Traducción Leticia Hernando

Fernando Pessoa a Casais Monteiro

Carta publicada por primera vez en la revista Presença nº 9, en junio 1937, por Casais Montero y, más tarde, por Jorge de Sena en: Páginas de Doutrina Estética, con excepción del párrafo final sobre el ocultismo y la post-data por expreso pedido de Fernando Pessoa. El cual fue incluido posteriormente por Joâo Gaspar Simoes en: Vida e Obra de Fernando Pessoa.

Apartado postal 147

Lisboa, 13 de Enero de 1935

 

Mi apreciado Camarada:

Agradezco mucho su carta, que voy a responder de inmediato e íntegramente. Antes de empezar con propiedad, quiero pedirle disculpas por escribir en este papel de copia. Se me terminó el decente, es domingo y no puedo conseguir otro. Pero más vale, creo, el mal papel que la prórroga.

En primer lugar, quiero decirle que yo nunca vería «otras razones» en cualquier cosa que escribiese, discrepando así, en lo que a mí respecta. Soy uno de esos pocos poetas portugueses que no decretaron la propia infalibilidad, ni toman cualquier crítica que se les haga como un acto de lesa-divinidad. Más allá de eso, cualquiera que sean mis defectos mentales, en mí es nula la tendencia a la manía persecutoria. Aparte, ya conozco suficientemente su independencia mental que, si me permite decirlo, mucho apruebo y alabo. Nunca me propuse ser Maestro o Maestro en Jefe, porque no sé enseñar ni sé si tendría algo para enseñar; Jefe, porque ni sé romper los huevos. No se preocupe pues, en cualquier ocasión, con lo que tenga que decir respecto a mí. No busco escarbar en los nobles andares.

Concuerdo absolutamente con usted en que no fue feliz la estrella que hice de mi mismo con un libro tal como Mensagem. Soy, de hecho, un nacionalista místico, un sebastianista racional. Pero además soy muchas cosas y hasta en contradicción con eso. Y esas cosas, por la misma naturaleza del libro Mensagem, no las incluí.

Con este libro comencé mis publicaciones por la simple razón que fue el primer libro que conseguí, no sé por qué, tener organizado y listo. Como ya estaba armado y me incitaban a publicarlo, accedí. No lo hice, debo decirlo, con los ojos puestos en el posible premio del Secretariado, aunque en eso no hubiera un mayor pecado intelectual. Mi libro estaba listo en septiembre y yo hasta creía que no iba a poder concurrir al premio, porque ignoraba que el plazo para la entrega de los libros, que primitivamente era hasta fin de julio, se había alargado a fin de octubre. Como sin embargo a final de octubre ya había ejemplares listos de Mensagem, hice entrega de los que el Secretariado exigía. El libro estaba exactamente en las condiciones (nacionalismo) para presentarse. Lo presenté.

Cuando a veces pensaba en el orden de una futura publicación de mis obras, nunca un libro del género de Mensagem figuraba en primer lugar. Dudaba entre si debía comenzar con un libro grande de versos —un libro de unas 350 páginas—, que englobara las varias sub-personalidades del mismo Fernando Pessoa, o si debería abrir con una novela policial que todavía no conseguí completar.

Concuerdo con usted, como dije, que no fue feliz la estrella que hice de mi mismo con la publicación de Mensagem. Pero concuerdo también con los hechos: fue la mejor estrella que yo hubiera podido hacer. Precisamente porque esa faceta —en cierto modo secundaria— de mi personalidad nunca había sido suficientemente manifestada en mis colaboraciones en revistas (con excepción de Mar portugués, que forma parte de este mismo libro); por eso mismo convenía que apareciese y que apareciese ahora. Coincidió, sin que yo lo planease o premeditase (soy incapaz de premeditación práctica alguna), con uno de los momentos críticos (en el sentido original de la palabra), de la remodelación del subconsciente nacional. El que hice por casualidad y se completó en la conversación, con Escuadra y Compás, por el Gran Arquitecto.

(Interrumpo. No estoy dolido ni borracho. Sin embargo estoy escribiendo directamente, tan de prisa como lo permite la máquina, y voy sirviéndome de las expresiones que se me ocurren, sin fijarme en la literatura que pueda haber en ellas. Suponga —y hará bien en suponer— que estoy simplemente hablando con usted.)

