“Italo Calvino on Invisibles Cities”
Por Italo Calvino
Nota preliminar a las "Ciudades Invisibles" de
Italo CalvinoEditorial Siruela,
Madrid, 1999.
La primera edición de Las ciudades invisibles fue publicada
en noviembre de 1972 por la editorial Einaudi, de Turín.
Calvino habló de su libro, cuando apareció, en artículos y entrevistas
que se publicaron en varios periódicos, entre fines del 72 y
comienzos del 73. Como Nota preliminar
a esta nueva edición se ha utilizado un importante documento:
el texto inédito de una conferencia pronunciada por Calvino
en inglés, el 29 de marzo de 1983, para los estudiantes de la
Graduate Writing Division de la Columbia University de Nueva
York (publicada después con el título «Italo Calvino on Invisible
Cities», en el nº 8, 1983, Págs. 37-42, de la revista
literaria americana Columbia;
algunas partes del texto italiano, con el título "Las ciudades
invisibles felices e infelices" aparecieron en Vogue Italia,
nº 253, diciembre de 1972, págs. 150-151).
"En Las ciudades invisibles no se encuentran ciudades
reconocibles. Son todas inventadas; he dado a cada una
un nombre de mujer; el libro consta de capítulos breves, cada
uno de los cuales debería servir de punto de partida de una
reflexión válida para cualquier ciudad o para la ciudad en general.
El libro nació lentamente, con intervalos a veces largos, como
poemas que fui escribiendo, según las más diversas inspiraciones.
Cuando escribo procedo por series: tengo muchas carpetas donde
meto las páginas escritas, según las ideas que se me pasan
por la cabeza, o apuntes de cosas que quisiera escribir. Tengo
una carpeta para los objetos, una carpeta para los animales,
una para las personas, una carpeta para los personajes históricos
y otra para los héroes de la mitología; tengo una carpeta sobre
las cuatro estaciones y una sobre los cinco sentidos; en una
recojo páginas sobre las ciudades y los paisajes de mi vida
y en otra ciudades imaginarias, fuera del espacio y del tiempo.
Cuando una carpeta empieza a llenarse de folios, me pongo a
pensar en el libro que puedo sacar de ellos.
Así en los últimos años llevé conmigo este libro de las ciudades,
escribiendo de vez en cuando, fragmentariamente, pasando por
fases diferentes. Durante un período se me ocurrían sólo ciudades
tristes, y en otro sólo ciudades alegres; hubo un tiempo en
que comparaba la ciudad con el cielo estrellado, en cambio en
otro momento hablaba siempre de las basuras que se van extendiendo
día a día fuera de las ciudades. Se había convertido en
una suerte de diario que seguía mis humores y mis reflexiones;
todo terminaba por transformarse en imágenes de ciudades: los
libros que leía, las exposiciones de arte que visitaba, las
discusiones con mis amigos.
Pero todas esas páginas no constituían todavía un libro: un
libro (creo yo) es algo con un principio y un fin (aunque no
sea una novela en sentido estricto), es un espacio donde el
lector ha de entrar, dar vueltas, quizás perderse, pero encontrando
en cierto momento una salida, o tal vez varias salidas, la posibilidad
de dar con un camino para salir. Alguno de vosotros me
dirá que esta definición puede servir para una novela con una
trama, pero no para un libro como éste, que debe leerse como
se leen los libros de poemas o de ensayos o, como mucho, de
cuentos. Pues bien, quiero decir justamente que también
un libro así, para ser un libro, debe tener una construcción,
es decir, es preciso que se pueda descubrir en él una trama,
un itinerario, un desenlace.
Nunca he escrito libros de poesía, pero sí muchos libros de
cuentos, y me he encontrado frente al problema de dar un orden
a cada uno de los textos, problema que puede llegar a ser angustioso.
Esta vez, desde el principio, había encabezado cada página con
el título de una serie: Las ciudades y la memoria, Las
ciudades y el deseo, Las ciudades y los signos; llamé Las ciudades
y la forma a una cuarta serie, título que resultó ser demasiado
genérico y la serie terminó por distribuirse entre otras categorías.
