría contenerlo-
sólo es Dios por llevar la Unidad y en ella designar el fin soberano. Nadie
atentará contra lo Uno. Y el Otro testimonia aún de antemano en favor de lo
Unico, referencia que une todo pensamiento a lo que no es pensado, el ahora
orientado hacia lo Uno como hacia lo que el pensamiento no podría transgredir.
Por lo tanto es consecuente decir: no el Unico Dios, sino la Unidad es en rigor
Dios, la trascendencia misma.
La
exterioridad de la ley encuentra su medida en la responsabilidad ante la
mirada de lo Uno, alianza de lo Uno y de lo múltiple que separa como impía la
primordialidad de la diferencia. Sin embargo, en la ley misma, queda una
cláusula que conserva un recuerdo de la exterioridad de la escritura, cuando
dice: no harás Imagen, no representarás, te negarás la presencia como
semejanza signo o huella. ¿Qué significa esto? Ante todo, y casi demasiado
claramente, la prohibición del signo como modo de la presencia.
Escribir si escribir es vincularse con la imagen y llamar al ídolo,
escribir se inscribe fuera de la exterioridad que le es propia, exterioridad
que la escritura rechaza entonces esforzándose por colmarla, tanto mediante el
vacío de las palabras corno mediante la pura significación del signo. "No te
harás un ídolo" es así, bajo la forma de la ley, no una indicación sobre la ley,
sino sobre la exigencia de la escritura que precede a toda ley.
19)
Admitamos que la exterioridad es la obsesión de la ley, aquello que la asedia y
de quien se separa, y mediante la separación que la instituye como forma, en el
movimiento donde se formula como ley. Admitamos que la exterioridad como
escritura, relación siempre sin relación, puede decirse exterioridad que se
debilita en ley, precisamente cuando ella es más tensa, la tensión de
una forma que unifica. Es necesario saber que desde que la ley tiene lugar (ha
encontrado su lugar) todo cambia, y es la exterioridad llamada inicial quien, en
nombre de la ley en adelante imposible de denunciar, se ofrece como la debilidad
misma, la neutralidad que no exige, así como la escritura fuera de la ley, fuera
del libro, no parece otra cosa que el regreso a una espontaneidad sin reglas, un
automatismo de ignorancia, un movimiento de irresponsabilidad, un juego inmoral.
Dicho de otra manera: no se puede ascender desde la exterioridad como ley a la
exterioridad como escritura; ascender, aquí, sería descender. Es decir: no se
puede "ascender" sino aceptando, incapaz de consentir en ello, la caida, caida
escencialmente azarosa en el azar inescencial (al que la ley denomina
desdeñosamente juego -el juego donde cada vez todo es arriesgado, todo es
perdido: la necesidad de la ley, el azar de la escritura). La ley es la cima,
no hay otra. La escritura permanece fuera del arbitraje entre alto y bajo.
Texto extraído del libro "La ausencia del
libro", Maurice Blanchot, Ediciones Caldén, Bs. As, Argentina, 1973.
Selección y destacados:
Sergio Rocchietti / Colaboración: Gustavo Piquín
Resumen de las propuestas ( S.R.) :
1.
Este juego insensato de escribir.
2.
Leemos porque el escrito está ordenándose allí bajo nuestra mirada...
(apariencia).
3. La cultura está ligada
al libro.
4. La ausencia de libro
anula toda continuidad de presencia, escapa a la interrogación que contiene el
libro.
5. Escribir se relaciona
con la ausencia de obra, pero se inviste en la Obra bajo la forma de libro.
6. El libro desempeña un
papel dialéctico.
El libro que se ha convertido en obra está ya fuera del libro.
7. Escribir no tiene su fin
en el libro o en la obra.
8. El libro astucia del
discurso... remite a la obra a la ausencia de libro.
9. El libro, escritura,
tiempo, memoria, vacío, no es la ausencia de libro. Esta es exterioridad a
todo esto.
10. La inquietud de escribir
( energía) quiere descansar en la complacencia de la obra, pero la ausencia de
libro la llama a responder del afuera.
11. El libro comienza en la
Biblia donde el Logos se inscribe en ley.
12. Lo anónimo del libro es
tal que para sostenerlo solicita la dignidad de su nombre.
13. La ausencia de libro
ayuda a conceptualizar la palabra libro.
14. La ausencia de libro no
es que el libro se deshace ( desorden) ni la contra-ley del libro, ni sentido,
ni sin-sentido.
15. La escritura está
ausente del libro. La escritura: pura exterioridad. Leer la ausencia de libro.
16. La escritura detenta la
exterioridad. La exterioridad que se hace Ley cae en adelante bajo la custodia
de la ley: la cual es escrita a su vez... se encuentra bajo el cuidado de la
escritura.
17. Lo propio de la ley: ser
violada, aún cuando no ha sido enunciada.
18. Las diez leyes son por
su referencia a la Unidad. Dios...
19. Admitamos que la
exterioridad es la obsesión de la ley aquello que la asedia y de quien se
separa. La necesidad de la ley. El azar de la escritura. |
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