Por Javier Agustín Pérez Alonso

El sueño de la razón – Adrian D.

Soñando monstruos es un libro sobre la modernidad y lo moderno, sobre su sentido y su fundamento. Y es, también, un debate crítico y profundo con la posmodernidad, a la que se sitúa y desenmascara. Esta última tarea requiere dilucidar cuál es el origen de lo moderno para situar ahí el suelo desde donde cobra su impulso.
Objetivo doble que se anuda el uno al otro y que al mismo tiempo deshace el mito de la fundación de la modernidad en el cogito cartesiano. Y así, lo posmoderno no es la superación de la modernidad, es más bien su continuidad y exageración. La posmodernidad es híper modernidad o ultra modernidad. Dos objetivos que se anudan uno al otro y que centra su argumentación y crítica final en la obra de Richard Rorty

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Esta tarea ha requerido un profundo estudio de los grandes momentos de la historia del pensamiento occidental. Si embargo, Vicente Serrano no quiere escribir una historia alternativa a la oficial, ni reescribirla en los términos de una filosofía irracional opuesta a una filosofía irracional. Podría haber seguido las líneas del progreso y de la superación propias el idealismo hegeliano; o haber señalado las rupturas en el devenir histórico, mostrando los umbrales y las escansiones al modo como prescribiera Foucault. Busca comprender entre los hilos de las argumentaciones para hallar el suelo de lo que se analiza o cuestiona. No se nos explica nunca desde dónde se habla o escribe, pero en todo momento se enarbola el arma de la crítica en su sentido ilustrado. Porque otro mito a deshacer es la identificación entre Modernidad e Ilustración. Y creo yo que poniendo en práctica lo que los ilustrados llamaron crítica.

Vayamos, pues, a uno de los momentos más conocidos de la Ilustración. Escribe Voltaire en la catorceava carta de las Cartas filosóficas dedicada a Descartes y a Newton:

“La geometría era una guía que el mismo había formado en cierta forma y que le habría conducido seguramente en su física; sin embargo, abandonó finalmente esa guía y se entregó al espíritu de sistema. Entonces su filosofía no fue más que una novela ingeniosa y todo lo más verosímil para los ignorantes. Se engañó sobre la naturaleza del alma, sobre las pruebas de la existencia de Dios, sobre la materia, sobre el movimiento, sobre la naturaleza de la luz; admitió ideas innatas, inventó nuevos elementos, creó su mundo, y se dijo con razón que el hombre de Descartes no es en efecto más que el de Descartes, muy alejado del hombre verdadero. Llevó sus errores metafísicos hasta pretender que dos y dos no hacen cuatro más que porque Dios lo ha querido así” (1).

Esta es la primera tesis que Vicente esgrime en su libro: La metafísica de Descartes es una novela ingeniosa. Descartes, poseedor de un aparato matemático (“la máquina que pretende vendernos”, escribe Vicente Serrano), la fundamentación metafísica del mismo, su alcance universal, le llevó a la inconsecuencia y al desvaríoLa metafísica de Descartes es una fábula: el yo, el cogito, la sustancia, la extensión, Dios, son los personajes; están al servicio de la máquina, de la geometría analítica.

¿Cuál es el problema que lleva a esta conclusión? El genio maligno, que introduce una instancia insalvable. Hace que el engaño se apodere del discurso. A partir de este momento jamás podrá concluir: “pienso, luego existo”, en todo caso, “tengo conciencia de que soy engañado, luego existe la conciencia como sede del engaño”. Ya sabemos que para superar el problema se apoyó en la existencia de Dios, adaptando para su prueba el viejo argumento ontológico. ¿Y que pasaría si Dios no existiera? El argumento como también sabemos no prueba lo que quiere mostrar. Lo que queda es el genio maligno, ese Dios engañador, un Dios no sujeto a reglas que es pura voluntad sin limites, puro deseo sin normas, puro deseo que se desea a sí mismo. Realmente una fuerza oscura a la que todo obedece. El yo mismo, la conciencia, es un engaño.

