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"El nombre de un escritor"

 
(Sobre Andrés Rivera)
por Sergio Rocchietti

 

  "Un hombre, cuando escribe para que lo lean otros hombres, miente. Yo, que escribo para mí, no me oculto la verdad. Digo: no temo descubrir, ante mí, lo que oculto a los demás.

Me atengo a una sola ley: no hay comercio entre lo que escribo y yo. Nadie vende, nadie miente. Nadie compra, nadie es engañado.

No afronto, tampoco, y no voy a olvidarlo, el miedo que devasta, frente a la hoja en blanco, al que escribe para los otros. No corro el riesgo de que alguien me reproche mis faltas de buen gusto y mis atentados, si los hay, a la ortodoxia de la prosa castellana. Ni que me asalte el anhelo (dicen que es irreprimible) de sustituir a Dios, que suele terminar en una boutade tan torpe y patética y expiatoria como la que se le escuchó a M. Flaubert cuando le preguntaron quién era Mme. Bovary.

 
¿Escribo lo que temo olvidar? Sí.

¿Temo descubrir ante mí lo que oculto a los demás? Sí.

¿Escribo lo que deseo olvidar? Sí. 

Para que pueda creer en lo que escribo: no al énfasis, no al asombro".

 Cómo decirlo sin causar sobresaltos y en todo caso, porqué no provocarlos. En fin, digámoslo de una buena vez: el nombre de un escritor no es su nombre propio. Casi siempre nos confundimos, estamos acostumbrados a ello. A confundir los nombres con las personas y a las personas con los seres.

Con sobresaltos o sin ellos, el nombre de un escritor no es su nombre propio.

El nombre de un escritor es su escritura. El nombre -propio- de un escritor es su escritura.

Y sin embargo, nada más impropio que lo propio mencionado. No hay apropiación que se sostenga en ese vano intento de permanecer. La detención no es rastro permanente de lo inscripto, aunque lo supongamos, aunque lo intentemos. Las huellas juegan el juego de su desaparición y transformación. Las huellas mutan.

 

Un hombre escribe.

Un hombre escribe lo que oculta a los demás.

Al escribir ese hombre se muestra "su" verdad. ¿Hay otras?. Quizás, pero es difícil compartirlas.

Escribo para no engañar, escribo para no engañarme. Suponemos que es lo que plantea Andrés Rivera, en la cita que hemos escogido, o en la cita que nos ha elegido para que la citemos.

Deseo, temor, creencia, descubrimiento, olvido, es lo que se conjura en una escritura que no se concede el respiro y la placidez del descanso. Una escritura es la disolución de su "autor".

 "Ser escritor" he allí una ingenuidad. Y antes que nada, no tenemos nada en contra de las ingenuidades, como tampoco podríamos estar en contra de las "autenticidades". Es cuestión de puntos de vista; de vista, de oído, de sentidos que desde el cuerpo y sobre el mundo y los otros cuerpos se ejercen para hablar, para decir, para escribir y para leer. Cada cual escuchará y convendrá o no en ese deseo que se expresa en la frase: "ser escritor", declínese, conjúguese, grítese o cállese. Los deseos son deseos e implican su realización, lo cual nos lleva a problemas, como escribir, hablar o sentir. Y no dijimos algo que puede parecer grave, pero no lo es, pensar. Pero no nos estamos ocupando de ello, ni de las realizaciones de los deseos. Sólo dejamos que algo en nosotros discurra, siga sus cursos y desemboque en esos moldes prefijados por las costumbres que nos fueron legadas: escritura, se le llama. ¡Ah!, Se le llama aunque no siempre acuda, y lo que ha acudido en nosotros es la delectación, el profundo deleite de leer la escritura de A.R. y querer, sí, querer decir algo de ello. Por ejemplo: léalo. Sí, sí, usted, si no lo conoce, si no se lo han recomendado, nosotros se lo recomendamos.

