Por Juan Pablo Capdevielle

Si el lenguaje es lo que se interpone entre el hombre y su cuerpo como lugar de goce, en el caso que presentaré sobre “la inscripción de un bombardeo”*, en el recorte que se pretende realizar del mismo ¿cómo podría pensarse una presencia de letra estancada sin anudamiento R.S.I.?
Una marca en el cuerpo?
Una marca en el organismo?
Es una letra viva con autonomía propia?
Se trata de un trazo?
Cómo se inscribe? Qué fue lo que lo escribió?
Es accesible a la lectura?
Es un síntoma? ¿Sí? ¿No? ¿Por qué?
Se trabajará en derredor del enigma, en su vertiente más cruda, sin enunciado. Como una enunciación que se presenta impune, irrupción de goce parasitario enlazado de manera precaria, sin soporte de vigencia simbólica. La respuesta “boluda”, así se cita en la clase IV del seminario XXIII necesita de un empalme que la operación analítica a veces puede propiciar, sutura que haga posible sobre lo imposible, que permita alguna consonancia que rodee la atipia de ciertos orificios distintos a los comunes a la hora de llegar el infans al mundo, y que en su resonancia constituya alrededor de eso que es resto de organismo, un borde, para que se corpsifique.
En su seminario XVII Lacan sobre el enigma dice que es un decir a medias, que puede tratarse de una enunciación cuyo enunciado queda en suspenso. Si bien “La interpretación analítica no está hecha para ser entendida, está hecha para producir olas…” para los casos como el que se pretende abordar, y en sí, armar un borde, en ese trabajo no hay lugar a una interpretación, aquella de las clásicas, sino más bien, al no tratarse de una formación del inconsciente el fenómeno Psicosomático, de lo que se tratará acaso, no será de prestar significación? De prestar sentido? De prestar una cuerda, o mejor dicho de fortalecer, la cuerda que está más floja? No tenemos acceso a lo Real, sino por vía de lo Simbólico…
Intento plantear para el caso del que me sirvo de la presencia de un enigma que proviene del Otro, enunciación sin enunciado: “me exploto”, que deja a quien lo dice sujetado a una pre- historia, alienado en un tiempo que no alcanzó al de la separación, bajo el gobierno de un goce del Otro del que solo podemos tener conocimiento en nuestra práctica por sus efectos y consecuencias.
En Edipo rey, Sófocles habla de la Esfinge, un monstruo con rostro y pechos de mujer, patas y cola de león y alas de pájaro. La Esfinge proponía enigmas a todos aquellos que querían entrar en Tebas. Si no lo resolvían, morían. El enigma que propuso a Edipo fue el siguiente: ¿Cuál es el ser que anda primero con cuatro patas, luego con dos y después con tres; y que se vuelve más débil según tenga más patas? Edipo, contestó: es el Hombre, pues gatea cuando niño, camina de adulto y de viejo anda con bastón. La Esfinge, despechada y vencida, se lanzó al vacío desde lo alto de una roca y murió. Ante esto, Tebas hace rey a Edipo y le pide que se case con su reina Yocasta. Edipo se casa con Yocasta sin saber que era su verdadera madre.
Sobre el caso:
Una madre que porta  sin palabras una experiencia que se inscribirá como traumática para un hijo que solo alcanza a un saber al momento de la consulta, un saber médico que dice algo que porta: dermatitis atópica.
La operación de entrada al lenguaje es posibilitada por la 1º identificación a lo Real, del Otro Real, una operación imprescindible para que el estadío del espejo se pueda constituir, y que conlleva en algunos casos, como el que se pretende desarrollar, ciertas marcas del Otro que se soportan en la vehiculización misma y que no alcanzaron a ser tramitadas por las subsiguientes identificaciones (al trazo y la especular). Dichas marcas se manifiestan como sin contar con el anudamiento RSI, no son pasibles de ser leídas, y solo se las encuentra impresas. Se transmiten, y en algún caso, en alguna otra generación descendiente se ofrecen expuestas como signo que solo remite a si mismo.