Ahora respondo directamente a sus tres preguntas: (1) plan futuro de la publicación de mis obras, (2) génesis de mis heterónimos y (3) ocultismo.
Hecha en las condiciones que le indiqué la publicación de Mensagem, que es una manifestación unilateral, pretendo continuar de la siguiente manera. Ahora estoy completando una versión enteramente remodelada de El banquero anarquista; esta debe estar terminada en breve y cuento, una vez que esté lista, publicarla inmediatamente. Si así hiciera, la traduzco inmediatamente al inglés y veré si la puedo publicar en Inglaterra. Tal como debería quedar, tiene probabilidades europeas. (No tome esta frase en el sentido de premio Nobel inminente.) Después —y ahora respondo propiamente a su pregunta que se refiere a la poesía—, proyecto reunir el gran volumen de los pequeños poemas del mismo Pessoa, a ver si consigo publicarlos a fin del año en que estamos. Ese será el volumen que Casais Monteiro espera y el mismo que yo deseo que se haga. Ese, entonces, será todas las facetas, excepto a nacionalista, que ya manifestó Mensagem.

Me referí, como vió, a Fernando Pessoa solamente. No pienso nada de Caeiro, Ricardo Reis o Álvaro de Campos. Nada de eso podré hacer, en el sentido de publicar, excepto cuando (ver más arriba) me fuera dado el premio Nobel. Y con todo lo pienso con tristeza, porque Caeiro tiene todo mi poder de despersonalización dramática; puse en Ricardo Reis toda mi disciplina mental, vestida de la música que le es propia; puse en Álvaro de Campos toda la emoción que no me doy ni a mí, ni a mi vida. Pensar, mi querido Monteiro, que todos ellos tienen que ser, en la práctica de la publicación, referidos a Fernando Pessoa… ¡impuro y simple!

Creo que respondí a su primer pregunta.

Si omití algo, diga en qué. Si puedo responder, responderé. Más planes no tengo, por ahora. Y sabiendo lo que sé y en qué terminan mis planes, es ocasión de decir: ¡Gracias a Dios!

Paso ahora a responder su pregunta sobre la génesis de los heterónimos. Voy a ver si consigo responderle de forma completa.

Comienzo por la parte psiquiátrica. El origen de mis heterónimos es el profundo trazo de histeria que existe en mí. No sé si soy simplemente histérico o si soy más propiamente un histérico-neurasténico. Me inclino más por la segunda hipótesis, porque hay en mí fenómenos de abulia que la histeria propiamente dicha no encuadra en el registro de sus síntomas. Sea como fuera, el origen mental de mis heterónimos, está en una tendencia mía, orgánica y constante, para la despersonalización y la simulación. Estos fenómenos —felizmente para mi persona y para los demás—, en mí se mentalizaron; quiero decir, no se manifiestan en mí vida práctica, exterior y de contacto con los otros; hacen explosión adentro y los vivo yo a solas conmigo. Si fuese mujer —en la mujer los fenómenos histéricos rompen en ataques y cosas parecidas—, cada poema de Álvaro de Campos (el más histéricamente histérico de mí) sería una alarma para la vecindad. Pero soy un hombre —y en los hombres la histeria asume principalmente aspectos mentales; así todo acaba en silencio y poesía…

Esto explica, bien o mal, el origen orgánico de mis pseudónimos. Ahora voy a hacer la historia directa de ellos. Comienzo por aquellos que murieron y de algunos de los cuales ya no me acuerdo —los que yacen perdidos en el pasado remoto de mi infancia casi olvidada.

Desde niño tuve la tendencia de crear en mi entorno un mundo ficticio, de rodearme de amigos y conocidos que nunca existieron. (No sé, bien entendido, si realmente no existieron o si soy yo quien no existe. En estas cosas, como en todas, no debemos ser dogmáticos.) Desde que me reconozco como siendo aquello a lo que llamo yo, me recuerdo precisando mentalmente en figura, movimientos, carácter e historia, varias figuras irreales que eran para mí tan visibles y mías como las cosas de aquello a lo que llamamos, abusivamente por ventura, la vida real. Esta tendencia, que me viene desde que recuerdo ser un yo, me ha acompañado siempre, variando un poco el tipo de música con que me encanta, pero no alterando nunca su manera de encantar.