 

Apoyándose en la interpretación que Nietzsche diera dos siglos más tarde, la conclusión no podría ser “Yo pienso”, sino “Ello piensa”. No es casual que aparezca aquí Nietzsche condicionando la interpretación del cogito cartesiano. El mapa que recorre el libro se inicia con el genio maligno o Dios engañador y terminaría en la voluntad de poder, entendida como “voluntad de voluntad” o “voluntad que se quiere a sí misma”, que sólo quiere incrementarse –según la lectura de Heidegger, haciendo de Nietzsche el último metafísico.

 

La postmodernidad y la obra de Rorty se presentan como superación de la modernidad. El núcleo de su argumentación es la crítica a la filosofía de la representación y de la subjetividad, el abandono del yo como fundamento de lo real. Pero si recordamos el texto de Voltaire, más bien hay que entender que en el corazón mismo de lo moderno se halla el cuestionamiento de ese principio –recordemos también la crítica de HumeDescartes ha construido una fábula cuyos personajes son Yo, Mundo y Dios; además occidente ha olvidado al genio maligno y ha creído en la fábula. Lo que la Modernidad ha hecho repetidas veces, una y otra vez es apartar aquello mismo que lo constituye, una estructura del que el genio maligno es máscara, generando una grieta, un sin fondo, un abismo, éste sí verdadero fundamento de lo moderno. Esta es la tesis fuerte de Vicente Serrano en este libro: la modernidad no tiene su origen en el descubrimiento del yo –el fundamento es el genio maligno, la voluntad de poder. Pero no son fundamento en el sentido en el que hablamos del sujeto, de la sustancia o de Dios, sino de un principio que su ser consiste en ausentarse. Son un “artificio” a partir del cual todo es ficción. Lo moderno es un proceso que repite siempre el mismo gesto: una huida hacia delante, un agotamiento de las formas y de las figuras para rellenar la grieta, el abismo en donde toma realmente su impulso. La frase que describe lo moderno en su profundidad es: “Sólo un Dios puede salvarnos” de Martín Heidegger. Hay que añadir: otro más.

El genio maligno es la imagen misma del deseo: poder no sometido a reglas, a la vez poderoso e imperfecto. Genio maligno y voluntad de poder se utilizan como metáforas que a su vez remiten al “sin fondo” que es metáfora de lo moderno. Lo paradójico y terrible es que todos los autores que critican la subjetividad, léase entonces Rorty, repiten el mismo gesto y son ultramodernos. Repiten el gesto porque son incapaces de distinguir entre los rasgos de la modernidad (genio maligno) y el relato que lo representa (Yo, Mundo, Dios). Y así, Soñando monstruos analiza las distintas figuras que han ido transformando en el pensamiento occidental al genio maligno –como sucesivos desajustes entre el relato y lo que él representaFrente a la máquina racional aparecen el horror (lo siniestro) en la literatura del siglo XIX, la angustia en la filosofía de la subjetividad, la locura en los nietzscheanos de izquierda.
Terror, angustia son los personajes que primero, desde la literatura, denuncian el desajuste fundacional de lo moderno; y, segundo, la locura, será en la filosofía la alternativa creativa a la máquina, al capital.

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Pasemos revista a los momentos básicos de este devenir de lo moderno desde el genio maligno a la voluntad de poder; de ahí, a través de Heidegger, a los Nietzscheanos de izquierda y Rorty. Elijo las tres figuras que explican y resumen el proceso simplificando, y mucho, el análisis que despliega Vicente Serrano.