En este caso: *”la inscripción de un bombardeo” Los avatares de una guerra, bombardeos y  explosiones…
La hipótesis: Por vía de la identificación primaria, identificación originaria, a través de una traza, cierto trazo, una y tantas explosiones se manifiestan en el organismo de una persona que nunca estuvo en la guerra.
Dermatitis Atópica es una enfermedad crónica de la piel, de etiología multifactorial, que combina lesiones eccematosas con distribución característica, piel seca e intenso prurito, asociadas frecuentemente a sintomatología respiratoria por lo general de origen alérgico. Los desencadenantes para la ciencia médica son: el calor, el sudor, contacto con irritantes, lana o solventes, estrés emocional, infecciones respiratorias altas, y algunos alimentos.
Existe una asociación entre determinados genes y elevadas concentraciones de IgE. IgE es la abreviación de inmunoglobulina E, y es un tipo de anticuerpo (los anticuerpos son proteínas producidas por el sistema inmunológico para atacar a los antígenos, como las bacterias, virus y alérgenos) y está presente únicamente en el sistema inmunológico de los mamíferos. Está implicada en la alergia y es liberada por el organismo para combatir sustancias extrañas como alérgenos que han ingresado al sistema. Sus niveles suelen estar bastante elevados en pacientes con alergia.
Las primeras manifestaciones clínicas suelen aparecer en la infancia, aproximadamente en el 85% de los pacientes. Es menos común el inicio en edad adulta. Hay estudios que develan que un tercio de la población afectada quedaría libre de las lesiones durante la adolescencia existiendo una disminución de la enfermedad durante ese período. No obstante muchos casos pueden manifestarse en edad adulta.
J. llega a la consulta a raíz de su padecimiento de dermatitis atópica, en una primera etapa con el médico de una Fundación en la que trabajamos médicos y el psicoanalista, y que es especializada en el estudio y tratamiento del asma y otras enfermedades alérgicas. Estaba J. extremadamente sensible, y marcaba una IgE de 19000, cuando el indicador normal en sangre para adultos, es como máximo de 100.  Su estado clínico en ese momento para el diagnóstico médico era grave.
Tras la consulta médica, solicitó un turno para una entrevista con el psicoanalista.
Dice en la 1º entrevista: “Vengo a buscar contención psicológica, una amiga me recomendó venir a verlo a Ud.”
En relación a su piel, lo que quedaba a la vista en J. era su rostro. Su característico tono colorado prestaba la imagen de una exposición al sol extrema, piel “ardida”, también común con el aspecto que suelen presentar algunas personas que beben alcohol en demasía.
Piel ardida, piel que arde… La piel es un órgano, y el más extenso de los que el hombre posee.
Ante la pregunta de si habían habido consultas “psi” anteriormente, responde afirmativamente. Tenía un psicólogo “amigo” con el que tenían charlas gratuitas. Este psicólogo hacía acupuntura y relajación. J. le pidió si podía curarlo, y así fue que lo atendió por 3 años. Se le pregunta si se sintió mejor, y J. responde: “yo me siento mejor con un Decadrón (es un corticoesteroide inyectable de efecto inmediato), pero solo me dura 2 días…”
Algunos dichos, algunas referencias de su historia y algunos pasajes por la 1º y siguientes entrevistas:
“Cuando uno en el barrio se quema, se quema para toda la vida”.
Su madre padecía severa adicción al alcohol durante la infancia y adolescencia de J.
Relata: “Era una mujer alcohólica, de esas que aparecen tiradas en la calle”.
Ya a sus 8 años de edad no quería volver a su casa a la salida de la escuela. Sabía que iba a encontrarse con su mamá totalmente ebria, posiblemente desmayada en el piso, afuera o adentro de la casa… Eso de esa madre aguardaba el salvataje de su hijo niño…
Su mamá, habría llegado a Argentina exiliada de Paraguay durante la guerra con Bolivia, en la que había luchado activamente.