Recuerdo, así, lo que me parece haber sido mi primer pseudónimo, o, antes, mi primer conocido inexistente —un cierto Chevalier de Pas de mis seis años, por quien escribía cartas de él a mí mismo y cuya figura, no enteramente vaga, todavía conquista aquella parte del afecto que confina con la añoranza. Me acuerdo, con menos nitidez, de otra figura cuyo nombre ya no recuerdo otra cosa que también era extranjero, que era, no sé en qué, un rival de Chevalier de Pas… ¿Cosas que le suceden a todos los niños? Sin duda —o tal vez. Pero a tal punto las viví que las vivo todavía, pues las recuerdo de tal modo que necesito hacer un esfuerzo para hacerme saber que no fueron realidades.
Esta tendencia a cultivar a mi alrededor otro mundo, igual a este pero con otra gente, nunca se me fue de la imaginación. Tuve varias fases, entre las que está esta, que aconteció ya de adulto. Se me ocurría un dicho de espíritu, absolutamente ajeno por un motivo u otro a quien soy o lo que supongo que soy. Lo decía inmediata, espontáneamente, como si fuera de cierto amigo mío cuyo nombre inventaba, cuya historia agrandaba y cuya figura —cara, estatura, traje y gesto— inmediatamente veía delante de mí. Y así empecé y propagué varios amigos y conocidos que nunca existieron, pero que todavía hoy, a casi treinta años de distancia, oigo, siento, veo. Repito: oigo, siento, veo… y tengo añoranzas de ellos.

(Donde empiezo a hablar —y para mí escribir a máquina es hablar— me cuesta encontrar el freno. ¡Basta de conversación incómoda con uno mismo, Casais Monteiro! Voy a entrar en la génesis de mis heterónimos literarios, que es, finalmente, lo que ud. quiere saber. En todo caso, lo que va dicho arriba le da a la historia la madre que los dio a luz.)

Allá por 1912, salvo error (que nunca puede ser grande), me vino la idea escribir unos poemas de índole pagana. Esbocé unas cosas en verso irregular (no en el estilo Álvaro de Campos, sino en un estilo de mediana regularidad), y abandoné el caso. Se me esbozó, con todo, en una penumbra mal urdida, un vago retrato de la persona que estaba por hacer aquello. (Había nacido, sin que yo supiera, Ricardo Reis.)

Un año y medio o dos después, me acordé un día de hacer una broma a Sá-Carneiro: inventar un poeta bucólico, de especie complicada y presentarlo, ya no recuerdo como, en cualquier tipo de realidad. Llevé unos días elaborando al poeta pero nada conseguí. Un día en que finalmente desistía —fue el 8 de Marzo de 1914— me acerqué a una cómoda alta y tomando un papel, comencé a escribir de pie, como escribo siempre que puedo. Y escribí treinta y tantos poemas al hilo, en una especie de éxtasis cuya naturaleza no conseguiré definir. Fue el día triunfal de mi vida y nunca podré tener otro así. Abrí con un título: O Guardador de Rebanhos. Y lo que le siguió fue la aparición de alguien en mí, a quien di desde luego el nombre de Alberto Caeiro. Discúlpeme el absurdo de la frase: apareció en mí mi maestro. Fue esa la sensación inmediata que tuve. Y tanto es así que, una vez que fueron escritos esos treinta y tantos poemas, inmediatamente agarré otro papel y escribí, al hilo, también, los seis poemas que constituyen la Chuva Oblíqua, de Fernando Pessoa. Inmediata y totalmente… Fue el regreso de Fernando Pessoa-Alberto Caeiro a Fernando Pessoa él solo. O, mejor, fue la reacción de Fernando Pessoa contra a su inexistencia como Alberto Caeiro.

Aparecido Alberto Caeiro, traté luego de descubrirle —instintiva y subconscientemente— unos discípulos. Arranqué de su falso paganismo al Ricardo Reis latente, le descubrí el nombre y lo ajusté a sí mismo, porque a esa altura ya lo veía. Y de repente y en derivación opuesta a la de Ricardo Reis, me surgió impetuosamente un nuevo individuo. En un acto y a máquina de escribir, sin interrupción ni enmienda, surgió la Ode Triunfal de Álvaro de Campos; la Oda con ese nombre y el hombre con el nombre que tiene.

