Por Vanesa Guerra

 

Enésimo texto inadecuado que araña el concepto de narcisismo (*)

 

Estimados amigos, tengo la certeza: alguien leerá esta carta -puesto que a las cartas ajenas y multitudinarias se les perdona todo; en principio porque se sabe que va dirigida a un solo interlocutor que en realidad no existe, esto es a un personaje llamado lector-.

Con esta idea cualquier certeza funciona porque resulta ser hija de un buen engendro narcisista. ¿Qué es el narcisismo? El narcisismo no es más que esta respuesta: “nada que pueda importarte”.

Teñido de agresividad se descubre la espuma en la cresta de la ignorancia.

He vuelto a leer “Alexis o el tratado del inútil combate”. ¿Quién podría escribir una carta de amor después de aquello? ¿Podríamos considerarlo un texto epistolar?

Hay un perfil del amor que me interesa tratar: todo enamorado escribe cartas y poesías, o si no, aunque más no sea: un leve graffiti en una pared; un signo hermético sobre el escritorio del colegio; un garabato esmirriado en la puerta de un baño público; un sortilegio de iniciales mayúsculas en un libro que versa sobre cualquier ciencia; una talla en la corteza del árbol que no custodia Greenpeace. Así es que el amor, de alguna manera, intenta dejar un sello en alguna parte.

Algo se vislumbra en esta irrefrenable actividad, aventuro la idea: el amor es traumático y gesta la repetición de los abscesos comunes- Yourcenar no es el caso, pues si hay algo que no fue común en Magna autora ha sido ella y su prodigiosa obra. Además en esta nota el caso no es La Yourcenar, sino la inutilidad que prospera en el amor.

Escribe Artaud: “El amor en un minucioso y horrible desprendimiento” No sé qué celebro en esta cita que produce un vasto encantamiento. Artaud con su Heliogábalo me da cosquillas al ser leído en Pizarnik con forma de Helioglobo –32.

Está bien, dirán que no hay relación posible, no obstante Yo la encuentro, eso dice siempre un buen narcisista, que nada de bueno tiene pese a cierto arrebatamiento con la que toda hermenéutica goza. Sacralizar los textos, divinizarlos e interpretarlos luego, es un juego de niños perversos: Ya la niñez habla de dioses y los dioses hablan de miedos y triunfos, los dioses no son más que afectos, afectados.

Con lo cual las interpretaciones de las interpretaciones ya sabemos de dónde proceden. En semejante anarquía referencial vamos fritos. La subjetividad ha de ser anárquica si tomamos en serio aquello de que lo absoluto no existe. El psicoanálisis ha intentado organizar esta anarquía conceptualizando la función del Nombre del Padre como forma de acotar las cosas. El nombre del padre podría ser un mito y a veces funciona, a veces no. El nombre del Padre no es Absoluto, no obstante debe producir, en su efecto funcional, creíble aquella semblanza.

¿Qué puede saber lo humano de lo absoluto? Lo mismo que la vida de la muerte. Nada. Sustancias distintas, imposibles de cópula. Y en ese espacio abismal que lo humano imagina entre una y otra, se piensa, se crea o se estornuda.

¿Que tiene de útil el amor?

Lo mismo que tiene de útil una pintura.

Cada cual dará su respuesta, lo vemos mes a mes en foro de encantos y desencantos.

Hay quienes ponen en línea de equivalencia la producción artística con la producción amorosa. Lo aceptaríamos si acaso lo segundo respondiera a un horrible desprendimiento. Un síntoma podrá ser horrible, pero de desprendimiento no tiene nada. El amor nunca quiere desprenderse, mas bien abroja en sus funciones todo lo que vaya suelto: insiste en sus repeticiones y en sus fórmulas. ¿Que hay más allá de la formas que adquiere este amor? Algo del desprendimiento, y el desprendimiento cuando navega por el cauce del deseo muestra la cara de la orfandad: Cuando muere el padre se lo decimos a Buda, pero ¿cuando muere Buda?…

Confiesa el personaje de Yourcenar: Los libros no contienen la vida, sólo contienen sus cenizas.

Es así, penosamente cierto para la religión neurótica de lectores, cierto como aquello de que la palabra mata la cosa, y los dioses matan la muerte. Valga! Que ahora lo absoluto se ha desplazado al paganismo politeísta.

Es cierto, los dioses matan la muerte, sostengamos la paradoja, pues la inmortalidad habita en sus sueños, y sufre lo eterno. Cuando los dioses se confiesan siempre padecen, padecen la creación del hombre, padecen su soledad, padecen el horror de lo que no termina nunca. Ser dios es un gran castigo. El hombre crea a sus dioses para sufrir lo que no tiene; lo humano se castiga y se flagela en semejante alivio. Por eso podríamos decir que el goce muestra su cara de alivio en el vasto terreno de la neurosis que entre otras cuestiones remite al dolor de la separación, a la diferencia de todas las hebras que tejen lo que somos, ¿qué somos? Agua y aceite, agua y grasa, nada que pueda ponerse de acuerdo. Vida y muerte.

Pues, que baile el mono por interés (su atributo animal no se lo impide) mientras tanto, los humanos bailamos como podemos.

(*) ceñida continuación del texto “Víspera Azul, sobre el desierto” diciembre 2002. V.G. (Con-versiones)

Por si se quiere leer:

– Alexis… Marguerite Yourcenar, 1929. (Alfaguara Literaturas, 1977)

-Heliogábalo o el anarquista coronado, Antonin Artaud, 1934 (Argonauta, 1972)

-La Bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa. Alejandra Pizarnik, 1970-1971 ( O.C. Corregidor, 1994)

-Ver: Mitología… V.G. (Con-versiones)

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