Dice sobre su mamá: “Mi madre no me miró, no me mimó, no me cuidó, yo fui quien tuvo que hacer eso con ella”. Ella, relata J. en sus primeras entrevistas, cuenta en ese tiempo con 85 años, vive sola, y con el dinero de su jubilación, le paga a J. los tratamientos para la alergia. Esto dejó de ser así con el discurrir del trabajo analítico.
J. durante sus primeros años de vida y hasta su juventud, vivió en un barrio de condición muy humilde. Relató que cuando iba a la escuela, primaria y secundaria, jamás comentó a sus compañeros dónde vivía. Muchas veces se tomaba un colectivo hacia otra dirección para simular un recorrido hacia un destino que no había en ese entonces para él… temía que le dijeran “villero”.
De su padre dijo que no supo ni sabía nada. Solo había la referencia de un tío, que prestó ciertas identificaciones.
En el tiempo en que J. llegaba a la entrevista, si bien tenía un oficio,  el de diseñador gráfico, estaba muy dificultado y tomado por su padecimiento y aludía a su dificultad por trabajar: “me pica cuando me rasco” y “me rasco porque me pica…”
J. vive con su “jermu” (modo de llamar a su mujer), y su hija de 8 años al día de hoy. Dice: “No entra guita en casa…” “Mi jermu me está bancando…” “… tuve una vida de carencias… y uno se queda enfrascado ahí…” Y J. cuando nos empezamos a ver, se “rasca”. Así se presentó el paciente: Relatando que dormía con una toalla en la cabeza para no manchar las sábanas con sangre. Se le preguntó si toda la vida había sido así, y responde afirmativamente: “sí, pero ahora, exploto…”
“Lo que me trae: soy tremendamente alérgico. Es un problema de piel que me tiene trastornado, ahora me exploto…”
“… de chico tuve asma, después se fue, y quedó en eccemas en la piel, me tiene mal, me pica todo, todo el tiempo. No puedo dormir, no puedo trabajar… me cuesta mucho remarla… es un pensamiento que aparece, me va a picar, me va a picar… y “Pum” (verbalización que hace homofonía a la de un disparo). A veces no me puedo sentar, estoy tan herido! ”
Agrega en la 1º entrevista: “ Mi vieja fue alcohólica… un quilombo, paraguaya, exiliada después de una guerra con Bolivia… participaba de actividades bélicas revolucionarias… De chico, mamar esas situaciones, de cómo una sociedad te corre… horrible. Ya a los 5 ó 6 años veía a mi mamá en pedo… ver así a una madre… Yo venía del colegio con la sensación que la iba a encontrar en pedo… llegaba, era así!”.
Dice el analista:  “ma…va a picar, me va a picar”… [este “ma” (contracción de mamá) por “me”  hace alusión a “eso” de esa madre,  eso pica]
J. responde: “… ya  a los 17 años, tenía la cabeza totalmente quemada”.
Dice el analista: “la explosión…”
J. responde: “sueños no realizados, frustración… No cierro nada, comencé inglés, lo dejé, facultad la dejé… hay algo adentro que me impide, me niego a ser feliz… Algo no me cierra.” [La palabra alergia tiene las mismas letras, ordenadas de manera similar con alteración de 2 letras, que la palabra alegría.]
Piensa el analista en voz alta: “Parece que hay bastante de cerrado, sería importante que algo empiece a quedar abierto…” y agrega: “y en el cuerpo, no se cierra…”
J. responde: “sí, me explota…”
A la semana siguiente, J. da cuenta que había estado pensando mucho en esto de que algo quede abierto… “… estoy en un momento complicado, pero siento que no quiero estar más de esta manera… estoy cansado de tener malos pensamientos…”
Analista: “malos pensamientos?” No hubo respuesta.
Continúa J.: “De chico: alergia total. Siempre una vida de carencias, uno se queda atado a las carencias…
Analista: “carencias?”
J.:  “… siempre me sentí muy solo, salía a caminar solo…”
Analista: “la carencia?”
