Por Vanesa Guerra

 

El que hacía reír en lo oscuro para adentrarnos aún más en lo oscuro de la cosa, entregándonos al espasmo de la risa hasta hacer la experiencia sin par de lo irreparable,
Ése, con quien alcanzamos braceando la orilla nueva de nueva verdad, ha partido.

Cómplice en la dirección de esta revista,
cómplice salvaje a la hora de fundarla,
amante celoso –como nadie- de esta balsa incauta que nos derivó en otras aguas- porque llegar a nueva orilla es bueno pero la experiencia del tránsito –lo supimos con los años- es aún mejor.

Se fue Rocchietti (Rocky-Rocco-Keko-Ser-Roca-Sergio) SR como resolvió firmar sus pinturas, fotos, inéditos, trabajos y mails -en el inicio largos y ociosos,  hasta convertirlos   -serenidad en el paso- en líneas leves
sumi e -.

Los veinte años que le hemos dado a este trabajo, no cuentan las formas del tiempo que lo habitaron en el afán de la escritura y del pensar. Porque mientras se escribe y se piensa el tiempo es otro, no atiende a relojes ni astros, sino a esa entrega magnífica que asume la caída en la red de intersticios que invitan a experiencias por doquier,
red que nos intuye en los múltiples tiempos superpuestos, paralelos, que implosionan y nos restallan como lejanísimas e íntimas supernovas,
¿por qué, entonces, llamar a esa experiencia de felicidad y goce: tiempo?
Hemos abusado de la palabra para ponernos en escueto acuerdo.
Y mientras aceptamos el crimen
bailarán en ronda monjes gregorianos con capuchitas y caracolas roncas,
resistidos, los pobres, ante la desesperanza absoluta,
pues bien sabían que no se mide en tiempo el cuerpo que habitamos y aún menos el cuerpo que nos habita.

Si estuviéramos ahora escribiendo este editorial sería más divertido, porque hacer esta revista juntos fue de todo lo que vivimos, posiblemente, lo mejor. La tristeza es insospechada, lo digo por mí, que voy a firmar esta nota; y también lo diré por aquellos amigos, pacientes, colegas, lectores que en estos días han enviado cartas, gritos y voces. La tristeza- sin ánimos melancólicos- no tiene fin, es serena y acompañará como el lucero que ilumina una zona del camino y del cielo.

 

La soledad son perros que ladran, como Hera -su consentida- que ladró y aulló entre otros perros amigos la madrugada entera en el bosquecito de Pilar,
al tiempo que SR fallecía en Villa Urquiza.
Así son los perros. Y así nosotros, que apenas entendemos algo.

La existencia nos supera, es imposible estar a la altura de las cosas que nos hacen existir. A veces las tocamos y destellan un brillito especial, y dejan teñidas para siempre nuestras manos.
SR hubiera dicho nos dejan tatuados.
Como en aquella Poligrafía del amor  (hombre enamorado de la palabra y el surco) donde nos da por final y partida esta frase: Estoy Tatuado.

El tatuaje de amor es móvil, pese a todo. Como El hombre ilustrado de Bradbury.

Y esta revista que se nos mueve por dentro nos tatuó de una y mil maneras, y nos provocó el movimiento hasta cimbrarnos y hacernos saltar como canguros sin manada.
Transdisciplina también quiso decir eso: celebrar el movimiento, el movimiento en la idea, el movimiento en la posición, reconocer la inquietud penosa que abisma la vida cada vez que olvidamos que lo que se aquieta y se fija es pernicioso.

En estos días ciertas ideas se iluminan, cobran un fraseo especial, como cuando la lluvia repiquetea antes del chaparrón que borra el silencio que existe entre gota y gota; así vuelve entonces un trabajo de Heidegger y una zona de ese texto que supo darnos un vuelco en el corazón para arrojarnos por siempre a cierto amor en la contemplación de la naturaleza.

Suena así
“En verdad en las grandes ciudades el hombre puede quedarse sólo como en ningún otro lugar es posible.
Pero allí nunca puede estar a solas.
Pues la auténtica soledad tiene la fuerza primigenia que no nos aísla,
sino que arroja a la totalidad de la Existencia del hombre
en la extensa vecindad de la Esencia de todas las cosas.” (*)

A mi amigo el tatuado tatuador,
restituido ya a la fuerza primigenia que supo admirar y festejar en vida;
por todas las risas y relámpagos de verdad naciente,
por tu adorable generosidad intelectual

hasta entonces, querido SR.