Siniestro. Traduce el término alemán unheimlich y forma parte del legado de Freud (ominoso, inquietante), lo que es familiar y sin embargo inquietante –aquello que debiendo permanecer oculto ha salido a la luz. El término es el centro para comprensión de la novela de terror del siglo XIX. Es la característica del monstruo moderno frente a la encarnación del diablo medieval. “Todos ellos (los monstruos) acechan como una sombra tras lo familiar o subyacen como un sustrato de uno mismo” (2). Tres son los grandes momentos de la literatura de terror: Frankenstein de María Shelley, El vampiro de Polidori y El hundimiento de la casa Usher de Poe. Libres del lenguaje de la filosofía han comprendido y ejemplificado el fundamental desajuste entre la máquina de calcular (la racionalidad matemática y técnica) y su fundamento.
Ese desajuste se expresa en lo siniestro. En el cuento de Poe, la grieta que atraviesa de parte a parte la mansión, en otro momento tan familiar, representa el momento de emergencia de lo siniestro. Lo cotidiano se desploma para mostrar su verdadera cara –lo siniestro, es decir el genio maligno, el deseo del deseo, lo inconsciente. En parecidos términos se interpretan El extraño caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde de Stevenson, y El retrato de Dorian Gray de Wilde. No en la vieja lucha del bien y del mal sino como la ruptura del yo y de la subjetividad el primero; como ansia y apetito insaciable siempre juvenil, siempre igual a sí mismo, desando y deseándose. Así, “lo característico de lo siniestro, a diferencia del diablo, al sin fin de viejos cuentos en torno al diablo, es que en las narraciones de terror modernas no hay Dios. […] en esa medida ese descubrimiento, el que el fundamento de lo moderno es en realidad el abismo, no el Dios garante, ese descubrimiento y la consiguiente visión emergente de una grieta sólo podía hacerse inicialmente en los márgenes y no en el centro del saber, solo desde la literatura o desde la heterodoxia” (3).

Angustia. Concepto clave cuando arribamos a la filosofía de la subjetividad y cuyo representante primero será Kierkegaard. Pero hasta este punto hay un largo recorrido, pues la filosofía de la subjetividad aparece en el marco de la reacción al idealismo absoluto de Hegel. Partiendo del mismo Kant, Vicente afirma que la cuestión del olvido de la estructura profunda que subyace al pensamiento occidental, que no es otra que el deseo no sometido a reglas, alcanza a Kant. En páginas decididas se nos muestra cómo Kant traslada a la razón la estructura del deseo, y este subyace a los tres objetos de la razón: Yo, mundo, Dios. Con Fichte el Yo se entiende como acción —paso decisivo para entender el ser como voluntad y espíritu. El “pienso, luego existo”, se transforma en “me pongo, luego soy” y más tarde en “me piensa, luego soy”. Son las sucesivas formulaciones del cogito o fundamento cartesiano para tapar de nuevo la grieta. Hegel cierra todo el proceso transformando al genio maligno en devenir y lo transforma en espíritu. Le da un sentido racional.

Heredero del Idealismo es Schopenhauer. Es el primero que afirma sin tapujos que el yo es ficción y que el fundamento es la voluntad. Sin embargo, a un paso del siglo XX, y de la cuestión que nos ocupa a partir de la recepción de Nietzsche en la postmodernidad, hay que detenerse en la figura de Soren Kierkegaard. Comparte con Schopenhauer la consideración del objeto principal de la filosofía en términos de dolor. Ante la ausencia del dios de los filósofos, ante las críticas de la izquierda hegeliana, Kierkegaard da el salto a la fe. El cogito es yo oprimido y angustia. El antecedente de todo ello está en el “Sturm und Drang” y la “Frühromantik”, en las que la conciencia y la subjetividad desprendidos de la ciencia, se entienden como intimidad y aparecen asociadas a un dolor cuya causa se desconoce. Con Kierkegaard la angustia se convierte en el objeto privilegiado a partir del cual entender todos los afectos. En ello coinciden todos, de Kierkegaard a Sartre, de Heidegger a Freud. Angustia: miedo a un objeto que no aparece, que se ausente –a la nada misma. Escribe Vicente Serrano:

“Y entonces el programa que se dibuja es el del sentimiento básico de la subjetividad como angustia, es el reconocimiento del carácter no fundante del sujeto y a la vez la imposibilidad para acceder al fundamento, es decir, la ignorancia misma, el salto, la no filosofía, la ignorancia de aquello que nos oprime, a lo que podemos llamar entonces, como hacía Schelling, el in-fundamento. Ya no sólo oprime, sino que vacía, en la medida misma en que la descripción de la angustia de Kierkegaard remite a la identidad del sujeto como sometido a la pura posibilidad de elegir” (4).

 

Locura. Es la tercera figura que aparece al buscar el fundamento de lo moderno. Si utilizamos la metáfora nietzscheana, otra mascara que manifiesta la “grieta”, el “abismo”, el “fondo sin fondo”, de ese deseo sin límite y que es el verdadero motor de la modernidad. Pero ahora, en límite, ya en pleno siglo XX, será, no aquello que hay que tapar y devolver a la tranquila ciudadela de la razón, sino que se presentará como la auténtica alternativa a lo moderno –así en Gilles Deleuze. Veámoslo brevemente.

Esta concepción pasa por la obra de Martin Heidegger y por la interpretación que hace de la voluntad de poder de Nietzsche. El centro de Ser y Tiempo, tras una introducción donde Heidegger plantea el “olvido del Ser”, en la “metafísica de la presencia”, se centra en la analítica del Dasein (ser ahí, en la traducción de José Gaos). En la interpretación que hace Vicente, el “Ser ahí” no es otro que el cogito cartesiano y Ser y Tiempo reproduce el mismo relato y está preso de la misma ficción; y como se parte de que “Dios ha muerto” lo hace en términos de ausencia y como el análisis fenoménico del “ser ahí en el mundo”. Y así, la angustia, que en Kierkegaard, es opresión y el sentimiento ante al ausencia de Dios, se transforma en Heidegger en la fuente de todo sentido. El proyecto de Ser y Tiempo será abandonado porque estaba preso del lenguaje de la metafísica. En el llamado segundo Heidegger, la Khere, los conceptos clave serán Es y Ereignis (acontecimiento) asociados a la cuestión del Lenguaje (“el hombre es el pastor del ser y habita en el lenguaje” que leemos en Carta sobre el humanismo, y la poesía como expresión de lo originario en los análisis sobre Hölderlin). Lo decisivo es que Vicente interpreta el Es como el deseo de Freud –tiene las mismas características; y que el postestructuralismo francés identificará el Ereignis con el poder y con el lenguaje.

El postestructuralismo, la izquierda, abandona a Sartre y se apoya en Heidegger. Sartre fue, entonces, el “último moderno”. Porque en las circunstancias de la polémica Sartre propone volver a la cosa, al funcionamiento de la máquina, al análisis de la mercancía con Marx, situándose en la posición del sujeto; los postestructuralistas, sin embargo, se sitúan en una instancia más allá del sujeto, en el lenguaje, y siempre en el marco de la crítica al sujeto. Apuestan por la estructura y la estructura es el lenguaje. Ahora bien, y esto es lo interesante, nuevamente en esta izquierda postestructuralistas que asumen a Heidegger y a Nietzsche, en todos ellos, en Deleuze y en Foucault, vuelve a repetirse el gesto de lo moderno, el olvido de esa instancia que es el verdadero origen de lo moderno y que Vicente persigue en sus figuras y en sus máscaras. Está en la esquizofrenia no clínica de Deleuze y Guattari; está en la noción de poder, término entorno a la cual articula Foucault su obra.