Durante un tiempo, mientras seguía escribiendo ciudades, no
sabía si multiplicar las series, o si limitarlas a
unas pocas (las dos primeras eran fundamentales) o si hacerlas
desaparecer todas. Había muchos textos que no sabía cómo
clasificar y entonces buscaba definiciones nuevas. Podía hacer
un grupo con las ciudades un poco abstractas, aéreas, que terminé
por llamar Las ciudades sutiles. Algunas
podía definirlas como Las ciudades dobles, pero después
me resultó mejor distribuirlas en otros grupos. Hubo otras series
que no preví de entrada; aparecieron al final, redistribuyendo
textos que había clasificado de otra manera, sobre todo como
«memoria» y «deseo», por ejemplo, Las ciudades y los ojos
(caracterizadas por propiedades visuales) y Las ciudades
y los intercambios, caracterizadas por intercambios: intercambios
de recuerdos, de deseos, de recorridos, de destinos. Las
continuas y las escondidas, en cambio, son dos
series que escribí adrede, es decir con una intención
precisa, criando ya había empezado a entender la forma y el
sentido que debía dar al libro. A partir del material
que había acumulado fue como estudié la estructura más adecuada,
porque quería que estas series se alternaran, se entretejieran,
y al mismo tiempo no quería que el recorrido del libro se apartase
demasiado del orden cronológico en que se habían escrito los
textos. Al final decidí que habría 11 series de 5 textos
cada una, reagrupados en capítulos formados por fragmentos de
series diferentes que sirvieran cierto clima común. El
sistema con arreglo al cual se alternan las series es
de lo más simple, aunque hay quien lo ha estudiado mucho para
explicarlo.
Todavía no he dicho lo primero que debería haber aclarado: Las
ciudadesinvisibles se presentan como una serie de relatos
de viaje que Marco Polo hace a Kublai Kan, emperador de los
tártaros. (En la realidad histórica, Kublai, descendiente de
Gengis Kan, era emperador de los mongoles, pero en su libro
Marco Polo lo llama Gran Kan de los Tártaros y así quedó en
la tradición literaria.) No es que me haya propuesto seguir
los itinerarios del afortunado mercader veneciano que en el
siglo XIII había llegado a China, desde donde partió para visitar,
como embajador del Gran Kan, buena parte del Lejano Oriente.
Hoy el Oriente es un tema reservado a los especialistas, y yo
no lo soy. Pero en todos los tiempos ha habido poetas
y escritores que se inspiraron en El Millón como en una
escenografía fantástica y exótica: Coleridge en un famoso poema,
Kafka en El mensaje del emperador, Buzzati en El
desierto de los tártaros. Sólo Las mil y una noches
puede jactarse de una suerte parecida: libros que se convierten
en continentes imaginarios en los que encontrarán su espacio
otras obras literarias; continentes del «allende», hoy cuando
podría decirse que el «allende» ya no existe y que todo el mundo
tiende a uniformarse.
A este emperador melancólico que ha comprendido que su ilimitado
poder poco cuenta en un mundo que marcha hacia la ruina, un
viajero imaginario le habla de ciudades imposibles, por ejemplo
una ciudad microscópica que va ensanchándose y terminaformada
por muchas cividades concéntricas en expansión, una ciudad telaraña
suspendida sobre un abismo, o una ciudad bidimensional como
Moriana.
Cada
capítulo del libro va precedido y seguido por un texto en cursiva
en el que Marco Polo y Kublai Kan reflexionan y comentan.
El primero de ellos fue el primero que escribí y sólo más adelante,
habiendo seguido con las ciudades, pensé en escribir otros.
Mejor dicho, el primer texto lo trabajé mucho y me había sobrado
mucho material, y en cierto momento seguí con diversas variantes
de esos elementos restantes (las lenguas de los embajadores, la
gesticulación de Marco) de los que resultaron parlamentos diversos.
Pero a medida que escribía ciudades, iba desarrollando reflexiones
sobre mi trabajo, como comentarios de Marco Polo y del Kan, y
estas reflexiones tomaban cada una por su lado; y yo trataba de
que cada una avanzara por cuenta propia. Así es como llegué
a tener otro conjunto de textos que procuré que corrieran
paralelos al resto, haciendo un poco de montaje en el
sentido de que ciertos diálogos se interrumpen después se
reanudan; en una palabra, el libro se discute y se interroga a
medida que se va haciendo.