Porque es inusual, porque al leerlo se puede sentir algo que uno no puede menos que llamar: escritura. La estricta sensación, reconocible por demás por aquellos que transitan las múltiples lecturas, de una exclamación como la que sigue: ¡Allí hay escritura!. Exclamación que una vez dicha al ser sentida esa sensación, nos devuelve al placer de su lectura. Al placer de participar de los escenarios de la historia nacional, de la historia de los escritores y de nuestros presentes. Y no de una historia sin vida sino de lo más nítido que debemos advertir, que nuestra vida sin memoria sería una sucesión infinita de instantes fugaces sin relación alguna. Y, por supuesto una memoria que, como esa historia, no es depósito, sino pasión, emoción, impulso, sentimiento. En definitiva, acción. Acciones sobre nuestros cuerpos, en nuestros cuerpos. Acción de la escritura en nuestros cuerpos, pasiones del lenguaje en nuestras almas. Alguna vez nos tendremos que tomar el trabajo, arduo por demás, de aclarar que esa alma no es más que una consideración distinta del cuerpo. Del cuerpo-superficie al cuerpo-lugar podría ser una buena indicación de títulos a desarrollar.

 "Ser escritor", dijimos, es una ingenuidad. Y agregamos, no estamos en contra de los deseos ni de las ingenuidades, sólo recordamos que cualquier consideración del ser que hoy hagamos estará teñida por la figura del filósofo alemán Martín Heidegger y lo que proseguirá será para aquéllos que puedan sacar alguna conclusión de ello. El mismo Heidegger toma en consideración una frase de F. Nietzsche, que en realidad forma parte de un planteo más amplio de la cuestión, una frase de su libro "El ocaso de los ídolos" (1888) que fue el último libro que Nietzsche vio impreso, que dice así:  "ser"... "el último humo de la realidad evaporada" (VIII, 80). Si nos detenemos, podemos sentir que certera conjunción logra Nietzsche al escribir semejante sentencia, en un estilo de filosofía presocrática, con la contundencia de sus aforismos, podremos apreciar la magnitud de lo acontecido. Detenernos es detenernos y ver ese último vapor de la realidad que se va disolviendo en sucesivos vapores a su vez, y que la consideración del ser se aloja en ese advenimiento último, justo antes de que todo deje de existir; allí, en ese último instante, a esa disipación del vapor lo podemos llamar ser. A ese hálito expelido por nuestras bocas, especialmente en invierno, cuando pronunciamos la palabra ser, o cualquier otra, pero Nietzsche eligió la palabra ser y no otra para hacerla coincidir con el humo de la realidad evaporada, esto lo hace en la parte que dedica a tratar "La razón en la filosofía". Y Heidegger, el recuperador de la pregunta por el ser retoma este decir, claro está para tratar de evitar que la pregunta por el ser se evapore.

Este planteo de Heidegger se sitúa en un capítulo llamado "La pregunta fundamental de la metafísica" y se  encuentra en su libro "Introducción a la Metafísica", del cual también recomendamos su lectura si algo del ser interroga al lector.

Más allá, más acá, en, o entre estas situaciones-del-pensar, la escritura de Nietzsche y Heidegger son recomendables porque allí también hay escrituras. Estilo, acuñación, marca. Una escritura que marca hace estilo, recordando la etimología de la palabra estilo. Y agregamos que el ser pronunciado en un día de invierno no es nada más que un hálito sino hacemos del ser pregunta que interrogue, pregunta que nos interrogue en nuestras vidas, en nuestras vidas que al ser interrogadas devienen existencias para luego continuar como vidas vividas. Otra pregunta llegará.

"Ser escritor" es una ingenuidad, ser escritura no.


Bibliografía:

Andrés Rivera nace en Buenos Aires, Argentina, en 1928. Obras: "La revolución es un sueño eterno", "El amigo de Baudelaire", "El farmer", "La lenta velocidad del coraje", "En esta dulce tierra", "El verdugo en el umbral", "Mitteleuropa", "Nada que perder", "El profundo sur", "Hay que matar", (todas en editorial Alfaguara).

Revista Con-versiones

 

 

        

 

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