El mejor referente para entender esta cuestión es Michel Foucault. En su tesis doctoral Historia de la locura en la época clásica vuelve al momento fundador de la modernidad, a Descartes. Incluso podríamos arriesgar la tesis de que Soñando monstruos toma su impulso desde aquí. Descartes excluye a la locura. Es lo otro de la razón, es límite de todo sentido y el riesgo que la amenaza: “locura, ausencia de obra”. Está condenada al silencio o a una verborrea amplia fuera de los cauces del orden y la deducción. Se la ve aparecer en momentos cruciales del pensamiento occidental, en los momentos en que se instaura su quiebra y se renueva su creatividad, en Sade, Hölderlin, Nietzsche, Artaud, Bataille, el surrealismo. Sade, quien en realidad no está loco sino que es recluido mostrándonos la otra verdad del ilustrado. Hölderlin encerrado en su torre, y abierto a la infinitud del poema. Nietzsche que se pierde en la multiplicidad que la voluntad de poder abre ante él. Es Artaud transitando por los ámbitos de la crueldad. En fin, el surrealismo presentándose, como también los poetas malditos, como alternativa al burgués desde el lenguaje de lo inconsciente. Deleuze encuentra aquí el terreno para dejar hablar a la locura, a la esquizofrenia como alternativa creativa al capital.

El terror y la angustia son sustituidas por la exaltación de la alegría y la vida –en clara alusión a la voluntad de poder de Nietzsche. Para Deleuze esto se expresa en el deseo –ya no carencia y falta, como en Freud, en Lacan, sino afirmación y creatividad. La esquizofrenia hace las veces de la voluntad de poder, interpretada como “voluntad de voluntad” tal y como es recogida a través de Heidegger. Y así “deseo de deseo” –basta esto para que Vicente Serrano señale cómo Deleuze depende del mismo gesto que ha ido repitiéndose en toda la modernidad. Lejos, entonces, de ser una alternativa a lo moderno, al capital, realmente repite su proceso y es su definición misma. Marx habría dado una definición similar del capital al colocarlo del lado de la crematística y no de la economía –según la distinción aristotélica. El capital es producción y autoreproducción sin otro fin fuera de sí mismo.

Diferente tratamiento tiene la obra de Michel Foucault –no porque sitúe al margen del gesto fundador de lo moderno. Queda incorporado a los nietzscheanos de izquierda y por tanto asumiría la interpretación de la voluntad de poder como voluntad de voluntad; y al mismo tiempo se erige en criterio para denunciar la obra de Rorty como ideología a partir del debate que tiene con Derrida en torno al cogito. Se trata de la asunción de la locura en su interior como sueño (Derrida), o como exclusión (Foucault), situándose al margen de la razón en el lugar mismo de su límite y condenada al silencio -razón y locura se oponen radicalmente. Detrás de esta polémica está la cuestión del lenguaje, si existe un referente fuera de él o si todo se reduce a lenguaje, a sí mismo sin otra referencia. Vicente plantea la cuestión es estos términos. “Si hay una constante que resume toda la filosofía desde Descartes es la insistencia de la X, del afuera de Hume, por reaparecer de mil formas, generalmente en términos del terror, angustia y locura. Pero muerto el sujeto, el relato se había quedado con un solo personaje desdoblándose a sí mismo, como un bucle salvaje”. 
Ese es el paisaje de Deleuze“Ello funcionando por todas partes. Sólo el exterior al texto molesta, como esa pesada carga. Por eso al relato sólo le quedaba sancionar que no hay nada fuera del texto mismo, afirmar que sólo hay relato y después vaciar de contenido al texto, convertido ya en un simple juego mientras la máquina funciona por todas partes” (5).