J.:  “siempre faltó… mi hija lo tiene claro, ella entiende que cuando no hay, no hay… no sé si se lo pasé desde algún lugar… Nunca le di valor al dinero… al tener. Nunca le puedo dar un valor”
Analista: “la carencia es lo opuesto al tener… “
J.: “…lo único que tengo es la alergia. De chico tuve un problema inmunológico… un amigo me decía que por ahí yo tenía alguna cosa con el río, de chico vivía cerca…” [Hace referencia a la zona, el barrio que vivía, que era carenciado.]
Para ese entonces, se empieza a trabajar en siguientes entrevistas sobre algo que suele escucharse en relación al rascado, y es el impedimento para trabajar. “El que no trabaja, se rasca…” La apuesta estuvo basada en el cese del pensamiento en J. que algo del intervalo empezase a operar, que dejara de rascarse,  para pasar a la acción, que algo del rascado se transforme en trabajo…
J.: “…de pibe con el tema de mi vieja: cuando era chico yo salía con mis amigos, tenía una banda, hoy también nos vemos con algunos. Y mi vieja con su enfermedad, su adicción , me hacía pasar papelones delante de mis amigos… si me pasaba un minuto en llegar, me venía a buscar a los cintarazos y encima en pedo… esto debe tener que ver  con esto de no exponerme…. De chico las chicas me rebotaban, pero en realidad pienso que rebotaban al hijo de la borracha…”
“… hoy entiendo que la mina tuvo mil quilombos… hoy no la puedo culpar. Tuvo una mamá que falleció cuando ella era chica, paraguaya, no sé si fue violada… la guerra con los bolivianos… un pueblo muy humilde de Paraguay. Su mamá era alemana, sacaba a palazos a los cocodrilos que entraban a desovar dentro de la casa… Ella tiró un par de bombas de joven, cruzó el río cuando estaba a los tiros, llegó al barrio, conoció a mi viejo… un vago total. Chupaban los dos, se cagaban a palos los dos…”
“… de chico me cuidaba un ciego… ella [su mamá], trajo a su hermano, era un cogotudo, siempre la dejaba a un lado a mi vieja, no la invitaban a las fiestas de fin de año… éramos unos parias…”. Ese tío materno, fue quien se ubica para la construcción de este caso como aquel que a su paso dejó alguna huella diferente a la del destino obligado que ofrecía esta madre. [ Huella que ofrece la posibilidad de desvío del destino obedecido sin interrogar subjetivamente al Goce del Otro, y que no desplegaré en esta presentación.]
J. vivió con su mamá hasta los 26 años aproximadamente.
Dice J.: “nunca llego, no llego, doy vueltas… vueltas…. Pienso que no puedo…” Analista: “llega, llegó, aquí está… dejándose escuchar…”
[ J. llega por el camino que le propone la urticaria, un camino que muestra y sigue las marcas de los cintarazos.]
Entre los dos y los tres años, lo cuidó un ciego. En vez de cuna, J. tuvo un cajón de madera… qué mirada alojó a J. en este mundo? Qué alojamiento pudo brindar esta madre?
Comenzado el trabajo analítico, a los pocos meses J. daba cuenta de sus “rascadas”. Relataba como cuando se acostaba, empezaba la “rascada”.
“… voy a la cama y al toque empieza la rascada… son los ácaros… me los imagino diciendo: a comer! … me acuesto y una ó 2hs rasco, después duermo… se me fue desde que empecé a verte…”
Es necesario que haya una letra que haga litoral al goce, que haga escritura de la mano del significante en su trabajo de deslizamiento. Encontramos en nuestro trabajo como psicoanalistas a veces letras que no están operadas por la función fálica, que no llegan más que al piso del signo, de un significante solitario que “carece” de la oferta de otro significante para representar al sujeto. Y el trabajo de análisis de un paciente, en un tiempo singular, un tiempo sin tiempo como marcado por el Otro, sin tiempo objetivable, sin tiempo contable, el de un trabajo de apuesta al sujeto en un psicoanálisis, construye como castillos en el aire un tramado que no había, un tejido de borde a un agujero que es enigma, sin enunciado, un enigma que no cesa de no escribirse y que vía un artificio que no es el de la estricta interpretación, pueda conseguir un enlace simbólico que sostenga la precariedad que lo pre- existe.