Creo que lo que el libro evoca no es sólo una idea atemporal
de la ciudad, sino que desarrolla, de manera unas veces implícita
y otras explícita, una discusión sobre la ciudad moderna.
A juzgar por lo que me dicen algunos amigos urbanistas, el libro
toca sus problemáticas en varios puntos y esto no es casualidad
porque el trasfondo es el mismo. Y la metrópoli de los big
numbers no aparece sólo al final de mi libro; incluso lo que
parece evocación de una ciudad arcaica sólo tiene sentido en la
medida en que está pensado y escrito con la ciudad de hoy delante
de los ojos.
¿Qué es hoy la ciudad para nosotros? Creo haber escrito
algo como un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada
vez más difícil vivirlas como ciudades. Tal vez estamos
acercándonos a un momento de crisis de la vida urbana y Las
ciudades invisibles son un sueño que nace del corazón de
las ciudades invivibles. Se habla hoy con la misma insistencia
tanto de la destrucción del entorno natural como de la fragilidad
de los grandes sistemas tecnológicos que pueden producir perjuicios
en cadena, paralizando metrópolis enteras. La crisis de
la ciudad demasiado grande es la otra cara de la crisis de la
naturaleza. La imagen de la «megalópolis», la ciudad continua,
uniforme, que va cubriendo el mundo, domina también mi libro.
Pero libros que profetizan catástrofes y apocalipsis hay muchos;
escribir otro sería pleonástico, y sobre todo, no se aviene a
mi temperamento. Lo que le importa a mi Marco Polo es descubrir
las razones secretas que han llevado a los hombres a vivir en
las ciudades, razones que puedan valer más allá de todas las crisis.
Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos,
signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos
los libros de historia de la economía, pero estos trueques no
lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de
deseos, de recuerdos. Mi libro se abre Y se cierra con las
imágenes de ciudades felices que cobran forma y se desvanecen
continuamente, escondidas en las ciudades infelices.
Casi todos los críticos se han detenido en la frase final del
libro: «buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno,
no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio». Como
son las últimas líneas, todos han considerado que es la conclusión,
la «moraleja de la fábula». Pero este libro es poliédrico
y en cierto modo está lleno de conclusiones, escritas siguiendo
todas sus aristas, e incluso no menos epigramáticas y epigráficas
que estaúltima. Es cierto que si esta frase se ubica al
final del libro no es por casualidad, pero empecemos por decir
que el final del último capítulo tiene una conclusión doble, cuyos
elementos son necesarios: sobre la ciudad utópica (que aunque
no la descubramos no podemos dejar de buscarla) y sobre la ciudad
infernal. Y aún más: ésta es sólo la última parte del texto
en cursiva sobre los atlas del Gran Kan, por lo demás bastante
descuidado por los críticos, y que desde el principio hasta el
final no hace sino proponer varias«conclusiones» posibles de todo
el libro. Pero está también la otra vertiente, la que sostiene
que el sentido de un libro simétrico debe buscarse en el medio:
hay críticos psicoanalistas que han encontrado las raíces profundas
del libro en las evocaciones venecianas de Marco Polo, como un
retorno a los primeros arquetipos de la memoria, mientras estudiosos
de semiología estructural dicen que donde hay que buscar es en
el punto exactamente central del libro, y han encontrado una imagen
de ausencia, la ciudad llamada Baucis. Es aquí evidente
que el parecer del autor está de más: el libro, como he explicado,
se fue haciendo un poco por sí solo, y únicamente el texto tal
como es autorizará o excluirá esta lectura o aquélla. Como
un lector más, puedo decir que en el capítulo V, que desarrolla
en el corazón del libro un tema de levedad extrañamente asociado
al tema de la ciudad, hay algunos de los textos que considero
mejores por su evidencia visionaria, y tal vez esas figuras más
filiformes («ciudades sutiles» u otras) son la zona más luminosa
del libro. Esto es todo lo que puedo decir."
Nota: Quizás querrá el lector, gentil, continuar su lectura
de las ciudades en una clave de mayor aridez y no de tanta luminosidad
como la que nos trae Calvino, si así lo fuera, le indicamos una
dirección en el horizonte de su camino: "La
sociedad del malestar" en la sección "Malestar".
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