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Llegamos al final del texto. Ahora unas líneas sobre la crítica Rorty. Textos básicos que se analizan: La filosofía y es espejo de la naturaleza, Objetividad, relativismo y verdad –del que se utilizan varios artículos. El primero sirve para situar filosóficamente la obra de Rorty. Hace suyos los parámetros que identificarían a la postmodernidad: en concreto es una crítica a la metafísica de la subjetividad y a la filosofía de la representación unida a ella; es por lo tanto presentada como una liberación de la metafísica de la presencia. En él además encontraríamos además otras cuestiones: el lenguaje que no tiene un afuera y la voluntad de poder. Ahora bien, la voluntad de poder, término clave a partir de la interpretación de Heidegger, vuelve a tomar una función liberadora y se produce una paradoja, porque “es el poder el que nos libera el poder”. Esto es así porque queda excluida de ella la locura, que le llegó a Nietzsche – porque es definida y establecida por lo profesionales. Es entonces el libre juego creativo que sólo puede darse en la democracia del nosotros propia de Norteamérica y único modo de vida feliz. Trae Rorty una nueva esperanza y un nuevo humanismo, ahora frente a Foucault y apostando por Derrida. Porque en Foucault el orden del discurso se establece en el juego de los enunciados, en relaciones de exterioridad entre los propios discursos y el poder. El juicio es claro: la obra de Richard Rorty es Ideología – en el sentido propio del marxismo. Ideología, porque olvida el poder haciéndonos creer que nos movemos en un libre juego dominado por la solidaridad y ocultando, nuevamente, esa instancia que está detrás del poder.

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¿Desde dónde escribe Vicente Serrano Marín? ¿Qué discursos o qué teorías están a la base de este hermoso libro? Una fácil respuesta sería proponer que está articulado desde los tres maestros de la sospecha: Marx, Nietzsche y Freud. Nietzsche está presente constantemente; desde la introducción, cuando se interpreta el genio maligno, o la estructura del que es figura o máscara, como voluntad de poder.
Posteriormente cuando el análisis del postestructuralismo descubre en él el eje primordial. Sin embargo su presencia es una cuestión histórica y forma parte principal de esta trama de lo moderno, en sus fases finales incluso, cuando el lenguaje no sea más que metáfora (6). Marx ocuparía un lugar destacado y en él se apoya cuando el periodo histórico lo requiere. Aparece el “fetichismo de la mercancía”, la distinción aristotélica que el mismo Marx cita entre economía y crematística; enjuicia a Rorty desde el concepto de Ideología, pero en ningún momento se hace uso de las categorías marxistas. Freud tiene un lugar central, y desde luego Lacan, porque esta estructura que repite en lo moderno y en la modernidad no es otra cosa que el deseo del deseo, deseo sin límite y sin fin, deseo que se desea a sí mismo. Creo, sin embargo, que Soñando monstruos se construye según líneas de discusión e indagación que no dudo en llamar crítica; busca en los textos que trabaja las líneas de argumentación y comparación, busca un suelo común pero sin alejarse de la explicación filosófica. Emprende una tarea ética, pues ética es esta tarea que desarrolla haciendo suyo lo que más de una vez nos recuerda siguiendo a Foucault —criterio de su juicio final sobre Rorty— “la ilustración es la ética de la modernidad”. Al final, Vicente Serrano nos deja con el monstruo, en presencia de lo terrible, de un poder que se hurta y se ausenta – contra Rorty y toda ideología: bajo el signo de la solidaridad están todos los demonios de la modernidad.

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Notas:

“Soñando monstruos” de Vicente Serrano Marín; Editorial Plaza y Valdés, ISBN: 978-84-92751-31-0; Páginas: 270, Abril 2010.
1. Voltaire, Cartas filosóficas, introducción, traducción y notas de Fernando Savater. Alianza editorial 1988. El subrayado es mío.
2. V. Serrano, Soñando monstruos, página 81.
3. Página 93.
4. Vicente Serrano Marín, Ídem pág. 160.
5. Mismo texto, página 229.
6. Verdad y mentira en sentido extramoral de F. Nietzsche.

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Fuente: A Parte Rei …y 75. Mayo 2011.
http://serbal.pntic.mec.es/AParteRei
Selección y destacados: S.R.

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