Las citas ofrecidas para esta presentación pertenecen a los comienzos del tratamiento de este paciente.
Es un trabajo que no lleva mucho tiempo, y que en sus inicios, la dirección de la cura estuvo focalizada en el alojamiento. Si bien es algo que tiene que ver con la  tarea a la que nos dedicamos los analistas en los primeros tiempos de las entrevistas, para este caso fue sustancial. Como es sabido, nos enteramos de nuestro acto más tarde, en un tiempo posterior nos damos cuenta si hubo algo del acto analítico. Traigo esto en relación al alojamiento, y el efecto paradojal que produjo en J. una “intervención” del analista:
J. llega, después de hacer su consulta con el médico especialista que trabaja en la Fundación. Cuando éste lo recibe le hace un comentario: “Nunca vi algo así”… [19000 de IgE en sangre].
A los pocos días, J. llega a la entrevista con el analista, y trajo el comentario del profesional que lo atendió.
Me quedé pensando fuera de la entrevista, como solemos hacerlo…
En esa semana llevé el caso a interconsulta con los médicos con los que trabajo en el Servicio de Alergia del Hospital Ramos Mejía. Los expertos me explicaron entonces que se trataba de un caso fuera de serie, y que sería conveniente descartar un síndrome genético de inmunodeficiencia ó proceso infeccioso, para lo cual realizaron una derivación a nombre de J. para que consultara en otro hospital en un servicio especializado.
Esa orden se la entregué a J. en la entrevista siguiente.
Comenta J. en alguno de los encuentros posteriores:
“Qué buena onda que tuviste! Te ocupaste de mí…”
Pero… nunca fue a la consulta al Hospital Durand [ servicio al que fuera derivado]… Con lo cual, en relación a su trabajo transferencial, algo daba cuenta que ya estaba incluido en el circuito, y lo más importante, que el sujeto supuesto saber, no se había instalado por la vía de la pregunta por el discurso de la ciencia, J. siguió hablando pero de su vida… y nunca fue a realizar la consulta al otro hospital.

J. responde históricamente a la grosería de la Demanda del Otro, respuesta automática que se constituye en holofrase, y que se sostiene no en la palabra, sino en el órgano, para su caso, la piel.

J. no contaba con las herramientas suficientes para denegarse a la Demanda del otro, y en consecuencia, la experiencia del Goce del Otro. Un recorte del organismo responde de manera automática a la Demanda del Otro constituyendo un caso observable de los efectos allí del goce del Otro.
A los seis meses del tratamiento J. presentó una IgE de 13000, bajando en 6000 su porcentaje. Estadísticamente ese porcentaje de baja se registra con tratamiento de las vacunas y farmacológico en el lapso de tres años… J. deja de rascarse por las noches y pasa a producir en su trabajo de diseñador… Su madre ya no paga sus medicamentos…
Lacan se pregunta por el enigma, en qué consiste? Y lo describe de manera muy clara diciendo que es un arte, que está entre líneas, aludiendo a la cuerda. Se pregunta por cómo se hace para que la escritura sea soporte de lo Real.
Se trataría de volver en posible eso Real de goce parasitario haciendo sutura y costura en un análisis, y “coserlo bien gracias a un artificio…”

¿Adónde van las palabras que no se quedaron?
¿Adónde van las palabras que no se dijeron?
¿Adónde van las miradas que un día partieron?
¿Acaso flotan eternas,
como prisioneras de un ventarrón,
o se acurrucan entre las rendijas (hendijas),
buscando calor?
¿Acaso ruedan sobre los cristales,
cual gotas de lluvia que quieren pasar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y adónde van…?
¿Adónde van?

Algunas estrofas de la canción de Silvio Rodríguez “A donde van?”