Creé, entonces, una coterie inexistente. Fijé todo aquello en moldes de realidad. Gradué las influencias, conocí a las amistades, oí, dentro de mí, las discusiones y las divergencias de criterios, y en todo esto me parece que fui yo, creador de todo, el que menos estuvo ahí. Parece que todo sucedió independientemente de mí. Y parece que así todavía pasa. Si algún día pudiera publicar la discusión estética entre Ricardo Reis y Álvaro de Campos, verá como ellos son diferentes y como yo no soy nada en la materia.

Cuando fue la publicación de Orpheu, a última hora fue preciso conseguir cualquier cosa para completar el número de páginas. Sugerí entonces a Sá-Carneiro que yo podría hacer un poema «antiguo» de Álvaro de Campos —un poema de como sería Álvaro de Campos antes de haber conocido a Caeiro y haber caído bajo su influencia. Y así hice Opiário, en que intenté dar todas las tendencias latentes de Álvaro de Campos, conforme habían de ser después reveladas, pero sin tener todavía cualquier trazo de contacto con su maestro Caeiro. De los poemas que tengo escritos, fue el que me dio más trabajo, por el doble poder de despersonalización que tuve que desenvolver. Pero, en fin, creo que no salió mal y que muestra a un Álvaro en sus comienzos…

Creo que expliqué el origen de mis heterónimos. Sin embargo, si hay algún punto que precise un esclarecimiento más lúcido —estoy escribiendo deprisa y cuando escribo deprisa no soy muy lúcido—; diga, que de buen grado lo daré. Y es verdad, un complemento verdadero e histérico: al escribir ciertos pasajes de las Notas para recordação do meu Mestre Caeiro, de Álvaro de Campos, he llorado lágrimas verdaderas. Es para que sepa con quién está lidiando, ¡mi querido Casais Monteiro!

Algunas notas más sobre este asunto… Yo veo delante de mí, en el espacio incoloro pero real del sueño, las caras, los gestos de Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos. Les construí las edades y las vidas. Ricardo Reis nació en 1887 (no me acuerdo el día y el mes, pero los tengo en algún lugar), en Porto, es médico y está en el presente en Brasil. Alberto Caeiro nació en 1889 y murió en 1915; nació en Lisboa, pero vivió casi toda su vida en el campo. No tuvo profesión ni casi educación alguna. Álvaro de Campos nació en Tavira, en el día 15 de Octubre de 1890 (a la 1:30 de la tarde, me dice Ferreira Gomes y es verdad, pues, hecho el horóscopo para esa hora, está bien). Es, como se sabe, ingeniero naval (en Glasgow), pero ahora está aquí en Lisboa en inactividad. Caeiro es de estatura media y sin embargo realmente frágil (murió tuberculoso), no parecía tan frágil como era. Ricardo Reis es un poco, pero muy poco, más bajo, más fuerte, más seco. Álvaro de Campos es alto (1,75 m de altura, 2cm más que yo), flaco y un poco tendiente a encorvarse. Cara afeitada todos; Caeiro es rubio albino, ojos azules; Reis de un vago moreno mate; Campos entre blanco y moreno, tipo vagamente de judío portugués, cabello, por lo tanto, liso y normalmente peinado al costado, monóculo. Caeiro, como dije, no tuvo prácticamente ninguna educación, sólo instrucción primaria; se le murieron temprano el padre y la madre y se dejó estar en la casa, viviendo de unos pequeños intereses. Vivía con una tía vieja, tía abuela. Ricardo Reis, educado en un colegio de jesuitas es como dije médico, vive en el Brasil desde 1919, pues se exilió espontáneamente por ser monárquico. Es un latinista por educación ajena y un semi-helenista por educación propia. Álvaro de Campos tuvo una educación vulgar de liceo; después fue mandado para Escocia a estudiar ingeniería, primero mecánica y después naval. En unas vacaciones hizo el viaje a Oriente de donde resultó Opiário. Le enseñó latín un tío beirense que era cura.

¿Cómo escribo en nombre de ellos tres?… Caeiro, por pura e inesperada inspiración, sin saber o siquiera calcular que iría a escribir. Ricardo Reis, después de una deliberación abstracta, que súbitamente se concreta en una oda. Campos, cuando siento un súbito impulso de escribir y no sé qué. (Mi semi-heterónimo Bernardo Soares, que además se parece en muchas cosas a Álvaro de Campos, aparece siempre que estoy cansado o somnoliento, de suerte que tenga un poco suspendidas las cualidades del raciocinio y la inhibición; esa prosa es un constante divague. Es un semi-heterónimo porque, no siendo mi personalidad, no es diferente de la mía, sino una simple mutilación de ella. Soy yo menos el raciocinio y la afectividad. La prosa, salvo lo que el raciocinio presta de tenue a la mía, es igual a ésta y el portugués perfectamente igual; al paso que Caeiro escribe mal el portugués, Campos razonablemente pero con lapsus como decir «yo propio» en vez de «yo mismo», etc., Reis mejor que yo, pero con un purismo que considero exagerado. Lo difícil para mí es escribir la prosa de Reis – todavía inédita – o la de Campos. Simular es más fácil, incluso porque es más espontáneo, en verso.)
A esta altura estará Casais Monteiro pensando qué mala suerte lo hizo caer, por lectura, en medio de un manicomio. En todo el caso, lo peor de todo esto es la incoherencia con la que he escrito. Repito de todas formas: escribo como si estuviera hablando con usted, para que pueda escribir en el momento. Si no fuera así, pasarían meses sin que consiguiera yo escribir.

Falta responder a su pregunta en cuanto al ocultismo. Me pregunta si creo en el ocultismo. Hecha así, la pregunta no es bien clara; comprendo pese a eso la intención y a ella respondo. Creo en la existencia de mundos superiores al nuestro y en habitantes de esos mundos, en experiencias de diversos grados de espiritualidad, subutilizándose hasta llegar a un Ente Supremo, que presumiblemente creó este mundo. Puede ser que hayan otros Entes igualmente Supremos, que hayan creado otros universos y que esos universos coexistan con el nuestro, interpenetrados o no. Por estas razones y otras todavía, la Orden Externa do Ocultismo, o sea la Masonería, evita (excepto la Masonería anglosajona) la expresión «Dios», dadas sus implicaciones teológicas y populares, y prefiere decir «Gran Arquitecto del Universo», expresión que deja en blanco el problema de si Él es el creador o el simple Gobernador del mundo. Dadas estas escalas de seres, no creo en la comunicación directa con Dios, pero, según nuestra afinidad espiritual, podemos ir comunicándonos con seres cada vez más altos. Hay tres caminos para lo oculto: el camino mágico (incluyendo prácticas como las del espiritismo, intelectualmente al nivel de la brujería, que es magia también), camino ese extremadamente peligroso, en todos los sentidos; el camino místico, que no tiene propiamente peligros, pero es incierto y lento; y lo que se llama el camino alquímico, el más difícil y el más perfecto de todos, porque envuelve una transmutación de la propia personalidad que la prepara, sin grandes riesgos, antes con defensas que los otros caminos no tienen. En cuanto a la «iniciación» o no, puedo decirle sólo esto, que no sé si responde a su pregunta: no pertenezco a Orden Iniciática alguna. La cita, epígrafe a mi poema Eros e Psique, de una parte (traducido pues el Ritual está en latín), del Ritual do Terceiro Grau da Ordem Templaria de Portugal, indica simplemente —cosa que sucedió— que me fue permitido hojear los Rituales de los tres primeros grados de esa Orden, extinta o en letargo desde cerca de 1888. Si no estuviera en letargo, yo no citaría un tramo del Ritual, porque no se deben citar (indicando el origen) partes de Rituales que están en oficio.

Creo así, mi querido camarada, haber respondido, todavía con ciertas incoherencias, a sus preguntas. Si hay otras que desee hacer, no dude en hacerlas. Responderé como pueda y lo mejor que pueda. Lo que podrá suceder, y desde ya esto me disculpará, es no responder tan deprisa.
Lo abraza el camarada que mucho lo estima y admira.

Fernando Pessoa

P.D.:

14/01/1935

Además de la copia que normalmente guardo para mí, cuando escribo a máquina, de cualquier carta que envuelve explicaciones del orden de las que esta contiene, guardé una copia suplementaria, tanto para el caso de que esta carta se extravíe, como para el de, posiblemente, serle precisa para cualquier otro fin. Esa copia está siempre a sus órdenes.

Otra cosa. Puede ser que, para cualquier estudio suyo u otro fin análogo, Casais Monteiro precise, en el futuro, citar cualquier pasaje de esta carta. Queda desde ya autorizado a hacerlo, pero con una reserva y le pido permiso para acentuarla. El párrafo sobre ocultismo, en la página 7 de mi carta, no puede ser reproducido en letra impresa. Deseando responder lo más claramente posible a su pregunta, salí intencionalmente un poco fuera de los límites que son naturales en esta materia.

Se trata de una carta particular, y por eso no dudé en hacerlo. Nada impide a que lea ese párrafo a quien quiera, mientras esa otra persona obedezca también al criterio de no reproducir en letra impresa lo que en ese párrafo va escrito. Creo que puedo contar con usted para este fin negativo.
Continuó en deuda con usted por la carta ultradebida sobre sus últimos libros. Mantengo lo que creo que le dije en mi carta anterior: cuando ahora (creo que será sólo en Febrero) pase algunos días en Estoril, pondré esa correspondencia en orden, pues estoy en deuda, en ese tema, no solo con usted, sino también con varias otras personas.

Se me ocurre preguntar de nuevo una cosa que ya le pregunté y que no me respondió: ¿recibió mis folletos de versos en inglés, que hace tiempo le envié?

«Para meu governo», como se dice en lenguaje comercial, le pido que me avise lo más rápido posible si recibió esta carta. Gracias.

Esbozo no enviado de la carta a Casais Monteiro,
1935

Tuve siempre, desde niño, la necesidad de incrementar el mundo con personalidades ficticias, sueños míos rigurosamente construidos, vistos con claridad fotográfica, comprendidos por dentro en sus almas. No tenía más que cinco años y, niño aislado que no deseaba otra cosa que estar así, ya me acompañaban algunas figuras de mi sueño —un capitán Thibeaut, un Chevalier de Pas— y otros que ya he olvidado y cuyo olvido, como el recuerdo imperfecto de estos dos, es una de las grandes saudades de mi vida.

Esto parece simplemente aquella imaginación infantil que se entretiene dándole vida a muñecos y muñecas. Era sin embargo más: no precisaba de muñecas para concebir intensamente esas figuras. Claras y visibles en mi sueño constante, exactas realidades humanas para mí, cualquier muñeco sería irreal. Ellos eran gente.

Más allá de esto, esta tendencia no pasó con la infancia, se desenvolvió en la adolescencia, se radicó con su crecimiento y, finalmente, se volvió una forma natural de mí espíritu. Hoy ya carezco de personalidad: cuanto haya en mí de humano, lo dividí entre los varios autores de cuya obra he sido el ejecutante. Hoy soy el punto de reunión de una pequeña humanidad únicamente mía.

Con todo, se trata simplemente de un temperamento dramático llevado al extremo, escribiendo, en vez de dramas en actos y acción, dramas en las almas. Tan simple es, en sustancia, este fenómeno aparentemente tan confuso.
No tengo, sin embargo —pero la favorezco–, la explicación psiquiátrica, pero debe entenderse que toda la actividad superior del espíritu, porque es anormal e igualmente susceptible de interpretación psiquiátrica. No me cuesta admitir ser un loco, pero exijo que se comprenda que no soy un loco diferente a Shakespeare, cualquiera sea el valor relativo de los productos de la parte sana de nuestra locura.

«Medium», así, de mí mismo, todavía subsisto.

Pero soy menos real, menos coherente, menos personal, eminentemente influenciable por todos ellos. Soy también discípulo de Caeiro, y hasta recuerdo el día —13 de marzo de 1914— cuando, habiendo escuchado por primera vez (esto es, habiendo terminado de escribir en un sólo arrebato de espíritu), un gran número de poemas de El cuidador de rebaños, inmediatamente escribí al hilo, los seis poemas-intersecciones que componen Lluvia oblicua, resultado lógico y manifiesto de la influencia de Caeiro sobre el temperamento de Fernando Pessoa.